Placa conmemorativa en la casa natal de Franz Rosenzweig en Frankfurt. Foto: Frank Behnsen CC-BY-SA-3.0
Placa conmemorativa en la casa natal de Franz Rosenzweig en Frankfurt (Alemania). Foto: Frank Behnsen CC-BY-SA-3.0

Uno de los pensadores más originales y audaces del siglo XX —y uno de los más desconocidos aún hoy— ha sido sin duda Franz Rosenzweig. Casi todos lo descubrimos leyendo en las primeras páginas del libro más importante de Levinas, que no lo citaba expresamente porque habría tenido que llenar de notas hasta el exceso su texto; muchos sospechamos que influyó secretamente en Heidegger, precisamente para que Ser y tiempo tomara un sesgo del todo contrario a las tesis básicas del nuevo pensamiento.

Por Miguel García-Baró, profesor en el Departamento de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Comillas

Franz Rosenzweig (1886-1929) vio truncada su vida en plena juventud, justamente cuando su original creación pedagógica, la Academia Judía Libre de Frankfurt, acababa de ponerse en marcha. Hasta 1913 su interés no se centró tanto en su condición de judío —o quizá de cristiano evangélico, si la conversión se imponía— como en sus estudios de música, de medicina, de historia y de filosofía. Como era entonces lo habitual, los años de universidad fueron también en su caso años de peregrinación: Göttingen, Múnich, pero, sobre todo, Friburgo y Berlín.

En Friburgo, en 1912, se doctoró en la facultad de Historia con un trabajo eminentemente filosófico, del que derivó su obra —aún no traducida— Hegel y el Estado. En Berlín escuchó a Hermann Cohen, el anciano filósofo kantiano que, tras jubilarse en Marburgo, se entregó a la enseñanza en la Escuela de Ciencia del Judaísmo (la institución en recuerdo y competencia con la cual creó la suya propia Rosenzweig una vez acabada la Primera Guerra Mundial, en 1920).

Las experiencias del preámbulo inmediato y del desarrollo de esta guerra terrible marcaron la vida espiritual de Rosenzweig más aún que como luego lo hizo la enfermedad. El idealismo de este especialista en Hegel se quebró completamente ante los acontecimientos, el primero de los cuales fue la asistencia a la celebración de Yom Kippur en una sinagoga de Berlín (octubre de 1913). Algo análogo a una vivencia religiosa de intensidad casi mística parece que tuvo lugar allí, si podemos extrapolar el núcleo de la obra capital de Rosenzweig, La estrella de la redención, a la vida de quien la escribió (y que ya había señalado en una carta que, en cierto modo, escribir directamente filosofía es en realidad un modo de la escritura autobiográfica). A principios de aquel verano, en Leipzig, una noche de conversación con amigos muy cercanos que se habían hecho bautizar lo había puesto al borde de la misma decisión que ellos habían tomado; lo que quiera que sucedió en la pequeña sinagoga berlinesa hizo «innecesaria, luego imposible» la conversión al cristianismo.

Las experiencias del preámbulo inmediato y del desarrollo de la Gran Guerra marcaron la vida espiritual de Rosenzweig

Terror a la muerte

La rotunda tesis de Rosenzweig —que viene a ser como el resultado de una genealogía psicoanalítica del filósofo tradicional, del definitivamente viejo pensamiento— es que el Sistema de la Totalidad se origina en el terror a la muerte, y habitualmente toma, desde tiempos incluso anteriores a la filosofía —porque mucha mitología es también ya viejo pensamiento o preparación muy directa de él—, la forma de la creencia en la inmortalidad del alma. El alma, la vitalidad de la vida, no sería en el fondo sino, además de la esencia del ser humano, su amarre intangible con el Todo, sea cual sea la forma en que se piense este. En definitiva, la filosofía niega la angustia, y cuando haya logrado pensar el Todo de una manera que no sea superable, habrá terminado su ciclo histórico. Y si lo acaba, ese final debería proporcionar un consuelo definitivo contra la angustia. Pero ese final se produjo en 1800, en la obra de Hegel —simultánea a la Revolución que en cierto modo la traducía a términos históricos—, y el consuelo está inmensamente lejos de haber llegado.

