El profesor argentino Diego Singer fotografiado por Eloy Rodríguez Tale.
El profesor argentino Diego Singer fotografiado por Eloy Rodríguez Tale.

El argentino Diego Singer, profesor de Filosofía y coordinador de encuentros filosóficos en su país, cree que «hay que dejar de quejarse de que la filosofía es un discurso minoritario y abrazar ese destino». La filosofía, dice, es «para todos y para nadie», no simplemente «para todos» como algo ya dado. Para Singer, el término «divulgación» tiene un fuerte lastre en la tradición científica y no tenemos que reproducirlo para cualquier tipo de trabajo filosófico que no sea de y para especialistas.

Por Melina Alexia Varnavoglou

Diego Singer nació en Buenos Aires, Argentina, en 1978. Profesor de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y maestrando en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad, ejerció la docencia en nivel medio en las materias de Sociología y Filosofía, y dictó clases en el Taller de Filosofía del programa de Extensión Universitaria UBA XXII en el CUD (Centro Universitario Devoto).

Filosofía & co. - Politicas del discurso
Políticas del discurso, de Singer (Nidos de vacas).

De esas experiencias surgió el libro Políticas del discurso. Intervenciones filosóficas en la escuela. Coordina grupos de estudio y realiza encuentros abiertos de filosofía en todo el país. Cuestionando la figura del «divulgador» o el «productor de contenid, en esta conversación recorremos la comunidad de prácticas que pueden componer el ejercicio de filosofar, del cual lo poco que podemos decir con certeza es que siempre se trata de un pensar-con otrxs.

Además de desempeñarse como docente y ensayista, su actividad principal desde hace más de una década es «Filosofía a la gorra». Como asistente puedo decir que no se trata de un taller ni de una clase, sino de una tercera cosa. ¿Cómo lo definiría y bajo qué necesidad creó este espacio?
Efectivamente, los encuentros de «Filosofía a la gorra» no son tan sencillos de clasificar. Tienen algo que recuerda a una clase, inclusive a una clase magistral, en tanto expongo un tema ininterrumpidamente durante más de una hora y solamente al finalizar converso con el público.

Pero no sucede en el contexto de una institución educativa, ni quienes asisten lo hacen en tanto estudiantes. Sobre todo, no tiene la misma finalidad que una clase. Me gusta recordar, salvando la enorme distancia, lo que Foucault decía sobre sus clases en el Collège de France: se trata de compartir con quienes allí están algo del trabajo realizado, una actividad más cercana a la del artesano que hace un zapato y lo entrega para ser utilizado, que a la del amo que hace trabajar a sus esclavos.

Desplazarse de algunas tradiciones propias del quehacer filosófico es una forma de experimentar, pero también de reencontrarse con otras tradiciones. Cuando comencé, buscaba generar un espacio abierto y hospitalario, que no implicara el compromiso de una inscripción ni la necesidad de lecturas previas. Ya había comenzado unos años antes a preparar talleres en un formato similar al de un grupo de estudio, pero buscaba otra dinámica y la posibilidad de constituir un auditorio más amplio y heterogéneo.

Suele organizarlo en lugares públicos, como librerías, bibliotecas, centros culturales. En pandemia y ante el inevitable cierre de muchos de esos espacios, pasó a los encuentros virtuales. ¿Qué se ganó y qué se perdió en esto?
Como su nombre lo indica, el hecho mismo de «pasar la gorra» al finalizar y pedir dinero a los asistentes de esa manera acerca esta actividad a otras que se realizan en pequeños teatros o centros culturales. Durante muchos años, trabajé también en una librería que funcionaba como espacio cultural y sé lo difícil que es mantener lugares de este tipo abiertos y activos.

Cuando comenzó el aislamiento producto de la pandemia empecé a probar un formato virtual de «Filosofía a la gorra» transmitiendo en vivo por YouTube y por Instagram. Sinceramente, no es el medio que más me interesa, aunque las charlas que hacía cada domingo fueron vistas por muchas personas de distintos países de Latinoamérica y hasta hoy me comentan lo importante que fueron en ese momento, aún como compañía a la distancia.

Desde mi perspectiva, el hecho de estar hablando frente a una pantalla en la que solo veo mi propio rostro y la dificultad de entablar una conversación por chat lograron que nunca me terminara de acomodar a ese formato virtual. De todos modos, intenté también seguir con el espíritu que siempre tuvieron los encuentros de «Filosofía a la gorra»: apoyando a los espacios culturales con los que venía trabajando, tanto para difundir la difícil situación en la que estaban, como destinando todo lo que llegaba a mi gorra virtual para repartirlo entre ellos y ayudarlos a sumar algún ingreso en esos meses tan difíciles.

