David Hume y Adam Smith, una amistad para la historia

La Escocia de la época de Hume y Smith se convirtió en la cuna del saber inglés, en buena parte, por la labor de nuestros protagonistas.
La Escocia de la época de Hume y Smith se convirtió en la cuna del saber inglés, en buena parte por la labor de estos dos hombres.

Pocas veces una amistad resonaría tanto a lo largo de los siglos. David Hume y Adam Smith fueron dos grandes figuras intelectuales de la lengua inglesa y dos hombres que influirían poderosamente en los siglos posteriores. Pero, por encima de todo, fueron dos buenos amigos.

Por Jaime Fdez-Blanco Inclán

El drama y el conflicto llaman la atención mucho más que las historias felices. Es un hecho, además de una explicación posible de por qué se ha tardado tanto en estudiar y prestar atención a una de las más bellas historias de amistad y éxito del universo filosófico: la que unió a David Hume y Adam Smith.

¿Por qué es relevante esa relación? Empecemos por el principio y recordemos quiénes fueron estos dos personajes: David Hume, uno de los más grandes filósofos en lengua inglesa, amén de historiador de referencia durante siglos; Adam Smith, todavía hoy el más influyente economista.

Si bien hemos de desechar la idea de que Smith y Hume formaran un todo indivisible, ambos se influyeron poderosamente tanto a nivel personal como profesional. Y más entre ellos que con cualquier otro pensador de su generación. Smith, doce años menor, tomó como propias varias premisas de Hume y las desarrolló en sus dos obras más importantes: Teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones. (Dato curioso: Smith siempre consideró la primera como su mejor trabajo, a pesar de que el éxito de la segunda empañaría el resto de su producción). Y es posible encontrar sintonías también en los trabajos de Hume, si bien, al ser Smith un personaje mucho más discreto y un escritor menos prolífico, puede hacer menor dicha influencia.

«En líneas generales, tanto durante su vida como desde su muerte, siempre lo he tenido por una persona cuya erudición y virtud se acercaban tanto a la perfección como tal vez permita la fragilidad humana». Adam Smith sobre David Hume

En el libro El infiel y el profesor (de Dennis Rasmussen, publicado por Arpa), encontramos un fiel reflejo de estos dos intelectuales. Y se destaca un aspecto curioso: pese a terminar siendo dos de los hombres más famosos del mundo, tanto Hume como Smith tenían poco interés por la fama y una alergia importante por todo tipo de chismorreos e intromisiones en su vida privada, siendo esa, quizá, la razón de que ambos dejaran ordenado a sus albaceas quemar todos sus documentos una vez muertos, deseo que sí fue respetado en el caso de Adam Smith pero no en el de David Hume. Lo cual, por otra parte, es lo que ha permitido conocer mejor la relación de ambos, especialmente gracias a su ingente, continuada e íntima correspondencia –en la que ambos se reservaban títulos que no usaban con nadie más, como el de «mi queridísimo amigo»–.

Dos personalidades distintas

Pese a que tanto Hume como Smith repudiaban la fama como norma, hay que destacar que nada tenía que ver la que arrastraba uno y otro. Por aquellos años, nadie discutía que David Hume era uno de los más grandes intelectuales del mundo, siendo un referente tanto en filosofía (la gran figura, con John Locke, del empirismo inglés) como en historia (su Historia de Inglaterra fue el mayor éxito de publicación histórica que había habido en el país).

Hume es uno de los filósofos con más adeptos que ha habido y uno de los más estimados por su estilo, su lucidez y su visión del mundo. Cualidades que destacaron en su época multitud de personajes de todos los ámbitos, pero que no eran óbice para que fuera también un personaje tremendamente polémico por sus opiniones filosóficas y religiosas, lo que le llevaría a sufrir todo tipo de ataques.

«Si anoche me hubiera roto el cuello, creo que costaría hallar un inglés entre cincuenta que no se alegrara al enterarse. Unos me odian porque no soy tory, otros porque no soy whig, algunos porque no soy cristiano y todos porque soy escocés». David Hume

Esas críticas, sin embargo, no hicieron mella en él. Y es que la historia nos ha dejado un retrato de Hume, como persona, realmente envidiable. Un hombre feliz, de gran afabilidad; enamorado de la buena comida, el juego y el entretenimiento; con numerosos amigos y empleos que le permitieron centrarse en lo que de verdad amaba: el conocimiento. Murió, al parecer, tal como vivió: sin dios, sin amo y sin perder la sonrisa ni en los peores momentos.

Adam Smith, por su parte, era una persona bastante diferente a su amigo. Pese a ser un hombre muy querido por su nutrido grupo de amigos y respetado a nivel académico, muchos son los que hicieron referencia a la actitud despistada del «profesor Smith». Mucho más prudente de Hume, huyó como de la peste de cualquier escándalo, e incluso en sus obras se tomaba muchas molestias para evitar polémicas. En ese sentido, poco tenía que ver con Hume, a quien, además, envidiaba por ser capaz de escribir rápido y sin apenas revisiones, mientras que para él todo el proceso se hacía muy arduo, redactando una y otra vez sus libros.

