La defensa radical del individuo es una de las claves del objetivismo.
La defensa radical del individuo es una de las claves del objetivismo.

Ayn Rand tuvo una actividad extraña para una filósofa. Durante la mayor parte de su vida fue conocida por su faceta literaria, no siendo reconocida como filósofa hasta varios años después, cuando ordenó y definió las bases de su mayor contribución a la historia del pensamiento: la filosofía objetivista.

Por Jaime Fdez-Blanco Inclán

Si bien la fama le llegó a Ayn Rand como novelista -tal y como demuestran los millones de obras que lleva vendidas hasta hoy de El manantial y La rebelión de Atlas, entre otras, al terminar su carrera literaria tomó la decisión de explicar al mundo cuál era el pensamiento que había guiado siempre su vida y la de sus personajes en la ficción. A esta filosofía la denominó objetivismo y es probablemente uno de los pocos movimientos filosóficos originales del siglo XX.

El pensamiento de Rand se sustenta en tres grandes patas: racionalidad, libertad y egoísmo. Tres elementos con los que esta mujer trataría de poner patas arriba el mundo de la filosofía.

Filosofía, ¿quién la necesita?

Filosofía ¿Quien la necesita?, de Ayn Rand (Grito sagrado)
Filosofía, ¿quién la necesita?, de Ayn Rand (Grito sagrado).

Muchos pensadores han hablado de cómo la filosofía enriquece la vida, pero muy pocos han defendido con la misma fuerza que Rand la auténtica necesidad que tenemos los humanos de ella. No es que pensara que fuera útil o favorable para nuestro día a día, sino que estaba convencida de que no es posible vivir sin una filosofía que guíe nuestros pasos, incluso entre aquellos que nunca han pensado en ella. Todos, aunque no seamos consciente de ello, vivimos conforme a una filosofía.

Para vivir, el ser humano necesita actuar, tomar decisiones y pensar. Necesitamos saber quiénes somos, a dónde vamos, cómo aprendemos y a diferenciar qué es el bien y el mal. Es decir, que nos vemos envueltos en cuestiones de índole metafísica, epistemológica, ética… filosófica, en suma. No podemos negar esa necesidad. La única elección que podemos hacer -dice Rand- es desarrollar nuestra propia filosofía o, por el contrario, tomar alguna que ya exista. Dentro de este último grupo, Rand incluía también a las religiones, en su opinión formas primitivas de filosofía que permiten a los fieles, de una manera simple e inmediata, proveerse de unos principios, una estructura y una brújula moral con la que poder vivir.

Sin embargo, Rand siempre apostó por la primera opción, esto es, crear una filosofía propia, por una simple razón: siempre será mejor vivir conforme a una verdad a la que hayamos llegado por nosotros mismos que hacerlo conforme a verdades aceptadas por la fe, porque, en el primer caso, si fallamos, podremos resolverla; pero si aceptamos dogmas impuestos y soluciones sin pruebas, lo único que conseguiremos es destruir nuestra capacidad de encontrar la verdad.

La realidad como juez supremo

Introducción a la epistemología objetivista, de Ayn Rand (Grito Sagrado)
Introducción a la epistemología objetivista, de Ayn Rand (Grito Sagrado).

Todo el planteamiento epistemológico de Rand se sustenta en una tesis muy concreta: la realidad es verdadera y nosotros estamos capacitados para comprenderla. Los hechos objetivos de la realidad (razón por la que su filosofía se denomina objetivismo) son ciertos y los seres humanos tenemos la capacidad de conocerlos mediante nuestros sentidos y nuestra razón.

Puede parecer un planteamiento sencillo, pero con esa afirmación el pensamiento objetivista rompió moldes y se convirtió en una filosofía inexpugnable. Mientras que unos y otros filósofos discuten y dan vueltas acerca de sus certezas, los objetivistas no permiten discusión alguna: algo es cierto o falso en función de si es demostrado por la realidad. Punto.

Rand se consideraba a sí misma discípula de Aristóteles, en su opinión la más brillante mente que la humanidad había conocido. No significa eso que estuviera de acuerdo con él en todo -estaba especialmente en contra de su ética de la «dorada mediocridad», pues consideraba que había cuestiones donde la moralidad y la inmoralidad eran blanco o negro, sin grises-, pero sí que pensaba que por su invención de la lógica y su modelo de conocimiento -empirista, basado en la experiencia- merecía un puesto de honor en la historia de la humanidad.

