Étienne de La Boétie contra todos

La estatua en homenaje a Étienne de La Boétie en Sarlat-la-Canéda flanquea un grafiti que recuerda el título de su obra «Discurso de la servidumbre voluntaria».
La estatua en homenaje a Étienne de La Boétie en Sarlat-la-Canéda flanquea un grafiti que recuerda el título de su obra «Discurso de la servidumbre voluntaria» y cuya historia se cuenta también en este artículo.

El Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, es la exclamación estupefacta ante el juego del poder despótico y su mansa aceptación. Rebautizado posteriormente como El contra uno, se trata, sí, del grito contra el tirano, pero también contra quienes lo promueven y contra quienes no se cuestionan las razones de lo anterior. Eso ya es mucha gente, eso ya hace que El contra uno pase a ser casi El contra todos.

Por Pilar G. Rodríguez

El discurso empieza con ánimo sosegado y erudito, partiendo de una cita de la Ilíada, deteniéndose en la anomalía de «ver a un millón de hombres servir miserablemente, con el cuello bajo el yugo, no forzados por una fuerza mayor, sino de algún modo (eso parece) como encantados y fascinados por el solo nombre de uno, del que no deben ni temer su poder, pues está solo, ni amar sus cualidades, pues es con ellos inhumano y salvaje». Como si a la vuelta de página no fuera a desencadenarse una tormenta de interrogaciones retóricas y exclamaciones indignadas ante lo apenas esbozado. 

«Mas ¡oh Dios!, ¿qué puede ser esto, cómo diremos que se llama, qué desgracia es esta? ¡Qué vicio, o más bien qué aciago vicio, ver a un número infinito de personas, no obedecer sino servir (…), sufrir los saqueos, los desenfrenos, las crueldades no de un ejército (…) sino de uno solo! ¡Y no de un Hércules ni de un Sansón, sino de un solo homúnculo (…)!». Es un joven de entre 16 y 18 años quien escribe así de profunda y airadamente. Un joven cultivado, respetuoso con las leyes, «amante del orden, enemigo de los tumultos», como lo calificará su amigo Michel de Montaigne en su conocido ensayo De la amistad. Entonces, ¿qué le puede llevar a alguien de esas características a levantar la voz con esa contundencia en contra del más poderoso? ¿Cuáles eran sus intenciones? Y, quizá antes que todo eso, ¿quién es Étienne de La Boétie?

Escrito por un joven de 16 o 18 años, el Discurso empieza de forma sosegada, pero se inflama a vuelta de página: primero contra el tirano, luego contra quienes lo soportan

Un joven sereno escribe un texto incendiario

Estatua de Étienne de La Boétie (Tony Nöel, 1892) en su ciudad natal, Sarlat-la-Canéda, Francia.
Estatua de Étienne de La Boétie realizada por Tony Nöel en 1892. Se encuentra en su ciudad natal, Sarlat-la-Canéda, Francia.CC BY-SA 4.0

De La Boétie había nacido en 1530 en una familia burguesa de magistrados y llegaría a serlo desempeñando labores de asesor en el Parlamento de Burdeos. Era una época turbulenta marcada por las guerras de religión entre católicos y hugonotes, donde se sucedían los saqueos, las revueltas y la represión por parte de las fuerzas de Enrique II. Del autor del Discurso se conoce su gran cultura clásica, su vocación humanista, sus convicciones católicas y su tolerancia religiosa en una época marcada por la intolerancia. Se sabe que dedicó su contundente Discurso a Guillaume de Lur, a quien sucedió en el Parlamento de Burdeos. Se sabe que circulaban copias del mismo y que su uso intencionado por parte del protestantismo llevó a Montaigne –a quien nombró su albacea– a posponer su publicación y a dedicar párrafos explicativos sobre las intenciones del autor en el mencionado De la amistad.

