Filosofía y ética para reconstruir la sociedad y salvarla del individualismo

¿Qué papel juegan la filosofía y la ética en la sociedad actual?
¿Qué papel juegan la filosofía y la ética en la sociedad actual?

Hoy, tercer jueves de noviembre, se celebra el Día Mundial de la Filosofía. Este artículo proclama que, al contrario de lo que parece suceder en muchas partes de Occidente, la filosofía debe reconstruir, ahora más que nunca, el tejido social. Y defiende dos ideas clave: que probablemente la pertinencia de la filosofía actual se fundamenta en volver a darle prioridad a la ética, y que declararle la guerra al individualismo inmoral debería ser la preocupación primordial de la filosofía.

Por Julieta Lomelí

«Se re-acciona a la muerte o bien con el énfasis del yo, o bien con un amor heroico».
Byung Chul Han, filósofo surcoreano

De la movilización total a la necropolítica del infierno local

Movilización total, de Maurizio Ferraris (Herder).
Movilización total, de Maurizio Ferraris (Herder).

En 1930 se publicó Movilización total, un ensayo breve pero profético que advertía sobre los peligros que la técnica sin ética podría acarrear en un mundo cada vez más globalizado, incluso en sus movimientos armados. Jünger utilizó el concepto de «movilización total» —el mismo que sería criticado o usado a conveniencia de algunos líderes políticos de la época— para caracterizar las guerras de inicios del siglo XX frente a las «movilizaciones parciales», que fueron movimientos bélicos de menor escala a los que vemos actualmente, guerras de contacto directo. «Bastaba enviar a los campos de batalla un centenar de miles de reclutas mandados por unos jefes de confianza» para no morir en medio de la guerra.

Estas movilizaciones parciales generalmente estaban fundadas en ideales concretos. Cumplían, por decirlo así, con cierta lógica: eran enfrentamientos para defender a la corona, para acelerar alguna cosmovisión de progreso, conquistar determinados territorios o derrumbar un régimen, terminar con las monarquías y defender la existencia de la democracia, etcétera. La violencia no queda jamás justificada. Sin embargo, ese tipo de barbarie no era tan atroz como lo que a nosotros, ojos pasivos frente a un siglo ahogado en la violencia y la muerte en masa, nos ha tocado mirar desde lejos. Ese mismo tipo de movilización total que también Jünger logró vivir en carne propia, siendo soldado en la Primera Guerra Mundial.  

En la movilización total no parece haber mucha lógica; son guerras confusas, absurdas, que se conducen desde múltiples intereses, el más común de ellos tiene que ver con el sostenimiento de una economía global

Los movimientos bélicos previos a la primera y segunda guerras mundiales eran una lucha feroz entre dos cuerpos frente a frente, la violencia adornada de valores como el honor, la lealtad a una nación, y la defensa de una causa que se creía racional, en la cual, escribe Jünger, «lo que irrumpía era la auténtica pasión, esto [era], sobre todo en el nudo combate, en el combate directo a vida o muerte». Por su parte, en la movilización total no parece haber mucha lógica. Son guerras confusas, absurdas, que se conducen desde múltiples intereses; el más común de ellos tiene que ver con el sostenimiento de una economía global, de un capitalismo que domina todo rincón y cobra por cada víctima alrededor del mundo. El negocio armamentista también paga con vidas de inocentes.

El belicismo actual es el negocio del absurdo; cualquier banal pretexto puede darle la concesión a un país de lanzar una bomba a una ciudad al otro lado del mundo. Esta movilización total que Jünger veía con terror desde inicios del siglo pasado se inició como una «acción armada que fue penetrando cada vez más en la amplia imagen de un gigantesco proceso de trabajo; junto a los ejércitos que se enfrentan en los campos de batalla surgen los nuevos ejércitos del tráfico, del abastecimiento, de la industria del armamento». Hasta evolucionar, y esto no lo dijo Jünger, en la pornografía de la violencia total, en la banalización del dolor ajeno. En la transgresión de la dignidad humana que, sin límites ni pudor, multiplica imágenes de niños amputados, de civiles asesinados de manera brutal, de horrorosos enfrentamientos con armas que ni el mejor ejército usa, que no tienen que acaecer ni siquiera en una guerra, sino tan solo en un efímero combate entre dos cárteles.