Aún así, prácticamente la mitad terminó cerrando. Pero sigo creyendo que es fundamental sostener comunitariamente los espacios que nos parecen valiosos, en los que se produce y circulan distintos tipos de artes, de pensamientos, de encuentros. Y no puedo pensar de ningún modo que «Filosofía a la gorra» sea una actividad separada de la existencia de estos espacios, sus historias y sus trabajadores.

«Desplazarse de algunas tradiciones propias del quehacer filosófico es una forma de experimentar, pero también de reencontrarse con otras tradiciones»

¿Y qué opinión le merecen los conceptos pseudofilosóficos que se generaron para pensar la pospandemia? Sé que, por ejemplo, no se lleva bien con la idea de «nueva normalidad»…
Entiendo que en situaciones de crisis y desorientación, como las generadas a nivel mundial por la pandemia, comiencen a circular términos nuevos y apuestas de diferente tipo para tratar de encauzar algún tipo de relato sobre lo que sucede y, principalmente, sobre el porvenir. De un modo u otro todos estamos embarcados en esa situación aunque, en ciertas ocasiones, se espera del pensamiento filosófico algo que quizás excede a sus posibilidades.

Esto no implica que esté en desacuerdo con que diferentes voces provenientes del ámbito de la filosofía participen de las discusiones públicas que disputan los sentidos entre los que nos movemos. Pero sí creo que hay que hacerlo con prudencia y que no se debe ser condescendiente con la forma en que cierto periodismo pretende legitimar determinadas nociones. El trabajo filosófico implica una temporalidad que no coincide plenamente con las urgencias, algo de orden intempestivo que debe permitirnos revisar críticamente lo que triunfa en un momento determinado.

Con lo que no me llevo bien, más que nada, es con el ejercicio del pensamiento filosófico tratado como un antiguo bronce que se pule para intentar dar un poco de brillo insigne a la banalidad. Dicho esto, tampoco creo que sea tan importante (ni tan sencillo) establecer las diferencias y trazar límites entre la «pura» filosofía y lo que pretende ocupar su espacio o utilizar su nombre. En primer lugar, porque existe la producción filosófica mala y mediocre, pero filosofía al fin y al cabo. En segunda instancia, porque las contaminaciones y los bordes difusos de una disciplina de por sí difícil de definir pueden ser muy potentes.

¿Llamaría divulgación filosófica a ese trabajo?
Creo que hay un uso un poco abusivo del término «divulgación» para referirse a un grupo de actividades muy diversas que realizamos cuando pensamos, escribimos y conversamos con la ayuda de un conjunto de herramientas conceptuales provenientes de la tradición filosófica.

Pongamos un ejemplo. No es lo mismo subir un video de cinco minutos a YouTube explicando el Cogito cartesiano para quienes nunca leyeron (y seguramente nunca lean) las Meditaciones metafísicas o el Discurso del método que hilvanar en una problematización de la actualidad alguna referencia a ciertos dualismos operantes en nuestra concepción de la subjetividad y mostrar su genealogía cartesiana.

Creo que el término «divulgación» tiene un lastre muy fuerte de la tradición científica y no me parece que tengamos que reproducirlo sin más para cualquier tipo de trabajo filosófico que no sea de especialistas y para especialistas. No reduciría el ensayo filosófico, las columnas de opinión que escribe un filósofo o una filósofa, ni los cursos de extensión abiertos a la comunidad o los encuentros para leer textos filosóficos originales al término «divulgación».

Creo que esta categoría refuerza la idea de que la filosofía «se hace» en otro espacio y luego se la presenta de modo accesible para quienes no están iniciados en el vocabulario técnico ni poseen los saberes necesarios para una comprensión adecuada. Me parece que hay que dejar de alimentar esa imagen reduccionista del quehacer filosófico y comprometerse de otro modo con la multiplicidad de intervenciones, formatos y estilos posibles.

«El trabajo filosófico implica una temporalidad que no coincide plenamente con las urgencias, algo de orden intempestivo que debe permitirnos revisar críticamente lo que triunfa en un momento determinado»

En esa línea, dice que para evitar la banalización de la filosofía (tanto en la academia, como en el uso acrítico que se hace de ella en la opinión pública) «la filosofía debe atreverse a internarse en medio de la vida, allí donde cobra sentido» ¿A qué se refiere con eso? ¿Qué alianzas resultan vital tramar desde el pensamiento filosófico?
Recuerdo siempre lo que Nietzsche afirmaba en la segunda de sus Consideraciones intempestivas: la filología (pero lo mismo cabe decir de la filosofía) debe estar al servicio de la vida y no convertirse en una disciplina que acumule saberes con un criterio meramente endógeno.

Por supuesto que expresiones como «internarse en medio de la vida» o «estar al servicio de la vida» implican siempre el riesgo de desdibujar cierta identidad disciplinar. Pero ese riesgo bien vale la pena si es que efectivamente estamos pensando problemas que hacen a nuestra existencia, nuestro modo de comprender(nos) y de transformar(nos).