En la presentación del Discurso recientemente publicado por Trotta, el profesor Pedro Lomba hace hincapié en las «múltiples precauciones tomadas [por Montaigne] para que no se consume la injusticia de convertir a su amigo en un opositor político de la monarquía y el catolicismo triunfantes». Montaigne, por su parte, dice que se trata de un mero ejercicio (de retórica), como si quisiera quitarle importancia. Y sí, es verdad, tiene forma y estructura de ejercicio, pero también lo es que De La Boétie empieza por señalar al tirano, lo retrata como el niño que gritó ‘el rey va desnudo’ y, para rematar, da instrucciones para derrocarlo: «No hay necesidad de combatir a este solo tirano, no hay necesidad de derrotarlo; es derrotado por sí solo con tal de que el país no consienta su servidumbre; no hay que quitarle nada, sino nada darle».

Instrucciones para derrocar a un tirano, por Étienne de La Boétie: «No hay necesidad de derrotarlo; es derrotado por sí solo con tal de que el país no consienta su servidumbre; no hay que quitarle nada, sino nada darle»

Y lo que empezó siendo un texto contra el tirano se vuelve rápidamente contra todos aquellos que lo permiten vivir, que le han entregado su voluntad y su libertad con ella: «¡Pobres y miserables pueblos insensatos, naciones obstinadas en vuestro mal y ciegas a vuestro bien! Os dejáis arrebatar ante vosotros lo mejor y lo más claro de vuestros bienes (…)». El libro también llamado El contra uno se vuelve contra todos; contra el tirano, sí, pero también contra los siervos pasivos, entregados que ni piensan ni actúan ni –lo más fácil y eficaz– dejan de servir: «Resolveos a no servir más y seréis libres», afirma un De La Boétie que viene de despacharse a gusto.

Contra los corruptos

Después de la tormenta de recriminaciones, el ánimo del Discurso se sosiega y su autor se parece algo más al aficionado a la paz que describiera Montaigne. Brinda su análisis del tirano, describiendo tres variedades, y explica ciertos recursos de lo que estos se han valido a lo largo de la historia para someter a sus pueblos. La alianza con la religión dio buenos beneficios, también la provisión de abundante entretenimiento y placeres. Pero, sin duda, el mejor de los aliados lo encuentra la tiranía en la costumbre: «Nunca echamos en falta aquello que jamás hemos tenido», afirma De La Boétie, que ve en ella la primera razón de la servidumbre voluntaria.

El mejor de los aliados lo encuentra la tiranía en la costumbre: «Nunca echamos en falta aquello que jamás hemos tenido»

Enseguida se centra en los engranajes de la misma, lo que realmente hace que funcione, el secreto del éxito que De La Boétie califica con esa misma palabra: «El secreto de dominación, el sostén y el fundamento de la tiranía», que no es otro que la corrupción. Se trata de esa maraña de cinco o seis que mantienen al tirano y que lo copian en sus maldades y favores y hacen partícipes a otros 600, y esos 600 proceden de la misma manera con 6.000. Y así es como la corrupción tan hermosa y gráficamente retratada en el siglo XVI se plantó, sin muchas variaciones, en el XXI. Esta organización –repartición más bien– del poder tuvo como resultado que «al final se halla casi tanta gente para la que la tiranía parece ser beneficiosa como gente para la cual la libertad sería agradable». Estabilidad, en el lenguaje actual.

Historia de una foto

Michel Mégard es el autor de esta fotografía que forma parte del montaje que ilustra arriba el artículo. Publicada bajo licencia CC (BY-SA 3.0), la tomó en Ginebra en 2007 y, según explica, «el grafiti estaba situado al lado de la entrada de un edificio, en el barrio Pâquis de Ginebra». Se trata de un barrio popular, internacional, con restaurantes de todos los países y bullicio. Algunas de sus calles conforman una especie de barrio rojo, donde se concentra la prostitución. «Sin embargo, la fachada ‘lacustre’ del mismo barrio está dedicada al lujo». El grafiti forma parte de una serie de pintadas hechas con motivo de la crisis de la vivienda y los desalojos forzosos de algunas casas ocupadas. El autor le dedicó una serie completa a estas pintadas en su web. 