El alma, la vitalidad de la vida, no sería en el fondo sino el amarre intangible del ser humano con el Todo, sea cual sea la forma en que se piense este

Pero la muerte es una realidad o, mejor dicho, es una enseñanza primordial que la realidad nos concede; y lejos de ser una maldición —tras el pecado—, ya que Adán en el Paraíso tampoco era divino, ¿por qué no pensar que nos aporta tales beneficios, pese a la angustia que nos infunde a primera vista, que a ella se deba el muy bien que Dios solo exclamó una vez que creó al Ser Humano? Porque por la muerte es apasionante la existencia humana y es, no solo una tarea libre, sino una realidad perfectamente singular, que rompe con Todo.

La llamada inesquivable

El hombre ha sido pensado por la filosofía, sin duda; pero el contenido de esas afirmaciones —que podemos perfectamente llamar ética, porque trata de captar la morada humana, el carácter clave o esencial del ser humano dentro del Todo— deja necesariamente fuera, como una nada de esa clase de saber, o sea, en el dominio de lo meta-ético, lo secreto, la individuación, la unicidad.

Por la muerte es apasionante la existencia humana y es no solo una tarea libre, sino una realidad perfectamente singular, que rompe con Todo

La verdad es, pues, que de cualquier posible ocultación o estancia en el pliegue del seno materno o en el del ensueño de un genio, he sido revelado a mí, al mundo, a la esencial pluralidad de lo real. Rosenzweig se atreve a describir esta situación como la respuesta a una llamada que rompe absolutamente las nieblas del conocimiento solitario de uno mismo. Cada presente es esa respuesta —desde algún momento que no sabría seguramente precisar, pero en el que salí de la infancia y la adolescencia definitivamente—. La llamada es, pues, ya obedecida; no cabe no atenderla y esquivarla. Mi respuesta es inevitable, o sea, no contesta a una posible llamada mía propia (mis entrañas quizá, mi fondo, no podrían ser el sujeto de esa voz siempre escuchada y seguida) ni tampoco a la de ningún hombre como yo mismo (y la naturaleza está muda). Es la llamada del Ángel, o, más bien, la llamada del Amante absoluto hecho al mismo tiempo Mensajero: la voz de Dios, el Mandamiento, revelado, patente, audible, ahora y aquí, inesquivable, ante el que ya obedezco con mi saber que estoy aquí con mi nombre propio, porque es a mí al que se está dirigiendo esta invocación absoluta. Es como si ahora, aquí, esta voz altísima me vaciara y me convirtiera en todo yo apertura, todo yo oídos. No importa la carga de mi pasado, porque por grande que sea no me puede ocultar de Este que me llama y ya está haciéndose obedecer. Me despoja de todo lo que no sea exclamar a la fuerza, a la dulce fuerza, que aquí estoy.

Rosenzweig en buena compañía

Ante la catástrofe. Pensadores judíos del siglo XX, editado por Roberto Navarrete y Eduardo Zazo (Herder).
Ante la catástrofe. Pensadores judíos del siglo XX, editado por Roberto Navarrete y Eduardo Zazo (Herder).

Recientemente publicado en Herder editorial, el libro Ante la catástrofe reúne los artículos que diversos expertos han escrito sobre pensadores judíos del siglo XX. El del profesor García-Baró se titula Franz Rosenzweig: el milagro de la historia y en él trata con mayor detenimiento la figura que en este texto esboza. Los editores de esta obra, Roberto Navarrete y Eduardo Zazo han reunido las aportaciones de expertos como Kilian Lavernia, Olga Belmonte, Nuria Sánchez Madrid, José Luis Villacañas, Féliz Duque o Alejandro del Río, entre otros, hasta ofrecer un panorama completo de la originalidad y la trascendencia que supusieron nombres como los de Walter Benjamin, Simone Weil, Theodor Adorno, Hannah Arendt o Max Horkheimer para el desarrollo de la filosofía del siglo XX y cuya influencia no ha dejado de sentirse hasta la actualidad.

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