Las entrañas del mal

Schopenhauer decía que el mal tiene un punto de partida incontestable: nosotros mismos. Forma parte de nuestra naturaleza como lo hacen el amor, la violencia o el deseo. El alma humana es lo suficientemente grande como para albergar todos esos extremos.
Schopenhauer decía que el mal tiene un punto de partida incontestable: nosotros mismos. Forma parte de nuestra naturaleza como lo hacen el amor, la violencia o el deseo. El alma humana es lo suficientemente grande como para albergar todos esos extremos. Ilustración: Pixabay.

Nos sobrecoge, nos conmueve, nos revuelve, nos asombra, nos asquea hasta la náusea, nos repugna, nos llena de rabia. Nos resulta imposible entenderlo. Pero existe. El mal es un fenómeno que siempre ha llamado la atención de la humanidad. ¿Qué han dicho sobre él los filósofos a lo largo de la historia? ¿Es consustancial al ser humano? ¿Qué lo provoca? ¿Debe la sociedad asumirlo de forma natural?

El 11 de marzo es, desde 2004, una fecha triste en España. Al aniversario de la masacre terrorista de aquel año se le ha sumado, el mismo día, el descubrimiento por parte de la Guardia Civil del cadáver del pequeño Gabriel Cruz, de 8 años, en el maletero de la pareja de su padre. Un terrible final para un caso que tenía en alerta a todo el país en las últimas semanas.

El mal hecho realidad. ¿Qué han dicho sobre él los filósofos a lo largo de la historia? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo combatirlo? ¿Es posible vencerlo?

La maldad como parte de nuestra naturaleza

El ser humano siempre ha sentido una buena dosis de atracción por el mal. Ya sea por su condición de prohibido, o por la dificultad y el reto que supone explicar aquello que parece inexplicable, el mal siempre ha llamado la atención de la humanidad. Incluso nos ha llevado al interés casi morboso por sus casos más execrables. Como sociedad, llegamos a sentir cierta fascinación por los malvados. Mucho antes de que los medios de comunicación de masas repitieran mensajes, informes y datos por doquier, los hombres y mujeres que poblaban la Tierra se sentían llamados a investigar este fenómeno.

Algunos, como el alemán Arthur Schopenhauer, defendían que el mal tiene un punto de partida incontestable: nosotros mismos. El mal forma parte de nuestra naturaleza tal y como lo hacen el amor, la violencia o el deseo. El alma humana es lo suficientemente grande como para albergar todos esos extremos. “En el hombre está el abismo más profundo y, a la vez, el cielo más alto”, decía Schelling.

“¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios” Gilbert Keith Chesterton, (escritor británico)

No fue el único. Friedrich Nietzsche iba un paso más allá y ponía el origen del mal no sólo en el ser humano, sino en la propia naturaleza. El mal está en todas partes, en todas las especies. No se trata de una malformación, ni de algo circunstancial. El mal no es un accidente. Forma parte del todo y la prueba está en que, si uno observa la naturaleza, puede ver que hay maldad en todos los ámbitos, de la misma manera que hay bondad. De ahí que resulten ridículos nuestros intentos racionales de enfrentarnos al mal, disminuirlo o acabar con él. A la naturaleza no le importan nuestras normas morales y no se doblegará a ellas.

El mal y Dios

Otro aspecto que se ha repetido a lo largo de la historia ha sido el de la aparente incongruencia que se presenta entre la existencia del mal y los supuestos poderes de las divinidades. Epicuro, Hume, el Marqués de Sade y un largo etc. han analizado esta situación, de plena vigencia incluso en la actualidad.

La religión cristiana, mayoritaria en Occidente y pieza importante de nuestra sociedad, defiende la idea de que vivimos bajo el amparo de un Dios omnipotente y de infinita bondad. Sin embargo, ambas virtudes parecen fallar frente a la existencia del mal, pues de ser esto cierto, debería ser relativamente fácil hallar una solución, simplemente eliminando Dios el mal del mundo.

Por un lado, se nos abre la posibilidad de que, asumiendo que el mal existe, este lo hace porque Dios así lo permite; pero, siendo ese el caso, entonces no podríamos concluir que Dios es infinita bondad, porque de serlo no permitiría que ocurrieran las barbaridades que sufrimos y vivimos. Por otro lado, se nos plantea que la existencia del mal se deba a la incapacidad del Dios para impedir su existencia, de lo que hemos de concluir que, por lógica, carece del poder absoluto que la religión asocia a su ser.

¿Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente.
¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo.
¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal?
¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?
Paradoja de Epicuro

El escritor John Milton, autor de El paraíso perdido, analizaba precisamente esta dicotomía, ofreciendo una causa: nuestro libre albedrío. El mal existe porque somos libres, porque Dios quiso que no fuéramos seres encadenados. Ese es el precio que pagamos por la facultad de elegir qué queremos hacer o ser. Similar postura sostienen varios autores en la actualidad, como el Rudiger Safranski: somos malvados precisamente como consecuencia directa de nuestra libertad.

Una visión que también observó en su día el filósofo inglés Thomas Hobbes, si bien, para él, dicha libertad no era un modo alguno algo bueno. La humanidad, en libertad, tiende a caer en el mal, el caos y el sufrimiento, generándose un estado de guerra de todos contra todos que únicamente puede ser combatido mediante un poder judicial restrictivo que siembre el temor al estado en el corazón de sus ciudadanos.

¿Fruto de la ignorancia? ¿Parte de la virtud?

No han sido las únicas aproximaciones al mal que hemos visto en la filosofía. Uno de los primeros en analizar este fenómeno fue Sócrates. Como se desprende de los Diálogos de Platón, el maestro griego atribuía el mal a la ignorancia. Es decir, que los humanos somos malvados por la sencilla razón de que no conocemos qué es el bien y cómo hemos de actuar para vivir conforme a él. El malvado no sería tal si tuviera verdadero conocimiento de su error. Si fuera consciente de que vivir éticamente es la mejor manera de vivir, la más feliz, no optaría por la maldad.

Aristóteles, en cambio, tenía como piedra angular de su ética la moderación. Para el filósofo macedonio, es en el justo medio entre dos diferentes extremos donde se haya la virtud, algo que, por otra parte, ha sido muy criticado por filósofos posteriores. Por ejemplo, aplicado al caso que nos ocupa: ¿hay virtud en una maldad moderada?

El concepto de justicia

Entendemos la justicia como el dar a cada uno lo que merece, decía Tomás de Aquino. Sin embargo, no resulta tan fácil como parece dicha afirmación. Especialmente en nuestra época, de pleno relativismo, se observan múltiples puntos de vista respecto a lo que es justo o no, especialmente en diferentes situaciones. No existe una norma ética unitaria. Para algunos la justicia es blanda, para otros es excesiva, y para todos, la interpretación varía dependiendo de la postura personal o grupal en que nos situemos.

“Quien no castiga el mal ordena que se haga” Leonardo Da Vinci

El pragmatismo –como movimiento filosófico– observaría todo este debate desde una posición muy concreta: la de los fines; si los hechos objetivos consecuencia de nuestras acciones resuelven o no el problema. La realidad, algo que a menudo parece olvidarse, es el sumo sacerdote de nuestras teorías e iniciativas. Si algo no da el resultado deseado, es preciso realizar cambios, de manera que nos acerquemos al fin que se busca. De lo contrario, caeremos en la definición que daba Albert Einstein de la locura: “Hacer lo mismo una y otra vez esperando diferente resultado”.

Así que la pregunta debería ser: ¿estamos logrando nuestro objetivo?

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