De la movilización total seguiría la actual necropolítica, la muerte en masa, la muerte sin nombres, los ejecutados anónimos, los feminicidios, los rostros borrados y el duro carpetazo de tantos casos de desaparecidos y desaparecidas. Todas esas víctimas pesan en nuestra consciencia, son para el inconsciente colectivo una imagen de gran malestar, una herida profunda que no cierra, y que a veces nos hace preguntarnos si no seremos nosotros los próximos en salir en los titulares de los periódicos amarillistas, o en las noticias, o si parte de nuestro cuerpo destajado no será exhibido en algún portal informativo, o en sus redes sociales para conseguir mayor rating.

¿Qué nos diría Jünger frente a eso? Quizá estaría aterrado al darse cuenta de que en algunos sitios no es necesario estar en guerra con otro país, porque basta con el infierno que sucede entre los habitantes de una misma nacionalidad. Quizá estaría aterrado de ver cómo ese negocio armamentista, el perfeccionamiento de artefactos para matar de una sola vez a muchos y a cientos de kilómetros, son usados para matar a un par, y en un espacio reducido. Esta es ahora la verdadera catástrofe que a muchos nos toca pensar: el odio total y el infierno local.

Jünger quizá estaría aterrado al darse cuenta de que en algunos sitios no es necesario estar en guerra con otro país, porque basta con el infierno que sucede entre los habitantes de una misma nacionalidad

La movilización total del mundo social: construyendo una coinmunidad

Así como la violencia y la ascendencia en los grados de ejercerla —ya sea como exterminio en masa, o como homicidios, feminicidios y ejecuciones en el infierno local— ha sido parte de esa globalización de lo que alguna vez Jünger y Heidegger nombraron, de modo muy genérico, «la técnica», también nos ha llegado la consciencia de que no somos tan distintos a hombres y mujeres que habitan al otro lado del océano, gracias al perfeccionamiento de esa misma técnica que a veces puede ser utilizada para construir comunidad.

Dentro de esta globalización que configura una nueva movilización total, no solo armamentista y militar, sino de personas que se mueven rápidamente de un país o continente a otro en cuestión de horas, también tendríamos la posibilidad de construir una —como Peter Sloterdijk la ha llamado— «consciencia compartida de la inmunidad, una coinmunidad», dadas las circunstancias de la actual emergencia sanitaria. El destino de la humanidad podría ser otro si nos tomáramos muy en serio que, a pesar de la globalización de los contagios masivos, también se ha vuelto esencial la comunicación inmediata y la colaboración internacional para contrarrestar la pandemia y frenar la acelerada muerte en masa. O como escribe Maurizio Ferraris desde su muy pesimista y propia versión de la Movilización total, «la microfísica del poder se concreta en la posibilidad de alcanzar en un instante y de manera individual a un gran número de personas, facilitando mucho la movilización total del mundo social».

Un mundo social que puede estar al alcance de un celular, y que quizá sí y no con menor razón, pueda ayudarnos a autolegislar nuestro comportamiento, asumiendo las medidas de prevención para contener el contagio y la muerte masiva causada por el covid19. Quizá sí, remitiéndonos nuevamente a Ferraris, aunque el uso del celular no deja de «reafirmar el estado de servidumbre voluntaria que parece ser una constante antropológica que emerge con particular evidencia en la época de [esta actual] movilización total». Por otro lado, podría ser que considerar cierta cohesión con la comunidad como un tipo de heteronomía, incluso en situaciones de emergencia como la que hoy atravesamos, no deje de ser parte de esa metástasis que nos carcome como occidentales, la confirmación irrenunciable de mi propia individualidad, aunque eso implicara, incluso, dar muerte a toda una ciudad. En ese sentido solo seguimos reafirmando la movilización total de la que tanto nos alertó Jünger; desde la afirmación de nuestro propio egoísmo, somos cómplices de esa cifra, del montón de muertos anónimos que seguimos afirmando desde nuestro individualismo occidental.

