El odio que todo lo destruye

Puede odiarse a personas o puede odiarse lo que ellas representan. Pueden odiarse pueblos e ideologías. Pueden odiarse incluso ideas. Se producen así demonizaciones del objeto, que es visto como algo esencialmente malo o que nos causa algún mal por su mera existencia.
Puede odiarse a personas o puede odiarse lo que ellas representan. Pueden odiarse pueblos e ideologías. Pueden odiarse incluso ideas. Se producen así demonizaciones del objeto, que es visto como algo esencialmente malo o que nos causa algún mal por su mera existencia.

Apenas son necesarias dos gotas del más destilado odio para lograr verter millones de lágrimas, sean estas de ira, envidia, dolor, sufrimiento o injusticia. No son gotas que caigan azarosas ni tampoco son producto de un proceso caprichoso e inmediato, sino de una larga evolución que ha ido endureciendo poco a poco las almas y preparando el cuerpo para el ácido que habrá de recorrerlo, con un compuesto todavía adulterado de otras emociones no tan intensas (envidia, vergüenza o miedo), pero que desembocarán en la más destructora de todas las pasiones. Odiar requiere tiempo, requiere un objeto, una implicación con él y un objetivo. Nada queda inmune al odio, que todo lo traspasa y permea: una vez que se abre paso, todo lo corroe y contamina.

No se trata de actos esporádicos, de saciar el mero deseo de poseer lo que otro tiene, de hacerle daño gratuitamente o de disfrutar del mal ajeno, aunque, al mismo tiempo, algo tenga que ver con ellos. Se trata de concebir al otro como algo que ha de ser eliminado porque su mera existencia perturba la nuestra, se trata de proyectar lo peor de nosotros mismos contra el otro. Aunque Hume afirmaba que el odio es una pasión que genera otras, tales como la ambición o la envidia, el odio es, sin embargo, producto del tiempo, de la experiencia y las vivencias que se tienen con el objeto, de forma que lo que comienza como envidia puede desembocar en odio cuando lo que se desea nunca se alcanza.

Nada queda inmune al odio, que todo lo traspasa y permea: una vez que se abre paso, todo lo corroe y contamina

Ser “contra” el otro

Etimológicamente, nuestro odio procede de un término latino (odium) cuyo verbo es defectivo: carece de presente y por tanto ha de emplear el perfecto para suplir esta falta. Para el mundo latino, el odio bien pudiera ser la consecuencia en el presente de algo cuyo origen se remonta tiempo atrás.

Si el odio es, de todas las pasiones, la más terrible, es porque con ella pueden destruirse pueblos enteros, pero también levantarse identidades cuando estas gotas se erigen en componente constitutivo de sus pilares: ser contra el otro, cuya existencia se considera excluyente, pero, al mismo tiempo, queda imbricada y forma parte de la nuestra. Puede odiarse a personas como puede odiarse lo que ellas representan. Pueden odiarse pueblos e ideologías. Pueden odiarse incluso ideas. Se producen así demonizaciones del objeto, que es visto como algo esencialmente malo o que nos causa algún mal, por irrisorio que sea, por su mera existencia.

La aversión que despierta el odio no está provocada por los rasgos característicos de aquello que se odia, por mucho que estos se detesten individualmente, como si, una vez desaparecidos los rasgos, desapareciera el odio, sino que, más allá de estos elementos secundarios o de sus posesiones, el odio se dirige hacia lo que algo es esencialmente. Envidiamos algo por lo que tiene, pero cuando se odia, se odia por lo que se es o por lo que algo representa, más allá de sus posesiones: no se desea poseer algo suyo, sino que todo cuanto tenga que ver con él desaparezca. Y, así, lo odiado será siempre odiado, por mucho que cambien sus predicados, por mucho que trate de aproximarse a nosotros, por mucho que se transforme: “Al que odiamos profundamente no queremos educarlo y ennoblecerlo en absoluto, sino más bien todo lo contrario, pues no son sus defectos los que nos molestan, sino sus valores; y no lo queremos ver mejor, sino objetivamente peor” (Kolnai).  

Cuando se odia, se odia por lo que se es o por lo que representa, más allá de sus posesiones: no se desea poseer algo suyo, sino que todo cuanto tenga que ver con él desaparezca

El odio no va dirigido a un objeto cualquiera, sino que afecta al sujeto mismo por la existencia de un vínculo estrecho entre este y aquel: se siente concernido, no porque constituya una mera amenaza (¿odiamos a un criminal que, una vez, nos robó la cartera?), sino porque su existencia nos afecta esencialmente. El objeto de odio es, pues, significativo. El odio condiciona, marca, designa, nos fija a un objeto que pasa a ser parte de quien odia. Al que odia no le basta con la aniquilación de su objeto ni con su sufrimiento: puede incluso querer acabar con su estirpe y con su sangre para evitar que nada de él o de ello perviva. Que nada quede.

Aunque una larga tradición, de Aristóteles a Fromm pasando por Spinoza o por Hume, han hecho del odio una pasión asociada al amor, entendido como su contrario, el odio tiene más de “ira arraigada” como diría Cicerón (Odium est ira inveterata) y, como tal, ni está simétricamente contrapuesto al amor ni constituye un extremo o una modulación de una misma fuerza de signo contrario. En el pensamiento griego, si algo se opone al Eros (Amor) es el Tanatos, la muerte, y esta poco tiene que ver con el odio, que en griego, το μίσοζ (to misos), significa “lo que se aborrece” (de ahí misantropía o misoginia, por ejemplo). Ahora bien, ¿es el odio una modulación de la muerte? Quizá lo sea como forma de aniquilación: del objeto odiado, pero también del sujeto que se consume por su causa.

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