El filósofo Daniel Gamper nació en Barcelona en 1969. Foto: César Lucadamo
El filósofo Daniel Gamper nació en Barcelona en 1969. Foto: César Lucadamo

El filósofo Daniel Gamper analiza las palabras, todas, las buenas, las malas, las peores y las mejores. Tanto que estas últimas le permitieron ganar el Premio Anagrama de Ensayo por un libro que se titula exactamente así, Las mejores palabras. Gamper las desmenuza, las relaciona con el poder, la democracia, las relaciones íntimas… y asegura que sirven, entre otras cosas, para que nos cuidemos los unos a los otros. El filósofo Miquel Seguró habla con él sobre las palabras, el lenguaje, la libertad de manifestación del pensamiento, el silencio…

Por Miquel Seguró

Daniel Gamper es profesor de Filosofía Política en la Universitat Autònoma de Barcelona. En su libro Las mejores palabras. De la libre expresión, que recibió el Premio Anagrama de Ensayo de este año, reflexiona sobre el uso y abuso de palabra, la necesidad de resituarla y darle su justo valor.

Las mejores palabras es el título del libro que le hizo ganar el Premio Ensayo de Anagrama. Me pregunto: ¿existen palabras buenas y malas?
¡Obviamente! Basta pensar en que, cuando hablamos, intentamos seleccionar las que nos parecen mejores, dependiendo siempre de cuál sea la finalidad que persigamos hablando o escribiendo. Y puede darse el caso de que las palabras más adecuadas para alcanzar alguna finalidad sean medios deplorables, pensados sobre todo para satisfacer los intereses del hablante a costa de lo que sea. En el libro me pregunto cuándo podemos considerar que este proceso de selección de las mejores palabras sea un acto libre, una manifestación no coaccionada, o un mero acto reflejo, la repetición de lo archisabido. Dado que la esfera pública está colonizada casi completamente por las palabras del comercio y de la propaganda política, me demoro en las palabras que nos decimos unos a otros, en las cuales espero encontrar el rastro de las mejores.

El libro lleva por subtítulo De la libre expresión. ¿Qué entiende por libre expresión?
Las palabras fértiles son las que producen algún tipo de transformación en el oyente. Desplazo la mirada hacia la escucha, pues es ahí donde se planta la palabra para que dé sus frutos. La palabra presupone un oyente y, si no lo presupone porque es mera expresión de un individuo, entonces no creo que sea social o políticamente relevante. La expresión debe ser libre, o sea, no coaccionada, no ilegítimamente obstaculizada, para que se dé el intercambio. De ahí no se sigue que todas las palabras deban ser escuchadas. Algunas pasarán desapercibidas, pues la libertad de hablar no presupone el derecho a ser escuchado a toda costa. Este hay que ganárselo. El problema es que algunos discursos son más escuchados en base a criterios que no responden ni a la corrección o a la pertinencia de lo que se dice, sino al poder de quien los emite y a las circunstancias de la emisión.

«La esfera pública está colonizada casi completamente por las palabras del comercio y de la propaganda política»

Lenguaje y libertad parecen ser sinónimos a veces. De ser así, ¿cuál es su límite común?
La libertad de expresión, o la palabra libre, se ejercen en el límite de lo aceptable. Lo que merece protección no es lo que se dice sin molestar a nadie, sino lo que perturba, lo que se dice, pero no se debería decir. En definitiva, la palabra que es reprimida por los poderes establecidos suscita un debate sobre el límite que está transgrediendo. Quien es denunciado por lo que ha dicho o escenificado (un humorista, un rapero, un escritor, o incluso un pintor) incluye la transgresión en su propio quehacer artístico, y de este modo está contribuyendo a un debate social sobre qué se debe poder decir y qué no puede ser dicho en modo alguno. Este debate es esencialmente inconclusivo, pues las sociedades liberales se construyen sobre la necesidad de revisar constantemente los límites de aquello que se puede permitir en nombre de la libertad individual.

El siglo XX fue, filosóficamente hablando, el siglo de la filosofía del lenguaje. En cambio, el siglo XXI parece ser todo lo contrario. Poco nos importa el lenguaje mientras diga lo que yo quiero que diga. ¿Comparte este diagnóstico?
No. Creo, más bien, que el giro lingüístico de la filosofía y del pensamiento en general no se ha revertido. Creo que hay una enorme conciencia lingüística, no solo entre los académicos, sino en los hablantes. Se sabe que hay algunas palabras que son más punzantes que otras y se sabe cuándo se deben utilizar. Se sabe también que la realidad puede ser interpretada y que las estadísticas oficiales responden siempre a determinados intereses. Sabemos que el conocimiento está ligado al interés del mismo modo que las palabras están vinculadas al poder. El lenguaje que hablamos no es nuestro. Podemos hallar nuestra voz, pero siempre será en el medio del lenguaje que nos ha sido dado, el cual solo podemos trascender en la medida en que el lenguaje en el que nos hayamos socializado y adquirido autoconciencia esté enraizado en prácticas cotidianas de largo aliento.

