El escritor portugués Fernando Pessoa nació en Lisboa en 1888 y murió en la misma ciudad en 1935. A pesar de que sólo vivió 47 años, escribió un sinfín de textos bajo distintos nombres. Muchos de estos textos son aún hoy inéditos.
Fernando Pessoa nació en Lisboa en 1888 y murió en la misma ciudad en 1935. A pesar de que sólo vivió 47 años, escribió un sinfín de textos bajo distintos nombres. Muchos de estos textos son aún hoy inéditos. Foto de 1929 de autor desconocido. Colección: Manuela Nogueira. Fuente: Círculo de Leitores, Fernando Pessoa - Obra Poética, Vol. I. Bajo licencia CC0 1.0

La obra del escritor portugués Fernando Pessoa se caracteriza por su alto voltaje filosófico. Tanto sus textos como su propia figura, que escondió detrás de una amplia cantidad de nombres diferentes, siguen siendo un enigma para lectores, críticos y estudiosos. Analizamos sus claves. 

Por Carlos Javier González Serrano

Pessoa (1888-1935) tuvo una corta existencia –se vio truncada por problemas hepáticos irreversibles– que empleó en escribir un sinfín de textos de los cuales, aún hoy, muchos permanecen inéditos. Parapetado tras la máscara de numerosos heterónimos (Bernardo Soares, Ricardo Reis o Álvaro de Campos son los más conocidos), llegó a evaluar públicamente sus propias creaciones a través de la identidad de carne y hueso que otorgó a sus diferentes alter ego, retomando con especial maestría el recurso estilístico (y existencial) del doppelgänger (término alemán para definir el doble fantasmagórico de una persona viva). Uno de esos heterónimos precisamente, Álvaro de Campos, formuló la frase que da título a la muestra Pessoa. Todo arte es una forma de literatura, que entre el 6 de febrero y el 7 de mayo se puede visitar en el museo Reina Sofía de Madrid. 

“Soy dos, y ambos mantienen la distancia, hermanos siameses que no están unidos”

Pessoa explicaba que, en sus escritos, él subsiste “nulo en el fondo de toda la expresión, como un polvo indisoluble en el fondo del vaso donde se ha bebido agua”, a medio camino entre dos extremos: “Ante el vasto cielo estrellado y el enigma de muchas almas, la noche del abismo incógnito y el caos de no comprender nada”.

El espíritu siente, no piensa

Aunque Pessoa transitó las veredas de múltiples géneros literarios (desde la poesía hasta el ensayo), en el conjunto de su obra cobra especial importancia el Libro del desasosiego, redactado a lo largo de más de dos decenios. Como en muy pocos autores, en Pessoa se produce el encabalgamiento entre dos formas de escribir tan distintas como representativas de dos épocas diversas, pero hermanadas: el clasicismo heredado de los siglos XVII y XIX, por un lado, y la necesidad de hacer frente –desde la escritura– a las vicisitudes propias de cada periodo histórico, por otro, característica de la literatura del siglo XX. El propio autor expuso su canon estilístico: “Decir lo que se siente exactamente como se siente –con claridad, si es claro; oscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso–; comprender que la gramática es un instrumento, no una ley”.

Ante la palabra

Pessoa fue un gran aforista y creador de frases de gran fuerza y emoción: “No el placer, no la gloria, no el poder; la libertad, solo la libertad”, pedía; y recordaba: “Sueños los tiene cualquiera: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguirlos o el destino de conseguirse en nosotros”.

El Libro del desasosiego, escrito bajo el heterónimo de Bernardo Soares, es una de las cumbres literario-filosóficas de los últimos cien años. En él se ponen en liza todas las fuerzas presentes en el yo del escritor, que de algún modo representa a cualquier ser humano (“Y pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la sustancia de millares de voces”), encarando la tarea de poner orden en su intimidad, a sabiendas de lo improductivo de tal afán. Pero, como se lee en sus primeras páginas, “el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa”.

Todo es imperfecto

Una de las intuiciones que más estragos causa en los lectores de Pessoa es la que, a través de su capacidad para describir la vida humana como “una venta donde tengo que esperar hasta que llegue la diligencia del abismo”, pone de manifiesto la huera banalidad de la existencia. Aunque esta desazón no provocaría mayor reacción si no fuera porque Pessoa admite como necesario compañero de la “decadencia” el ahínco y empuje por vivir.