El destino de la humanidad podría ser otro si nos tomáramos muy en serio que, a pesar de la globalización de los contagios masivos, también se ha vuelto esencial la comunicación inmediata y la colaboración internacional para contrarrestar la pandemia y frenar la acelerada muerte en masa

La hipertrofia del yo: una emergencia que ha de atender la filosofía

Filosofía & co. - COMPRA EL LIBRO 9
Muerte y alteridad, de Byung-Chul Han (Herder).

Somos culpables de ese más de un millón de muertos a nivel mundial. Habrá que escuchar con atención la sugerencia de Byung Chul Han: olvidar la obsesión por la propia muerte,  abandonar esa idea de «autoconservación ciega que conduce a la rigidez cadavérica», la patológica consideración de que soy siempre lo más importante y que no soy capaz de «percibir al otro en cuanto que otro. El otro es o bien la imagen reflejada del yo o bien el no-yo, que hay que negar. La revuelta contra la muerte, la hipertrofia del yo y la ciega negación de lo distinto se condicionan y se refuerzan mutuamente», cuando no podemos confirmar que somos frutos del mismo árbol y que la única manera de sobrevivir a cualquier catástrofe, cualquiera que esta sea, es profesando un amor auténtico: «Cuando uno se pasa al otro, cuando uno es el otro, cuando uno ama olvidándose de sí, mi muerte ya no existe. Quien ama no muere. El miedo desaparece».

Ninguna época ha prescindido de la catástrofe, pero quizá la mayoría ha prescindido de la comunidad en aras de lo que Han llama «la hipertrofia patológica del yo, del individualismo», que cada vez confirma, al menos en Occidente, una sociedad carente de amor, de inconsciencia frente a eso que Sloterdijk cree, utópicamente, es la época con mayor «interconexión de vidas humanas en la Tierra».

Escribió Schopenhauer hace un par de siglos que quien pretenda incrementar su propio placer de forma egoísta, causando con ello un gran sufrimiento en el otro, también se lo causa a sí mismo sin saberlo: «El atormentador y el atormentado son siempre el mismo».

Quizá la pertinencia de la filosofía actual se funde en volver a darle prioridad a la ética —no en desaparecerla—. Muy al contrario de lo que parece suceder en muchas partes de Occidente, la filosofía debe reconstruir, hoy más que nunca, el tejido social. Si bien es necesario confirmar la autonomía individual, eso no significa dejar de reconocer —vuelvo a Schopenhauer— que «la maldad, el sufrimiento y el odio, la víctima y el verdugo, por muy diferentes que se muestren al conocimiento individual» son siempre parte de la misma madera.

Declararle la guerra al cada vez más radical individualismo inmoral habría de ser la preocupación primordial de la filosofía.

Sobre la autora

Julieta Lomelí es candidata a doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente escribe una columna de filosofía en el suplemento cultural Laberinto, de Milenio México, y un blog en filosofía&co. Ha escrito y publicado en revistas culturales y literarias como Cuadernos Hispanoamericanos, Nexos, Letras Libres, revista Etcétera y revista Replicante.  

Dosieres exclusivos, podcasts, libros de regalo, descuento en otros y en más productos… Haz clic aquí.

5 COMENTARIOS

  1. Tal vez serîa conveniente adjetivar la palabra individualismo, reconociendo la existencia de un individualismo egoista y la de un individualismo igualitario. Buen dîa.

