Filósofos de la nada, para la zozobra y la incertidumbre

«Por una extraña e incomprensible vista de miras se ha dado primacía a lo occidental frente a lo oriental, soslayando la importancia de tres pensadores japoneses fundamentales: Nishida Kitaro, Tanabe Hajime y Nishitani Keiji, los representantes más relevantes de la Escuela de Kioto», escribe el filósofo Carlos Javier González serrano.
«Por una extraña e incomprensible vista de miras se ha dado primacía a lo occidental frente a lo oriental, soslayando la importancia de tres pensadores japoneses fundamentales: Nishida Kitaro, Tanabe Hajime y Nishitani Keiji, los representantes más relevantes de la Escuela de Kioto», escribe el filósofo Carlos Javier González serrano.

El libro Filósofos de la nada, prologado por el teólogo y filósofo Raimon Panikkar, nos acerca a la Escuela de Kioto, un grupo de pensadores japoneses que no se conformó con llenar el hueco que dejan los límites del conocimiento humano y comprendió la riqueza de la negación del ser.

Por Carlos Javier González Serrano

Filósofos de la nada, de James W. Heisig con prólogo de Panikkar (Herder).
Filósofos de la nada, de James W. Heisig con prólogo de Panikkar (Herder).

Raimon Panikkar prologa este libro (escrito por el profesor James W. Heisig) necesario para tiempos de zozobra e incertidumbre, Filósofos de la nada, en el que se lleva a cabo un completo y muy extenso análisis de la llamada Escuela de Kioto (apelativo empleado por vez primera en 1932). En dicho prólogo, Panikkar apunta que «no podemos respirar por mucho más tiempo dentro del ambiente cada vez más enrarecido de una sola cultura, por global que pretenda ser». Y ello, entre otras razones, porque por una extraña e incomprensible vista de miras se ha dado primacía a lo occidental frente a lo oriental, soslayando la importancia de tres pensadores japoneses fundamentales: Nishida Kitaro (1870-1945), Tanabe Hajime (1885-1962) y Nishitani Keiji (1900-1990), los representantes más relevantes de la aludida Escuela de Kioto.

Cultura occidental y cultura oriental

Desde tiempos inmemoriales, la filosofía occidental se dio cuenta de que existen límites infranqueables en el conocimiento humano, aunque a veces no para la conciencia (en tanto que, precisamente, somos conscientes de ese límite). Gran parte de esa cultura occidental dio el nombre de «Dios» a ese límite. Es decir, decidió llenar ese vacío de conocimiento con lo absolutamente pleno, la divinidad, con aquello que todo lo colma (y explica, en el caso de los creyentes). Sin embargo, Oriente, y en concreto el pensamiento japonés que se desarrolló a través de los pensadores de la Escuela de Kioto, no obviaron ni renunciaron a ese hueco, a esa fractura del conocer, y comprendieron la riqueza de la negación del ser, por mucho que suponga el límite de nuestras facultades cognoscitivas.

La mente es capaz de negar el ser al propio ser y pensar aquello que había antes de su llegada

Esa vacuidad, y el ahondamiento filosófico en ella, es una de las grandes aportaciones de estos tres pensadores japoneses. Pero no ha de confundirse la nada con el no-ser, con su simplona negación —otro pensamiento plenamente occidental—. Ya escribió Parménides en su célebre poema que «el ser es, el no-ser no es». Lejos de esta percepción, los componentes de la Escuela de Kioto sostienen que la nada es lo no nacido, lo previo al Ser. Y, por tanto, esto quiere decir que la mente es capaz de negar el ser al propio ser y pensar aquello que había antes de su llegada. Pensar lo que, en Occidente, parecía impensable. Así lo explica Panikkar en el prólogo: «La mente humana tiene, pues, este poder exorbitante de negar el Ser —y todos los entes—».