Los límites de la razón

A nivel profesional o intelectual, ambos pensadores compartían una característica determinante para el desarrollo de sus respectivas filosofías: una cierta desconfianza en el alcance de la razón humana.

Ni Hume ni Smith podían tomar como propios los principios racionalistas e idealistas, ni mucho menos los métodos deductivos de conocimiento. Como otros antes y después, pensaban que la verdad no estaba en nuestra mente, sino en el mundo real. En él es en donde el hombre ha de buscar para hallar la verdad. Y aun así, no podemos aspirar más que a un porcentaje de certeza, nunca al saber total. Ese es el pilar que se intuye en las primeras obras de ambos autores, tanto en el Tratado de la naturaleza humana de Hume como en Los principios que rigen las investigaciones filosóficas de Smith. Pero ese escepticismo, lejos de convertirse en apatía, se convierte en acicate para la investigación y, sobre todo, para desestimar todo producto de la imaginación o explicación cercana al misticismo. Quizá nuestra mente sea limitada, pero eso no es una justificación para inventarnos verdades, ni tampoco un motivo para dejar de buscar nuestro propio  límite, si es que lo tenemos.

El valor de la simpatía

A un nivel teórico, puede que las mayores divergencias entre Hume y Smith fueran en torno a la naturaleza de la simpatía, si bien es cierto que su definición del término parece más cercana a lo que nosotros llamaríamos hoy empatía. Ambos consideran que se trata de una facultad fundamental del ser humano, pero la conciben de manera diferente.

«Sean cuales sean las otras pasiones que nos llevan a actuar, (…) el espíritu o principio motriz de todas ellas es la simpatía». David Hume

Para Hume, la simpatía es la emoción que se transmite entre dos personas en proceso más bien pasivo y cuasi mecánico: vemos a alguien eufórico por algo y nos sentimos bien por él/ella. Y viceversa, vemos a alguien que sufre horriblemente y sentimos lástima. Para Hume, la simpatía es casi como un reflejo, un contagio emocional.

Para Smith, por el contrario, se trata de algo mucho más activo y complejo. Si bien admitía que en algunas ocasiones la tesis de Hume podía ser cierta, pensaba que se quedaba corta principalmente por una razón: no podemos comprender los sentimientos de alguien hasta que, como se dice popularmente, nos «ponemos en sus zapatos». Observar una emoción no despierta automáticamente esa emoción en nosotros. No vemos a alguien furioso y sentimos furia o a alguien enamorado y sentimos amor. Necesitamos entender de dónde surge esa emoción. Smith, por lo tanto, tiene una interpretación proyectiva de la simpatía, al no nacer esta tanto de percibir una pasión como de la situación que hace que esta se desencadene.

Una amistad que marcaría el futuro del mundo

Solo por la influencia que estas dos mente tuvieron para el mundo, ya su historia sería digna de ser conocida, pero lo es aún más por cómo se desarrolló, en la más perfecta e íntima armonía. Hume y Smith fueron grandes amigos durante más de un cuarto de siglo, periodo en el cual se apoyaron el uno al otro, aprendieron el uno del otro y actuaron como los más cercanos confidentes en aquella Escocia que tendría el privilegio de ser hogar de algunas de las más brillantes y lúcidas mentes de la época. Probablemente ninguno de ellos imaginaba que sus teorías estaban destinadas a alterar la historia en tal medida –uno con su visión radical del empirismo y el otro con el desarrollo del sistema económico determinante de la historia, el capitalismo– y, sin embargo, lo que son las cosas… Nunca subestimemos a un escéptico y un despistado.

El infiel y el profesor

El infiel y el profesor, de Dennis C. Rasmussen (Arpa).
El infiel y el profesor, de Dennis C. Rasmussen (Arpa).

El infiel y el profesor, de Dennis Rasmussen, es el primer libro que aborda de una manera profunda y singular la amistad entre Adam Smith y David Hume. Un estudio, de la mano de la editorial Arpa, que nos ofrece una de las lecturas más agradables y recomendables de la temporada por su claridad, su homogeneidad y su narrativa. Rasmussen no solo nos explica quiénes fueron Hume y Smith, sino que, valiéndose de su relación de amistad, desentraña el pensamiento de ambos, analiza sus tesis, encuentra parecidos y diferencias y, además, nos traslada a esa Escocia que se convertiría –gracias en buena parte a estos dos personajes– en uno de los referentes intelectuales del mundo. Una magnífica lectura para todo amante de filosofía, pero también para cualquier amante de la cultura en general.

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