“A quien, como yo, así, viviendo, no sabe tener vida, ¿qué le queda sino, como a mis escasos pares, la renuncia por modo y la contemplación por destino?”

En una frase para el recuerdo, grabada a fuego en cualquier lector del autor portugués, aseguraba: “El corazón, si pudiera pensar, se pararía”. Sabemos que “todo es imperfecto”, que “no hay ocaso tan bello que pudiera serlo aún, o brisa tan leve que nos produzca sueño que no pudiera darnos sueño todavía más tranquilo”, y a pesar de todo, de lo inalcanzable de la “experiencia total” y de la vacuidad de nuestros grandilocuentes deseos, perseveramos, consciente y deliberadamente, en la existencia.

Sensaciones que crean en sí mismo sentimientos encontrados: “En mi corazón hay una paz de angustia, y mi sosiego está hecho de resignación”.

La esperanza, un as en la manga de Pessoa

Sin embargo, lejos de mostrar un pesimismo a ultranza (al modo de Cioran) o un descarnado, violento e inevitable atisbo de hecatombe humana (al que apunta el escritor y filósofo Albert Caraco), Pessoa se guarda en el bolsillo el recurso de la esperanza. Un recurso que en absoluto se queda en lo literario, sino que, obligados por el propio devenir vital, se ha de ejercitar: “Ser pesimista es tomar cada cosa como algo trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad”. Pessoa no es pesimista porque la existencia misma no lo autoriza: no hay duda de que nuestra vida transcurre entre penas y desilusiones (“¿De qué sirve soñar con princesas, más que soñar con la puerta de entrada de la oficina?”), de que por eso mismo debemos pedirle “poca cosa”.

Ante el tiempo

Aunque Pessoa no fue filósofo de profesión, todos sus escritos son llamadas al lector para reflexionar y detenerse ante el frenético ritmo que impone la modernidad. “No sé qué es el tiempo –aseguraba– ni sé cuál es su verdadera medida”. Y sin embargo, “¿qué cosa es esta que nos mide sin medida y nos mata sin ser?”.

Pero a la vez es lo cotidiano, eso que vivimos cada día, lo que nos permite embridar y después controlar una angustia que al principio parecía incontenible. Seres limítrofes, encerrados para siempre y a solas con la voluntad de querer serlo todo y la convicción de no poder ser nada. “Nunca nos realizamos. Somos dos abismos –un pozo mirando fijamente al cielo”, escribía Pessoa en uno de los pensamientos más bellos y profundos escritos en el siglo pasado sobre la condición humana. Pero no hay que dejarse engañar: en el autor portugués se dejan ver también, con fulgor extremo –pero nunca diletante, erudito, científico–, las maravillas de la vida. Aunque son estas precisamente las que nos confiesan, en susurros, que puede que haya algo más allá, algo más perfecto que lo sentido, más perfecto que lo ya experimentado. El pasado de lo bueno nos trae –y nos condena a– la esperanza de lo mejor: “Todo en mí es tendencia para ser a continuación otra cosa; una impaciencia del alma consigo misma, como un niño importuno; un desasosiego siempre creciente y siempre igual. Todo me interesa y nada me cautiva”. El fundamental Libro del desasosiego, luminaria inmersa en los oscuros desastres del siglo XX, nos pone sobre la pista para reencontrar, a través de la literatura filosófica de Fernando Pessoa, el pedazo de eternidad que se esconde tras la perecedera existencia: “La vida, espiral de la Nada, infinitamente ansiosa por lo que no puede existir”. Una oportunidad sin parangón para, mediante el contacto con el mundo y el trato con nuestras sensaciones, desenfocar las desdichas y saber sacar provecho de una Nada que, sin embargo, nos ofrece atisbos de un Todo siempre inconcluso. 

Ante la derrota

La realidad puede convertirse en un demonio y nosotros en marionetas, seres desterrados que hacen suyo el “en lo más íntimo de lo que pensé nunca fui yo”. Sin embargo, en en estos instantes de lúcida consciencia en el desánimo cuando llevamos con nosotros “la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”.

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