Si la felicidad pasa por preguntarse quiénes somos, por desarrollar capacidades intrínsecas como la solidaridad o por la idea de conjugar armónicamente lo que pensamos con lo que sentimos, entramos de lleno en el territorio de la filosofía. © Ana Yael
Si la felicidad pasa por preguntarse quiénes somos, por desarrollar capacidades intrínsecas como la solidaridad o por la idea de conjugar armónicamente lo que pensamos con lo que sentimos, entramos de lleno en el territorio de la filosofía. © Ana Yael

¿Qué es exactamente la felicidad? ¿Es inherente a la especie humana? ¿Estamos genéticamente programados para ser felices? Joaquín María Bartrina y de Aixemús, un poeta catalán del siglo XIX, aconsejaba en su poema Fabulita: «Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices». Pues parece que desoyendo su consejo, en esta primera parte del dosier, el profesor de Filosofía Luis Alfonso Iglesias y uno de sus alumnos, José Ángel Villuela, analizan la relación entre la filosofía y la felicidad a lo largo de la historia.

La vida en cuatro letras, de Carlos López-Otín (Paidós).
La vida en cuatro letras, de Carlos López-Otín (Paidós).

Un libro de reciente aparición, La vida en cuatro letras, escrito por Carlos López-Otín, uno de los científicos españoles de mayor relevancia internacional, plantea la cuestión de la felicidad desde el punto de vista de la filosofía y de la ciencia. Esta se conforma entre nuestra parte sapiens y nuestra parte sentiens, es decir, entre la inmensidad de reacciones químicas que crean esa armonía llamada vida biológica y la pregunta misma por la felicidad.

«Si fuéramos perfectos seríamos microbios», dice el científico de la Universidad de Oviedo, en Asturias, rechazando la idea de que la felicidad pueda identificarse en algún momento con la inmortalidad tal y como así lo consideraba el tribuno romano Marco Flaminio Rufo, el protagonista del cuento de Jorge Luis Borges El inmortal que figura en su libro El Aleph. Si con Borges consideramos que, salvo los humanos, todos los seres son inmortales porque ignoran la muerte, entonces la consciencia de nuestra finitud forma parte del entramado de nuestra posible felicidad. Quizás por eso el califa cordobés Abderramán III (uno de los candidatos de la historia a ser considerado como el hombre más feliz del mundo) decía que, de toda su larga vida llena de posibilidades, riquezas y honores, los días de felicidad plena se resumían en catorce.

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