El eterno hechizo de la luna

El pie de Neil Armstrong en la Luna hace 50 años parecía que podía acabar con su misterio, ese que desde Luciano de Samosata había alumbrado un sinfín de obras que repasamos en este artículo, pero eso no ocurrió.
El pie de Neil Armstrong en la Luna hace 50 años parecía que podía acabar con su misterio, ese que desde Luciano de Samosata había alumbrado un sinfín de obras que repasamos en este artículo, pero eso no ocurrió.

Da igual que se muestre su lado oculto (en enero de este 2019) o que se celebren 50 años desde que, el 20 de julio de 1969, un hombre pisara la Luna por primera vez: ella seguirá igual de misteriosa. Da igual que en todos los tiempos, desde todos los lugares, los seres humanos la hayan buscado proyectando sus sueños literarios, científicos, espaciales… Este repaso por esos viajes de ficción y de no ficción demuestra por qué su hechizo nunca acaba: porque tiene tantas caras como quienes la contemplan. 

Por Juan Miguel Contreras Camarena

La Luna sigue estando demasiado lejana por mucho que fotografías, satélites, misiones y naves rindan cuentas de sus detalles. Durante siglos, los seres humanos han deseado llegar hasta ella y se han imaginado y escrito libros sobre esos viajes soñados; leyendas chinas, griegas y aztecas lo prueban. Obviando al venturoso profeta Elías saliendo disparado a los cielos en un carro de fuego o al pobre Ícaro un instante antes de caer con sus pobres alas medio derretidas, fue Plutarco uno de los primeros que teorizó sobre la luna más allá de los mitos, al igual que Tales y Aristóteles. Se dice en el Corán que Mahoma viajó por los espacios interplanetarios, y en el Kalevala, canto épico del pueblo finés, también se habla de otro viaje a la Luna, esta vez de una abeja.

Luciano vs Ptolomeo

Relatos fantásticos, de Luciano, en edición de Alianza.
Relatos fantásticos, de Luciano, en Alianza.

Sin embargo, fue en el siglo II de nuestra era cuando se vivió una lucha fratricida entre dos pensadores, dos personalidades seguramente opuestas (Luciano de Samosata y Ptolomeo), que marcó durante más de diez siglos el destino de los hombres en muchos aspectos, y ninguno de ellos baladí. Luciano y Ptolomeo nunca se conocieron ni litigaron, pero sus respectivas obras sí. Luciano de Samosata escribió una obra satírica sobre los habitantes de la luna (Una historia verdadera, también llamado Relatos verídicos en la edición de Gredos y Relatos fantásticos en la de Alianza), un libro del cual han bebido muchísimos autores posteriores, desde Cyrano hasta Verne e Italo Calvino. Pero este libro era algo más: puso en tela de juicio la religión y sus dogmas, así como a los filósofos y sus escuelas, desacreditando a todos ellos. Luciano también escribió otra obra llamada Ícaromenipo, donde hizo volar a Menipo de Gadara desde el Olimpo hasta la Luna con un ala de águila en una mano y una de buitre en la otra, pero no tiene la potencia destructora de Una historia verdadera.

En el siglo II  se vivió una lucha entre dos pensadores que nunca se conocieron: Luciano de Samosata y Ptolomeo. El primero, con sus sátiras, puso en tela de juicio la religión y sus dogmas, así como a los filósofos y sus escuelas

