Emily Dickinson: naturaleza privada

La poeta Emily Dickinson en versión de Paula Bonet. La ilustradora regaló este archivo al mundo con motivo de la huelga de mujeres del 8 de marzo de 2018. www.paulabonet.com
La poeta Emily Dickinson en versión de Paula Bonet. La ilustradora regaló este archivo al mundo con motivo de la huelga de mujeres del 8 de marzo de 2018. www.paulabonet.com

La biografía de Emily Dickinson está tan llena de interrogantes que no ofrece ninguna pista sobre su poesía. Una poesía que es pura posibilidad: “Habito en la Posibilidad”, dice –de hecho– uno de sus versos más conocidos.
Solo dos certezas hubo en la vida de la misteriosa poeta: la naturaleza omnipresente y querida y una habitación llena de versos por descubrir cuando murió, el 15 de mayo de 1886.

En verso: “Yo – Gorrión – ahí construyo/ Dulce de enredaderas y de ramas /Mi perenne nido”. En cartas: “Antes de que estas noticias te lleguen, probablemente seré un caracol”. En sus estudios junto a los reputados biólogos a los que impresionan sus conocimientos de botánica, geología, zoología y astronomía, la naturaleza siempre fue una parte nuclear de la vida y la obra de la poeta norteamericana Emily Dickinson. ¿Extraño para alguien que apenas viajó? ¿Que vivió recluida gran parte de su vida, especialmente los últimos años? No tanto. Para Emily Dickinson las grandes expediciones eran al interior de ella misma: ahí estaba el volcán y el oleaje, la playa en calma y el torrente, la dulce brisa, la sal. Todo concentrado en el interior de la muchacha menuda que era y que destilaba poemas a buen ritmo con la posteridad como único destinatario.

Tranquilamente se podría dejar ahí la biografía de Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts. 1830-1886). No se sabe mucho más, y lo que se sabe es sospechoso o contradictorio respecto a su familia, sus amores imposibles, la religión, las amistades o relaciones… Sus dos grandes verdades eran la naturaleza y el cajón secreto donde guardaba sus poemas. Y muchas veces estaban mezcladas.

El espléndido aislamiento

El libro que Sabina editorial dedica a Emily Dickinson en su colección Una historia verdadera (Biografías bilingües ilustradas). Traducción de Laura Pletsch-Rivera Ilustraciones: Mariana Laín.
El libro que Sabina Editorial dedica a Emily Dickinson en su colección “Una historia verdadera (Biografías bilingües ilustradas)”. Traducción de Laura Pletsch-Rivera. Ilustraciones: Mariana Laín.

Emily Dickinson nació en una de las familias más importantes (si no la más) de la puritana ciudad de Amherst. Su padre fue abogado, diputado y “emprendedor”, se diría ahora: tuvo negocios ferroviarios y fundó el Amherst College. ​Su madre Emily Norcross, no destacó por su personalidad, estuvo sometida a la del marido que gobernaba estrictamente la familia. Sin embargo, siempre se ocupó de que sus hijos, un varón y dos mujeres, tuvieran acceso a la mejor biblioteca y a la mejor enseñanza. Se esforzó por fomentar su pensamiento crítico y supo respetar sus decisiones incluso cuando no le gustaban, como cuando Emily Dickinson decidió que la iglesia no era para ella. “Al principio rezaba, cuando Niña/ Pues me dijeron que lo hiciera –/ Pero dejé de hacerlo, en cuanto pude imaginar / Cómo me sentaría la Plegaria – (…)”. Escribirá en uno de sus poemas.

La repentina muerte de su padre, en 1874, cuando Dickinson se encontraba en Boston, en una de sus escasas ausencias, fue un duro golpe. Un año después arranca la larga enfermedad de su madre, que quedaría definitivamente paralizada, aislando a Emily, de forma voluntaria o no, de todo vínculo con un exterior cada vez más lejano y ajeno.

A lo largo de su vida, el círculo de Emily Dickinson se fue estrechando de manera “natural”. Muertes, enfermedades lo fueron reduciendo, y la poca necesidad de expansión que sentía la solucionaba por carta

Hay más personas en el círculo íntimo de Emily Dickinson. Su hermano, más que por él mismo, por su esposa, Susan Gilbert o Sue. Amiga de la infancia de Emily, fue destinataria y musa de bastantes poemas, una de las pocas personas a quienes se los enseñaba o con quien los comentaba. Muchos críticos han pasado de ahí al amor, por imaginación y por versos:

Tengo una Hermana en nuestra casa,
Y a un seto de distancia, tengo otra.
Inscrita está tan solo una,
Pero me pertenecen ambas.

Una vino por el camino que yo vine –
Y llevó mi vestido, el del año anterior –
La otra, cual pájaro su nido,
En medio de nuestros corazones construyó (…)

El poema acaba con un expresivo “¡Sue – para siempre!”. Adelanta ahí Dickinson la presencia de su hermana Lavinia, principal valedora de su obra y albacea de su legado literario: gracias a ella ha llegado lo que ha llegado de Emily Dickinson. Y lo que ha llegado es una producción torrencial y misteriosa como ella. Unos mil ochocientos poemas de los que en vida publicó –hay quien dice– cinco, otros seis, otros ocho… Algo exiguo en cualquier caso. Están sin datar, sin ordenar, sin titular, con una ortografía y una sintaxis sorprendente, llenos de guiones omnipresentes, desconocidos, que luego se interpretarán como pausas, pero que a saber… A través de las épocas sufrieron modificaciones, supresiones, alteraciones. Resistieron bien el paso del tiempo y las modas a las que nunca se atuvieron. Porque son luminosos y crípticos, porque tienen capas, profundidades, abismos, los significados que el lector quiera darle o quiera ver. No son como ningún otro en la época, no tienen nada que ver con lo que se escribía entonces y conste que lo que se escribía y quienes lo hacían eran autores de la talla de Emerson, Melville, Thoreau o Walt Whitman. Pero Emily Dickinson era la extraña dama recluida en una casa que era una fortaleza y su obra una perla encerrada en una concha: dos espléndidos aislamientos que solo el tiempo conseguiría neutralizar.

Al morir se descubrió una obra sorprendente en el fondo y en las formas. Sus poemas resistieron el paso de tiempo porque nunca se plegaron a sus condiciones

La publicación es la subasta…

Que su obra no era de este mundo lo sabía Dikinson mejor y antes que nadie. Desde que en 1862 responde a la llamada de la revista literaria The Atlantic Monthly pidiendo consejo al editor Thomas Higginson: “¿Está usted demasiado ocupado para decirme si mi verso está vivo?”, le preguntaba. Además de decírselo, iniciaron una relación epistolar que llegó hasta casi la muerte de Dickinson. No solo epistolar; Higginson viajó a Amherst a descubrir qué criatura era aquella que escribía esas cartas y esos poemas. Los apreciaba, pero cometió un error: sugerir cambios, sin duda destinados a hacerlos más “digeribles” o adaptados a las normas o gustos de la época. Dickinson, elegante y firmemente rechazó ese camino y los poemas continuaron en los cajones tanto de ella como de él largos años. Sería curioso saber en qué fecha fue escrito el 709, que dice:

La Publicación – es la Subasta
De la Mente del Hombre –
La Pobreza – justificaría
Una cosa tan vil  (…)

En su Envoltorio – Sé el Mercader
De la Gracia divina –
Más no rebajes el Humano Espíritu
Al Bochorno del Precio.

¿A quién ama Emily Dickinson?

Como en el caso de su primero amiga y luego cuñada, hay teorías, pero poca o ninguna evidencia, que relacionan a Dickinson sentimentalmente con dos hombres. Uno es un estudiante de ciencias jurídicas que habría pasado por el despacho del padre de la poeta y que habría estado muy próximo a la familia. Temas literarios habrían unido a Benjamin Franklin Newton con la hija de su jefe o mentor, quien finalmente acabó repudiándolo y mandándolo de vuelta a su ciudad natal: Worcester. No le debía hacer mucha gracia que un hombre diez años mayor que ella, pobre y enfermo la estuviera cortejando. No se conservan las cartas del aspirante, pero sí alguna en la que Dickinson le hablaba a Higginson indirectamente de ellas: “Su carta no me emborrachó, porque ya estoy acostumbrada al ron”.

Emily Dickinson conoció y cantó al amor en versos melancólicos o apasionados. Se desconoce quién los inspiró, pero ¿no viajan así más directamente al corazón de quien quiera pronunciarlos?

En duelo, si no por su amor a Franklin, sí por la amistad que sin duda les unió, conoce en un viaje a Filadelfia a un pastor mucho mayor que ella que le causa una honda impresión. Se verán en contadas ocasiones, se escribirán más. De nuevo él morirá antes que ella. Quedarán las palabras y los versos:

Sobrevivimos al amor, como a otras cosas
Y en el cajón lo guardamos –
Hasta que toma un aire Antiguo –
Como Trajes usados por Grandes Señores.

Pero no todo son pérdidas y melancolía. También hay deseo en las palabras de Dickinson. ¿No se disfrutan más las palabras cuando no se sabe quién realmente las inspiró? ¿No son más generosas, así, viajando directamente al corazón de quien quiera pronunciarlas, recibirlas?

¡Ven lentamente –Edén!
Labios a ti no acostumbrados –
Tímidos – beben tus jardines –
Cómo lánguida Abeja – (…)

o

¡Salvajes noches –Noches salvajes!
Estuviera y contigo
Noches salvajes serían
¡Nuestro gozo! (…)

La dama de blanco

A partir de 1875 el encierro y el aislamiento se vuelven prácticamente inexpugnables: “¡Noté que el mundo se me iba!”, afirma en uno de sus versos. Ante ese mundo escurridizo y más distante cada vez, Dickinson no siente ni siquiera la necesidad de salir a ver a sus visitas, como al editor Samuel Bowles, que siempre se había interesado por ella y su obra y había publicado algunos de sus poemas anónimamente. Se comunica por notas con el exterior o baja cestos de fruta por la ventana para los niños del vecindario. Si tiene que salir lo hace sola, vestida de blanco y nunca más allá del jardín. Es un fantasma en vida, una sombra, “una cosa solemne –era – dije –/ una mujer –de blanco –/

La muerte, que siempre había interesado a la poeta como material de escritura se hace también compañera de casa, se nota su presencia, se aproxima. De momento, vive en los versos, en los que reflexiona:

Morir – lleva poquito tiempo –
Y dicen que no duele –
Tan solo es desmayarse –por etapas – (…)

o

Porque a la muerte yo esperar no pude –
Ella por mí esperó amablemente –

"Carta al mundo y otros poemas", de Emily Dickinson, publicado por Libros del zorro rojo. Traducción de María Negroni y con ilustraciones de Isabelle Arsenault.
“Carta al mundo y otros poemas”, de Emily Dickinson, publicado por Libros del zorro rojo. Traducción de María Negroni y con ilustraciones de Isabelle Arsenault.

A Emily Dickinson le fascina el hecho de morir, el tiempo dedicado a ello. Como buena entomóloga o científica o simplemente como buena admiradora de la naturaleza, despoja el hecho de morir de todo atisbo de trascendencia, lo mira de frente y con arrojo, quizá con cierta curiosidad no exenta de morbo. En sus últimos años parece prepararse para ese momento, entablar conversación con los amigos muertos:

La tumba es mi casita
Que “Ordeno” para ti
Dispongo mi salón
Y sirvo el té de mármol (…)  

La muerte de su sobrino querido, hijo menor de su hermano y su adorada Sue, hace que ya no espere nada de este mundo. Está lista. También está enferma. Emily Dickinson murió el 15 de mayo de 1886. Su habitación quedaba finalmente despejada para el hallazgo de su hermana. Entre sus desordenados poemas, este que, con la generosidad y libertad que la poeta permitió a quienes se acercaran a su obra, colocamos al final a modo de epitafio:

Esta es mi carta al Mundo
Que nunca Me escribió –
Las noticias sencillas que la Naturaleza –
Con delicada Majestad me dio.

Su Recado está en Manos
Que yo no puedo ver –
Por el amor de Ella – mis amables – paisanos –
Juzgadme con ternura.

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