«Discurso del método»: filosofía en primera persona

En la imagen, fragmento de la portada de la edición de Trotta con una ilustración de Filosofers (filosofers.com).
Diseño hecho a partir de un fragmento de la portada de la edición de Trotta al que hemos añadido una ilustración de Filosofers (filosofers.com).

Una nueva, completa y exquisita edición de Discurso del método, de Descartes, publicada por Trotta, permite descubrir o redescubrir este texto fundacional y hacerlo en la siempre estimulante compañía de las críticas que recibió en la época.

Por Pilar G. Rodríguez

«El buen sentido es la cosa mejor repartida el mundo, pues cada cual piensa estar tan bien provisto de él que incluso los más difíciles de contentar en todo lo demás no acostumbran a desear más del que tienen». Descartes no es una excepción… Y lo sabe. Además, está decidido a contar por qué él es uno de los que andan mejor dotados de entendederas. Porque ha descubierto algo, tiene un método y quiere que mucha gente pueda adoptarlo «para bien conducir la razón y buscar la verdad en las ciencias», como dice el título completo de esta obra.

Un discurso en tres idiomas

La versión en tres idiomas que Trotta ha hecho del "Discurso del método" de Descartes.
La versión en tres idiomas que Trotta ha hecho del «Discurso del método» de Descartes.

El profesor de Historia de la filosofía en la Universidad Complutense de Madrid Pedro Lomba es el responsable de la edición de Discurso del método que Trotta ha publicado recientemente. Lo ha hecho en tres idiomas: en español, en francés y en latín. «a confrontación de ambas versiones –como explica Lomba en la introducción– facilita enormemente una comprensión profunda del vocabulario que Descartes está forjando y que, en buena medida queda fijado ya como lengua filosófica francesa a partir de la obra». Por si es preciso recordarlo, cuando Descartes escribe la obra, lo «suyo», lo ajustado al carácter científico y filosófico de la misma, hubiera sido hacerlo en latín, pero Descartes rompe con ese prejuicio y decide escribirlo en francés para conseguir que se lea y difunda entre buen número de personas, de suerte que –ojito al comentario misógino– «ncluso las mujeres pudiesen entender algo», le explica el autor al padre Vatier en una carta. Porque este es otro de los tantos que se marca esta cuidada edición en tapa dura: la de incluir la correspondencia de Descartes sobre el Discurso que incluye comentarios audaces, polémicas y críticas como las Objeciones de Pierre Petit.

Un erudito intrépido

Es el año 1637 y se publica en Leiden (Holanda) un texto que se convertiría en uno de los libros fundacionales de la filosofía: Discurso del método. Es un libro raro. Para empezar, no está firmado, y eso que tiene un marcado punto autobiográfico. Descartes, en modo incógnito, ofrece detalles o pistas como haber sido criado «en las letras desde la infancia» o haber pasado por «una de las escuelas más célebres de Europa». Al principio de la segunda parte ofrece explicaciones que se acercan más a la gestación del libro y su propósito: «Estaba entonces en Alemania, a donde me había llamado la ocasión de las guerras que aún no han terminado; y cuando volvía al ejército tras la coronación del emperador…». El autor mira a su alrededor, echa la vista atrás, reflexiona sobre la verdad y la razón y llega a la conclusión de que va a desprenderse de todas sus creencias anteriores y las va a pasar por el filtro de la razón. «Creí firmemente que, por este medio, conseguiría conducir mi vida mucho mejor que si edificase sobre viejos fundamentos y me apoyase únicamente en los principios de que me había dejado persuadir en mi juventud sin haber examinado jamás si eran verdaderos».

Después de una serie de apuntes personales, Descartes explica cómo decidió dedicar el resto de su vida a la búsqueda de la verdad

Descartes encarna desde ese momento la figura de un erudito intrépido: decide ponerse solo ante el peligro y la ingente tarea de revisar todas sus creencias y volver a adoptarlas, o no, en función de criterios exclusivamente propios, verdaderos y que puedan ser válidos para los demás”. Et voilà, ahí lo redacta, en la segunda parte de este Discurso pensado para acompañar a una serie de tratados científicos que hoy apenas se tienen e independizado de ellos para dar lugar a uno de los textos más originales de la historia del pensamiento.

Descartes te explica su método

De este libro seguro que sabes el título y que el autor es el del «Pienso, luego existo», Ya sea porque te lo contaron en clase o por ti mismo. ¿has probado a saber más, a darte una vuelta por el texto original? Es un ejemplo magnífico de filosofía clásica que se explica por sí misma, que no necesita intermediarios. Descartes lo escribió hace siglos, cuatro, y quería que le llegase a cuanta más gente mejor. Él explica directa y estupendamente los cuatro preceptos en que se basa su método en estas líneas tomadas de la edición de Trotta.

  1. El primero era no tomar jamás cosa alguna por verdadera, a no ser que conociese de manera evidente que era tal; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención.
  2. Dividir cada una de las dificultades en tantas parcelas como se pudiera para resolverlas mejor.
  3. Conducir por orden mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para remontarme poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más compuestos.
  4. Y el último, hacer en todo enumeraciones tan enteras y revisiones tan generales, que estuviese yo seguro de no omitir nada.

