El tedio: la invasión de la nada

La nada hecha cuerpo. La nada que consume toda energía. Aparece así, casi de puntillas, la inercia del cansancio.
La nada hecha cuerpo. La nada que consume toda energía. Aparece así, casi de puntillas, la inercia del cansancio.

Ay, el tedio. La luz anaranjada del atardecer confunde en una misma textura mar, cielo y arena. La atmósfera irisada por el sol, que hace del paisaje una masa uniforme y asfixiante, ciega al personaje central de El extranjero de Camus. Recorre la playa, hundiendo a cada paso sus pies pesadamente en la arena y, de pronto, sin un porqué dispara una vez. Un hombre, ya muerto, cae a sus pies. Poco después de su detención, cuando el juez le interroga insistentemente por el porqué de su acto, nada sabe responder porque no hay respuesta. Al fin se decide a hablar: “Se limitó a preguntarme […] si lamentaba el acto que había cometido. Reflexioné y dije que más que pena verdadera sentía cierto aburrimiento”. Sin embargo, no es un hombre de alma endurecida e insensible, no es que no sienta nada, sino que lo que siente, como hace ver Camus, es la nada. La nada ante la muerte de su madre es la misma nada que respira ante su crimen.

La pasión de la modernidad, por antonomasia, el tedio, del latín taedium, no es la pasión de la reacción ante la nada, sino la pasión de cuando la nada toma cuerpo, cuando la nada es sujeto, cuando la nada permea en cada fibra del que la padece y hace de su mundo una sucesión uniforme y monótona de la propia existencia. Así, no existe verbo como tal que designe la acción de producción de tal pasión, sino la de su padecimiento: tediar. Somos sujetos del tedio cuando, como sostiene George Steiner, un vago esperar y una inactividad prolongada segregan el veneno del letargo que permea y corroe los cimientos del sujeto (“El gran ennui”). Hay, por tanto, tedio en el sujeto. Heidegger señala que el aburrimiento sobreviene y se traga a quien lo padece: su acción es la de una niebla callada y silenciosa en la que “uno” de pronto se siente extraño, casi agotado (¿Qué es metafísica?).

Somos sujetos del tedio cuando, como sostiene George Steiner, un vago esperar y una inactividad prolongada segregan el veneno del letargo que permea y corroe los cimientos del sujeto

El primer grado de esta pasión es el aburrimiento, la desesperación del mismo conduce al disgusto del hastío y este, si se prolonga, desemboca en el tedio. La invasión de la nada. La nada hecha cuerpo. La nada que consume toda energía. Aparece así, casi de puntillas, la inercia del cansancio. El aburrimiento conlleva la idea de algo que, pese a que debería provocar terror, no implica temblor o miedo (abhorrere) porque eso que causa espanto (horrere) se presenta camuflado en las formas de la monotonía, otra forma esta de decir carencia (como indica el prefijo “ab”): sin novedad, sin cambios, si alteración, sin vida. Dios mismo, por recordar la afirmación de Kierkegaard recogida por Žižek, si creó el mundo fue por aburrimiento, es decir, por combatir la nada. El hastío, de la misma familia que fastidio, es la pasión del disgusto, de la lucha, de la reacción, como cuando ante algo que nos produce mal, se actúa de cualquier modo con tal de poder escapar. Se actúa con acedia, con la negligencia del que ya solo actúa sin saber muy bien qué es lo que hace. Pero cuando ya es demasiado tarde, cuando el hastío llega a la máxima exposición ante la falta de estímulos o distracciones, la obturación lleva al ahogo, y este, al tedio. Lo que nos rodea es todo igual y homogéneo. No es que estemos sumidos en la nada, sino que la nada es ya nuestro cuerpo. Poco importa cambiar el escenario: escena y actores serán ya siempre los mismos: “Los que navegan a través del mar mudan de cielo, pero no la disposición del ánimo. ¡Inútiles y vanos esfuerzos!”, escribe Kavafis recordando en este punto a Lucrecio. Y así, si el que se aburre grita en silencio y el que se hastía se sacude violento, en el tedio ya no hay resistencia.

Cuando el hastío llega a la máxima exposición ante la falta de estímulos o distracciones, la obturación lleva al ahogo, y este al tedio. Lo que nos rodea es todo igual y homogéneo. No es que estemos sumidos en la nada, sino que la nada es ya nuestro cuerpo

Si con el paso del tiempo, tal y como afirma Schopenhauer, todo nos va abandonando: el amor, el placer de viajar o una novela, el hombre que ha conseguido escapar del dolor de la pérdida o la insatisfacción se enfrentará sin embargo siempre al tedio que implica que todo se vuelve nada o, lo que es peor, que el sujeto se ve preso en la nada misma. Y así, si la felicidad, como señala Aristóteles, está relacionada con actividad del sujeto, ¿qué felicidad puede producir el que está obturado por la nada?

Toda acción del hombre y la continua necesidad de estar ocupado o entretenido ocultan así, como ya vio Pascal, el miedo a encararse a la nada implícita a toda vida. Miedo a estar a solas con uno mismo y con las propias carencias. El aburrimiento extremo conlleva el peligro de que, si no se encuentra el entretenimiento en uno mismo, pueda buscarse en el otro y en el placer al mal ajeno. No en vano, cuando no pasa nada es cuando el hombre es capaz de efectuar lo más grande, pero también –y esta es su cara B– lo más terrible y atroz.

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