Filosofía para acompañar la soledad

«En la soledad donde el yo se encuentra consigo mismo y ha de tener el valor para preguntarse por la validez de sus convicciones. En la ausencia de ruido», escribe Carlos Javier González Serrano. Imagen de 95C en Pixabay.
«En la soledad donde el yo se encuentra consigo mismo y ha de tener el valor para preguntarse por la validez de sus convicciones. En la ausencia de ruido», escribe Carlos Javier González Serrano. Imagen de 95C en Pixabay.

Soledad y filosofía han estado siempre unidas. Los grandes pensadores invitaron desde antiguo a retirarse del mundo para poder pensar con claridad y, solo después, salir a él para poder apreciarlo y actuar con plena conciencia. Además, la soledad nos enfrenta, como pocas experiencias, al conocimiento de uno mismo.

Por Carlos Javier González Serrano

El antiguo dictum del oráculo de Delfos abogaba por el autoconocimiento. «Conócete a ti mismo» fue, además, la clave del pensamiento de uno de los filósofos más sociables de la Grecia clásica, Sócrates. Sin embargo —como observamos, por ejemplo, al inicio de El banquete de Platón—, el mismo Sócrates experimentó numerosos momentos de arrobamiento interior en la más absoluta soledad en los que parecía acceder a estratos desconocidos de la Verdad que, en compañía de otros, no se podrían dar. Es en esa soledad —a veces buscada, a veces casual— donde el yo se encuentra consigo mismo y ha de tener el valor para preguntarse por la validez de sus convicciones. En la ausencia de ruido.

Rousseau: un ser sociable solo en la tierra

Las ensoñaciones del paseante solitario, de Rousseau (Losada).
Las ensoñaciones del paseante solitario, de Rousseau (Losada).

Uno de los grandes clásicos irrenunciables que tratan de la soledad, con una altura literaria única, es Las ensoñaciones del paseante solitario, de Jean-Jacques Rousseau, texto publicado de manera póstuma y que puede catalogarse como su último legado, casi como un testamento filosófico. Rousseau se consideró a sí mismo como un ser sociable, gustoso de relacionarse con sus semejantes, pero, por distintas razones, se vio (y sintió) proscrito por una sociedad que parecía no entenderle: «Heme aquí pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo». Este conflicto con el afuera hizo que se refugiara en un adentro en el que siempre encontró plurales vías para desarrollar su pensamiento sin la participación de los otros. Y se preguntaba: «Pero yo, desligado de ellos y de todo, ¿qué soy yo? He aquí lo que me queda por averiguar». El género no era nuevo para Rousseau, que ya había escrito sus voluminosas Confesiones.

«Conócete a ti mismo» fue la clave del pensamiento de uno de los filósofos más sociables de la Grecia clásica, Sócrates

Rousseau habla de la necesidad de someter su destino a la verdad, sin desagravios provenientes de la sociedad: «En esta resignación he hallado tranquilidad», puesto que «solo en mí encuentro el consuelo, la esperanza y la paz, y no debo ni quiero ocuparme más que de mí». Y concluye: «Consagro mis últimos días a estudiarme a mí mismo».

Nietzsche: la soledad como exigencia filosófica

El ejemplo de Friedrich Nietzsche fue también paradigmático. Es indudable que, a lo largo de su periplo vital, el filósofo contó con no pocos amigos que le hicieron más soportable la existencia, e incluso la amistad supuso un tema de reflexión recurrente. Fue, de hecho, un amigo (Franz Overbeck) quien, en 1889, lo recogió de Turín, cuando sucumbió definitivamente a la locura. Sin embargo, y a la vez, a pesar de reconocer la «soledad como exigencia filosófica» para desarrollar sus pensamientos, también aseguró que resultaba complicado dar con espíritus afines que lograran comprender la hondura de sus investigaciones. Todo Nietzsche, como pensador y como hombre, encontró su base en esta dicotomía de elementos enfrentados. En carta al propio Overbeck de 1887, confesaba: «Dicho sea entre nosotros, yo soy, en efecto, en un sentido terrible un hombre de las profundidades, y en este trabajo subterráneo no soporto ya la vida». O en una carta dirigida a su madre y su hermana: «Hay buenas razones para que me falten personas que coincidan conmigo, y sería ridículo para un filósofo exigir algo distinto. A pesar de ello, no se extingue en mí el anhelo de que tenga lugar una vez este maravilloso y feliz caso; resulta espantoso estar solo en la medida en que yo lo estoy. No me entiendas mal: lo último que deseo es fama y ruido en los periódicos y admiración de discípulos; he visto de muy cerca lo que todo eso significa en nuestros días. Me sentiría en medio de ello más solitario que ahora, y quizá aumentaría mi desprecio hacia los hombres». Un punto que compartía con uno de sus maestros intelectuales, Arthur Schopenhauer, quien apuntaba, sin tapujos: «El ruido es la más impertinente de todas las interrupciones, ya que interrumpe, y hasta quebranta, incluso nuestros propios pensamientos».

«Lo último que deseo es fama y ruido en los periódicos y admiración de discípulos; he visto de muy cerca lo que todo eso significa en nuestros días. Me sentiría en medio de ello más solitario que ahora, y quizá aumentaría mi desprecio hacia los hombres». Nietzsche

Así hablo Zaratustra, de Nietzsche (Alianza).
Así hablo Zaratustra, de Nietzsche (Alianza).

