Filosofía para pensar y pensarnos en tiempos de desánimo

Si la realidad de la sociedad actual «no se analiza bajo la lógica del pensamiento crítico, se encargará de configurar una personalidad abocada a experimentar un desánimo crónico», escribe José Carlos Ruiz Y ante eso, «pocos fármacos se me ocurren más eficaces que la filosofía». Imagen de tookapic en Pixabay.
Si la realidad de la sociedad actual «no se analiza bajo la lógica del pensamiento crítico, se encargará de configurar una personalidad abocada a experimentar un desánimo crónico», escribe José Carlos Ruiz Y ante eso, «pocos fármacos se me ocurren más eficaces que la filosofía». Imagen de tookapic en Pixabay.

José Carlos Ruiz, doctor en Filosofía Contemporánea y profesor en la Universidad de Córdoba (España), publica Filosofía ante el desánimo, un ameno y completo libro en el que propone la pertinencia de la filosofía como un paréntesis necesario para pensar y pensarnos en el seno de la desazón que provocan estos tiempos de aceleracionismo, ruido, mercadotecnia y redes sociales.

Por Carlos Javier González Serrano

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Filosofía ante el desánimo, de José Carlos Ruiz (Destino).

«Una extraña y opresiva sensación invade los tiempos actuales: la sensación de estar incompletos», escribe José Carlos Ruiz en las primeras líneas de Filosofía ante el desánimo. Pensamiento crítico para construir una personalidad sólida (Destino, 2021). Este volumen se hace cargo de los grandes temas de la filosofía (identidad, amor, amistad, ignorancia, paso del tiempo, dolor o placer, entre otros) y nos recuerda la relevancia de practicar un pensamiento activo para caer en la cuenta de las insuficiencias en las que la inercia de nuestra contemporaneidad nos ha introducido. Porque, como asegura el autor, «evitamos activar los mecanismos de pensamiento crítico en pos de una política de la distracción y del entretenimiento».

José Carlos Ruiz habla de la «turbotemporalidad» que todo lo invade, que va de la mano, paradójicamente, de un pernicioso acomodo a nuestra situación actual. Ello, además, alimentado por una homogeneización de las identidades y las experiencias: «Acudimos a los sitios que vemos fotografiados en las redes sociales y la repetición de esas fotos se convierte en una misión que hay que cumplir, una especie de deber que nos autoimponemos». Como ya explicara Baudrillard, a quien Ruiz cita, somos víctimas de una ausencia de destino, de una carencia de ilusión e incluso de asombro, producida por un exceso de realidad.

Aceleración vs espera

Sí. Nos hemos llenado de realidad. Vivimos colmados de Ser. No existen los resquicios, las grietas, los posibles escapes. O eso nos han hecho creer: «El hombre hipermoderno ha sido educado en la hiperacción, en la dinámica del progreso infinito, en tomar la iniciativa», escribe José Carlos Ruiz. «Esta necesidad de aprehender el futuro, de apoderarse de él, de tratar de condicionarlo como si fuera un elemento más de la conquista, ha eliminado la aventura de nuestras vidas».

Como ya explicara Baudrillard, somos víctimas de una ausencia de destino, de una carencia de ilusión e incluso de asombro, producida por un exceso de realidad

Las expectativas suponen apertura, espera, conciencia de ese paso del tiempo, mientras que la turbotemporalidad nos aliena y nos impide detener la máquina apabullante del deseo: de nuevas vivencias, nuevas experiencias, nuevas emociones… que son consumidas como cualquier otro producto de mercado.

En nuestros tiempos, esa espera es sinónimo de derrota o pasividad. Crear un paréntesis de sentido significa claudicar frente a la acelerada temporalidad de nuestros días. Y «a esto se añade», señala Ruiz, «la presión de la novedad. Lo digital facilita que las imágenes, las noticias, las stories estén en una fase de constante renovación, con muy poco margen de pervivencia, de ahí la presión por estar más tiempo conectados. Cuando salimos de la red, el agotamiento pasa factura y se debilita nuestra capacidad de interactuar con el otro. Lo real va perdiendo, sutilmente, su capacidad de afectarnos».

La memoria se desdibuja, queda expuesta a ese torrente de novedades y estímulos permanentes, y nos impide reconcentrar nuestra atención en algo durante un periodo prolongado de tiempo. Siempre hay que estar atento a cuanto ocurre, a cuanto sucede: no ya tanto en el mundo real como en su reflejo, el mundo virtual.