Claro está que los filósofos no viven en un absoluto más allá de la vida cotidiana, pero hay infinidad de alianzas que demandan y proponen una vitalización para la conceptualización filosófica. Y a la vez hay una demanda genuina para pensar junto a otras disciplinas y entornos.

Pienso, para remitirme a algunos ejemplos que hacen a mi experiencia, todos los cruces que se establecen con el ámbito de la salud mental, la medicina, la psicología y el psicoanálisis. Pero también con el ámbito de la arquitectura y de las artes y, por supuesto, con la educación y la política en sus distintas dimensiones. El problema no es el «qué», sino sobre todo el «cómo» y el «con quiénes». Se requiere un compromiso genuino y creo que se encuentra principalmente en quienes ejercen distintas prácticas (profesionales o no) y en quienes acompañan a otros de diferentes formas.

¿Y qué alianzas, en cambio, le quitarían vitalidad? Pienso en el riesgo de la filosofía como un producto más de la industria cultural, convertida al espectáculo, el influencerismo, el «coaching ontológico».
Hay una demanda desde distintos sectores, como conversábamos antes en torno a la pandemia, para que el discurso filosófico funcione como un lugar de sosiego, de confirmación de una determinada moralidad o, peor aún, como una forma de entretenimiento asociado a scrollear citas o memes sin mayor compromiso.

Y hay quienes, en la búsqueda de obtener más seguidores para sus redes sociales, terminan siendo condescendientes con una idea del ejercicio filosófico que se acerca a una opinología constante, puesta al servicio acrítico de la doxa o de ciertas fórmulas contemporáneas para perseguir algún tipo de bienestar emocional. Es un problema que, teniendo en cuenta todas las diferencias, ya planteaba Platón en sus obras.

Nuevamente, creo que se trata de cómo abordamos el uso de las redes sociales y de otros tipos de intervenciones. Aquí, como sucede en la vida, no hay ni puede haber fórmulas que garanticen ninguna «pureza». Pero creo que hay signos evidentes de una degradación de la vitalidad de la filosofía cuando se la confunde con la invitación constante a la opinión o a la discusión y se alimentan los juegos de reconfirmación de los prejuicios, las conversaciones de sordos o las fórmulas una y otra vez repetidas de un pretendido pensamiento crítico.

Si lo que hacemos es adaptarnos eficazmente a las demandas de los consumidores o nos interesa primariamente «crear contenido», entonces, sin duda, es mejor que nos dediquemos a otra cosa. Lo que sería deseable, por el contrario, es que demos los frutos de nuestro trabajo filosófico tal como nuestra maduración lo demande. Si luego son recogidos por otros, si hay una escucha atenta a lo que hacemos, será bienvenida; pero no debemos evaluar el trabajo filosófico por la cantidad de seguidores en redes sociales, libros vendidos o por la adecuación a determinadas modas culturales.

«Nietzsche afirmaba que la filología debe estar al servicio de la vida y no convertirse en una disciplina que acumule saberes con un criterio meramente endógeno. Lo mismo cabe decir de la filosofía»

Sin embargo, algo de lo que siempre nos quejamos los que practicamos filosofía es que sigue siendo un discurso minoritario, que es tenido mucho menos en cuenta de lo que se debería. Ha dado encuentros cuya participación fue masiva, ¿cómo cambia eso la dinámica del espacio? ¿Qué virtudes y qué peligros cree que puede traer lo masivo?
Creo que hay que dejar de quejarse de que la filosofía es un discurso minoritario y abrazar ese destino. La filosofía es «para todos y para nadie», nunca simplemente «para todos» como algo ya dado. No me siento a gusto con las posiciones evangelizantes que pretenden un deber ser» universal para el filosofar. Creo que la filosofía es una actividad que habita o que crea en los márgenes, siempre minoritaria, y me parece esperable que así sea.

En relación a mis actividades, es verdad que algunos encuentros de «Filosofía a la gorra» han tenido doscientos asistentes, pero fueron excepcionales y aun así no llegan de ningún modo a constituir un fenómeno masivo. Después de más de diez años ininterrumpidos de esta actividad se acercan unas cincuenta o sesenta personas a mis charlas. Cuando ocurre, de modo más bien excepcional, que un acontecimiento filosófico alcanza algún nivel de masividad, también hay que suponer que, por lo general, sus efectos serán marginales.

El problema no es cuantitativo sino cualitativo: es cuestión de generar ocasiones propicias para el trabajo sobre sí y para una receptividad activa. Dicho esto, es verdad que si la finalidad primera es la masividad, entonces seguramente se intente ofrecer algo ya masticado, una presa fácil para un público que no quiere ser incomodado.

