La filosofía de la expresión

"El filósofo expresivo lo será por conseguir que su pluma refleje un sentir masivo: un modo de ser común a muchos que lo leen, volviéndose el espíritu que expresa las preocupaciones de una época", escribe Julieta Lomelí.

Cuando uno se eleva entre las etéreas nubes de la filosofía, puede encontrar dos formas, quizá no antagónicas, pero ciertamente distintas, de hacer filosofía. El primer estilo es el expositivo, que generalmente hace un recuento descriptivo o un tipo de historia de las ideas, limitándose tan sólo a recuperar lo que dijeron otros, y nada más. Un modo más bien informativo, atendido por los comentadores de la filosofía, y algunos académicos.

La segunda manera es un híbrido entre la exposición y la crítica en la que el autor expone las ideas de algún emblemático filósofo, pero también consigue compararlas con su propia voz, para asentir o —en el más creativo de los casos— disentir con aquellas. Es el juego del polemista y del investigador que osa convertirse en algo más que un mero comentador. Esta segunda forma es necesaria para lograr cierto grado de originalidad; se funda en la astucia de actualizar lo dicho por otros, pero al mismo tiempo replegarse en el terruño del ‘sí mismo’ y pensar que desde dicha individualidad seguro seguirá habiendo algo importante que decirle al resto.

Actualmente el modo más difícil e inusual de hacer filosofía es convertirse en epicentro y tema tanto del expositor como del crítico. Ganarse un nombre y jugar en el equipo de los grandes filósofos es una tarea casi imposible, y más ahora, cuando dos milenios de voluminosos libros y edificios conceptuales nos preceden.

Hay dos formas de hacer filosofía: una filosofía expositiva, que hace un recuento descriptivo o una historia de las ideas, recuperando lo que dijeron otros, y una filosofía híbrido entre la exposición y la crítica en la que el autor expone las ideas de algún filósofo y las compara con su propia voz, para asentir o disentir

"Conversar es humano", del filósofo Carlos Pereda (El Colegio Nacional).
“Conversar es humano”, del filósofo Carlos Pereda (El Colegio Nacional).

En su libro Conversar es humano, el filósofo Carlos Pereda hace alusión a “los pensadores profesionales” como este gremio de intelectuales, escritores y académicos que no han podido servirse de todo el bagaje cultural y filosófico que los precede para despegar su escritura más allá del “afán de novedades, por la moda más reciente exportada por alguna Gran Capital del Pensamiento”, o de la cohesión de la grilla, más que de la estricta reflexión política. Así, estos pensadores escriben sus reflexiones “embriagados de entusiasmo nacionalista y limitados al curso de la cita y del estereotipo: a repetir y repetir”.

Para Pereda pareciera que hay dos tipos de intelectuales: quienes sólo producen textos derivados del “discurso de la opinión”, reflexiones nacidas a partir de un “fervor vagabundo”, de una meditación delirante que navega entre la imprecisión de los argumentos, y sobre todo la primacía ornamental del estilo de la escritura; pero también están los que se adhieren al “discurso del pensamiento”, que más allá de los vicios de los “comentadores profesionales” —antes mencionados—, sí logran encontrar un hilo conductor claro, sostenido por una documentación vasta de la filosofía, las ciencias sociales y el bagaje interdisciplinario de una reflexión lúcida, pero al mismo tiempo, lanzada a la valentía de “reformar por cuenta propia” la tradición que les precede.

Por ello mismo, la filosofía de la expresión es un tipo de “discurso del pensamiento” que teje reflexiones transversales, que sumergen sus raíces en la profundidad de la tierra, para que estas puedan ser vistas por la mirada obsesiva del especialista, pero no por ello dejan de florecer hacia la superficie, para que sus hojas logren ser apreciadas por el lector común. Así, el pensamiento expresivo no olvida la pertinencia estética de su discurso, pero tampoco la belleza de las palabras ultrajará la hondura de sus meditaciones.

El pensamiento expresivo cuida la belleza de las palabras pero sin alterar la hondura de sus meditaciones

La filosofía de la expresión no está peleada con lograr un estilo bello de escritura, lo cual tampoco la vuelve frívola. Porque sabrá encontrar el equilibrio entre la belleza y lo elevado, entre la criptología y la claridad, esta última una virtud para la mirada común, para que el lector desperdigado por el mundo de la cultura, que sin habitar ninguna disciplina exclusiva, llegue a la patria de la filosofía y se demore ahí por un largo tiempo. El filósofo expresivo —que libra la invisibilidad en su presente y supera el olvido de sus lectores futuros— lo será por el hecho de conseguir que su pluma refleje algún tipo de sentir masivo: un modo de ser común a muchos que lo leen, y también a otros que ni siquiera lo conocerán, volviéndose el espíritu que expresa las preocupaciones de una época.

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