La moral de Descartes

Ya se sabe cómo el autor se propone conducirse intelectualmente a la búsqueda de la verdad. ¿Cómo se conducirá moralmente? Pues esto ya no lo tiene tan claro, porque acaba de empezar con su tarea… Pero sí tiene unas nociones, una moral provisional, que pasa por: obedecer las leyes y costumbres de su país, seguir un criterio de moderación, atender fielmente la religión, ser resuelto en sus acciones (aunque estas pudieran estar equivocadas) y ser estoico en las decisiones, tratando de vencerse «más a mí que a la fortuna, y de cambiar antes mis deseos que el orden del mundo». Con todo esto, Descartes es un hombre feliz al que todo lo demás le resbala. Eso es tal cual.

«La satisfacción que ello me proporcionaba (el método y su uso) henchía hasta tal punto mi ánimo que todo lo demás me resbalaba», escribe Descartes en la tercera parte del Discurso

Pienso, luego existo (y Dios también)

Pero hay algo que le preocupa bastante: el caso Galileo. En sus investigaciones, Descartes ha llegado a conclusiones muy, muy semejantes a las del astrónomo y no le apetece correr su suerte, así que toma precauciones: los textos que iba a dar a la imprenta los vuelve a recoger; se muda de Francia a Holanda, donde el clima de libertades es más benigno; el Discurso aparece sin firmar, y comienza a trabajar otro texto, Meditaciones, donde profundiza las cuestiones sobre la existencia de Dios y del alma que había tratado en el Discurso. En este, partiendo de que las impresiones procedentes de los sentidos resultan a menudo engañosas tanto en la vigilia como en el sueño y de que, por tanto, todo es susceptible de ser falso había llegado a la conclusión de que, sin embargo «era preciso, necesariamente, que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y al observar que esta verdad: ‘yo pienso, luego yo soy’ era tan firme y tan segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de quebrantarla, juzgué que podía aceptarla, sin escrúpulo alguno, como el primer principio de la filosofía que buscaba».

Ahí que Descartes piensa, existe… ¿Y en qué piensa Descartes? Pensaría en todas las cosas mundanas, esas en las que los sentidos le engañaban a buen seguro y también pensaría o le vendría la idea de un ser más perfecto. ¿De dónde le viene esa idea? Pues como le parece repugnante que lo más perfecto pueda ser consecuencia de lo menos «quedaba que hubiese sido puesta en mí por una naturaleza que fuese verdaderamente más perfecta que yo, y que incluso tuviese en sí todas las perfecciones de las que podía tener yo alguna idea, es decir, por explicarme con una palabra, que fuese Dios». Así, con este innatismo recalcitrante explica Descartes no la idea, sino la existencia de Dios. Será uno de los principales puntos de controversia que suscitó su obra.

«Al observar que esta verdad: ‘yo pienso, luego yo soy’ era tan firme que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de quebrantarla, juzgué que podía aceptarla como el primer principio de la filosofía que buscaba»

Turno de réplica

«Vuestro argumento es uno de los más débiles que se pueden alegar para probar que haya un Dios…», escribe Pierre Petit en las objeciones a las tesis de Descartes. Se incluyen en los apéndices de esta obra donde también hay cartas del autor a amigos, conocidos o críticos y de estos mismos a Descartes. Es un intercambio de lo más interesante, divertido y nutritivo y una idea muy grande haberlo incluido en este volumen.

Por si el discurso –no del método, sino de un filósofo que duda, pero que decide, saca conclusiones, se puede equivocar o no, pero tira para adelante– no diese suficiente impresión de cercanía y verdad, la correspondencia le desvela como alguien que ríe, que tiene y guarda o confiesa sus secretos, que muestra sus debilidades, que se abre a las críticas, aunque prefiera esconderse y gestionar a través de un librero… Vamos, que de haber tenido Twitter no tendría ni su nombre verdadero ni su foto, pero ahí estaría para responder como un señor a las críticas de otros señores como el tal Pierre Petit, uno de los libertinos eruditos, que cierra el mencionado texto de las Objeciones con estas palabras: «Os pido este favor tanto más afectuosamente cuanto que no creo poder recibirlo de nadie tan clarividente como vos en materia de demostraciones». Mucho tendría que aprender Twitter de este lenguaje y de estas formas de criticar.

Criticado por…

Además de lo de la existencia de Dios por los motivos que había dado, a Descartes le criticaron duramente también lo de que el cuerpo y el alma fueran dos entidades absolutamente separadas. En virtud de esta disociación, Descartes consideraba que los animales no eran sino cuerpo –sin una chispita de alma, sin nada que los acercase en sus comportamientos, costumbres o necesidades a los humanos–, lo que también le valió unos pocos ataques. con ello los equiparaba a los mecanismos, a los autómatas que tanto le interesaron. De hecho, en un episodio cuyo grado de ajuste con la realidad está por determinar, se cuenta que mandó construir una muñeca, uno de estos autómatas, para sustituir a una hija que tuvo de una relación fugaz con una criada y que murió de escarlatina a los cinco años.

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