Entrevista en verde (imaginada) a Byung-Chul Han

Una entrevista con Byung-Chul Han que surge de la lectura de su último libro: Loa a la tierra. Allí estaban las respuestas. Las preguntas brotaron después.
Una entrevista imaginada con Byung-Chul Han que surge de la lectura de su último libro: Loa a la tierra. Un viaje al jardín (Herder). Allí estaban las respuestas. Las preguntas brotaron después.

Loa a la tierra, el último libro publicado por el pensador surcoreano en Herder, ofrece la oportunidad de conocerlo mejor y, sobre todo, más de cerca. Reacio declarado a entrevistas y al contacto con el mundo exterior, aprovechamos el tono intimista de esta obra para imaginarnos unas preguntas al hilo de algunos de sus párrafos.

Por Pilar G. Rodríguez

Loa a la tierra, de Byung-Chul Han, en Herder.
Loa a la tierra, de Byung-Chul Han, en Herder.

Pero antes –antes del turno de la imaginación y la literalidad– unas palabras sobre este paréntesis que es Loa a la tierra en medio de la bibliografía a la que Byung-Chul Han acostumbra. Hasta ahora se conocía su faceta profesoral, crítica y filosófica cultivada en libros como La sociedad del cansancio, Psicopolítica o La Sociedad de la transparencia. Se trata de libros breves, afilados, un poco polémicos en los que Han lanza sus diagnósticos como dardos sobre la sociedad actual. Se ha convertido casi en un lugar común decir de ellos que son «para todos los públicos», porque para entenderlos no se necesita ser un experto. Pero no es cuestión de tener o no tener conocimientos especializados; es que, al leerlos, o uno se ve reflejado o ve reflejado a alguien conocido o a la comunidad a la que pertenece o a la sociedad que habitamos. Son ensayos sense & sensibility, recordando a Jane Austen; de sentido, claro –como corresponde al género–, pero también de sensibilidad, de una sensibilidad que el autor fomenta, pero en la que no se mezcla, un barro que parece no ser para él. Esto cambia en Loa a la tierra.  

Los habituales análisis de Byung-Chul Han interpelan y remueven al lector, pero él aparece distanciado de la realidad que diagnostica. En Loa a la tierra se mete al barro

Subtitulado Un viaje al jardín, Loa a la tierra es un ensayo y un tratado, por momentos, exhaustivo de jardinería, floricultura… Mención obligada en este punto al traductor, Alberto Ciria. Pero aparte de ese sentido, tiene una doble sensibilidad: la que puede provocar en el lector y la del autor, que por primera vez se hace presente de un modo muy personal en un libro. Cultivar el jardín es la acción de gracias de Han y Loa a la tierra es el canto y la oración que brota espontánea. Es un reencuentro, un alivio y un descanso de ese mundo exterior, fiero e invivible que Han describe en sus obras: si no fuera porque es el nuestro diríamos que lo que describe es una distopía. «Un día sentí una profunda añoranza, e incluso una aguda necesidad de estar cerca de la tierra. Así que tomé la resolución de practicar a diario la jardinería». En ese tocar y cultivar la tierra y narrarlo, el filósofo se vuelve más cercano, ligero, hasta un punto en que uno pierde el miedo a preguntarle lo que nunca preguntaría al tratar cualquier otro de sus libros. Total, las respuestas ya están ahí, plantadas…

¿Cree en Dios? De algún modo mi jardín me ha dado la fe en Dios. La existencia de Dios ya no es para mí un asunto de fe, sino una certeza, e incluso una evidencia. Dios existe, luego yo existo. Utilicé la esterilla de gomaespuma para las rodillas como mi alfombra de oraciones. Recé a Dios: «¡Alabo tu creación y su belleza! ¡Gracias! ¡Grazie!». Pensar es agradecer.

«Dios existe, luego yo existo», escribe Han en Loa a la tierra. El jardín le ha dado la fe, según cuenta en el libro

¿Está enamorado? Hay en el jardín un hermoso sauce. Lo amo mucho. Me quedé aterrado cuando un día lo vi tronchado. Mi sauce, mi amada, se ha desangrado. La herida era tan grande que no pudo ser salvada. El 25 de septiembre de 2016 me quedé mucho tiempo, hasta entrada la noche, junto al cadáver erguido de mi amada. La estuve velando y lloré su muerte en compañía de las anémonas otoñales. El sauce se desangró en el momento en que creí desangrarme yo. Era mi amada.

¿Tiene hijos? No tengo hijos, pero con el jardín voy aprendiendo lentamente qué significa brindar asistencia, preocuparse por otros. El jardín se ha convertido en un lugar del amor. Si tuviera un hijo lo llamaría Namu (árbol). Y si tuviera una hija, le pondría el nombre de Mison (abanico tradicional coreano) o Nabi (mariposa).

Claro porque usted nació allí, en Corea. ¿Qué recuerdos tiene? Crecí en la gran urbe de Seúl. De niño no jugaba en plena naturaleza, sino entre un río que había degenerado a pestilente canalización y las vías del tren. En mis recuerdos de infancia hay más pestilencia que fragancia.