El filósofo Georg Gadamer comentaba esa soledad buscada por Nietzsche como «la soledad del sabio», y la refrendaba de este modo: «El gran ejemplo de tal soledad es Zaratustra en el texto de Nietzsche, que continuamente busca la soledad. Lo que le hace tan solitario es el saber, un saber que lo separa de los otros y que él busca a través de toda la historia de su vida solitaria». En el aislamiento se experimenta, desde luego, una pérdida, pero también una enorme ganancia: poder pensar con independencia, alejarse del ruido del mundo que impide la concentración. Además, como también comentaba Rousseau, solo en soledad somos como realmente somos; nos mostramos sinceros frente a nosotros mismos, sin miedo ni prejuicios externos: «Esas horas de soledad y meditación son las únicas del día en que soy yo plenamente y para mí sin distracción ni obstáculo, y en que verdaderamente puedo decir que soy lo que la naturaleza ha querido».

Thoreau: aislamiento voluntario

Walden, de Thoreau (Errata naturae).
Walden, de Thoreau (Errata naturae).

Un 4 de julio de 1845, el pensador norteamericano Henry David Thoreau decide recluirse en una cabaña construida con sus propias manos, en la que permanecerá aislado voluntariamente durante dos años, dos meses y dos días a las afueras de Concord, a orillas del lago Walden. Un «aislamiento» relativo, puesto que en ningún momento perdería el contacto definitivo con sus conciudadanos. Thoreau, gran observador y admirador de la naturaleza como fenómeno maravilloso (le causaba gran asombro el regular paso de una estación a otra), apunta en no pocos fragmentos de su obra fundamental, Walden, que su vida se parece al recorrido de un río, «brillante sobre sus arenas, pero imposible de navegar», aunque llegada la madurez esta imposibilidad se torna apacible, casi familiar, y por ello, aquel abismo puede siquiera contemplarse, por mucho que su observación nos conduzca, al final, «a capas nunca imaginadas de profundidad» (2 de agosto de 1861). Lo que la soledad ofreció a Thoreau lo explica claramente en una carta fechada el 27 de marzo de 1848, dirigida a su buen amigo Harrison Blake: «Creo firmemente en la simplicidad. Es asombroso y triste ver cómo incluso los hombres más sabios pasan sus días ocupados en asuntos triviales». El aislamiento y la soledad nos conducen, pues, a apreciar lo realmente importante.

Byung-Chul Han: la aceleración contra los entre-tiempos

La sociedad del cansancio, de Han (Herder).
La sociedad del cansancio, de Han (Herder).

Para terminar con un autor contemporáneo, el surcoreano Byung-Chul Han escribe en La sociedad del cansancio, un clásico de nuestros días, que «vivimos en un mundo muy pobre en interrupciones, en entres y entretiempos. La aceleración suprime cualquier entre-tiempo». Solo encontraremos la riqueza en el paréntesis, en echar freno a ese continuo deambular en buscar de nuevos estímulos. «Estar a todo», como comúnmente se dice, refleja una actitud carente de interés crítico, de análisis meditado de cuanto nos rodea. Consumismo, trabajo, mercado global, una oferta cultural inabarcable… Vivimos rodeados de aguijones que, de manera constante, inyectan en nosotros la incapacidad para detenernos y pensar. Somos «sujetos de rendimiento» que creemos vivir en libertad, aunque la realidad es muy otra: nos hallamos «tan encadenados como Prometeo», figura programática de la sociedad del cansancio y a la que Han quiere hacer frente mediante el cortocircuito que suponen el pensamiento propio y la soledad.

Somos «sujetos de rendimiento» que creemos vivir en libertad, aunque la realidad es muy otra: nos hallamos «tan encadenados como Prometeo», dice Byung-Chul Han

Teresa de Ávila: estar en soledad

Aunque, desde luego, no es nada que no hubiéramos leído ya, por ejemplo, en una de las más experimentadas voces en la soledad, la de la mística Teresa de Ávila (santa Teresa de Jesús), quien cuenta en su autobiografía, en el mismo sentido que Han pero más bellamente: «De los que comienzan a tener oración, podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo, como tengo dicho, que han de cansarse en recoger los sentidos, que como están acostumbrados a andar derramados, es harto trabajo. Han menester irse acostumbrando a no dárseles nada de ver ni oír, y aun ponerlo por obra las horas de oración, sino estar en soledad, y, apartados, pensar su vida pasada».

Rilke: la soledad para la armonía

Cartas a un joven poeta, de Rilke (Obelisco).
Cartas a un joven poeta, de Rilke (Obelisco).

Concluyamos este artículo recordando la prosa poética del checo Raine María Rilke en sus Cartas a un joven poeta, obra en la que el autor habla de la soledad y la aceptación de nuestra finitud como los dos requisitos fundamentales para poder alcanzar una vida en armonía. Rilke escribe: «Si su diario vivir le parece pobre, no le culpe a él. Acúsese usted mismo de no ser lo bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues para un espíritu creador no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno, que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta usted ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese cámara de los tesoros del recuerdo?».

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1 COMENTARIO

  1. No creo que a nadie le guste la soledad, ya que tóxica, alienante y nociva. El filósofo buscar estar sólo, para luego dar a la luz sus reflexiones.

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