La filosofía, a la calle

Desde la separación de filosofía y ciencia allá por el siglo XIX, la filosofía pareció encerrarse en sí misma. En el XXI sale a plena luz del día.
Desde la separación de filosofía y ciencia en el siglo XIX, la filosofía se encerró en sí misma. En el XXI está abierta.

¿Por qué hay que divulgar la filosofía? ¿Por qué es necesario acercarla al gran público, ponerla al alcance de todo el mundo? El término ‘divulgativo’ goza de una visión más bien mediocre. Para los entendidos, se refiere a una versión simple, descafeinada, de los temas académicos, que serían los verdaderamente importantes. Una excesiva falta de sustancia y ligereza de contenido. No estamos de acuerdo. La filosofía, a la calle, su lugar.

Es cierto que dentro del mundillo de las obras divulgativas existen ejemplos que más bien parecen parodias de la ciencia a tratar. En ocasiones, se trata de productos que nada aportan realmente al usuario, más allá de la pérdida del dinero que hayan pagado por ellas. Y también es cierto que su número, con el paso de los años, ha crecido hasta niveles sorprendentes: es casi imposible acudir a una librería sin darse de bruces con, al menos, media docena de libros de divulgación o autoayuda, especialmente si nos fijamos en el estante de best sellers.

Curiosamente, la filosofía es una de esas ramas del saber que no goza de especial representación en este campo. Desde la separación de filosofía y ciencia allá por el siglo XIX (antes, por lo general, habían caminado de la mano), la filosofía pareció encerrarse en sí misma, dando lugar a todo tipo de teorías y pensamientos que, en muchos casos, parecían valorarse simplemente por su dificultad para comprenderlos, pese a que se basaban en premisas sin ningún interés real. La filosofía ha quedado ahí durante los últimos siglos, apartada, negándose a salir de su espacio académico, juzgando casi como a indignos de su sabiduría y utilidad práctica al común de los mortales.

“Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados sin tratar de abrirlos jamás”, dijo Descartes

No ha sido así con otras muchas ramas del conocimiento, que sí han sabido aprovechar las ventajas de ofrecerse al gran público. Mediante un lenguaje más sencillo y una narración más cómoda, autores de todo el planeta han puesto a disposición de cualquiera conocimientos de psicología, de sociología, de nuevas tecnologías, etc. Han hecho buen uso de la tan vilipendiada ‘Divulgación’ (así, con mayúscula) y la respuesta no ha podido ser mejor: el éxito y la fama de sus autores, la normalización y el interés del público respecto de sus materias. La gente ha demostrado que está hambrienta de conocimiento, que se hacen preguntas y buscan respuestas. Que no son, en definitiva, los simples y vacíos individuos que muchos se habían empeñado en que eran.

Mural en la facultad de Filosofía de la Universidad de Valencia (España).
Mural en la pared de la facultad de Filosofía de la Universidad de Valencia (España). Autor foto: Joanbanjo. Distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 3.0.

Y esa es una veta que la filosofía también debería explotar. Sin olvidar su base y contenido académico, ha de acercarse a la gente, quitarse esa fama de arisca y aburrida, vestirse con sus mejores galas por dentro pero con vaqueros por fuera y salir a la calle. Cómoda, pero segura de sí misma. Por mucho que a algunos les cueste reconocerlo, hay mucho mérito (mucho ‘arte’), en algunas de las citadas obras de divulgación: la capacidad de enganchar al lector, de motivarlo, de despertar su curiosidad. La adopción de un estilo narrativo efectivo, al alcance de quien se quiera acercar al tema por neófito que sea. Y, por qué no decirlo, el conseguir que todo ello sea lucrativo y productivo. Son todas ellas virtudes de la divulgación a las que tal vez no reconocemos el mérito que tienen. Pero lo cierto es que cuando un disco tiene 10 canciones que podrían ser 10 singles por sí mismas, se trata de un buen disco, incluso aunque no nos guste su estilo musical.

Calle del Pensamiento en el barrio de Tetuán, de Madrid (España).
Placa de la Calle del Pensamiento en el barrio de Tetuán, de Madrid (España). Autor foto: Asqueladd. Distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 3.0.

Si “Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados sin tratar de abrirlos jamás”, como dijo Descartes, ¿no tiene derecho todo el mundo a abrirlos y ver? Nada puede haber más enriquecedor, en los tiempos que corren, que lograr que la filosofía atrape a cuanta más gente mejor. Hombres y mujeres, mayores y pequeños, ricos y pobres. Por suerte o por desgracia, vivimos en un siglo de revolución en lo que a comunicaciones se refiere, donde la información –la buena y la mala– están al alcance de cualquiera. Tenemos mayor libertad e inmediatez para leer y ser leídos de lo que jamás ha sido posible en la historia. No hay mejor oportunidad posible. Con esfuerzo, calidad y maña (y quizá algo de suerte también) puede que la filosofía aparezca también algún día en el estante de los más vendidos y sus teorías alcancen un público tan amplio que formen parte de las charlas cotidianas.

¿Qué pasaría si los ciudadanos viviéramos, pensáramos, actuáramos… con la filosofía en las venas?

Imaginemos por un instante el impacto que podría tener en el mundo una normalización de ese nivel, que llevara a que las ideas de Platón y Aristóteles, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, Descartes y Locke no fueran entendidas como simple materia de colegio, sino asimiladas y disfrutadas. Ciudadanos que vivan, observen, piensen, actúen, voten… con la filosofía en las venas.

La filosofía ha contado con algunas de las mentes más brillantes que ha dado la historia y nada bueno puede salir de ocultarla (por soberbia, principalmente) en una caja. Divulgarla, fomentarla y atraer a la gente hacia ella puede, por el contrario, cambiarlo todo. ¿Quiénes somos nosotros para negar semejante regalo a la humanidad? Pongámonos a ello.

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