«Con el jardín voy aprendiendo lentamente qué significa brindar asistencia, preocuparse por otros. El jardín se ha convertido en un lugar del amor»

¿Y cómo lo ve en la actualidad, desde la distancia? Lamentablemente, el nuevo presidente coreano se llama Moon Jae-in, significa «presente». Significa entre otras cosas, «tigre». Puede rugir muy bien. Mi candidato favorito, Ahn Cheol-soo, no puede rugir. Pero puede reflexionar. Al fin y al cabo, su nombre significa «luz magnífica». Ahn significa, además, «paz». Moon va a dividir Corea. Moon-jae también significa en coreano «problema». Él mismo es un problema. Moon no tiene talla. Tras su victoria se burló de Ahn Cheol-soo. Los últimos días antes de las elecciones, Ahn Cheol-soo quiso estar cerca de la gente, así que fue a pie por toda la nación con una mochila y en zapatillas de deporte. Eso me conmovió mucho. Yo habría caminado a su lado y le habría ayudado con mis palabras. Tras su derrota le hice saber que en las próximas elecciones presidenciales me gustaría estar a su lado hablando y gritando por él.

¿Le gusta viajar? Al igual que a mí, (al eléboro negro) no le gusta viajar. Hay que dejarlo donde está. Trasplantarlo le resulta mortal. Quiere que lo dejen en paz.

El filósofo surcoreano habla con naturalidad de política, cuenta cuál fue su candidato en las últimas elecciones de su país y no augura nada bueno respecto al elegido

Ya que menciona una flor, ¿si usted fuera una de ellas…? Los acónitos de invierno tienen una hermosa cápsula de semillas en forma de estrella que se asemeja a una flor. Al parecer, aborrece el verano. Siento afinidad con él. Yo también prefiero el frío al calor. Si yo fuera una flor, querría florecer en pleno invierno. La anémona hepática es una de las flores más hermosas de mi jardín. No rara vez da en pleno invierno una flor de un azul luminoso. Es mi flor azul por excelencia.

¿Es ese su color favorito? Según la Didáctica de los colores de Goethe, el azul, diferencia del amarillo, tiene algo de oscuro. El azul ejerce sobre el ojo un «efecto extraño y casi inexpresable». El azul encierra «al contemplarlo una contradicción entre estímulo y sosiego». Es sobre todo el color de la lejanía. Por eso me gusta este color del romanticismo. Suscita una añoranza. El azul es el color de la seducción, del anhelo y la añoranza. Se opone al amarillo. Le verdad es que no me gusta el amarillo, porque es el «color más próximo a la luz». Yo soy un hombre de la noche.

¿Un olor? Como no me gustan especialmente los olores animales ni la carne, no me planteo emplear otros aromatizadores invernales que no sean fragancias vegetales y la nieve. Pero ¿qué aroma tiene la nieve? Aunque me quedara sordo y ciego, a primera hora de una mañana invernal enseguida me podría dar cuenta de que por la noche ha caído mucha nieve. Solo unos pocos pueden percibirlo.

«Yo soy un hombre de la noche», afirma Han. Más de azul que de amarillo y más de sombra que de luz

¿Su animal favorito? Me gustan los insectos hermosos. Las mariposas y las abejas son insectos bellos. Pero también hay insectos y otros bichos de aspecto desagradable, como las cochinillas, las babosas o las lombrices. Me aparto de ellos con una cierta repugnancia. Me gustan los caracoles con su propia casa a cuestas. Se parecen a mí. Además son tan lentos y parsimoniosos como yo.

Una comida que le guste. Los alcaparrones son una de mis comidas favoritas. Pronto los recolectaré y me los llevaré a Berlín. Hay que dejarlos madurar varios meses en vinagre de vino. 

¿Qué aparece en sus buenos sueños? ¿Y en sus pesadillas? Siento aversión hacia ciertas plantas que son muy destructivas y desconsideradas. Desbancan a las plantas nobles, que justamente son débiles. Detesto sobre todo una variedad de trébol. Se me aparece incluso en sueños o en ensoñaciones para atormentarme. Estos días me gustan estos versos sobre las rosas {habla de un poema de Rilke} porque no puedo dormir bien y anhelo un sueño profundo pero luminoso, un sueño de rosas. Me gustaría desprenderme de mí soñando para convertirme en nadie, en un ser anónimo. Eso sería una redención. Hoy solo nos preocupamos del ego. Todos quieren ser alguien, hacerse notar, todo el mundo desea ser auténtico, ser distinto a los demás. Por eso todos son iguales. Echo de menos seres anónimos.

A Han le gustaría convertirse en nadie, en un ser anónimo. Piensa que necesitamos más seres anónimos, pero que hoy «todos quieren ser alguien, hacerse notar, todo el mundo desea ser auténtico, ser distinto a los demás. Por eso todos son iguales»

¿Su idea de la felicidad? Cada día que paso en mi jardín es un día de dicha. Este libro podría haberse titulado Ensayo sobre el día logrado que me hizo feliz. A menudo anhelo trabajar en el jardín. Hasta ahora desconocía esta sensación de dicha. También es algo bastante corporal. Jamás fui tan activo corporalmente. Jamás toqué la tierra con tanta intensidad. Me parece que la tierra es una fuente de dicha.

* Todas las preguntas son imaginadas y todas las respuestas son extractos del libro Loa a la tierra, de Byung-Chul Han. En ocasiones se ha variado mínimamente la puntuación y el orden de algunas frases en favor de la forma periodística.

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