Filosofía del beso

El dualismo alma-cuerpo se disuelve en el beso. En el beso las almas se rozan. Pensar el beso no es asunto baladí, sino un punto central de nuestra antropología. Ilustración de BiancaVanDijk Pixabay (CC0).
El dualismo alma-cuerpo se disuelve en el beso. En el beso las almas se rozan. Pensar el beso no es asunto baladí, sino un punto central de nuestra antropología. Ilustración de BiancaVanDijk distribuida por Pixabay (CC0).

Besar es un acto corporal único en nuestra especie, un acto cargado de significado y simbolismo. Por eso, filosofar sobre el beso no tiene como única ambición reflexionar sobre el amor, sino que puede aspirar a pensar la humanidad. En este artículo, repasamos la tipología clásica del beso y exploramos las distintas concepciones que algunos autores modernos tuvieron del mismo.

Por Azahara Valverde Alonso

Tipología del beso

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El banquete, de Platón (Mestas Ediciones).

Quisiera hablar del besar. Y de cómo en la historia de la filosofía también cabe un estudio sobre lo carnal. En la Antigüedad y en las obras canónicas del neoplatonismo renacentista se revela que hubo tres tipos de besos. El primero, de carácter visceral y preludio del sexo, tiene como finalidad ser la burocracia del acto sexual: es una etapa transitoria de camino al coito. Este primer tipo es apodado «primitivo» y no tiene ninguna finalidad trascendental más allá de la preservación de la humanidad. Este tipo de beso corresponde a la concepción del amor de la androginia de El banquete en Platón, pero también con el pensamiento de Schopenhauer y la burocratización de la procreación.

El segundo tipo de beso es el denominado «metafórico». Este beso es aquel que desprende el alma del que besa para unirse a la del Dios que ama. En este beso, los amantes son iluminados por la luz divina. Este beso corresponde a la unión diotímica, según leemos en El banquete. Es un beso metafórico porque no tiene por qué contener la acción del beso como tal, sino que es más bien un estado de enajenación que nos hace sentirnos besados por Dios.

Este beso es un beso correspondiente al milagro divino, un beso que podría identificarse dentro de la metafísica de las beguinas como un beso místico o un milagro, el roce de Dios, el sentimiento de la bendición. Aquel beso que cambia la concepción del espacio-tiempo y que hace del ser humano encarnado un sujeto delimitado por Dios y a su merced.

El último arquetipo de beso es el denominado «real» o «trascendental» y es definido como un entremezclamiento del aliento de los amados. También corresponde a la concepción diotímica, ya que busca la contemplación divina, pero está «informado por la concepción andrógina y guarda una deuda con el discurso de la philía aristotélica y la amicitia ciceroniana», dice Felipe Valencia en un artículo. Es decir, aunque se denomina beso trascendental, es aquel beso que trata de imitar el milagro, o dicho de otro modo: el ser que pretende besar y pierde su noción de individualidad se asemeja al ser que experimenta lo divino.

Según la Antigüedad y las obras canónicas del neoplatonismo renacentista hay tres tipos de besos: el primitivo, el metafórico y el trascendental

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De Amore. Comentario a «El banquete» de Platón, de Ficino (Tecnos).

Los amantes que se besan y que envuelven el beso dentro de un contexto de enajenación y enamoramiento se parecen a las beguinas, que vivían toda la vida esperando a que Dios las eligiera para ser dignas del milagro (también conocido como il fino amor). Cuando sucede el milagro, se pierde la noción del espacio-tiempo y a su vez la del cuerpo y alma, quedando quizás el alma al descubierto y desapareciendo la cárcel-cuerpo. Por eso, este beso es trascendental: porque no es un milagro, pero nos hace trascender como en uno de ellos.

En De pulchro et de amore (1531), Agostino Nifo sostiene que la imagen de lo bello tiene que llegar al alma a través de los sentidos. En este caso, del tacto y del olfato, porque la vista y el oído se quedan cortos. A través del gusto puede llegarnos algo de belleza, pero solo cuando «el gusto invade el campo del tacto y se hace con su fundamentación. Porque al tiempo que en el beso saboreamos una suerte de dulzura proveniente de labios, lengua y boca, nos llega también a través del gusto una imagen de lo bello» (De pulchro, XL; cfr. LXV).

Más tarde, cuando Ficino comenta El banquete, dice que «el amor es la búsqueda de la verdad más allá del otro» y «el sujeto debe encontrar un nuevo espacio de sujetidad cuando el amor lo enajena». Así, Ficino atribuye a Platón que con el beso entre amantes nace el intercambio de las almas.

