Diálogos del exilio: Hannah Arendt y María Zambrano

Diseño hecho a partir de dos láminas de Hannah Arendt y María Zambrano creadas por Filosofers. Puedes encontrarlas en filosofers.com
Diseño hecho a partir de dos láminas de Hannah Arendt («No hay pensamientos peligrosos. El pensamiento es peligroso») y María Zambrano («Filosófico el preguntar y poético el hallazgo») creadas por Filosofers. En filosofers.com

Mi nuevo libro Una poética del exilio. Hannah Arendt y María Zambrano propone el diálogo nunca acontecido, aunque posible en términos aristotélicos, entre dos autoras del exilio cuyas obras hasta ahora no habían sido expuestas a un análisis comparativo.

Una poética del exilio, de Olga Amarís (Herder).
Una poética del exilio, de Olga Amarís Duarte (Herder).

Hacer que dos personas que nunca llegaron a conocerse coincidan en el plano ficticio implica, simplemente, un trabajo de imaginación. Si añadimos que esas dos personas fueron autoras reconocidas y excepcionales, entonces, además de imaginación creadora de la que sugiere Arendt para la recreación de «ilusiones existenciales», se necesitan altas dosis de atrevimiento. Pero a veces merece la pena la insolencia. Sobre todo, cuando se tiene la seguridad de que tal reunión generará un diálogo fructífero, de esos que se estiran, se enredan, se retuercen, dejando nudos prietísimos y ovillos de hebras sueltas que se replican unas a otras.

El encuentro entre Hannah Arendt y María Zambrano nunca llegó a tener lugar. Aunque sí que ambas compartieron, sin saberlo, el espacio común del exilio parisino. Según Jesús Moreno Sanz [1], ocurrió en febrero de 1939. Zambrano tenía 35 años de edad y Arendt 33. Activando los mecanismos de la imaginación podemos verlas deambular por una ciudad invernal, germanizada por la reciente llegada de judíos alemanes, y con un porte muy alejado de la despreocupación liviana del flaneur. Ellas van más gachas, arrastrando todo el peso del exilio tras de sí. El ambiente no da para charlas. Por otra parte, poco tienen que decirse. Van con el pensamiento en ciernes, todavía adherido a los maestros, a los amantes y a los maestros-amantes. Podrían conversar, eso sí, de las debilidades comunes: san Agustín, Spinoza, Kant

Activando los mecanismos de la imaginación podemos ver a Arendt y Zambrano —que nunca coincidieron en la vida real— deambular por una ciudad invernal, germanizada por la reciente llegada de judíos alemanes, y con un porte muy alejado de la despreocupación liviana del flaneur. Ellas van más gachas, arrastrando todo el peso del exilio tras de sí

Mi imaginación no ceja en su osadía y me susurra que esperemos unos 25 años más, hacia la primavera de 1964, para que el diálogo se nos vuelva más placentero. Obedezco y las vuelvo a ver a las dos, digamos que en la estación de trenes de Portbou. Pese a los años transcurridos van más erguidas, más rotundas en el gesto reflexivo. Arendt acaba de publicar su criticado libro sobre el juicio de Adolf Eichman con la polémica tesis acerca de la banalidad del mal y Zambrano ha tomado posesión de su siguiente morada del exilio, el caserío de La Pièce, lindante a los claros del bosque y en donde escribirá las obras más importantes de su razón poética. Por rutas distintas, aunque paralelas en numerosos momentos, las dos han vuelto a los lugares de memoria del exilio, desandando el camino de huida en busca de dos tumbas.

Arendt quiere encontrar el lugar del enterramiento de su admirado amigo Walter Benjamin, al que ella, con cariño, gustaba en llamar «el jorobadito» por la poca fortuna con la que este desenredaba su discernimiento poético en los acontecimientos más triviales. Zambrano, por su parte, va de camino hacia Collioure, por la misma costa, pero más al norte, para ponerle flores, que no banderas ni estandartes, a la tumba de Antonio Machado.

La estación de Portbou está vacía a esas horas previas al amanecer. Tan solo ellas, buscadoras de la inmensa tumba del exilio, tal vez la de Antígona, ocupan el espacio de tránsito. La primera en tomar la voz es Arendt, más enérgica en sus modales neoyorquinos. El idioma común es el francés que ambas hablan, con mayor fluidez en la politóloga que en la filósofa:

Vous avez du feu?

1 Jesús Moreno Sanz, Edith Stein en compañía. Vidas filosóficas entrecruzadas de María Zambrano, Hannah Arendt y Simone Weil, Madrid. Plaza y Valdés editores, 2014, p.101.

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