«Un muro o una valla pueden impedir el paso de algunas cosas, pero no pueden impedir el paso de todo. Pueden frenar a las personas, los coches, los productos, etc., pero nada pueden hacer frente a las ideas, la lengua, el comercio, la cultura, el deporte... La frontera no es nunca un muro como tal, sino que se asemeja más a una red: siempre tiene huecos». Angelo Attanasio.© Ana Yael.
«Un muro o una valla pueden impedir el paso de algunas cosas, pero no pueden impedir el paso de todo. Pueden frenar a las personas, los coches, los productos, etc., pero nada pueden hacer frente a las ideas, la lengua, el comercio, la cultura, el deporte... La frontera no es un muro, sino que se asemeja más a una red: siempre tiene huecos». Angelo Attanasio.© Ana Yael.

Es una de las palabras que más pronunciamos. Nos cansamos de oírla en los informativos y leerla en los periódicos, cuando no en documentales, libros y el cine: frontera. Un término que, como muchos otros, se ha visto sujeto al contexto de cada época, despertando en nuestra conciencia todo tipo de reacciones.  

¿A qué llamamos frontera? Al límite territorial de una determinada zona, país, región, etc. Una separación –que puede ser tanto real como imaginaria– que entendemos que hace referencia al espacio geopolítico que determina los límites dentro de los cuales se establece la soberanía de quienes allí viven.

Fronteras, en plural

Esa es la definición principal que la mayoría tiene en mente, pero no es la única. Existen muchos tipos de fronteras y, en ciertos casos, unas se superponen a otras. Fronteras naturales (montañas, ríos, etc.), fronteras aéreas, fronteras marítimas (límites de derecho y control formalmente establecidos), fronteras políticas, culturales, lingüísticas, tradicionales, etc.

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