Como en Aristóteles, Rand cree que el conocimiento nos llega a través de los sentidos y que, una vez recogidos esos datos, es nuestra razón la que se encarga de analizarlos y abstraerlos para crear conceptos. Conceptos que, si hemos dado los pasos necesarios, podremos concluir que son ciertos, de manera que podremos establecer que tenemos la capacidad real de conocer el mundo que nos rodea. No existe, por tanto, posibilidad alguna de relativismo. Las cosas son o no son, de ahí el empeño que mostró en arremeter contra cualquier filosofía que ignorara conscientemente los hechos de la realidad para apoyarse en misticismos. Tanto es así que Rand estaba convencida de que ese era el gran error que la humanidad había cometido una y otra vez a lo largo de los siglos, negar la evidencia lógica de que A = A.

«Puedes negar la realidad, pero no puedes negar las consecuencias de negar la realidad». Ayn Rand

La moralidad del egoísmo

La virtud del egoísmo, de Ayn Rand (Grito sagrado).
La virtud del egoísmo, de Ayn Rand (Grito sagrado).

Si hay un aspecto de la filosofía de Rand que ha llamado la atención del público y la ha convertido en un personaje de gran polémica fue su defensa sin ambages del egoísmo como la única actitud natural, racional -distinto del egoísmo irracional que planteaba, por ejemplo, Nietzsche- y moral del ser humano, al tiempo que demonizaba y consideraba terriblemente malvado su opuesto: el altruismo.

Para Rand, el amor al prójimo por encima de uno mismo no es solo imposible, sino del todo inmoral. Ese tipo de amor incondicional realmente pide que no amemos a nadie, porque implica amar sin tener en cuenta qué valores posee -o no posee- la persona amada. Imaginemos, por un instante, que alguien le dijera a su pareja: «Te amo, pero solo por el beneficio que mi amor te genera. No me aportas nada, no me pareces interesante, ni atractivo/a, ni especial. No haces mi vida mejor ni me afectaría en modo alguno que desaparecieras. Pero yo te amo, porque soy es tan desprendido e incondicional que me casaría contigo solo por hacerte feliz». Nadie querría ser amado de esa manera, porque no parece realmente amor, sino un insulto hacia el otro.

El amor es una relación de la misma naturaleza que lo puede ser un negocio, pero en el que la moneda de cambio que usamos es la virtud. No amamos a alguien porque le hagamos feliz, sino porque nos aporta un beneficio. Nos enriquece, nos hace felices. Y nos hace felices porque admiramos quién es esa persona, por los valores que posee y representa. Amamos porque consideramos al otro valioso para nosotros y queremos tener eso que aporta en nuestra vida. Por tanto, ni amamos sin causa ni deberíamos hacerlo.

¿Podríamos querer a alguien que suponga una decepción continua? Quizá, pero, siendo sinceros, dicho sujeto no debería merecer nuestro amor, consideraba Rand. Siempre podría tratar de ganárselo o recuperarlo mejorándose a sí mismo, viviendo virtuosamente y solucionando sus flaquezas. Eso sí sería algo valioso y digno de estima. Y es ahí donde se encuentra la esencia de la idea romántica del objetivismo.

El autosacrificio

Visto así, el planteamiento de Rand parece lógico. ¿Cómo es posible que haya triunfado entonces su contrario, el altruismo? Para Rand la explicación es clara: no hemos entendido correctamente qué es. No se trata de ser bueno con el otro. Ni de ayudarlo. Ambas son actitudes que no tienen maldad alguna en la filosofía de Rand. Uno puede ayudar a sus semejantes, a su familia y a sus amigos si ese es su deseo y nadie lo obliga a hacerlo.

La rebelión de Atlas, de Ayn Rand (Deusto).
La rebelión de Atlas, de Ayn Rand (Deusto).

La maldad del altruismo está precisamente en su obligación y en su autosacrificio. El dogma indiscutido e indiscutible de que hemos de sufrir nosotros por el bienestar de los que nos rodean, lo merezcan o no, los conozcamos o no. Ante eso, Rand se pregunta cómo es posible que aceptemos como moral una teoría que establece que hemos de abandonar obligatoriamente nuestra vida en favor de los demás y que es completamente legítimo poner sus necesidades por delante de las nuestras. ¿Cómo puede considerarse natural un planteamiento semejante, que nos dice que la moralidad es nuestra enemiga puesto que de ella solo podemos esperar sufrimiento?

Para que una relación entre seres humanos sea moral -dice Rand-, habría de ser buena para ambas partes. Si consiste en una desventaja para uno y una ventaja para otro, dicha relación es nociva, no virtuosa. La relación no es un juego o un intercambio en el que gana quien da menos y recibe más, sino una unión de dos o más personas que miran en la misma dirección como iguales y que se benefician en la misma medida o en la medida que ellos estiman recíproca. Lo contrario no está bien.