Quienes asisten a este tipo de encuentros suelen ser personas que ya están interesadas, que de algún modo saben con lo que se van a encontrar. ¿Qué ocurre, en cambio, con la enseñanza de la filosofía en ámbitos y para un público donde aparece como un saber «ajeno» o «extraño» —o como se piensa muchas veces: inútil, aburrido, puramente abstracto—? Pienso en la educación media, donde también es docente.
Durante mucho tiempo trabajé como profesor en educación media. Es verdad que en ese ámbito el encuentro con la filosofía no es una elección de los alumnos, sino que está incluida en el plan de estudios. Y puede, en algunos casos, percibirse como una actividad que no lleva a nada, que no parece tener ninguna aplicación directa y que, además, tiene sus dificultades si es que se pretende aprender a pensar y no simplemente repetir fórmulas de la historia de la filosofía.

De todos modos, hay una gran ventaja dentro de la obligatoriedad escolar: muchos de los estudiantes que están terminando la escuela media están abiertos de una forma muy genuina a la experimentación, a las interrogaciones sobre su propia existencia y a la construcción de sentido respecto al mundo en el que viven. El dolor, la soledad, la angustia, el amor, la amistad se suelen vivir de modos muy intensos. Y allí siempre hay espacio para que la filosofía ayude a pensar aquello que atraviesa las propias experiencias. Siempre tuve una recepción muy buena de los estudiantes de esa edad en las clases de filosofía.

«No debemos evaluar el trabajo filosófico por la cantidad de seguidores en redes sociales, libros vendidos o por la adecuación a determinadas modas culturales»

En la primera parte de su libro Políticas del discurso. Intervenciones filosóficas en la escuela, la estrategia que implemena con los estudiantes me parece muy ingeniosa:  después de finalizados los actos escolares que suelen hacerse para conmemorar ciertas fechas históricas, como por ejemplo el Día de la Independencia o el Día del Trabajador, convocaba a los estudiantes a una reunión asamblearia para reflexionar filosóficamente sobre esas efemérides. ¿Qué ocurría entonces? ¿Qué otros espacios educativos transitó?
Sí, en ese libro comparto mi experiencia al intentar dislocar de algún modo lo que sucedía en los actos escolares, por lo general espacios desvalorizados por buena parte de la comunidad educativa y principalmente por los estudiantes y sus familias.

De algún modo tiene que ver con lo que estábamos conversando: cómo constituir un conjunto de prácticas y dispositivos para revertir la banalización de la palabra y el pensamiento; cómo disputar no solamente sentidos o ideologías, sino formas, estilos, tonos.

En algunos casos, como mencionás, mediante espacios asamblearios y participativos que permitieran problematizar lo que una voz más oficial había enunciado sobre tal o cual efeméride. Pero en otras ocasiones, por el contrario, mediante una reapropiación del género más «autoritario» del discurso clásico en el contexto del ritual que implica todo acto escolar. Lo que sucedía a partir de esas intervenciones tomaba múltiples aspectos: incomodidad y resistencia institucional, entusiasmo y expectativa entre los estudiantes, un aflorar de problemas allí donde parecía que no los había.

Además de la escuela secundaria, he trabajado regularmente en espacios de formación para residentes de psiquiatría y psicología en los hospitales públicos de la ciudad y la provincia de Buenos Aires. También fueron muy importantes los cursos de extensión universitaria, algunos de ellos estuvieron destinados a adultos mayores y otros fueron en contexto de encierro, en la cárcel de Devoto. Sobre esta última experiencia, que me ha conmovido profundamente, también comparto algunas palabras en el libro.

«La filosofía es siempre una producción comunitaria, aun cuando sea una forma de oponerse a la comunidad en la que se habita, aun si se trata de una forma absolutamente singular de afirmarse. Se filosofa siempre a partir de los encuentros y desencuentros que se trenzan en marcos siempre en torno a otros»

¿Puede haber filosofía sin comunidad? ¿Cuándo o cómo una comunidad «empieza a filosofar»?
La filosofía es siempre una producción comunitaria, aun cuando sea una forma de oponerse a la comunidad en la que se habita, aun si se trata de una forma absolutamente singular de afirmarse. Se filosofa siempre a partir de los encuentros y desencuentros que se trenzan en marcos siempre comunitarios, siempre en torno a otros.

Esto no quiere decir, de ninguna manera, que sea necesario realizar una asamblea para hacer filosofía, los modos en los que formamos parte de una comunidad son disímiles y numerosos. Tampoco creo que toda comunidad haga o deba hacer filosofía, ni acuerdo con que denominemos «filosofía» a cualquier tipo de pensamiento o expresión cultural. Creo que ese «empezar a filosofar» ocurre cuando una comunidad habilita, permite o logra cierto distanciamiento respecto de sí misma, cuando explicita parte de lo que ella es de una manera que pueda pensar sus problemas y transformarse.

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