Por su parte, la obra de Ptolomeo discurrió por otros cauces menos peligrosos para la tranquilidad social que la sátira del de Samosata. El famoso astrónomo alejandrino se dedicó a sistematizar y compilar un innumerable número de datos y doctrinas de geógrafos, astrónomos y filósofos, creando lo que se conoce como «sistema Ptolemaico», en el que daba cuenta de la arquitectura física del universo. El él, la Tierra, formando un globo, está en el centro del universo, y el Sol, la Luna y las estrellas giran alrededor, en –dato muy importante– órbitas circulares con movimiento uniforme. La importancia de esto último reside en que fue precisamente la dogmatización de estos dos conceptos claramente aristotélicos lo que provocó el estancamiento durante siglos no solo de la astronomía, sino de la propia física como ciencia, y por tanto de su aplicación tecnológica. Esta férrea y alambicada concepción del cosmos (Caelus) encadenó todo avance técnico y científico a una pesada bola, la cual, sumada a la poderosa institución eclesiástica como salvaguarda filosófica y moral de un mundo feudal, espejo de dicho dogma católico en lo ideológico y pilar del vasallaje y la división de la sociedad en nobleza, clero y estado llano, impidió, entre otras muchas cosas, la escritura y divulgación de fantasiosas aventuras espaciales.

Copérnico y la victoria final de Luciano

No fue hasta la llamada «revolución copernicana» que las mentes de literatos, inventores y lunáticos pudieron sentirse libres de nuevo. Dicha revolución no fue sencilla ni rápida, ni desde luego indolora. Tampoco fueron pocos sus actores: al citado Copérnico hay que sumar como mínimo a Tycho Brahe, Johannes Kepler, Giordano Bruno y Galileo Galilei, rematando este equipo de relumbrón un soberbio Isaac Newton, que fue quien estableció la fórmula matemática de aquello a lo que debíamos enfrentarnos si queríamos salir volando de la Tierra: la gravedad.

Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, en Austral.
Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, en Austral.

Sin embargo, una década antes de que se publicase De revolutionibus orbius coelestium, de Copérnico (póstumamente por Andreas Osiander, no hay que olvidarlo), el poeta Ludovico Ariosto narró en Orlando furioso (1532) cómo Astolfo, hijo de Otón, rey de Inglaterra, viajó a la Luna en un Hipogrifo. El famoso Cyrano de Bergerac, un siglo después, narra también otro viaje a la Luna; esta vez es él su protagonista, afirmando de paso que los selenitas tienen enormes apéndices nasales como señal de inteligencia y virilidad. En las mismas fechas, dos obispos ingleses, Goldwin y John Wilkins, escriben sendos libros sobre aventureros camino de la Luna. Un profesor de matemáticas de la Universidad de Ferrara, el jesuita Francesco de Lana-Terzi, elaboró, entre el 1648 y el 1692, un interesante proyecto de astronave, incluido en uno de los volúmenes de su doctísima obra Magisterium naturae et artis. Dicho diseño es un anticipo del aerostato que aparecerá, cien años más tarde, con los hermanos Montgolfier. De 1634 también es Somnium, escrito por Johannes Kepler y considerado por Issac Asimov como el primer relato de ciencia ficción como tal; en él, por fin, el astrónomo alemán citaba explícitamente a Luciano de Samosata. Así comenzaba la rehabilitación del escritor griego. Mil quinientos años tuvieron que pasar para que la obra del pobre y risueño Luciano saliera tímidamente del ostracismo al que le había condenado Ptolomeo. El samosatense también influyó enormemente a los escritores del Siglo de Oro español, llegándose incluso a calificar el relato satírico-fantástico como lucianense. Cervantes (apasionado lector de Luciano) utiliza técnicas narrativas del greco-sirio en El Quijote.

Tras la «revolución copernicana», las mentes de literatos e inventores regresan a la luna. Algunas de estas narraciones inauguran el género de la ciencia ficción

A la luna por una planta de judía

Pero el que terminó de prender la mecha de la imaginación de poetas y selenitas fue Juan Hevelius (1611-1687). Su obra, Selenografía, fue publicada en 1647 y causó gran impacto en la comunidad científica y literaria. En 1672 la ciencia escaló otro peldaño de cara a ver realizados los sueños de los viajeros espaciales. En esa fecha, Giovanni Cassini logró efectuar la primera medición, bastante aproximada, de las distancias entre los planetas. Aún así, todavía era preferible continuar confiándose a la fantasía, enlazándola con la realidad aunque fuese de forma disparatada, pues de otro modo no se explica cómo logró El Barón de Münchhausen publicar que había subido a la luna para recuperar su hacha de plata sirviéndose de una planta de judía de España, que creció en un abrir y cerrar de ojos.

