¿Por dónde empiezo a aplicar la filosofía a mi vida?

En la vida muchas veces nuestra filosofía teórica, nuestras ideas chocan con lo que nos resulta más fácil realizar en la práctica. La filosofía nos dice que estas incoherencias responden a una falta de indagación profunda en nuestras creencias, su procedencia y la honestidad con uno mismo.
En la vida muchas veces nuestra filosofía teórica, nuestras ideas chocan con lo que nos resulta más fácil realizar en la práctica. La filosofía nos dice que estas incoherencias responden a una falta de indagación profunda en nuestras creencias, su procedencia y la honestidad con uno mismo.

La filosofía, según el enfoque de la filosofía práctica, es un saber acerca de la vida. Desde sus vertientes más sapienciales, se ofrecen visiones, herramientas y formas que nos pueden hacer llevar una vida mejor, más consciente de nuestros pensamientos y emociones, más serena frente a sus devenires. A alguien que desee comenzar a acercarse a este enfoque y saber cómo aplicar la filosofía, los incontables libros y teorías pueden abrumarle y paralizarle en su impulso.

Por Mª Ángeles Quesada, filósofa, CEO y cofundadora de Equánima

¿Cómo puedo comenzar a entender mi vida desde un enfoque sapiencial o filosófico? ¿Habría una manera de comenzar a filosofar si nunca lo he hecho? ¿O de aplicar la filosofía a mi vida? En mi opinión, todos filosofamos y es algo que no se puede dejar de hacer. Puedes no ser consciente de que filosofas, puedes no tener los conceptos más técnicos o las herramientas más apropiadas. Sin embargo, lo haces: cuando te preguntas por cómo entender al otro, la sociedad, de qué va esto que llamamos vida o qué acciones debo realizar y cuáles no. Ese preguntar, esa inquietud, debe ser atendida. Es una necesidad. Desoírla nos provoca malestar.

Hace poco, un médico me dijo que, desde el punto de vista neurológico, el cerebro que no profundiza en una actividad intelectual o transcendente se vuelve loco. Él me argumentaba cómo esta “locura” se da en un sentido físico, de conexiones erráticas y desequilibrio en la segregación de ciertas sustancias. Llegados a este punto, podríamos decir que leer filosofía, escuchar un podcast o ver unos vídeos filosóficos de YouTube bastarían para cubrir esa necesidad filosófica. Sin embargo, las filosofías sapienciales y la filosofía práctica nos advierten y nos señalan en otra dirección. Aquí no buscamos acumular conocimientos inertes, sino hallar sabiduría, ese saber encarnado, hecho realidad, que nos permite incorporar conocimientos, aplicarlos, materializarlos y convertirlos en vida. Porque, seamos sinceros: ¿cuántas cosas sabemos en teoría que luego no aplicamos? Sabemos que lo mejor para cultivar una relación es dialogar y ¿cuántas veces soltamos nuestro monólogo sin escuchar? Creemos en la igualdad entre hombres y mujeres, pero ¿cuántas veces tenemos comportamientos etiquetadores y discriminatorios con el otro sexo? Creemos firmemente en una dieta equilibrada y ejercicio regular y ¿cuántas veces conseguimos llevarlo a cabo? Porque en la vida muchas veces nuestra filosofía teórica, nuestras ideas y principios chocan con lo que nos resulta más fácil realizar en la práctica. Muchos pensarán que es una simple cuestión de hábitos. Pero, como seres complejos y filosóficos, la filosofía nos dice que estas incoherencias responden a una falta de indagación profunda en nuestras creencias e ideas, su procedencia y la honestidad con uno mismo.

Todos filosofamos: cuando nos preguntamos cómo entender al otro, de qué va la vida, qué acciones debemos realizar y cuáles no. Esa inquietud debe ser atendida. Es una necesidad. Desoírla provoca malestar

Las tres filosofías

Para ayudar en este análisis de creencias e ideas os hablaré de una herramienta que emplean diversos filósofos prácticos. Mi versión se inspira en una herramienta que usa la filósofa práctica Mónica Cavallé. Llamaremos a esta herramienta “las tres filosofías”: la filosofía ideal, la filosofía real y la filosofía operativa. Imaginemos que estamos en una charla con amigos y surge el tema de si el ser humano es bueno o malo por naturaleza. Algunos defienden que el ser humano es bueno, que la mayoría de las personas son buenas; tú mismo argumentas esta idea delante de tus amigos. Sin embargo, de camino a casa, reflexionando detenida y honestamente, reconoces que, en realidad, no piensas que la mayoría de la gente es buena, sino que hay mucha gente mala, que lo es por naturaleza, e incluso rememoras situaciones en las que te comportas con desconfianza hacia los demás por este motivo. Hace un momento, de hecho, lo hiciste, cambiándote de acera al ver a alguien que te dio “mala espina”. Así, las tres filosofías serían:

Filosofía ideal: “Me encantaría pensar que todo el mundo es bueno”.