El beso trascendental es una mezcla de los dos tipos anteriores: es un beso real que busca imitar el milagro. Un beso en el que el aliento y las almas, se entremezclan

Metafísica del beso

Uno de los temas más estudiados en metafísica es la naturaleza de las cosas y los accidentes de la sustancia. Las mutaciones de la sustancia, tales como la muerte o la transformación, pueden ser provocadas por otra sustancia racional o por otros conceptos que inciden en nosotros como el tiempo-espacio. Tomás Alvira, en su libro Metafísica, habla de las mutaciones accidentales como un cambio en un sustrato permanente, la sustancia, de unas perfecciones mutables conocidas como accidentes.

Químicamente, el amor transforma al ser humano, por lo que podríamos decir que el beso, formando parte del acto del querer, hace que la sustancia mute. Sin embargo, podría llegar a plantearse un dilema de identidad cuando nos besamos, un dilema sobre la dualidad del ser uno y el otro. La sustancia se define como aquella realidad cuya esencia le compete ser en sí, no en otro sujeto. Sin embargo, biológicamente, cuando dos personas se besan se comunican como dos iguales.

Cuando pretendemos besar, el beso es potencia y no acto en sí, y sabemos que hay una intencionalidad para realizar dicha acción. Pero en el momento en el que el ser se embarca en ese momento, no sabemos quién besa o es besado, o si somos nosotros mismos quienes nos «besamos».

Se da una relación de equivalencia entre el yo y el otro, y por un momento se rompe la dualidad. Esto se explica de la siguiente forma: en un espacio con dos personas que van a besarse, sabemos que hay dos sujetos diferenciados. Pero en el momento en el que ambos se embarcan en dicha acción, no sabemos quién da y quién recibe, aunque haya una acción presente de dar-y-recibir.

Con el beso muere la concepción de uno y otro y nace el «nosotros», transformando nuestra sustancia y la del otro en una misma. Si no somos capaces de diferenciar quién es quién dentro de la acción, quién soy yo y quién eres tú, perdemos la noción de ser. No podemos hablar de singularización de la materia, porque materia, cantidad y forma sustancial no quedan del todo claras.

Lo que sí está claro es que el beso es un acto recíproco. Es decir, damos y nos dan besos, por lo que podríamos hablar de que hay una muerte del anterior yo que no-besa y dos resurrecciones: el yo que sí-besa y el yo que es-besado, en el caso de que quisiéramos continuar con el argumento de que el yo y el otro son dos sujetos diferenciados.

Sin embargo, si hablamos de que el yo y el otro no se distinguen y nace un nuevo ente sustancial conjunto, una nueva esencia posterior al beso, hablamos de que hay dos muertes y una resurrección: muere el «tú» y el «yo» y nace el «nosotros». Esta transformación podría darse debido a un espejo pneumático o un reflejo de almas, ya que el pneuma es la «respiración».

Una respiración que se entrelaza entre el yo y el otro, matando el beso el lenguaje verbal y dejando solo el aliento. Para los griegos haría referencia también al alma, lo opuesto al cuerpo, y por tanto podríamos hablar de que cuando se pierde la dualidad del uno-y-otro sucede, de nuevo, aquel «beso de almas» platónico.

En el beso no sabemos quién besa y quién es besado. Se da una relación de equivalencia entre el yo y el otro, y por un momento se rompe la dualidad

Schopenhauer y el beso que devora la existencia

Schopenhauer, el padre del pesimismo filosófico, habla del querer como una necesidad o carencia, y también como algo que nos falta, y esto provoca sufrimiento. La satisfacción del deseo, tratar de calmar la falta de algo con su ideal, sería lo que nos haría dejar de perecer. Sin embargo, aunque pudiéramos satisfacer el deseo de amar, quedarían tantos otros deseos por cumplir que no llegaríamos a ser plenamente conscientes de la felicidad que eso supone.

Es una concatenación de necesidades que nos hace perder la noción del amar por gusto y lo transforma en necesidad inalcanzable. Aquel al que amamos, además, ha de reportarnos un placer adicional: el estético. Pero no solo en términos de belleza física, sino que la expresión y el carácter también son objeto de deseo.

Para este autor, el beso funciona de manera diferente en hombres y mujeres, ya que las mujeres idealizan el beso y los hombres solo pretenden cubrir necesidades fisiológicas. No hay un espacio común porque la idea de amor romántico solo la tiene una de las dos partes: existe la individualidad y no se difumina el ser como en otras teorías. Es todo mucho más visceral.

El beso sería, en la filosofía de Schopenhauer, aquello que precede a la voluntad de la especie. Es decir, partiendo de la idea de que el amor es un placer efímero, besar no es menos. No besamos con ningún otro tipo de motivo que el de perpetuar la especie dentro de un mundo consternado por el hastío vital. No es voluntad humana, sino voluntad de especie.

La sexualidad para Schopenhauer es como un impulso carente de racionalidad y algo a lo que estamos obligados. El precio que tenemos que pagar por ser por un instante seres plenos. No somos conscientes del acto del beso porque no sabemos qué es la pasión; besamos por puro instinto natural.

El beso es la burocracia del acto sexual. Tras haber besado y perpetuado, llegan la culpa, el vacío y la muerte. Y aún siendo conscientes de la cárcel a la que sometemos al hijo, seguimos besando y amando, conscientes de que no hay salida. El beso es el vehículo a lo primitivo, un mero integrante del elenco sexual de la procreación de la especie; una especie infeliz y arrojada al sinsentido de la vida.

Para Schopenhauer, aunque pudiéramos satisfacer el deseo de amar, quedarían tantos otros deseos por cumplir que no llegaríamos a ser plenamente conscientes de la felicidad que eso supone

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Sloterdijk y Benjamin: otra interpretación más trascendental

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Esferas, de Peter Sloterdijk (Siruela).

Siendo un acto recíproco, Peter Sloterdijk escribió en Esferas cómo el amor se desarrolla en tres fases, en las cuales incluye al beso. Se desarrollan tres estados del sujeto-objeto, comenzando por el «espacio-cuatro-ojos», o contacto visual. Más tarde, el «ser-para-otro-rostro» o «esfera-dos-rostros», que es una entrega del yo al otro. Esta entrega es un acto que condiciona la estructura del cuerpo que besa. Primero besamos y luego somos, porque cuando fuimos, rompimos nuestro ser creando otro. Somos como el agua que sigue su ciclo: de hielo cuando nos miramos, líquidos al besar y puro gas al enamorarnos.

El último estado sería la «esfera-dos-corazones». Esta pérdida de dualidad, también presente en esta fase, enreda más al «alma» que al cuerpo. Una esfera que comparte dos corazones es un mismo espacio para dos, o más bien, un círculo que los une rompiendo con su dualidad. Aquí, se entiende el corazón como algo más profundo, como la capacidad de amar y sentir; podríamos hablar del propio alma.

El beso es la pieza necesaria para enamorar, y la mirada por sí sola es insuficiente. Para Sloterdijk esto crea un microcosmos. Y un microcosmos no es otra cosa que un mundo diferente al mundo vivido. El microcosmos es un pequeño mundo que nace y muere cuando besamos, una realidad aparte.

Podría pensarse también que el amor es un arte. Podríamos partir, entonces, de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica con Walter Benjamin, donde se introduce el concepto del aura. El aura se define como aquello que hace única a la obra de arte, sujeta al aquí y al ahora, a la historicidad precisa.

Cada obra posee un tiempo-espacio concreto e irrepetible. La obra de arte tiene, según Benjamin, unicidad, aura propia. Por eso, aunque tratáramos de copiar la misma, reproduciendo o falsificando, no se logra la misma obra porque no podemos volver atrás al inicio de la creación y no disponemos del mismo contexto. Faltan las condiciones externas a la obra de arte que hacen de la misma «lo que es».

Según Sloterdijk, el beso es la pieza necesaria para enamorar; un acto que crea un microcosmos, un pequeño mundo que nace y muere cuando besamos

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La obra de arte en la era de su reproducción mecánica, de Walter Benjamin (Casimiro).

La obra de arte podrían ser también los dos amantes y el aura el beso irrepetible. Cuando nace este amor, muere la dualidad del ser: solo existe aura, solo existe el beso, se para el tiempo y el valor del mismo reside en su unicidad. Se crea un nuevo espacio-tiempo que nace y que muere con el beso. Un nuevo espacio-tiempo que solo puede ser recordado o vivido en ese instante.

Gracias al aura, dice Benjamin, se puede conocer la esencia de la obra de arte. En este caso, y extrapolando, gracias al beso podemos conocer la esencia del amor. Por eso no podemos falsificar el beso, debe ser algo verdadero y que no evoque a los besos pasados, porque para cada dos personas nace un momento único e irrepetible en el que se da a luz a su esencia: el aura.

Partamos de la idea de la que partamos, el beso es, sin duda alguna, un acto único. Yo diría cuasi-trascendental. Cuasi-trascendental porque el ser humano no deja de ser un esqueleto que esconde un alma encerrada y que grita por salir, por mucho que trate de «trascender».

Por eso, el beso no es un billete hacia el mundo de las Ideas, sino un ideal-trascendental: de vez en cuando podemos escapar al microcosmos del «amar», pero al abrir los ojos seguimos con los pies en la tierra y, con suerte, con el corazón en un puño, reflejados en la mirada ajena. Como decía Blas de Otero, me declaro vencido por tus besos.

Sobre la autora

Azahara Valverde Alonso está actualmente terminando un doble grado en Filosofía y Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Fuenlabrada y a la vez estudia Derecho en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Procede de un pueblo pequeño de Extremadura, casi una aldea, Barquilla de Pinares. Llegó a Madrid hace cinco años a estudiar. Dentro de la filosofía, sus intereses son la fenomenología pontiana, la metafísica mística y la cotidianidad. Cree que la clave para comprender el mundo en el que vivimos es no olvidar desde qué lugar partimos.

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