Mapa de la luna de Hevelius, 1645.
Mapa de la luna de Hevelius, 1645. CC BY-SA 3.0

El escritor dálmata Bernardo Zamaga, en 1768, presentó en un libro titulado Navis Aeria, un proyecto de astronave que recuerda al de Lana de Terzi, el jesuita italiano y matemático, al que se considera Padre de la Aeronáutica. No obstante, impresionado por la distancia entre los planetas señalada por Cassini, Zamaga no se atrevió a empujar su astronave por los caminos que conducen a la Luna. Se limitó a hacerla volar (con la imaginación, se comprende) alrededor de la Tierra, que no era poco.

Newton, Voltaire y todavía hay más

El propio Newton proyectó una nave cósmica a reacción, y François Voltaire hizo viajar por los cielos a un habitante de Sirio y a otro de Saturno. Otro francés de sintomático nombre, Louis Guillaume de la Follie, escribe, en 1775, El filósofo sin pretensiones. El protagonista es nada menos que un habitante de Mercurio, inventor de una máquina volante. Chúpate esa, Ptolomeo.

Sirio… Saturno… Mercurio… El siglo XVIII acaba y parece que la luna está pasada de moda, por mucho que el hombre, volar, lo que se dice volar, haya volado poco. Aunque deberíamos citar que hubo alguien, llamado François Pilâtre de Rozier, que efectuó un vuelo, de veinticinco metros, sujeto a un globo. Sin embargo, a pesar de las modas, la luna seguía ahí, tan inalcanzable como siempre.

Julio Verne: la luna a tiro de pluma

Viaje alrededor de la Luna, de Julio Verne, en Alma Clásicos ilustrados.
Viaje alrededor de la Luna, de Julio Verne, en Alma Clásicos ilustrados.

El siglo XIX es el del romanticismo, y el querido satélite, más que nunca, se convierte en el refugio de los lamentos de las almas soñadoras, en el ídolo de los poetas mayores y menores. Al menos hasta la llegada de Julio Verne, cuando todo comienza a adquirir un tono «peligrosamente» real y realizable… Verne hace surgir de su pluma a Barbicane, Nicholl y Michel Ardan, protagonistas de las dos novelas donde se trata este asunto: De la Tierra a la Luna y Viaje alrededor de la Luna. En ellas se relata la extraordinaria empresa que permitió a estos tres bigotudos caballeros «entrar en órbita» alrededor de la Luna, a bordo de un enorme proyectil, disparado por un mortero (el Columbiad montado en un hoyo de 100 metros de profundidad «a 27º 7´ de latitud Norte y 5º 7´ de latitud Oeste» (es decir, justo donde hoy está ¡Cabo Cañaveral!).

La profecía cumplida de H. G. Wells

El siglo XX se abre con un título profético, Los primeros hombres en la Luna, escrito por H. G. Wells. Con el progreso científico y los rápidos adelantos de la astronáutica, las narraciones sobre los viajes a la Luna en distintos soportes se hacen mucho más frecuentes. Tan frecuentes, tan frecuentes que, a partir de ahora, citaremos solamente algunos, en claro detrimento de otros que a cualquier lector que haya llegado hasta aquí pueden venirle a la cabeza.