Contra los complacientes

En la ultima parte del discurso, Étienne de La Boétie exhibe el moralista que lleva dentro y pasa a examinar en profundidad a quienes forman la corte del tirano. Sus razones, su forma de vida, su proceder… Esa disección es la mejor y más bella defensa de la libertad que concentra una obra de por sí ya bella, concentrada y dedicada por completo a la libertad: «(…) a veces siento piedad por su estupidez. Pues, a decir verdad, ¿qué otra cosa es acercarse al tirano, sino alejarse de la libertad propia?». Señala De La Boétie cómo estos, no contentos con servir sin más, se aprestan a agradar, a entretener, a adivinar. De nuevo el Discurso se hace vehemente, tanto como para que resulte difícil descubrir en su autor a alguien tan comedido como Montaigne se cuidó en pintar. Esto dice Montaigne sobre los complacientes a sueldo: «Es necesario que se revienten, que se atormenten, que se maten a trabajar en sus asuntos y, después, que se gocen con su placer, que abandonen su gusto por el suyo, que fuercen su complexión propia, que se despojen de su natural (…) ¿Es esto vivir felizmente? ¿Esto se llama vivir?».

La disección que De La Boétie hace de quienes conforman la corte del tirano es la mejor y más bella defensa de la libertad que concentra una obra de por sí ya bella, dedicada por completo a la libertad

Por si no fuera suficiente con pintar ese sinvivir tétrico, De La Boétie da además la razón definitiva: ni tan siquiera es seguro, seguro para la propia vida, y recuerda como en multitud de casos los príncipes han sido aniquilados por sus favoritos, estos por sus protegidos y así sucesivamente. «Yo no sé cómo, al final, y por poca inteligencia que posean, esta se despierta para ser especialmente crueles con los suyos».

Y por la amistad

En este contexto, al final de su disertación, De La Boétie habla de la amistad. ¿Pero qué amistad puede existir entre aquellos que vienen de trazar y tramar alianzas, sopesar beneficios y valorar relaciones, si «no se aman entre sí, sino que se temen los unos a los otros; no son amigos, sino cómplices». La amistad es otra cosa y no es, de seguro, para ellos. El discurso se pone grave, De La Boétie baja la voz: «la amistad es un nombre sagrado, es cosa santa; jamás se da sino entre gentes de bien, y no prende sino por una estima mutua». Son muy pocas líneas las que dedica a explicar su concepción de la amistad, amistad de la buena, pero son eléctricas… Su eco sigue resonando mientras avanza la lectura hacia el final del discurso, donde De La Boétie explica su certeza sobre el castigo especial que el Dios todopoderoso reserva a los tiranos.

Las breves palabras de De La Boétie sobre la amistad en el Discurso –«la amistad es un nombre sagrado, es cosa santa»– encontrarán más extensa continuación en el mítico ensayo que Montaigne dedica a ese tema

Aquellas líneas sobre la amistad encontraron continuación en el ensayo que Montaigne titularía De la amistad y dedicaría a su amigo «perfecto, a su hermano», con palabras empleadas a menudo en el terreno amoroso que han dado lugar a especulaciones sobre la naturaleza de su amor/amistad.

El Discurso y sus complementos

Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie (Trotta).
Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie (Trotta).

El libro de De La Boétie es tan breve que su publicación casi pide ser acompañada por otros textos que lo complementen y que estén a la altura. La edición que Trotta ha hecho del Discurso, en tapa dura, viene precedida de una presentación breve, clara y muy informativa del profesor Pedro Lomba, responsable de la traducción también. Lomba enseña Historia de la filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y es responsable de otras ediciones de textos clásicos en la misma editorial, como el Discurso del método de Descartes. Los textos que firma Étienne de La BoÉtie son dos: además del Discurso, la edición incorpora el testamento que da cuenta del legado que deja a su «íntimo hermano y amigo inviolable». A continuación se recoge la carta donde Montaigne relata al padre de De La Boétie los pormenores del deceso. Es un testimonio curioso y pertinente que devuelve una imagen distinta a la que habitualmente se tiene del padre del ensayo. Dos cartas más y el mencionado ensayo De la amistad cierran la producción de Montaigne. El erudito punto final lo pone el filósofo francés Claude Lefort con su ensayo titulado El nombre de uno, donde establece una relación o comparación con Maquiavelo.

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