Otro aspecto clave es el de la responsabilidad. Bajo el altruismo, se crea la norma social de que cualquiera puede exigir a los demás que le ayuden (si es que quieren ser buenas personas, claro). Es decir, aleja la responsabilidad de la vida que cada uno tiene sobre la suya. Esto no puede ser moral, según el objetivismo. Nuestra vida es nuestra y, por tanto, también lo es la responsabilidad de cargar con ella. No podemos imponerla a los demás, ni tenemos derecho a exigir ayuda alguna. Y al revés: nadie tiene derecho a alterar nuestra vida sin nuestro permiso. Nadie puede imponernos su pensamiento o exigirnos que le saquemos la castañas del fuego, por mucho que disfrace esa exigencia como un comportamiento virtuoso.

Nuestra vida es nuestra, y por tanto, también lo es la responsabilidad de cargar con ella

La respuesta de Rand es el egoísmo racional: un comportamiento que no es el cliché de mirarnos el ombligo mientras pisamos a quienes nos rodean para alcanzar nuestros logros, sino el entender que nuestra vida es un valor del que cada uno es responsable último. Nuestra vida es nuestra, nos guste o no. No podemos exigir que nos ayuden a sacarla adelante y no tenemos que tolerar que otros nos lo exijan. Es nuestro deber mantenernos, educarnos y luchar por nuestros objetivos. Es legítimo y moral dedicar nuestra vida a alcanzar nuestra felicidad y vivirla de la mejor manera posible. Lo inmoral no es ser egoísta, sino altruista: pensar que tenemos derecho a irrumpir sin permiso en la vida de otros y obligarlos a que nos cuiden, nos vistan y satisfagan nuestras necesidades.

Hemos establecido un código moral que dicta que, cuando alguien quiere ayuda, hay que dársela para ser buena persona. Rand responde: No. Todo el mundo puede pedir, pero no puede exigir. No tiene derecho alguno a que se le conceda su petición. No tiene poder para juzgar como malvado a quien se niega a actuar de tal manera, pues parte de un código moral erróneo e irracional.

La vida como fundamento de los derechos

El manantial, de Ayn Rand (Deusto)
El manantial, de Ayn Rand (Deusto)

Todos los derechos fundamentales tienen una misma raíz: la vida. El ser humano tiene el derecho a su propia existencia y, por tanto, a los frutos de la misma. Todo hombre o mujer tiene derecho a disfrutar del producto de su trabajo, de las cosas que son suyas. Tiene derecho a disponer de su vida tal y como quiera, siempre y cuando no vulnere los derechos de los demás. Nadie puede disponer del producto del esfuerzo/trabajo de otra persona sin su permiso, pues eso sería igual a poseer a dicha persona y, por tanto, a convertirla en un esclavo.

Cuando hablamos del producto del trabajo de un ser humano, Rand no se refiere solo a bienes materiales, sino también a las ideas. El producto de la mente es aún más importante que el material, pues todo aquel que inventa algo, ya sea una idea, una técnica o un avance de cualquier tipo, es el máximo benefactor que podemos encontrar para el resto de la humanidad. De no ser por él, ese bien o servicio no existiría, no podría ser disfrutado por nadie. Es por esto por lo que el proceso de creación es clave: «A los seres humanos se les ha enseñado que la virtud más alta que existe es dar, no crear. Pero no se puede dar aquello que no ha sido creado».

«A los seres humanos se les ha enseñado que la virtud más alta que existe es dar, no crear. Pero no se puede dar aquello que no ha sido creado». Ayn Rand

Rand considera que es absolutamente legítimo que cualquier inventor -ya sea ingeniero, médico, químico, físico, filósofo, etc.- se lucre con sus creaciones, al tiempo que considera profundamente inmoral que el resto de lo sociedad se arrogue el derecho a intervenir dicho lucro o actividad, cuando es precisamente gracias al inventor que ellos, como sociedad, pueden disfrutarlo. Nadie que no sea el creador tiene legitimidad moral para influir sobre aquello que no es suyo. Su único poder es el ejercicio de su propia libertad para usar, consumir o invertir -o no hacerlo- en dicho bien o servicio. Nada más.

Individualidad y polémica

Las ideas de Rand levantaron ampollas a lo largo y ancho del espectro ideológico. Siendo una mujer orgullosa e independiente que jamás toleró la superioridad o las normas de nadie y que defendía la libertad individual en todos los órdenes (libertad para consumir drogas -aunque le parecía estúpido que alguien destruyera su mente a sabiendas-, para abortar, para morir, para expresarse, etc.), podría haberse convertido en un referente para la izquierda; pero, por el contrario, fue odiada y atacada por su absoluto odio al colectivismo y a todas sus manifestaciones políticas (el socialismo, el comunismo, el fascismo, el nacionalsocialismo y, en definitiva, toda ideología que diera primacía al colectivo y al estado sobre la persona).

