El lenguaje en la era de la posverdad

Según la escritora y periodista Irene Lozano, directora de la Escuela de filosofía The Thinking Campus,
Según Irene Lozano, directora de la Escuela de Filosofía The Thinking Campus, "la posverdad nos conduce a una época premoderna en la que las supersticiones tienen más fuerza que la razón; las creencias importan más que la realidad".

Además del título de la entrada, el lenguaje de la posverdad fue el del XIII Seminario Internacional Lengua y Periodismo celebrado recientemente en San Millán de la Cogolla (La Rioja). Para quienes se pregunten en qué o hasta qué punto ese planteamiento guarda relación con la filosofía, podemos recordar la epistemología, y explicarlo, para que la palabra no asuste a nadie. Esta rama de la filosofía se ocupa justamente de cómo conocemos, de lo que nos es posible conocer y de cómo lo hacemos. El asunto de la verdad es central en esa averiguación sobre lo que nos es posible saber. Por tanto, si vivimos en la era de la posverdad, resulta imprescindible hacer una aproximación epistemológica, filosófica, a qué significa la posverdad y cómo influye en nuestra visión del mundo y en el debate público.

Ya Wittgenstein nos advirtió de que no existe un lenguaje privado, el lenguaje humano es un hecho social, y que es posiblemente la más fuerte caracterización de los seres humanos como seres sociales. Cuando él lo aplica al significado emplea la palabra “dolor” como ejemplo. Cuando yo digo que siento dolor, me refiero a mi dolor personal, pero no se puede relacionar sólo con mi sensación de dolor, porque hacerlo nos situaría en un escenario de aislamiento total de unas personas respecto a otras. Hay un consenso colectivo sobre lo que significa “dolor”, por eso yo puedo decir que siento dolor y los demás me entienden, aunque no estén sintiéndolo. En ese sentido dice él que no existe un lenguaje privado.

"LTI. La lengua del Tercer Reich", del filólogo Victor Klemperer, editado por Minúscula.
“LTI. La lengua del Tercer Reich”, del filólogo Victor Klemperer, editado por Minúscula.

El consenso sobre el significado de las palabras es uno de los consensos más básicos que existen en cualquier sociedad, tanto que ni siquiera nos damos cuenta de ello. Uno de los libros más reveladores que ha escrito nunca un filólogo es LTI: la lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer. Él va tomando notas de filólogo, analizando cómo los nazis van modificando los significados compartidos por la sociedad, hasta llegar a re-inventar un lenguaje que de hecho recrea la realidad en la forma que era conveniente para el nazismo. Una vez que han redefinido los significados para la sociedad, no les resultó difícil convencer a los alemanes de sus ideas políticas, porque los significados son la llave de acceso a nuestras ideas. La posverdad va incluso más allá. El Diccionario Oxford ha definido “posverdad” como la circunstancia en que “los hechos objetivos tienen menos influencia en formar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y las creencias personales”. Significa que no existe una realidad compartida, que todos podamos reconocer como tal, sino que todo consiste en quién tiene la fuerza para imponer su relato.

Según el Diccionario Oxford, la “posverdad” es la circunstancia en que “los hechos objetivos tienen menos influencia en formar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y las creencias personales”

Desde mi punto de vista, esto equivale a negar el paradigma ilustrado, y el ideal de la modernidad, según el cual las herramientas de la razón constituyen el mejor instrumento para conocer la realidad. La modernidad es sobre todo un método, que no niega que tengamos opiniones personales, sino que nos pide que las fundemos en los hechos y las defendamos con argumentos. En el fondo, la posverdad nos conduce a una época premoderna en la que las supersticiones tienen más fuerza que la razón; las creencias importan más que la realidad.

Muchas veces se asimila la posverdad al predominio de las emociones en el discurso público, pero yo creo que no es un problema de emocionalidad. El discurso público siempre tiene un componente emocional y un componente racional. Los problemas son dos: uno, las emociones no son malas en sí mismas, hay emociones buenas para la política (la esperanza, por ejemplo, una de las ideas fuerza de Obama) y las hay muy negativas (el miedo, la ira, el odio), que son las que agita el populismo y el fascismo. El segundo problema es que no se trata de combatir las emociones, como un todo, sino de no confundirlas con la superstición. Las supersticiones son creencias personales individuales o colectivas, no basadas en hechos ni en datos, sino en creencias imposibles de contrastar. Esto nos devuelve a un escenario peor que el del lenguaje privado, nos lleva a la realidad privada, a una realidad que yo o un grupo de personas nos creemos y que nos da igual que tenga un correlato con la realidad. En este punto conviene subrayar la importancia del periodismo y su papel vertebrador de la realidad pública, la realidad política. El periodismo nos cuenta el conjunto de hechos compartidos en los que todos estamos de acuerdo (después, naturalmente, vienen las naturales y sanas discrepancias políticas respecto a cómo abordar esos hechos, cómo cambiar la realidad).

Una idea muy asentada en la política –y en el diseño de la comunicación política– es que da igual cuáles sean los hechos, que se puede convencer a la gente de cualquier cosa siempre que uno tenga la suficiente fuerza en los medios para imponer su relato. Esto nos deja totalmente inermes, y en el fondo significa que quien tenga el poder suficiente (mediático, político, económico) no sólo ejerce el poder, sino que tiene la capacidad de definir la realidad. Esto es totalitarismo. Como reza el adagio clásico del periodismo: las opiniones son libres, los hechos son sagrados. Sólo ese apego incondicional a los hechos del periodismo nos puede salvar de la posverdad, y por desgracia parece que hay mucho periodismo ahora interesado en contribuir a crear tal o cual relato, más que a comprometerse con la realidad y con los hechos.

Pensar que los hechos no importan y que, siempre que uno tenga la suficiente fuerza en los medios, puede imponer su relato es totalitarismo

No es solo ese mal y mal entendido periodismo, también hay tres particularidades de nuestra época que agravan la situación:

  • La creencia posmoderna, ya completamente asentada, de que no existe nada parecido a la verdad, de que sólo existen los puntos de vista. Realmente lo que define nuestra época, aunque ya lo denunció Orwell en los años 30 del siglo XX, no es tanto la mentira como el abandono de la idea de que la verdad pueda existir. Hay que tener en cuenta que él lo dice en tiempos de guerra, en los que se da por hecho que la propaganda se multiplica. Es como si viviéramos en la propaganda perpetua.
  • La crisis financiera ha dejado una desconfianza atroz en las elites. Cuesta creer a alguien que tenga un mínimo halo institucional (ya sea un experto, un cargo público, un medio de comunicación). Ante esto se opta por creer a quien nos ratifica en nuestras ideas previas (lo que se agrava con el sesgo de confirmación).
  • Las redes sociales, la web, el big data, multiplican la fuerza de las mentiras. Los bulos han existido siempre y conocemos su fuerza. Pero las investigaciones científicas han demostrado que las redes difunden las mentiras más rápido que la verdad. Y además llegan a más gente. O sea, más rápido y más lejos. Esto apela a nuestra propia responsabilidad como usuarios de redes, como constructores de una “civilización” muy necesaria en este campo en cuya transición nos encontramos. Solo será posible si no perdemos de vista la Ilustración y valores como el de poder discutir con quien no tenga tus mismas opiniones alrededor de unos mínimos consensos y conceptos compartidos.

Este texto está elaborado a partir del espacio radiofónico Más Platón y menos whatsApp que Irene Lozano comparte los martes con Carles Francino en La ventana de la Cadena Ser. Puedes escuchar el audio (hacia el minuto 38) aquí.

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