En opinión del autor de este completo ensayo histórico-filosófico, James W. Heisig, la emergencia de la Escuela de Kioto marcó un momento capital en la historia de las ideas. Un hito que, sin embargo, no ha tenido la relevancia debida. «Este grupo de filósofos no solo representa la primera contribución sostenida y original de Japón a la filosofía occidental, sino que además lo hace desde una perspectiva característicamente oriental», fundiendo ambos polos del mundo a través del pensamiento. No se trata de un nuevo planteamiento de los viejos dictados filosóficos marcados por la línea occidental, sino de una nueva orientación en el pensar.

«La mente humana tiene, pues, este poder exorbitante de negar el Ser —y todos los entes—». Raimon Panikkar

Filosofía, religión y literatura

Nishida fue la fuente de esta corriente filosófica japonesa, pero no hubiera sido suficiente para poder difundirse sin los complementos de Tanabe y Nishitani. El mérito y la nota más característica que une a esta tríada es la de haber estudiado el pensamiento de Occidente como un conglomerado de filosofía, religión y literatura, si bien y a la vez no comparten con Occidente la delimitación tan tajante que siempre separó a la filosofía de la religión. En palabras de uno de los discípulos de Tanabe, Takeuchi Yoshinori, «la vida de la religión incluye el pensamiento filosófico como su contrapunto, como un tipo de fuerza centrífuga para sus propias tendencias centrípetas». Y añade un punto importante, como ejemplo: «La filosofía le ha servido al budismo como principio interior de la religión, no como crítico exterior. Es decir, en el budismo la filosofía no es ni especulación ni contemplación metafísica, sino más bien una metanoia, una conversión dentro del pensamiento reflexivo que señala un regreso al yo auténtico».

Por tanto, nos situamos ante una apasionante filosofía que trasciende y vence las presuposiciones clásicas de la metafísica, sus clásicas limitaciones (de raigambre kantiana). Para los filósofos de Kioto, si el pensar no se transforma en un modo (cotidiano) de ver las cosas (cotidianas) de la vida (lo cual incluye la religión, la literatura y toda manifestación cultural), no es entonces un pensar en el pleno sentido de la palabra. Si algo define al pensar filosófico es que consiste en un ver; es más, en ver claramente, y esto es, a fin de cuentas, lo que se convierte en la satisfacción del pensar: el esfuerzo por reflexionar sobre la pluralidad del mundo en todas sus facetas sin renunciar a ninguna. Por eso, explica Heisig, «la transformación de la conciencia de las cosas de la vida es lo que elimina la necesidad de una distinción entre la filosofía y la religión como distintos modos de pensamiento».

«La filosofía le ha servido al budismo como principio interior de la religión, no como crítico exterior». Takeuchi Yoshinori

Filósofos de la nada encierra un extenso (464 páginas), indispensable y muy atinado análisis de este conjunto de pensadores que, de alguna manera, reiniciaron la filosofía occidental, aportando un nuevo enfoque en todos los terrenos. Estos «filósofos de la nada» son personajes que abren un puente en dos direcciones, Oriente y Occidente, y que permite un enriquecimiento mutuo. Y es que pocas cosas tan fecundas como conocer al otro para, precisamente, conocerse a sí mismo. Así, escribe Panikkar que «cuando una civilización se encierra en sí misma sin interés por conocer a otra cultura, aparte de caer en un narcisismo ridículo, no acaba de conocerse a sí misma».

Estos filósofos, que quedan magníficamente retratados en el libro, ofrecen una interpretación de la filosofía occidental que revela nuevas facetas, antes insospechadas, de los pensadores a los que ellos mismos estudiaron (desde la Antigua Grecia hasta los neokantianos del XIX). Por eso, la Escuela de Kioto representa, sin lugar a dudas, un momento decisivo en la historia de las ideas… que todo pensador (occidental) debe conocer. Nuestra manera de leer a Aristóteles y Descartes, Kant o Hegel, Heidegger o Nietzsche, no será la misma después de haber estudiado las hondas interpretaciones de Nishida, Tanabe y Nishitani.

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