Filosofía real: “En realidad, pienso que mucha gente no es buena”.

Filosofía operativa: “Actúo desconfiando de la gente”.

Entonces, definamos los tres conceptos:

Filosofía ideal (FI). Es una filosofía que representa “lo que nos gustaría pensar”, muchas veces adopta la forma de “debería pensar/hacer”. Eso nos da pistas de que probablemente esa filosofía no sea tuya, es decir, que venga impuesta o autoimpuesta por tu educación, tus padres, tu entorno, la presión social, ideologías, ideales de tu grupo, etc. Puede que ahora todo tu grupo de amigos hablen de ser veganos y dejar de comer carne y puede que tu filosofía ideal comience a ser “Debería dejar de comer carne porque la vida de los animales ha de ser tratada con respeto”.

Filosofía real (FR). Esta filosofía representa “Lo que realmente pensamos”, lo que a veces cuesta confesar a los demás e incluso a nosotros mismos, porque a veces no nos gusta esa imagen de nosotros o porque nos cuenta encontrar argumentos que apoyen lo que pensamos. Pero lo pensamos. Siguiendo con el ejemplo del veganismo, puede que tu filosofía real sea: “Pienso que el ser humano no ha de dejar de comer carne, lo que ha de buscar es la forma de obtener esa carne que respete la vida de los animales, que sean criados en buenas condiciones, etc.”

Filosofía operativa (FO). Finalmente, sobre la realidad mostramos nuestro comportamiento, esta filosofía es “lo que hacemos”, y aunque lo que hacemos es reflejo de lo que pensamos, muchas veces no hay una alineación clara, quizá solo visible si hemos analizado previamente la FI y la FR. Si finalmente sigo comiendo carne, pese a mis planteamientos sobre mi FI y mi FR, en algún punto sentiré malestar porque mi discurso difiere de lo que luego hago, es decir, no encarno mi FI y todavía estamos en un mundo donde no se hace FR, por tanto, tampoco la encarno. Ese malestar será superficial al principio, te costará verbalizar tu posición ante tu círculo vegano mientras eliges una hamburguesa de carne. Y puede que al cabo de un tiempo te sientas mal contigo mismo, sientas que no haces algo bien.

Para comenzar un viaje que nos lleve del conocimiento a la sabiduría, hemos de pasar de solo especular y acumular ideas a contrastarlas, trabajarlas

Veamos otro ejemplo:

Filosofía ideal: “Me gustaría pensar que la gente se merece todo gesto altruista y generoso”.

Filosofía real: “Pienso que hay que ser desconfiado con la gente al principio hasta que la conoces”.

Filosofía operativa: “Actúo con generosidad y altruismo hacia todo el mundo”.

Una frase como “Me gustaría pensar que la gente se merece todo gesto altruista” puede esconder “Debo ser altruista y generoso”. La palabra “debo” nos advierte que no es lo que se hace ni se piensa, no corresponde ni a la FR ni a la FO. La FI puede ir enmascarada detrás de un imperativo, de un ideal de perfección sobre nosotros o de una visión utópica del mundo. Si la persona es consciente de su ideal y simplemente lo toma como un referente que le inspira, puede que esta incoherencia sea pequeña; en otros casos, puede convertirse en un imperativo que le impida vivir.

Reflexionemos: ¿Qué piensas de este último ejemplo? ¿Dónde reside la incoherencia? ¿Crees que esta incoherencia es fuente de infelicidad? ¿Por qué?

El trabajo sobre “las tres filosofías” nos ayuda a reparar en incoherencias que reflejan diferentes fuentes de sufrimiento: no nos aceptamos como somos, tenemos creencias culturales que nos impiden ser nosotros, no somos fieles a nuestros pensamientos, no conocemos nuestras ideas, no hemos pensado con detenimiento nuestros actos, somos dejados en la práctica, nos cuesta esforzarnos, etc. Para comenzar un viaje que nos lleve realmente del conocimiento a la sabiduría, hemos de pasar de solo especular y acumular ideas a contrastarlas, trabajarlas, in-corporarlas y ponerlas en funcionamiento. Las ideas no se tienen, se encarnan. Si una idea no la pones en práctica puede que no la puedas incluir en tu filosofía de vida o tu grupo de creencias. Esta es una buena herramienta para comenzar.

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