«La sociedad hiperestimulante no ayuda a que nuestra memoria se asiente y se cohesione. […] La mirada, enfocada en un presente inmediato, y el poco aprecio que ponemos a lo que hemos sido, en pos de lo que podemos llegar a ser, están modificando los mecanismos con los que construimos la identidad».
Filosofía ante el desánimo

Pérdida de identidad y desánimo

Hemos creado una tecnología y una serie de instrumentos cuyo funcionamiento se nos ha escapado de las manos. Apunta José Carlos Ruiz que no calculamos bien dos cosas: «La tremenda velocidad a la que todo se desarrollaría, y la capacidad de seducción que el soporte de la imagen-pantalla tenía. Lo que en principio se presentaba como un estímulo para la diversidad, la pluralidad y el florecimiento, donde la singularidad de mi identidad y la de mi comunidad sólo experimentaban mejores, de repente empezó a fundirse con miles de identidades alejadas de nuestro contexto y de nuestras circunstancias». De alguna manera, hemos perdido nuestra identidad y la hemos igualado al resto de identidades: ha llegado el oneroso imperio de la homogeneidad, y «ahora nos encontramos luchando desesperadamente por el matiz, tratando de sacar la cabeza como sea, batallando por lucir alguna singularidad».

La piel se nos ha hecho más fina, todo nos afecta sobremanera. Es este el precio de haber adoptado identidades tan homogéneas, máscaras tan parecidas, que nos equiparan en todo a través de identidades globales que contienen tal cantidad de elementos que resulta imposible cumplir con todos: y entonces, la frustración, el cansancio, la exasperación.

De alguna manera, hemos perdido nuestra identidad y la hemos igualado al resto de identidades: ha llegado el oneroso imperio de la homogeneidad, y «ahora nos encontramos luchando desesperadamente por el matiz, batallando por lucir alguna singularidad»

El sistema se ha asegurado, escribe el autor de Filosofía ante el desánimo, de que esta percepción del riesgo se convierta en pánico para aquel que desee salirse de lo establecido. Al tenernos hipnotizados y tipificados, cualquiera que decida bordear o romper los límites de estas identidades sufrirá la denuncia del resto, la separación, la ignorancia o la incomprensión».

Algo similar ha ocurrido con emociones y relaciones como el amor y la amistad, sometidas al imperativo de encajar. «Cada vez es más complicado vivir un amor sereno e intenso», explica José Carlos Ruiz: «La sociedad hipermoderna nos empuja a tomar las riendas de nuestra vida, a ser sus constructores y ejecutores, pero, a ser posible, sin depender de nadie. El proyecto de individuo es más importante que el proyecto social y no existe invitación a compartir el trayecto».

Las aplicaciones para buscar pareja en base a algoritmos, en base a nuestros supuestos gustos (que no son sino los de todos, expresados a través de números y fórmulas), han convertido las relaciones, en muchos casos, en una cuestión de diseño premeditado. Cuando surgen, además, estas relaciones, se quiebran con la misma facilidad con la que se han erigido: porque han carecido de un proceso de construcción y establecimiento. Y más aún: tales relaciones se rompen con la misma facilidad con la que se construyen. A rey muerto, rey puesto.

Como ya apuntara Zygmunt Bauman, hemos sustituido las relaciones por las conexiones. En nuestra sociedad acelerada, el nivel de compromiso mutuo que implica una relación amorosa empieza a percibirse como una limitación. Frente a esto, apunta José Carlos Ruiz, «nos inclinamos por un amor-conexión», más sencillo y que requiere menor implicación: «En la conexión no pretendemos transitar más allá, no entramos en el antes o en el después, sólo interesa el instante de la conexión». Todo ello, de nuevo, embebido en la dinámica de la hiperaceleración: «Para mantener la cadena funcionando nos atemorizan para que no nos detengamos, nos hacen creer que pararse, desconectar, es vegetar».

Un libro espléndidamente escrito en el que José Carlos Ruiz traza un severo pero muy ameno (y hasta cierto punto esperanzado) diagnóstico de nuestra sociedad

Lo mismo sucede, a juicio del profesor de la Universidad de Córdoba, con la amistad: «No es de extrañar que las nuevas hiperamistades se construyan bajo el paradigma de rapidez y ligereza, sustentadas en el ámbito de lo fácil y cotidiano y, por lo tanto, con un nexo sencillo de romper y de intensidad leve». Algo que contrasta mucho con aquellas palabras de Aristóteles en su Ética a Nicómaco: «Los que se quieren por interés no se quieren por sí mismos, sino en la medida en que pueden obtener algún bien unos de otros. Igualmente ocurre con los que aman por placer».

Un libro espléndidamente escrito en el que José Carlos Ruiz traza un severo pero muy ameno (y hasta cierto punto esperanzado) diagnóstico de nuestra sociedad, en el que analiza el imperio de las tendencias, la adicción a un entretenimiento superfluo, la tiranía de la aceleración de los tiempos, la dilatación de las fronteras mentales entre ocio y trabajo, la desaparición de los rituales, la debilidad de la voluntad (en contraste con el continuo entusiasmo)… Variables todas que, «si no se analizan bajo la lógica del pensamiento crítico, se encargarán de configurar una personalidad abocada a experimentar un desánimo crónico». Y ante eso, concluye su libro el autor, «pocos fármacos se me ocurren más eficaces que la filosofía».

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