Descubriendo a Hélène Cixous

Hélène Cixous, filósofa y escritora francesa nacida en Argelia en 1937. Imagen a partir de la foto original «Hélène Cixous, écrivain philosophe lors de l'Université sur le Travail» de Ségolène Royal distribuida por flickr bajo licencia CC BY-NC-SA 2.0.
Hélène Cixous, filósofa y escritora francesa nacida en Argelia en 1937. Imagen a partir de la foto original en color «Hélène Cixous, écrivain philosophe lors de l'Université sur le Travail» de Ségolène Royal distribuida por flickr bajo licencia CC BY-NC-SA 2.0.

La obra de la escritora francesa Hélène Cixous es un hallazgo. Nacida en Orán, Argelia, en 1936, perdió a su padre de pequeña. El vacío que dejó ese padre lector fue compensado por los libros, los textos, la escritura, las palabras. Su inmersión en la lengua es como nadar en el mar o pasear por la playa descubriendo un montón de minúsculas piedrecitas de colores.

Hizo una tesis sobre Joyce cuando todavía ese autor era poco conocido. Aprendió de su literatura a inventar neologismos, a jugar con las raíces y las derivadas de las palabras. Por ejemplo, inventa à l’auroir (en la aurora) en lugar de au revoir (adiós). Y también Ho-mère (combinatoria entre el nombre propio de Homero y el sustantivo madre-mère).

En 2014 publicó las memorias de los últimos años de su madre, Ève, nacida en Osnabrück en Alemania. El título en francés es: Homère est morte… Su relato es estremecedor. Cuenta el sufrimiento de una mujer que cruza con alegría el centenar de años para terminar en caída libre, a los ciento dos. Hélène imagina estar dentro de una historia épica: los guerreros aqueos luchando contra los troyanos, el combate diario contra la muerte, los desplazamientos por el pasillo de su casa: ¡ya voy! en dirección a la habitación de la madre.

Escucha atentamente todas las palabras ininteligibles y casi inaudibles, en distintas lenguas, que su madre pronuncia desde su cama, mientras se acerca la muerte despacito sin molestar. Durante los últimos años en vida de su madre, relee La Ilíada. Ella es un poco esa Elena de Troya, acurrucada contra el muro de la ciudad asediada por los griegos. Mujer coraje.

De repente, el muro se resquebraja y hay miedo, miedo de que por la grieta se cuele el agua del mar, que la sal se introduzca en la nariz y la deje sin fuerzas. Entonces, para sobrevivir, habrá que inventar otras formas de mantener vivo el aliento: volver al texto o escribir uno nuevo serán las principales.

El vacío que dejó ese padre lector fue compensado por los libros, los textos, la escritura, las palabras

El cuaderno de Hélène Cixous

Hélène Cixous siente que el libro le habla, le dice: ven, oye, ¡tú! Ella espera sentada a que venga el libro y le diga. Cuando no se acuerda de lo que sucedió la semana pasada, qué dijo su madre acostada en su cama de madrugada, en qué fecha la llamó por su nombre, el cuaderno advierte, anota, dice: «No, fue el martes por la mañana cuando le diste su cucharadita de café con leche, después se te olvida, ¿en qué estás pensando?».

Cixous escribe conjugando distintas personas: algunas son primera, otras segunda o tercera. Hay plurales inesperados, giros que desorientan al lector: ¿quién dijo? Tanta algarabía de voces despistan. A veces, las palabras son personajes de la historia. Por ejemplo la frase «eso es seguro», entonces escribe: «eso es seguro» caminó hacia mí, personifica los giros y la adjetivación. Los textos de Hélène Cixous bordean la palabra en marcha, la frase andando alegremente como si quisiera acompañarnos en la ruta. Chárlame durante el camino, así me distraigo un poco.

Cixous enseñó a Lacan la obra de Joyce: le contó cómo era ese autor cuyo síntoma interesó al famoso psicoanalista. Porque Lacan era un chismoso en general. Nunca creyó que Cixous no se hubiera analizado: ¡es imposible! ¿Quién fue su analista, dígame? ¡Hable! ¡Confiese! Hélène sabía que su analista era el libro: Shakespeare, Stendhal, Joyce, Homero. Siempre ahí a su lado, voces que hablan, muchas voces juntas.

Las voces trabajan para ella, en un universo increíble escrito sobre el papel. Las voces se sientan en el sofá de su estudio, acariciando a la gata que ronronea encima del cojín rojo. El papel es importante: grande, pequeño, de todas las formas, colores y texturas, un mundo en el que desgranar las palabras para que el cuaderno esté contento y se levante siempre de buen humor.

El relato del libro que escribió Hélène con los últimos años de vida de su madre es estremecedor. Cuenta el sufrimiento de una mujer que cruza con alegría el centenar de años para terminar en caída libre, a los ciento dos

Hélène Cixous sabe que la escritura tiene nombre de mujer, pero ella quiere decir que trata con el vacío y que por eso, porque algo no hay ni se encuentra, se escribe. Se escribe la pérdida que engancha el lápiz o la pluma al papel y después no lo podemos despegar más. Escritura femenina significa sobrepasar lo que Proust llamó la demarcación. Se trata de un tipo de escritura que se desplaza más allá de los límites del mundo y que no encaja con ningún modelo preestablecido.

Jacques Derrida, su amigo cercano, llamó a Hélène «olni» (objeto literario no identificado). Su extraña relación con las letras la convierte en una de las figuras intelectuales más interesantes de nuestra época. Su familiaridad con el abismo abierto a sus pies la hace un ser inclasificable, como todos los que han vivido de cerca la pérdida del mundo que les sostenía por la cintura bien fuerte. Esto tiene la muerte cuando se acerca despacito. De repente, transforma el universo que supimos decir un día, abriendo una brecha cada vez más grande.

Hélène, seguidora de cuadernos, también dijo que se podía escribir la difer-Ancia (différance). No reivindicó la oposición entre lo masculino y lo femenino: más bien se trata de un pasaje a gran velocidad, como de un auto que no se detiene. La différance implica movimiento, dinámica, cosas, en lugar de esencia o de ser. Se refiere a la relacionalidad de lo que sucede. La teoría del género es del orden de la actualidad: es lo que se dice en el blablá general.

Pero hay otros temas si se da un pequeño gran salto. A Hélène no le gustó nunca Simone de Beauvoir: la igualdad es esencial, pero lo que importa es el pasaje, la inestabilidad, la vacilación, el plural. El pasaje, descrito por Montaigne, va de eso precisamente. El pasaje nos aleja de la falocracia, considerada como la acción del poder, del control sobre el mundo, esa mirada feroz de la posesión del objeto, de la propiedad que no termina de saber qué posee exactamente, un poco más o un poco menos del objeto preciado e inalcanzable.

Sus textos bordean la palabra en marcha, la frase andando alegremente como si quisiera acompañarnos en la ruta

Leed a Hélène Cixous. Si no sabéis francés, aprendedlo, al menos, a leerlo por ella. Sus traviesas palabras inventadas os abrirán el texto, y además, o incluso, tal vez, los libros os sigan el rastro, vengan a visitaros, tengan la paciencia de esperar a que podáis sentaros un día, y quién sabe, acaben por ser un cuaderno que os recuerde lo que siempre olvidáis…

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