«El hombre sin estado era una anomalía para la que no existe espacio apropiado en el marco de la ley general, un fuera de ley por definición». Hannah Arendt. © Ana Yael
«El hombre sin estado era una anomalía para la que no existe espacio apropiado en el marco de la ley general, un fuera de ley por definición». Hannah Arendt. © Ana Yael

Las fronteras marcan el territorio, delimitan los espacios y, de paso, en muchos casos, el derecho de las personas a moverse libremente por ellos. En un mundo cada vez más globalizado, alguien –o álguienes– decide si uno o muchos seres humanos pueden traspasarlas. ¿Puertas o muros? ¿Barreras o puentes? ¿Unen y acogen o expulsan y rechazan? Analizamos, en esta ocasión, las fronteras de Europa y la revisión que parece que el Viejo Continente necesita.

Hannah Arendt, la filósofa a la que no le gustaba que la llamaran filósofa, utilizó el término worldlessness para referirse a la condición de no compartir un espacio y un sistema, de no tener un mundo en común, algo así como una situación en la que las personas no son parte de un mismo entorno que las una como seres humanos. Nada nuevo de hoy; el worldlessness se ha dado a lo largo de toda la historia en diferentes etapas, pero parece que ha encontrado su tiempo natural en la modernidad.

«Ninguna paradoja de la política contemporánea se halla penetrada de tan punzante ironía como la discrepancia entre los esfuerzos de idealistas bien intencionados, quienes insistieron tenazmente en considerar como ‘inalienables’ aquellos derechos humanos que son disfrutados solamente por los ciudadanos de los países más prósperos y civilizados, y la situación de las personas que carecen de derechos. La situación de estos empeoró con tanta insistencia que hasta el campo de internamiento (…) se ha convertido en la solución rutinaria para el problema de alojamiento de las ‘personas desplazadas’».
Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt

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