El enfado de Simone de Beauvoir

Lámina Rebeldes De Beauvoir de Filosofers.
Lámina Rebeldes De Beauvoir, de Filosofers.
"El segundo sexo", de Simone de Beauvoir (Cátedra).
“El segundo sexo”, de Simone de Beauvoir (Cátedra).

Cuando se publicó El segundo sexo (1949), Simone de Beauvoir estaba enfadada. Su obra es una reivindicación de la injusticia verdadera operada contra las mujeres. Tenía razón, pero ¿tal vez hubiera algo más? La indignación de la autora se expresa desde el inicio. De Beauvoir incluyó una nota a pie de página en el prólogo del primer volumen criticando la postura del filósofo Emmanuel Lévinas a propósito del concepto feminidad. Lévinas había escrito, en El tiempo y el otro (1946), que la feminidad es “radical Alteridad”. Esta expresión resulta verdaderamente fecunda para nuestra época. Pero Simone de Beauvoir estaba muy enfadada entonces y su nota a pie de página tiene un tono explícito de reivindicación. Dice así: “En su ensayo sobre El tiempo y el otro (…), Emmanuel Lévinas dice que ‘la alteridad se cumple en lo femenino. Término del mismo rango, pero de sentido opuesto a la conciencia’. Supongo que el señor Lévinas no olvida que la mujer también es conciencia para sí. Pero es impresionante que adopte deliberadamente un punto de vista de hombre sin señalar la reciprocidad del sujeto y el objeto. Cuando escribe que la mujer es misterio, sobreentiende que lo es para el hombre. Aunque esta descripción pretendidamente objetiva es de hecho una afirmación del privilegio masculino” (Le deuxième sexe, vol. 1. Les faits et les mythes).

“Supongo que el señor Lévinas no olvida que la mujer también es conciencia para sí. Pero es impresionante que adopte deliberadamente un punto de vista de hombre sin señalar la reciprocidad del sujeto y el objeto”. Simone de Beauvoir

"Cenar con Diotima", de Anna Pagès (Herder).
“Cenar con Diotima”, de Anna Pagès (Herder).

¿Por qué este énfasis en su crítica a Lévinas? “Esta descripción pretendidamente objetiva es de hecho una afirmación del privilegio masculino. La mujer también es conciencia para sí. Esta descripción es de hecho una afirmación del privilegio masculino”.

El lugar desde donde De Beauvoir y Lévinas construyen su reflexión filosófica es diferente. También encontramos en el discurso filosófico un sujeto de la enunciación más allá del sujeto del enunciado. En este caso, se puede identificar para emplazar mejor el énfasis de Simone de Beauvoir, demasiado afectada por el discurso de Lévinas. Si tomamos este hecho como un síntoma, tal vez sea podamos poner en contexto la indignación de la filósofa contra el hombre. En el capítulo 8 de Cenar con Diotima (Herder) me he ocupado ampliamente de reflexionar a propósito de este punto. Sin embargo, veamos aquí sucintamente de qué se trata.

De Beauvoir cree comprender lo que dice Lévinas. Ella piensa que existe una reciprocidad entre sujeto y objeto (de conocimiento). Sin embargo, cuando Lévinas afirma que “lo femenino es del mismo rango pero de sentido opuesto a la conciencia” rompe dicha reciprocidad para plantear que el objeto de conciencia es siempre opaco o, dicho de otra manera, no se hace totalmente visible al sujeto cognoscente. La virilidad es ese impulso destructivo de la conciencia hacia el mundo, la pretensión de colonizar el objeto, controlarlo, desmenuzarlo, conquistarlo, atrofiarlo. Simone de Beauvoir se defiende cuando critica a Lévinas: ella no quiere ser un misterio para el hombre, desea ser el hombre que conquista al mundo con la razón ilustrada, por eso dice: “Supongo que el señor Lévinas no olvida que la mujer también es conciencia para sí.”

La virilidad es ese impulso destructivo de la conciencia hacia el mundo, la pretensión de colonizar el objeto, controlarlo, desmenuzarlo, conquistarlo, atrofiarlo

Sin embargo, Lévinas no olvida, precisamente señala: no se trata de la conciencia como modalidad de acceso al mundo. “La operación de Lévinas cuando se refiere a la feminidad como cualidad misma de la alteridad, o como alteridad-esencia, no está en el nivel de las circunstancias de lo existencial en su acepción de impersonal, sino en el registro de la hetereonomía que plantea lo otro más allá de un objeto de conocimiento. La feminidad no es solo lo opuesto a la virilidad: produce un modo de existencia alternativa a la muerte como límite enfrentado al poder” (Cenar con Diotima). Por eso otras autoras contemporáneas, como Judith Butler, sí han leído Lévinas, para retomar conceptos como el reconocimiento o la vulnerabilidad en el contexto de una forma de acceso al otro y al mundo menos viril. De Beauvoir ilustra, a través de su indignación, una resistencia histórica de la razón filosófica, que no cede frente al misterio. Con el tiempo, este será uno de los elementos clave para distinguir el feminismo clásico de las nuevas modalidades de posfeminismo desarrolladas a partir de la década de los noventa. Esto da valor también a la indignación de la autora francesa.

Leer entre líneas el enfado de De Beauvoir constituye en este sentido un excelente ejercicio de memoria.

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