Rand desafiaba toda autoridad, pero especialmente la moral políticamente correcta de que se valían políticos y burócratas, que no eran -en su opinión- más que parásitos que se arrogaban el derecho de imponer su criterio sobre los demás y vivir de su esfuerzo, sin producir ningún bien o riqueza para la sociedad. Un discurso que chocó frontalmente con los movimientos estatistas en auge durante el siglo XX y cuyas figuras no pararon de atacarla, minusvalorarla y marginarla, especialmente a nivel filosófico.

Tampoco a los conservadores les cayó en gracia, si bien sus ideas económicas, plenamente liberales, estaban en consonancia con el pensamiento de estos. Rand fue probablemente la mayor defensora del sistema capitalista, del minarquismo y de los Estados Unidos, por considerarlo el único país fundado bajo la premisa de que los ciudadanos tienen derecho de protegerse del poder, y no al contrario. Sin embargo, nunca le perdonaron su actitud inflexible, su repulsa por toda religión y misticismo y su indiferencia por toda norma social o tradición que no estuviera en sintonía con su código moral.

8 COMENTARIOS

  1. Un excelente artículo en el cual no se ataca ni se defiende la postura filosófica, si no que solo se expone de una manera clara y precisa. Buen trabajo, saludos desde México.

  2. Muy buen artículo, su postura es muy limpia y razonable. Solo no coincido con el hecho de idolatrar a EE.UU. Quizás ese país defienda a sus ciudadanos del poder, pero al resto del mundo busca oprimirlo.
    En fin, en mi opinión, su forma de llevar la vida es favorable para todos.
    Excelente página por cierto!

  3. VERDAD es no darle aliento, comida, calor, tapadera, comodidad, rentabilidad, consentimiento, beneficio, complicidad o argumentación válida a una mentira.
    Y MENTIRA es un “porque sí”, una excusa o una justificación a un no cumplir el deber ético, una incoherencia entre lo que se dice y se hace, un vetar algo real al interés público, un aprovecharse de un bien indecentemente, un callar una injusticia o, siempre, una sinrazón cualquiera.
    ¡Atención!: Únicamente hablo de VERDAD RACIONAL y de MENTIRA RACIONAL, ¡no de otras!
    Galileo, ¿por qué tenía verdad?, pues porque se contrapuso POR PRINCIPIOS (para beneficiar a la razón o al bien) siempre a la mentira, ¡por eso solo!, porque la aspira sin darle cuartel a lo falso o a la mentira.
    Es lo mismo que hace cualquier animal, que aspira a la verdad que contiene la Naturaleza; pero no de despega hacia lo que pueda desorientarlo o equivocarlo en eso. En los seres humanos, son los intereses sociales (artificiales) los que lo desorientan. José Repiso Moyano

  4. Rand tiene mucha razón en casi todo, pero hay algunas cosas que no aclaró lo suficientemente bien, como el proegoísmo contra el altruismo. Es cierto que, para amar a los demás, primero tienes que amarte a ti mismo. Pero el que te ames a ti mismo tiene siempre un finalismo ético del “amar a los demás” o de ayudarlos, que no se olvide esto.

    Y SOBRE EL RESPETO ÉSE QUE TANTO SE HABLA POR TODOS:
    El RESPETO solo existe si no se contraviene a una esencia, y solo hay tres: ÉTICA, RAZÓN y NATURALEZA.
    Tú nunca respetas (aunque digas que sí las veces que quieras) si NO CUMPLES con la ética o con la razón o con la Naturaleza. ¡Exactísimo!, no respetas si engañas al mismo tiempo, si contaminas al mismo tiempo, si te saltas las reglas cívicas o de conducción de tu coche, si das las espaldas a deberes éticos, si no ayudas a lo que ya ayuda per se al Bien, si demandas frivolidad ética o telebasura, etc.
    En precisión, el RESPETO implica siempre un JUEGO LIMPIO: no engañar, no esquivar por nada a la razón (o al que la da demostrada) y un no aventajarte tú silenciando a los demás sus espacios de demostración racional. Por lo cual, el respeto NO SUELE EXISTIR precisamente en ésos que hablan de respeto obsesivamente, ¡nunca! (pues lo usan para engañar o para priorizar cosas no esenciales en un antirrespeto total). José Repiso Moyano

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre