«La autonomía personal es el camino hacia la libertad, que a su vez es el camino hacia la felicidad.»
«La autonomía personal es el camino hacia la libertad, que a su vez es el camino hacia la felicidad», dice el profesor Eduardo Infante.

Aprovechamos la reciente salida de Filosofía en la calle para charlar con su autor, Eduardo Infante, de filosofía, las escuelas, la divulgación y el potencial de las nuevas tecnologías. Todas ellas materias directamente relacionadas con su libro.

Por Jaime Fernández-Blanco Inclán

Eduardo Infante se ha pasado casi dos décadas tratando de hacer que la filosofía sea accesible a los más jóvenes en sus clases como profesor de bachillerato en el CES San Eutiquio, de la ciudad de Gijón (Asturias). Eso le ha llevado a ofrecer una versión de ella que poco tiene que ver con la que tradicionalmente tenemos: cercana, atractiva, sencilla e íntimamente relacionada con nuestro día a día. Y puestos a realizar esa labor, debió preguntarse que por qué debía terminar en el aula. De ahí que hace poco recibiéramos con alegría Filosofía en la calle, un texto que trata –y consigue– de cumplir la expectativa de su título: acercar la filosofía al gran público.

Conseguimos que Eduardo nos hiciera un hueco en su apretada agenda en mitad de la promoción y aprovechamos para charlar con él acerca de su libro, su trayectoria profesional y sus preferencias filosóficas.

Creando ciudadanía

Como explica ya en las primeras páginas, Filosofía en la calle nace de la necesidad de acercar la filosofía a la gente de a pie, puesto que durante los últimos siglos parece que se ha quedado un poco aislada entre las universidades y las academias. ¿Por qué cree usted que ha sucedido esto? ¿Qué motivó a la filosofía a abandonar la plaza pública?
Uf… es una muy buena pregunta. Quizá porque era una manera de arrebatarle al pueblo su capacidad de valerse por sí mismo de manera individual, ¿no? Eso siempre ha sido peligroso para el poder. Como decía Hannah Arendt, «el pensamiento, en sí mismo, es peligroso».

Esa famosa frase: «El conocimiento es poder»…
Curiosamente coincide la democracia en Grecia con la pérdida de la filosofía como herramienta popular, como ejercicio del pensamiento. Es una hipótesis, la primera que se me pasa por la cabeza, pero intuyo que tiene que ver con eso, con que nunca se ha querido que el pueblo tenga esa herramienta que le permite tener libertad de pensamiento –que es para mí la principal de las libertades–. Es lo que decía Emilio Lledó: «¿Para qué quieres libertad de expresión si no tienes nada que pensar?».

«Nunca se ha querido que el pueblo tenga esa herramienta que le permite tener libertad de pensamiento»

Antaño, la filosofía se preocupaba por asuntos más, digámoslo así, «terrenales». En el libro, usted recupera eso con unos capítulos que comienzan con preguntas abiertas, la mayoría relacionadas con vivencias, con la actualidad, etc. Situaciones que afectan a todo el mundo. En ese sentido, ¿cómo cree que la filosofía puede ayudar a la hora de vivir el día a día?
A mí, en ese sentido, me llama especialmente la filosofía helenística. Sus grandes escuelas. Yo creo que tuvieron esa intuición de entender que la filosofía, aparte de la materia en sí, tiene que ver con la vida filosófica, con pensar la vida y leer el pensamiento. La búsqueda del autogobierno y la autonomía personal. Descendieron a lo más cotidiano, pero también a lo más humano: el nosotros. Afrontaron problemas como pueden ser la cólera, la sexualidad, la convivencia, el sufrimiento, etc. Y ha habido muchos pensadores que han tenido claro que la filosofía tenía que ocuparse también de eso, que el filósofo tenía que ser también como un médico compasivo y apiadarse, utilizando la filosofía como una manera de eliminar el sufrimiento del ser humano.

Me recuerda mucho al asesoramiento filosófico, al que acude gente que, sin tener problemas psicológicos concretos, sí se ven faltos de una «brújula vital», de una filosofía y una estructura que aplicar a su vida.
Mucha gente no encuentra un sentido a la vida y eso es algo que la filosofía puede ayudar a encontrar perfectamente, esa vertiente existencial. Hay mucha gente muy perdida. Yo lo noto, y mis alumnos, en clase, también. Se nos imponen unos fines y con el paso del tiempo uno descubre que esos fines te han destrozado la vida. No es que no te den la felicidad, es que te la amargan. Cuando uno tiene una crisis vital de ese tipo, tiene que replantearse firmemente: «¿Qué coño hago con mi vida?». Y la filosofía era justo para eso, para construir uno mismo su propio sentido.

«A mí me llama especialmente la filosofía helenística. Sus grandes escuelas tuvieron esa intuición de entender que la filosofía tiene que ver con la vida filosófica, con pensar la vida y leer el pensamiento. La búsqueda del autogobierno y la autonomía personal»

Una filosofía necesaria

¿Y si tuviera que escoger a un filósofo? Una escuela que le haya hecho decir: «Es necesario que la gente conozca esto para poder ayudarse a sí misma».
Yo hago una cosa muy simpática con mis alumnos que es decirles que yo no estoy ahí para decirles qué pensar o qué no. Cuando les explico un filósofo, dramatizo un poco. Me gusta el teatro, ponerme «en la piel» del personaje. Y eso los descoloca porque un día piensan que opino una cosa y otro piensan que opino lo contrario. Siempre les digo: «El último día de clase os diré lo que yo pienso realmente». De qué filósofo cojeo.

Filosofía en la calle, de Eduado Infante (Ariel).
Filosofía en la calle, de Eduardo Infante (Ariel).

Precisamente ahora estoy escribiendo un libro sobre los cínicos. El cinismo me encanta. Si tuviera que escoger a algún personaje sería Diógenes, probablemente. También me gustan Crates o Hiparquía, pero principalmente Diógenes de Sínope. La libertad y el coraje de vivir que tuvo, la franqueza tan necesaria hoy en día… Para mí es un héroe filosófico al que envidio profundamente. Ojalá tuviéramos hoy en día un Diógenes. En esta sociedad en la que se miente de manera constante, se tergiversa y se altera una y otra vez «el relato» –a mí lo de «el relato» me hace mucha gracia, porque es simplemente la propaganda de siempre–… Ante eso, el tener a un héroe capaz de decir las verdades a todo el mundo y de vivir con absoluta honestidad, me encanta. Diógenes ejemplifica algo que yo le digo mucho a los chavales: la autonomía personal es el camino hacia la libertad, que a su vez es el camino hacia la felicidad.

En ese caso tengo otra pregunta relacionada con Diógenes… Es algo que nunca he comprendido, así que aprovecho: ¿por qué se denomina ahora como «cínico» al falso y mentiroso? ¡Si los cínicos eran justo lo contrario!
Pues porque la historia, como decía Walter Benjamin, la escriben los vencedores. Y la de la filosofía también tiene los suyos, que han sido los idealistas. La historia de los cínicos se ha contado totalmente tergiversada, muy a la manera romana: cuando alguien caía en desgracia se le borraba su nombre de todas partes y se cortaba la cabeza a sus estatuas… Hay mucho de eso, creo yo. Y se ha alterado el concepto tanto que ha terminado significando justo lo contrario.

¿Quiénes eran los cínicos realmente? Los que se atrevieron a levantarle la voz a Platón y decirle que estaba enseñando estupideces –«Platón va desnudo». ¡Era el rey desnudo!–. Ellos fueron los primeros en atreverse, y claro, todos los idealistas de la historia de la filosofía han hecho lo imposible para presentarlos bajo una imagen falsa y distorsionada.

Del síndrome de Diógenes qué vamos a decir… ¡Le ponen el nombre de alguien que no poseía nada a un trastorno que lleva a guardarlo todo!
¡Claro! ¡Es justo lo contrario! El cínico no era el hipócrita, sino el franco, el brutalmente honesto. Es curioso que aquella filosofía que se atrevió no solo a decir la verdad, sino a vivirla, haya acabado así. ¿Cuántas otras escuelas decían que para ser feliz había que vivir con poco, pero luego vivían de puta madre?

El desprecio les ha perseguido a lo largo de los siglos. Hegel, por ejemplo, los odiaba. Decía que no eran filósofos, que su pensamiento no era más que un conjunto de anécdotas sin sentido. Pero la realidad es que Diógenes escribió mucho. Esa imagen de cuatro payasos provocando escenas graciosas que Hegel presenta no es cierta. Diógenes escribió decenas de libros, incluidas tragedias. De hecho, escribió una Constitución simpatiquísima que era una réplica de la platónica, pero no nos han llegado más que de oídas. Pero bueno, es lo que hay. La historia es una narración ideológica.

«Cuando uno tiene una crisis vital de ese tipo, tiene que replantearse firmemente: ¿Qué coño hago con mi vida? Y la filosofía era justo para eso, para construir uno mismo su propio sentido»

El libro, por el tono, el lenguaje y el estilo, parece más enfocado hacia los jóvenes que hacia un público más genérico. No sé si esa era su intención desde el principio o un resultado inesperado. ¿Cómo ocurrió?
Comenzó siendo eso: el libro que yo siempre quise escribir para mis alumnos. Los manuales de los libros de texto de filosofía parecen hechos para aburrir más que para enseñar, y yo, que siempre busco una intención, pensaba: «¿Por qué? Si no es algo aburrido, todo lo contrario». A mis alumnos se lo digo: «Estáis rodeados de filosofía». ¿Qué es si no lo que hacen cuando están de botellón? Están pensando, discutiendo, reflexionando sobre el amor, la muerte, etc. Eso es hacer filosofía. Son los temas de los que se ocupa la filosofía.

Pensé que los libros de texto estaban hechos para aburrir, pues conseguían que el mensaje poderoso de la filosofía no calase en los alumnos y así se lograba que no tuvieran pensamiento crítico. Por ello yo quise hacer un libro para ellos que fuera más un manual de «gimnasia del pensamiento». Pero claro, como bien dices, poco a poco se convirtió en algo más amplio, que podía interesar a cualquier persona que quisiera acercarse a la filosofía y practicarla como lo que realmente es: un ejercicio de la mente.

Me interesó plantear también otros problemas, como el de la empatía. La filosofía también nos aporta cierta dosis de ella, y eso, en este mundo en el que parece que todo el que piensa diferente es necesariamente un enemigo, es importante. Ser capaces de entender que la otra persona también puede tener sus razones y hacer el esfuerzo de comprender cuáles son esas razones. Y no solo eso; también abrirse a la posibilidad de que uno mismo esté equivocado, ¿no? Yo creo que eso es importante, y más hoy, cuando la división y la polarización entre unos y otros se ha hecho tremenda. Ya no se dialoga, se combate.

Estaba pensando en eso que ha dicho de que hay libros que son incomprensibles. Eso, obviamente, no ayuda a que la filosofía sea atractiva, ni para los jóvenes ni para los que no somos tan jóvenes…
Yo lo que tenía claro es que no quería hacer un libro de filosofía para profesores de filosofía. No es mi tipo de lector. Decía un amigo que «saber escribir es saber a quién escribes». Hay libros para profesores magníficos, pero yo no quería hablarles a ellos, quería hablar, por ejemplo, a mi vecino, y transmitirle mi pasión. Lo digo mucho en clase: «Soy un apasionado de la filosofía». Me encanta. Y me gustaría hacerla descender a la manera que lo hacía Sócrates: hasta donde hay barullo, donde está la vida, donde está el ajetreo. Allí es donde se hacía la filosofía y hay que llenar con ella esos espacios otra vez. Debe estar presente, porque si no lo que estará será todo eso que no es filosofía: el populismo, la pseudociencia, las falsas creencias, la propaganda, etc. Y a mí eso me da mucho miedo.

«Ojalá tuviéramos hoy en día un Diógenes»

Me ha gustado especialmente el tono en el que está planteado el texto. Todo necesita una buena historia para enganchar –escribas una novela o un libro de filosofía– y usted incluye muchas para captar la atención del lector, incluidas jugosas anécdotas de la vida de los filósofos (las de Descartes, por poner un ejemplo, que yo personalmente no conocía). Esa manera de «entrar» a la gente, de captarla, creo que es la clave que hace destacar al libro de los otros que suelen publicarse…
Te voy a contar el secreto: es que así son mis clases (risas). Después de 18 años, sé muy bien qué es lo que funciona o, al menos, lo que me funciona a mí cuando tengo delante una clase de 35 alumnos. Mis clases son literalmente así y por eso el tono del libro es idéntico.

#FiloRetos con los que atreverse a pensar

Hemos de destacar la tremenda labor que ha llevado y lleva a cabo Eduardo Infante en Twitter, desde su cuenta @eledututor. En ella publica habitualmente sus ya famosos #FiloRetos, en los que invita a sus seguidores (principalmente sus alumnos, pero no solo) a reflexionar sobre cuestiones relacionadas con la filosofía o la actualidad, al tiempo que da muestras de sus actividades en clase junto a los estudiantes.

El uso de las redes sociales es también una constante en el libro, puesto que los lectores de Filosofía en la calle encontrarán al final de cada capítulo un código QR que pueden escanear con su smartphone y que enlazará directamente con hilos de la red social donde se discute y se plantean preguntas respecto a las temáticas del capítulo. De esa manera, pueden participar de aquello que acaban de leer, además de conocer las reflexiones e interpretaciones que han llevado a cabo otros lectores.

Un gran aprovechamiento de las nuevas tecnologías que demuestra que las redes sociales pueden ser una herramienta muy útil en la educación y en la divulgación de las ideas, y más concretamente, de las enseñanzas de la filosofía a lo largo de los siglos.

El potencial oculto

Otra cosa que llama mucho la atención es el uso de las nuevas tecnologías. Nosotros sabemos que en Twitter es usted muy activo (@eledututor) y no nos ha llamado tanto la atención, pero es cierto que el uso que le han dado a la tecnología, con los códigos QR que enlazan al lector con hilos de Twitter donde comentar cada capítulo, es muy original. Desde esa perspectiva, ¿qué cree que aportan, o pueden aportar, las nuevas tecnologías y las redes sociales al discurso filosófico?
Fíjate que yo creo que la pregunta es justo al revés: ¿qué puede aportar la filosofía a las nuevas tecnologías? La filosofía tiene que ir allí porque es donde está la gente. Podríamos quedarnos en las academias y esperar a que vengan a preguntarnos. Bueno, muy bien. Pero los tiempos cambian y de esa manera lo más probable es que los profesores de filosofía nos quedemos solos hablando entre nosotros.

Estoy de acuerdo en algunas cosas con Byung-Chul Han, pero cuando leí El enjambre hubo una cosa que no me gustó y con la que no estoy de acuerdo, aquello de que los filósofos tienen que retirarse «al jardín», como Epicuro, y alejarse de la vida pública. Quedarse al margen.

El mundo virtual ha dejado de ser un mundo aparente para ser hoy el mundo en el que la gente se comunica. Y si no hay raciocinio allí, si la filosofía no aporta luz, mal vamos. Ahí hay que estar. Punto. Estoy convencido de que, si Sócrates viviera hoy, estaría en las redes sociales cuestionando todo y destapando las falsas creencias. Creo que hay que estar ahí haciendo ciudadanía, haciendo pensar a la gente. Y no lo digo yo solo, cada vez hay más filósofos que ven este potencial.

«El mundo virtual ha dejado de ser un mundo aparente para ser hoy el mundo en el que la gente se comunica. Y si no hay raciocinio allí, si la filosofía no aporta luz, mal vamos»

Yo las redes sociales las utilizo también en el aula. Una de las clases más bonitas que hemos tenido fue cuando estábamos con el tema de la cosmología y a través de las redes  pudimos contactar con un físico del CERN [siglas con las que se conoce, popularmente, a la Organización Europea para la Investigación Nuclear y a su laboratorio de física de partículas] que nos dio una clase magistral desde allí. ¡Desde su teléfono móvil nos hizo una visita al CERN! Ojalá hubiera tenido yo eso en mis clases de física de joven. Las posibilidades son tremendas.

A los chicos que empezaban bachillerato les planteé que intentaran contactar con diferentes filósofos y les planteasen preguntas: cuáles son las cuestiones de las que se ocupa la filosofía, cuáles de las que se debía ocupar, cuáles eran las que más les inquietaban, etc. Y el resultado fue precioso, una maravilla. Chicos y chicas adolescentes contactando con Javier Sádaba, Javier Gomá… un montón de filósofos. Poder tener a gente de esa talla en la aulas solo te lo permiten las redes sociales. Como dice una amiga mía, «las redes sociales te permiten salir de la dictadura del imbécil», y es 100% verdad. En nuestra generación, si te tocaba al lado un imbécil, pues te aguantabas. Tenías que tratar con él. Y ahora, solo con un móvil, puedes estar conectado con personas que te hacen crecer intelectualmente aunque estén al otro lado del mundo.

¿Tiene sus peligros? Obviamente. Muchos. Ya Zygmunt Bauman avisó de la diferencia que hay entre estar conectado y estar comunicado. Pero pienso que es un riesgo que hay que correr. Creo que tenemos que estar ahí y no retirarnos al jardín, porque, de lo contrario, la democracia tiene los días contados.

Vamos ahora al punto de vista comercial. Si usted entra a cualquier librería, ve en la sección de no ficción una barbaridad de libros de divulgación: ciencia, psicología, etc. Algunos de ellos auténticos best seller. Por el contrario, encontrar algo así de filosofía es complicado (salvo honrosas excepciones). ¿Cree que hay ahí un nicho de mercado que las editoriales están tardando en abordar y aprovechar?
Eso mismo comentaba con vuestra compañera Nerea Blanco, de Filosofers. En el mundo de la ciencia está perfectamente delimitada la figura del científico y la del divulgador. Y ambas se entienden y se saben necesarias a la hora de transmitir el mensaje de la ciencia a la gente de la calle. Bueno, pues en filosofía eso no pasa. Al divulgador, o la filosofía divulgativa, no se le valora. «Eso no es filosofía», dicen. Se obvia el hecho de que es algo absolutamente necesario. Tan importante es pensar y razonar como llevar ese pensamiento a la gente, porque la gente de a pie no tiene por qué conocer los tecnicismos o el debate histórico de la filosofía.

A la gente le gusta la filosofía siempre y cuando se le presente de un modo que le sea apetecible. Versa sobre los grandes temas que a todos nos importan. La ética desde luego, pero también la metafísica, por ejemplo, o el modo en que podemos desentrañar el universo. Claro que a la gente les interesa. Pero cuando pones frente a ellos un texto que no pueden comprender, lleno de tecnicismos, pues se echan para atrás. No es un problema de contenido, pues, como digo, a cualquiera le asombra. Incluso a los niños pequeños, que tienen esa capacidad para hacerse preguntas de todo.

«A la gente le gusta la filosofía siempre y cuando se le presente de un modo que le sea apetecible. Versa sobre los grandes temas que a todos nos importan»

Ese fue exactamente el espíritu con el que nació Filosofía&Co., con la idea de captar ese interés que todo el mundo tiene de manera natural por el conocimiento y plantear la materia de una manera que fuera lo más atractiva posible.
A mí me encanta vuestro proyecto, he de decir. De hecho he utilizado artículos vuestros en clase.

¡Se agradece!
El problema de muchos filósofos (y me incluyo también) es que piensan muy bien, pero escriben muy mal. A mí me gusta mucho, en el caso vuestro, el estilo periodístico que le dais a los artículos: son totalmente comprensibles para cualquiera sin dejar de lado la profundidad del tema. Porque una cosa no está reñida con la otra.

Y ya para acabar: hemos hablado de lo que la filosofía puede aportar a la vida de la gente, pero… ¿y al revés? ¿Qué puede aportar el ciudadano de «a pie» a la filosofía?
Pues podría escucharle, simplemente. Escuchar cuáles son las preocupaciones del hombre corriente, bajar un poco del castillo y contemplar no solo la realidad física, sino la social, la del ciudadano.

Hacer ciudadanía, que decía Ortega
¡Justo! Recuperar también esa figura del filósofo que tanto él como Unamuno ejemplificaron. Eran pensadores que hablaban, pero también escuchaban el clamor de sus vecinos y se preguntaban qué era lo que les preocupaba, lo que les quitaba el sueño y lo que perseguían. Dar luz ahí. Creo que esa es una tarea importante de la filosofía: aprender a escuchar y valorar aquellas otras cosas que importan a los demás.

Para saber más… La filosofía vuelve a su sitio, sobre el libro Filosofía en la calle, de Eduardo Infante

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