El siglo XX es el de la llegada a la Luna, imaginada primero en obras proféticas como la de H. G. Wells Los primeros hombres en la Luna

En 1904, el físico ruso Konstantín Tsiolkovsky, escribe Filosofía cósmica, donde especula sobre el futuro de la humanidad, planteando la conquista eventual del cosmos. Suya es la famosa frase: «La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede vivir en la cuna para siempre». Tsiolkosvky escribió más de 500 trabajos sobre viajes espaciales, llenos de bosquejos de cohetes de propulsión líquida, repletos de multitud de temas relacionados con la astrofísica que sirvieron de inspiración y base para los futuros ingenieros soviéticos, que fueron los que acabaron poniendo en órbita, entre otros, a la perrita Laika, Yuri y Valentina. El siglo XX es, también, el siglo del cinematógrafo. El filme de Meliès Viaje a la Luna, de 1902, proyectó por primera vez en la historia, en esta caverna platónica llamada Tierra, el sueño que durante miles de años los humanos habíamos tenido de llegar a la Luna.

También por primera vez en la historia de la humanidad los avances científicos y tecnológicos corrían en paralelo a las históricas ansias de surcar el cosmos. Ahora sí resultaba evidente que solo era cuestión de tiempo, de muy poco tiempo… Sin embargo, un nuevo sentimiento de terror inundaba los corazones de los pobres humanos. La misma tecnología que podía llevarnos a la Luna también podía acabar con la vida en el planeta bajo la forma de bomba atómica, pero aún así seguían surgiendo novelas sobre el tema. Comenzar a nombrar escritores solo nos llevaría a olvidar a otros (¿por dónde empezamos, por Karel Capek, Alexander Bogdánov, Alexei Tolstoi, Edgar Rice Burroughs, Issac Asimov, Stalislaw Lem o Philip K. Dick?), así que solo haremos el amago.

La carrera espacial es cosa de dos

El mundo que quedó después de la II Guerra Mundial ya no era el mismo: había hambre, tristeza, muerte y miedo. Miedo a que la próxima contienda fuese definitiva. Si se repetía el terror que se había desatado en Hiroshima y Nagasaki, solo podía ser peor. El gran conflicto que parecía estar a punto de desatarse, con toda seguridad, sería el que hiciera desaparecer a la humanidad definitivamente. En este sentido, fue la industria cinematográfica la que más prolíficamente nutrió la imaginación (núbil o apesadumbrada) de los hombres. Mientras la URSS intentaba encontrarse a sí misma después de la hecatombe que supuso el régimen estalinista, su producción cinematográfica en este sentido fue escasa pero con impronta. De 1935 es El vuelo espacial, donde se cuenta la historia de un grupo de científicos que trabajan en la creación de una nave espacial llamada, sí, Iósif Stalin, llena de efectos especiales soberbios y asombrosos para la época. También es obligado mencionar El planeta de las tormentas, de 1961, donde un grupo de cosmonautas soviéticos vuela a Venus, o también el filme Nebulosa de Andrómeda, de 1967, donde se narra otro viaje espacial, esta vez hacia un planeta imaginario.

La Guerra Mundial se acabó, pero el miedo no. Fue alimentado sobre todo por la industria cinematográfica con producciones que tenían la luna de fondo y las invasiones alienígenas, muchas veces, en primer plano

La guerra de los mundos, en versión cinematográfica se estrenó en 1953. Estaba basada en el libro de H. G. Wells.
La guerra de los mundos, en versión cinematográfica, se estrenó en el año 1953. Estaba basada en el libro de H. G. Wells.

Por su parte, en los Estados Unidos se pusieron todos los medios para erradicar el comunismo de su territorio: se crearon comités de conducta, y surgió la conocida «caza de brujas» del senador MacCarthy con el Comité de Actividades Antiestadounidenses como punta de lanza. Durante los años 50 surgieron innumerables películas, llamadas de serie B, con pocas pretensiones pero con argumentos delirantes, realizados en el momento álgido de la Guerra Fría. Aquellas películas intentaban sublimar y canalizar todo ese miedo social a que todo se fuese al carajo a causa de un par de bombitas, creando una y mil películas con invasores extraterrestres de toda ralea. Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951) de Robert Wise, es uno de los clásicos indiscutibles, así como La guerra de los mundos (War of the worlds, 1953), basada en la novela de H. G. Wells. Merecen también ser nombradas Invasores de Marte (Invaders from Mars, 1953) y la sublime La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, estrenada en 1956. Es cierto que en muchas de ellas hay poco viaje espacial y sí mucha invasión alienígena a la Tierra, pero quienes lograban sobreponerse al susto de ser abducidos seguramente sonrieran soñando con surcar el espacio. También es cierto que se hacían joyas más enfocadas a lo que nos ocupa, como Planeta prohibido (Forbidden Planet, 1956), basada en La tempestad de Shakespeare.

Fly me to de Moon…

Paradigma y colofón de toda esa ebullición cinematográfica es Batalla más allá del sol, película de ciencia ficción rusa, filmada en 1959 y dirigida por Mikhail Kayukov y Aleksandr Kozyr, donde se habla de «la carrera espacial» de dos naciones futuras que compiten por convertirse en los primeros en llegar a Marte. Curiosamente, en 1962, Roger Corman compró y remontó el filme, haciendo dirigir algunas escenas nuevas a Francis Ford Coppola, el cual utilizó el seudónimo de Thomas Colchart para realizar la labor. Fue definitivamente durante los años sesenta cuando el tema se desborda de tal modo que impregna todos los ámbitos, televisión incluida, desde la que surgen series inolvidables como la inglesa The Thunderbirds (1965) o series de animación de Hanna Barbera como The Jetsons (1963, llamados en España Los supersónicos) o The Space Kiddettes (1966, Meteogro y los niñonautas del espacio). Incluso The Beatles, en su versión cartoon-catódica, viajaron a la luna. La guinda la puso nada más y nada menos que Frank Sinatra, al grabar en 1964 el tema Fly me to de Moon, epítome irresistible de los cientos de canciones que tienen como protagonista a tan ansiado astro. Y claro, cómo no citar la mítica 2001: Odisea del espacio, de Kubrick, estrenada el 3 de abril de 1968.

Los libros primero y luego las películas, las series y hasta las canciones hablaban de llegar a la Luna. Mediaban los 60 cuando Sinatra cantaba Fly me to the Moon

Y mientras la ficción seguía alimentando ese ancestral sueño de surcar el cosmos, dos hombres totalmente opuestos, tanto en modo de vida como en pensamiento y aspiraciones, llevaban años trabajando para llevar a buen puerto (lunar) tan recurrente deseo. De un lado estaba Sergei Pavlovich Korolev, ingeniero comunista, el diseñador jefe, responsable de todos los éxitos soviéticos en este campo (entre otros, el de poner el primer satélite artificial en órbita, conseguir la primeras imágenes del lado oscuro de la Luna, enviar los primeros satélites a Marte y Venus, o lanzar al primer hombre al espacio con éxito, orbitando alrededor de la Tierra, y devolverlo con vida…). Y del otro estaba Werhner von Braun, ingeniero alemán de pasado nazi, creador de los temidos misiles V-2 que aterrorizaron Londres y Amberes entre otras ciudades, rehabilitado por los Estados Unidos como si nada hubiese pasado y puesto al frente de la NASA, artífice final de ese pequeño paso que dejó la huella indeleble del hombre en la superficie lunar.

Ambos fueron protagonistas invisibles de las imágenes que 600 millones de espectadores de la época (se estima la población mundial en ese año en unos tres mil millones) acabaron viendo en directo, el 20 de julio de 1969. La retransmisión del primer alunizaje y el pie de Neil Armstrong levantando el primer polvo lunar parecían que iban a acabar con el misterio de la Luna, con ese larguísimo recorrido lleno de imaginación y locura que había comenzado con Luciano de Samosata y que había alumbrado un sinfín de obras donde se expresaba el deseo de alcanzarla. Una vez conseguido, ¿dejaría Selene de ser objeto de tan bellos anhelos de libertad y aventura? No, no es posible. Ella fue nuestro primer amor, y ese nunca se olvida.

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