Hacia una erótica de la maternidad

La destrucción de la erótica de la maternidad se produjo con la malinterpretación de los tabús del incesto cuya finalidad máxima consiste en penalizar la experiencia voluptuosa que une los cuerpos de la madre y del hijo. Ilustración de gdakaska (Pixabay; CC0)
La destrucción de la erótica de la maternidad se produjo con la malinterpretación de los tabús del incesto cuya finalidad máxima consiste en penalizar la experiencia voluptuosa que une los cuerpos de la madre y del hijo. Ilustración de gdakaska (Pixabay; CC0).

Al salir de la estación de trenes de Trento, la imagen magnánima de Dante Alighieri saluda al visitante con el brazo derecho estirado al infinito o, tal vez, señalando a un lugar impreciso que marca el comienzo de aquella incipit vita nova. El saludo de Dante es una suerte de salvoconducto que infunde al recién llegado la reconfortante sensación de que su estancia cuenta con el beneplácito del anfitrión oscuro y elevado que vigila desde lo alto. Habría que reflexionar, aunque no sea aquí el lugar, sobre el hecho de que las estatuas celadoras de nuestras ciudades siempre sean negras. Negras e imponentes.

Igual de negro y de imponente se le vuelve a la mujer el cuerpo en determinadas circunstancias de su vida. La maternidad es una de ellas. La imponencia invasiva, feroz y extraordinaria de una materia convertida en un recipiente de lo desconocido, del desconocido. También funciona a la inversa: una materia que toma sin finezas el espacio conocido para hacer de él su espacio. Pertinaz y silenciosa, la naturaleza maquina.

Pero no es la maternidad lo que me trajo a Trento, sino su consecuencia: el nacimiento. Doy por hecho que la maternidad empieza mucho antes del nacimiento de la criatura, instaurándose en las primeras fases de la gestación. Para que sea posible el nacer, se requiere un elemento previo: una madre, mater, una materia que se preste a ejercer de matriz. La maternidad nada tiene que ver con el que nace, es propiedad exclusiva de la mujer y de ese cuerpo imponente.

La vida nueva que predice Dante «in-cide», cae sobre otra que ya existía mucho antes. De ahí el carácter parasitario del feto. Por otra parte, esa otra vida precedente, que no necesita la ocupación de la nueva vida para seguir viviendo, se convierte, de forma irremediable, en algo distinto: en una madre. ¿Será todo nacimiento, en realidad, un segundo nacimiento?

Los congresos universitarios son para mí fuente de inspiración y de ensoñación. Y este de Trento, sobre la filosofía del nacimiento, no lo fue en menor medida. En el discurrir de las ponencias, todas muy ilustres y muy académicas, mi mente suele vagar hacia aquellas otras cuestiones esenciales a mi parecer y que, sin embargo, no hacen su presencia porque no fueron invitadas o porque no resultaron acordes con la tesitura del momento.

Bien es sabido que los congresos conservan intactas las burguesas normas de etiqueta de los salones literarios decimonónicos. Hay una cierta domesticación del saber en ellos, un encorsetamiento de lo que debe o no debe pensarse. En este congreso, nadie, ni siquiera yo, por pura falta de imaginación, consideramos que era ineludible hablar sobre una erótica de la maternidad.

El discurso patriarcal quiso despojar a la figura femenina de Lilith de su potencial creativo y transformador, reduciéndola a un símbolo de las fuerzas destructivas

El pensamiento primero se me enredó en la imagen de un lirio que el arcángel Gabriel (o Gabriela, o los dos en la forma del andrógino) le entrega a la virgen María en la Anunciación de Filippo Lippi que se encuentra en el Palacio Barberini de Roma. El rostro turbado de la mujer no es fruto de la anunciación del nacimiento, sino de la inesperada noticia de la imponencia de su futura maternidad. El lirio, de nuevo, la flor de lis, de Lilith, quien en la tradición hebrea aparece como un espíritu oscuro, enemigo de los partos y que devora por venganza a los hijos ajenos.

¿Cómo es posible que Gabriel le esté entregando a la madre prototípica el emblema de la madrastra, de la madre terrible, de la anti-madre? O puede que, en realidad, esté depositando en ella el báculo de esa otra diosa babilónica del mismo nombre, Lilith, transmutadora de la materia, principio de creación, de sabiduría y guía del alma del ser humano hacia la inmortalidad.

La inversión del mito no es mera casualidad. Es el resultado del quehacer insidioso de un discurso patriarcal que quiso despojar a la figura femenina de Lilith de su potencial creativo y transformador, reduciéndola a un símbolo de las fuerzas destructivas. El paso de la divinización a la aberración tiene su origen en un mismo miedo a lo desconocido, pero en dos fases bien diversas del desarrollo cognoscitivo.

En la admiración, el sujeto no ha cejado en su deseo de conocer, de contemplar lo ignoto para poder participar de esa novedad que se presenta ante él. En la aberración, por el contrario, ya ha claudicado en su deseo de saber, se dedica a maldecir y a enterrar lo desconocido en lo más profundo de su consciencia para poder volver a replegarse en sí mismo, en aquel lugar que conoce y sobre el que cree poder gobernar.

El lirio es el hilo que queda colgando entre dos mitos y el único elemento que puede aún deshacer las enmiendas maliciosas. ¿Es posible que Lilith «desnazca» en María? La virgen, recibiendo la flor de Lilith, se convierte en su heredera, se lanza de forma voluntaria al tránsito de una maternidad natural a una cultural. Por la gracia del parto partenogenético, sin participación del otro sexo, la «madre anunciada» deja de ser el mero receptáculo, la «madre abyecta» de la que habla Julia Kristeva capaz de procrear, pero no de mantener un vínculo estable con su creación, y se convierte en la madre-entraña, seminal ella misma, que ama y se religa de por vida con su descendencia.

La psicoanalista Montserrat Guntín Gurguí advierte en numerosos estudios sobre la necesidad de reivindicar la importancia de la figura materna dentro del ámbito de la cultura y dejar de constreñirla a la cuestión biológica. La «paidética del saber», inherente a la relación de la madre con su descendencia, implica la transmisión de la cultura, de la tradición y, sobre todo, de aquella lengua materna como superficie sobre la cual el pensamiento adquiere su corporeidad. Es lógico que la primera palabra del balbuceo sea «mamá», refiriéndose al primer objeto de conocimiento.

La erótica forma parte, sin duda, de esta valija de la herencia cultural. La manera en la que la madre detiene su mirada sobre la desnudez del bebé, lo acaricia, lo besa y lo sostiene tiernamente, entrañalmente, deleitándose, gozando sensorialmente con el cuerpo flexible y blando que duerme sobre su pecho, es una lección de valor incalculable que (de)mostrará a la nueva vida los modos de relacionarse con los otros que vendrán a ocupar sus días y sus noches. También, y de forma muy especial, a quienes vendrán a transformarlo en madre o en padre.

La destrucción de la erótica de la maternidad se produjo con la malinterpretación de los tabús del incesto cuya finalidad máxima consiste en penalizar la experiencia voluptuosa que une los cuerpos de la madre y del hijo. No queda tan lejos la teoría freudiana de la maternidad como el deseo de resarcirse en el nacimiento del hijo (varón) de la ausencia de pene o aquella distorsionada imagen de la lactancia como un remedo del acto de coito. Guntín afirma con gran lucidez al respecto: «La ley del tabú del incesto lo que intenta en su discurso patriarcal es acabar con la identificación, admiración de la madre. Calificada como gran madre».1

Julia Kristeva, en un intento por redirigir la interpretación de Freud, sostiene que la mujer busca en la maternidad la recuperación de la propia madre2 . En mi opinión, tal teoría cae en la misma falsificación de las anteriores que pretenden encontrar en el acto maternal una razón de sí fuera del mismo acto, infravalorando con ello el gran acontecimiento que supone convertirse en madre.

Con el alumbramiento de la hija o del hijo, la madre experimenta un nuevo nacimiento a ese tiempo sin tiempo, sin colores, sin palabras que hay que ir (re)descubriendo de forma pausada, maternalmente, amorosamente

El deseo de la maternidad no es otro que la propia maternidad, la transformación de esa materia que se convierte en otra, que nace, también, a una incipit vita nova. Con el alumbramiento de la hija o del hijo, la madre experimenta un nuevo nacimiento a ese tiempo sin tiempo, sin colores, sin palabras que hay que ir (re)descubriendo de forma pausada, maternalmente; es decir, amorosamente.

Madres abyectas, madres de alquiler, madres okupas, madres devoradoras, madres incestuosas… Una larguísima lista de patologías que dejan secuelas de por vida en el cuerpo y en la psique de la mujer. Resulta evidente la necesidad de acabar con la aniquilación de la maternidad que llevan siglos fomentando las instituciones de poder, tan poco maternales ellas, tan poco entrañables, proponiendo, en su lugar, la recuperación de una madre erótica capaz de experimentar, sin contradicciones y sin sentimientos de culpabilidad, esa sexualidad tan específica y distinta que nada tiene de perversa ni de aberrante.

Recordando la imagen tan tierna y tan erótica de la Madonna Litta con bambino de Leonardo da Vinci abandoné la ciudad de Trento. No sin antes imaginar cómo sería la representación de la Madonna con una bambina. La estatua negra e imponente de Dante miraba en otra dirección. No quiso, o no pudo, despedirme. Estaba demasiado ocupado saludando a los que recién llegaban a la ciudad. ¿Dante partero? Entrar en una nueva ciudad es, también, una forma de volver a nacer.

1 Montserrat Guntín Gurguí, «Junto al fuego», en: Feminismo holístico, Sendón de León, V./Guntín Gurguí, M, (et al.) Bilbao, cuadernos de ágora, 1994, pp. 91-117, aquí 114.

2 Para una interesantísima propuesta de la erótica maternal, véase el cortometraje realizado por Julia Kristeva.

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