¿Y no será porque hay demasiado lenguaje y poco silencio? Es decir, Wittgenstein…
Es cierto que se pierden muchas ocasiones para estar callado. Creo que Wittgenstein se refiere a otra cosa cuando nos exhorta a callar sobre aquello de lo que no se puede hablar. En su caso parece más bien una tautología. Se calla poco y se habla mucho de lo que se desconoce. Este es sin duda un diagnóstico apresurado, pues no podemos saber si se habla más que en otras épocas. Sí que constatamos una búsqueda del silencio, que responde a la transformación de la pulsión religiosa en espiritualidad pagana. La cantinela agotadora de la publicidad, las oscas peleas en las redes sociales, las mentiras de la clase política suscitan una demanda de silencio que encuentra una magnífica oferta de alternativas en el mercado de la espiritualidad para que nadie, ni el patrón ni el trabajador, dejen de desempeñar sus correspondientes funciones.

«La libertad de hablar no presupone el derecho a ser escuchado a toda costa. Este hay que ganárselo»

Palabra(s) de Daniel Gamper

Las mejores palabras, de Gamper (Anagrama).
Las mejores palabras, de Gamper (Anagrama).

Este no es un libro de filosofía, aunque su autor sea filósofo. Es un ensayo sobre la búsqueda y la selección de las mejores palabras. Y es una invitación al lector a reflexionar acerca del valor ético, político y civil de las palabras.

Vivimos rodeados de ruido, de palabras vacías o engañosas; la verdad y la mentira se mezclan y son imposibles de distinguir. Al mismo tiempo, reivindicamos más que nunca la transparencia, la libertad de expresión… o de silencio. Hablamos, pero ¿escuchamos? ¿Es posible mantener las palabras íntimas a salvo de la vulgarización pública? ¿Cuándo conviene el silencio y cuándo está plenamente justificado gritar? Daniel Gamper repasa en Las mejores palabras, publicado por Anagrama, situaciones en las que la palabra es ahogada y reprimida, pero también otras en las que no. Y recorre su uso, sus reglas y sus necesidades en los ámbitos más íntimos, dentro el propio hogar, y otros públicos: el colegio, la política, las redes sociales, los medios de comunicación…

«En cuanto las palabras se ponen al servicio de alguien y dejan de cuidarnos, entonces dejan de ser las mejores palabras», dice el profesor de Filosofía.

En relación al poder: ¿cada cual tiene su lenguaje (el político, el económico, el mediático…), o todo poder remite a una misma estructura lingüística?
El poder tiende a acallar a quien le molesta, tiende a ocultar lo que no quiere que sepan quienes no tienen poder. La estructura lingüística es entonces asimétrica, pues uno decide los términos de la conversación, el marco conceptual, los límites a la negociación, así como el orden del día y los procedimientos de toma de decisiones. La democracia está pensada para atenuar en la medida de lo factible esta asimetría. Cuando el lenguaje codifica determinados comportamientos morales que carecen de una mínima reciprocidad, es decir, si los afectados por una acción no pueden articular su posición y participar en la toma de decisiones, entonces las palabras que se emiten no merecen otra atención que la que nos permite conocer mejor los entresijos de la inmoralidad.

En su libro habla también de la intimidad. ¿Conviene tener secretos, no decirlo todo ni siquiera a la persona más amada?
Las palabras en el hogar a veces sobran. Dado que se funda sobre un entendimiento previo, el ámbito doméstico no está pensado para que se dé en él una deliberación constante, ni para que se discutan los términos de una negociación. Sin embargo, el cambio de roles en las familias, así como las transformaciones sociales que han llevado a que se inicie un proceso de equiparación entre hombres y mujeres en el ámbito laboral y político, han erosionado también el acuerdo previo en el que se funda la familia. Un acuerdo, claro está, que arrastraba la autoridad del paterfamilias. Si este desaparece, entonces hay que alcanzar un nuevo pacto doméstico y sexual para el que no hay palabras, o todavía no hay palabras, pues están en proceso de creación y selección. Asistimos ahora a este proceso.

«Las sociedades liberales se construyen sobre la necesidad de revisar constantemente los límites de aquello que se puede permitir en nombre de la libertad individual»

Por último, ¿qué nos cabe esperar de los usos del lenguaje en nuestras sociedades?
Desde la perspectiva de la filosofía no conviene hacer previsiones de futuro. Sí que se puede, en cambio, alentar ciertas actitudes, apuntar a horizontes en los que se actualice la excelencia humana. La palabra sirve para discutir sobre lo justo y lo injusto, dice Aristóteles. Podemos añadir que sirve para que nos cuidemos los unos a los otros. También debatiendo encarnizadamente, con vehemencia, sin piedad con la estupidez del adversario, se usa la palabra de manera óptima, siempre que quien así se comporte tenga en mente el cuidado de todos y no solo de aquellos que hablan su misma lengua.

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