  2. En el mel leo Filosofía y ética para reconstruir la sociedad y salvarla del egoísmo, luego esta frase se repite deslizando sôlo la ultima palabra: Filosofía y ética para reconstruir la sociedad y salvarla del individualismo. Egoismo se convierte en individualismo. Lo curioso es que ayer dandome cuenta unicamente del titulo pensaba decir que el empleo de individualismo era poco riguroso ya que como casi siempre significa en realidad egoismo. En 77/78 nuestro profesor Carlos Bousoño defendîa que con la liberacion del comercio (seda en particular) en el mediterraneo el mundo habîa cambiado del todo de una noche a la la mañana, despues de acostarse «personalista y conservadora» se habîa despertado «individualista y progresista». Como ejemplo de personalismo nos citô el CId, todos por uno. Bousoño pensaba que el individualismo progresista, eso es la confianza en la potencialidad de todos y cada uno de uno de nosotros habîa sido, (allâ por el siglo XII me parece la con liberacion del comercio para la importancion desde Constantinopla de la seda y demâs) el pistolazo de salida para el progreso, luego la Ilustracion, movimientos democraticos, liberacion obrera etc… La verdad es que la palabra individualismo tiene muchas interpretaciones, reconozco que me he quedado con la de Bousoño, y noto que en general su utilizacion es una especie de Marketing (mercadotecnia) para atraer lectores que pueden pensar en individualismo/derecha frente a colectivo/izquierda. Pienso que casi siempre la palabra individualismo suple a la correcta egoismo por su aspecto Marketing y en general rehuyo leer los articulos que se basan en esta palabra comodin «individualismo». Pero con vosotros lo harê distinto, cuando podrê leerê la entrevista que tal vez es muy interesante! Buen dîa a todo el equipo y a los lectores.

  3. ¡Excelente trabajo, Julieta! Me gustaría saber más sobre cómo piensas que la filosofía puede reconstruir los tejidos sociales… en particular el de los institutos de investigación en filosofía.

    • Querido Efraín, mil gracias por tus comentarios, viniendo de ti es un verdadero halago. Pienso -de manera muy humilde y esperando algún día asumirme de manera más formal como tal- que como académicos nos correspondería tejer redes colaborativas y de verdadero compromiso entre colegas y estudiantes. Vínculos sólidos y en los cuales se exprese un interés por la labor de todos y todas: que no menospreciemos el trabajo del otro desde la falaz superioridad intelectual. Sé que hablar de una labor interdisciplinario o transdisciplinaria no siempre es sencillo, menos cuando uno está metido en una investigación que aspira al rigor filosófico, a la publicación de resultados en revistas arbitradas, etcétera, pero lo que sí es posible -y bastaría con tener la gentileza de quererlo-, es dialogar sobre nuestra labor con nuestros pares y estudiantes, tanto en los seminarios, como en las clases. Y de la misma manera en que seamos escuchados, comprometernos a escuchar a los otros, poner atención en el trabajo de cada uno de los integrantes de nuestra comunidad, olvidando los afanes narcisistas, las querellas por el poder, y las etiquetas entre analíticos, continentales, posmodernos, etcétera: Hacer filosofía sin más. Creo que eso sería un primer paso para reconstruir, al menos, nuestro tejido social más cercano. Pero para ir más allá de nosotros mismos, de nuestras oficinas, y de la misma academia, pienso que también es necesaria -y ésta debería ser sobre todo gestionada, valorada, y ejercida por colegas de los institutos de investigación filosófica- la labor de divulgación. El rigor no está peleado con la divulgación, se pueden y se deberían hacer ambas cosas, sobre todo ahora que se está volviendo más necesario ante un mundo en el cual se menosprecian las humanidades, la filosofía, el arte, y esas disciplinas que nos ayudan a ponerle un alto a los abusos de poder y a la existencia irreflexiva. Las humanidades son la base para aprender a valorar a las personas, más que a las cosas materiales. La filosofía nos puede ayudar a reconstruir el tejido social desde el momento en que nos enseña a ver a los demás como fines en sí mismos, y no sólo como medios explotables para cumplir nuestros propósitos a costa de lo que sea… Y de esto último, no sé si estemos mínimamente cerca de lógralo, ni siquiera, en nuestra pequeña comunidad académica. Pero me gusta siempre pensar en las palabras de Jean Luc Nancy en La Communauté désoeuvrée: «la comunidad nos es dada con el ser y como el ser, bastante más acá de todos nuestros proyectos, voluntades y empresas. En el fondo nos es imposible perderla”. Así que nosotros sabremos si queremos volver dicha comunidad la morada de esa patética «otredad del infierno» sartreano, o comenzar a reconstruirla con cuidado, igualdad y respeto por el otro.

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre