Placa de la calle en homenaje a la escritora Concepción Arenal en el centro de Madrid (España). Foto de Basilio. Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 3.0
Placa de la calle en homenaje a la escritora Concepción Arenal en el centro de Madrid (España). Foto de Basilio. Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 3.0

A Concepción Arenal le debemos mucho. Todos. Por su valentía, por sus principios, por su lucha sin descanso. Fue pionera en muchas batallas. Se empeñó en denunciar la situación que vivían los presos, los pobres, los desfavorecidos, y les dio dignidad. Se empeñó en entrar en la universidad cuando entrar en la universidad era imposible si eras mujer. Se empeñó en pedir a gritos la igualdad en la educación, las oportunidades y el reconocimiento. Creó el feminismo cuando no se hablaba de feminismo.

Por Amalia Mosquera

No vamos a decir eso de que el feminismo hoy está de moda. Porque el feminismo es, no está. Y porque las modas son pasajeras y la pelea por la igualdad, no. Muchas mujeres (y algunos hombres) en épocas anteriores bastante más difíciles lucharon con energía, convicción, ilusión, esperanza, valentía y venciendo al miedo por defender la igualdad de géneros. Pero… si parece que está de moda será porque es necesario recordarlo y reivindicarlo todavía… Y sí, hoy es necesario como siempre lo ha sido, o quizá lo es más que nunca por actitudes y realidades extremadamente chirriantes con lo avanzado del mundo en otros aspectos. Vale, digamos, pues, que el feminismo es y que el feminismo debe estar. Y digamos que la escritora, socióloga y muchas cosas más Concepción Arenal fue una de sus pioneras. Reivindicó con fuerza la capacidad intelectual de la mujer y su derecho a recibir la misma educación que el hombre. La misma. Ni más ni menos. “La sociedad no puede en justicia prohibir el ejercicio honrado de sus facultades a la mitad del género humano”, dijo. Y se refería a sus facultades intelectuales.

Que mi vida no haga sombra a mi trabajo

Por eso guardó su intimidad todo lo que pudo y más. No solo no la aireaba, sino que Concepción Arenal se encargó también de hacer desaparecer cualquier papel que dijera algo sobre su vida privada; lo que importaba transmitir a las generaciones posteriores era únicamente su trabajo, su labor intelectual. Parece que adivinara el futuro, o que supiera perfectamente lo mucho que las idas y venidas personales, el aspecto físico, las relaciones… podían empañar la capacidad de las mujeres ante los ojos de los demás. Entonces y siglos después.

Su padre, que murió cuando ella sólo tenía 9 años, le transmitió la defensa de los propios principios

Se sabe que era gallega: nació en Ferrol (A Coruña) el 31 de enero de 1820. Se sabe que su padre, militar de ideología liberal, fue castigado en varias ocasiones por oponerse a la monarquía absoluta del rey Fernando VII. Pagó su enfrentamiento con la prisión, varias veces. Esto le hizo enfermar y finalmente morir. Su hija Concepción sólo tenía 9 años. La familia –su madre, Concepción y sus dos hermanas– se trasladó a vivir a Cantabria. La niña había perdido a su padre, pero se quedaba para siempre con sus arraigados valores de defensa de los propios principios. Concepción Arenal dedicó toda su vida a la lucha, así, en general, contra todo lo indeseable (las injusticias, las desigualdades…) y a favor de lo imprescindible (los derechos de la mujer y de los trabajadores, la educación…). “Abrid escuelas y se cerrarán cárceles”, sentenció. Educar, educar, educar. “Sin estudiar enferma el alma”, había dicho diecinueve siglos antes el filósofo Séneca.

En La educación de la mujer, Concepción Arenal escribió:

“¿El hombre más inepto es superior a la mujer más inteligente? ¿Quién se atreve a responder que sí? Resulta, pues, de los hechos que hay hombres, no se sabe cuántos, ineptos para ciertas profesiones; mujeres, no se sabe cuántas, aptas para esas mismas profesiones; y si al hombre apto no se le prohíbe el ejercicio de una profesión porque hay algunos ineptos, ¿por qué no se ha de hacer lo mismo con la mujer? ¿Se dirá que la ineptitud es en ella más general? Aunque esto se probara, no se razonaría la opinión ni se justificaría el hecho de vedar el ejercicio de las facultades intelectuales al que las tenga. Supongamos que no hay en España más que una mujer capaz de aprender medicina, ingeniería, farmacia, etc. Esa mujer tiene tanto derecho a ejercer esas profesiones como si hubiese diez mil a su altura intelectual: porque el derecho ni se suma ni se multiplica ni se divide; está todo en todos y cada uno de los que lo tienen, y entre las aberraciones jurídicas no se ha visto la de negar el ejercicio de un derecho porque sea corto el número de los que puedan o quisieran ejercitarlo.”

¿El hombre más inepto es superior a la mujer más inteligente? ¿Quién se atreve a responder que sí?

El sacerdote jesuita y escritor Julio Alarcón (1843-1924) publicó dos libros sobre Concepción Arenal: Un feminismo aceptable y Una celebridad desconocida. “Desde muy joven empezaron a llamarla ‘la filósofa’, porque no gustaba de perder el tiempo en vanidades; sus ocupaciones eran reflexionar, estudiar, escribir”, dijo el padre Alarcón de ella. Ella era mujer, pero se negaba a tener que renunciar al rico mundo intelectual que estaba reservado exclusivamente a los hombres. Y si para acceder a él había que hacer alguna que otra pequeña trampa, se hacía. No era mentir, era combatir lo claramente injusto con las armas necesarias. Entró en la Universidad de Madrid y aprendió Derecho, Sociología, Historia, Filosofía, Idiomas… disfrazada de hombre para poder asistir aunque sólo fuera como oyente a clase: pelo corto, levita, sombrero de copa. El periódico La Vanguardia publicaba el 24 de febrero de 1893, días después de su muerte: “Hase dicho que Concepción Arenal, llevada de su afición a los estudios jurídicos, había asistido a diversas cátedras de la Universidad Central en traje de varón: no sé lo que tenga de cierto esto, pero puede serlo, dado el carácter de aquella escritora y su afán para saciar su cerebro, ávido de conocimientos serios y profundos, como lo ha demostrado después con su talento y su gran fuerza sintética”.

Concepción Arenal, la primera feminista
Concepción Arenal vivió en el siglo XIX. Nació en Ferrol (A Coruña) el 31 de enero de 1820 y murió en Vigo (Pontevedra) el 4 de febrero de 1893.

Pero finalmente se descubrió su truco y el rector tuvo que intervenir en el asunto. Pasó un examen y le autorizaron a acudir a clase. Lo hizo desde 1842 a 1845. La filósofa Amelia Valcárcel escribe sobre esto en su libro Feminismo en el mundo global:
“El rito era el siguiente: acompañada por un familiar, doña Concepción se presentaba en la puerta del claustro, donde era recogida por un bedel que la trasladaba a un cuarto en el que se mantenía sola hasta que el profesor de la materia que iba a impartirse la recogía para las clases. Sentada en un lugar diferente del de sus aparentes compañeros, seguía las explicaciones hasta que la clase concluía y de nuevo era recogida por el profesor, que la depositaba en dicho cuarto hasta la clase siguiente”.

Las (felices) consecuencias de su valentía las disfrutamos generaciones posteriores: gracias a gente como ella, años después las puertas de las facultades se abrirían para todos por igual, sin distinción de género.

Concepción Arenal, escritora

En 1848, una vez acabados sus estudios, se casa con Fernando García Carrasco, escritor y abogado, con quien tendrá dos hijos, Fernando y Ramón. El matrimonio empieza a colaborar en un periódico liberal de la época, La Iberia. Pero la tuberculosis golpea a Fernando. Concepción se encarga entonces de escribir los artículos de su marido. En 1857 Fernando muere. Ese mismo año, la Ley de imprenta establece que es obligatorio firmar los artículos sobre política, filosofía y religión. La Iberia publica el 9 de junio de 1857:
“No sólo varios periódicos de Madrid, sino también muchos de provincias, han copiado el notable artículo que publicamos poco tiempo hace con el título de El periodista. Llamamos la atención sobre esto con tanto más placer cuanto que este artículo es debido a la pluma de una señora a quien apreciamos mucho por su talento y sus virtudes, la señora doña Concepción Arenal de Carrasco, viuda del señor don Fernando García Carrasco, colaborador de La Iberia, que falleció a principios de este año como anunciamos a su tiempo en nuestras columnas. Esta señora desde la muerte de su esposo nos ha favorecido con varios artículos de todos géneros, siempre meditados y siempre notables; uno de ellos ha sido el que ha dado ocasión a estas líneas que escribimos a riesgo de que ofendan a su modestia, para que sirvan de testimonio de nuestra gratitud, e impidan que quede oscurecido el nombre de una escritora tan digna de mención por su talento, su laboriosidad y sus conocimientos nada comunes. Estimaríamos de los periódicos que han copiado el artículo de El periodista que publicasen también estas líneas.”

“Abrid escuelas y se cerrarán cárceles”, dijo. Educar, educar, educar

La pena es un bien moral para el delincuente

Concepción mantuvo las relaciones que tenía junto a su marido con amigos progresistas, liberales y krausistas, seguidores del filósofo alemán Friedrich Krause, que defendía la presencia de Dios en todas las cosas y elaboró unos ideales humanitarios impregnados de misticismo. El impulsor e introductor del krausismo en España fue Julián Sanz del Río, profesor de la Universidad de Madrid, que vio en las ideas de Krause una forma liberal de renovar el pensamiento español de la época, una nueva manera progresista de ver la moralidad basada en un espíritu tolerante, no autoritario ni oscurantista. Todo lo contrario al tradicionalismo dominante en la España de la segunda mitad del siglo XIX.

Según explica Raquel Cercós i Raichs, de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona, en su escrito Las influencias krausistas en el pensamiento de Concepción Arenal y Victoria Kent: la lucha por la reforma de las prisiones femeninas, para Röder, seguidor de Krause, el delincuente es un ser enfermo, un ser moralmente débil, incapaz de gobernar su voluntad según las normas que establece el Derecho. “El delito es la manifestación exterior de la debilidad del delincuente, y la pena, el medio necesario para regenerarlo. Por todo ello la pena no se considera un mal, sino un derecho de toda persona y una obligación del Estado para los individuos. El Estado, como el médico, debe poner a disposición del individuo enfermo los medios necesarios para su curación, la cual siempre es posible. En consecuencia, el fin último de los castigos será siempre la enmienda del individuo. Al lado de los krausistas en la labor del cambio del punto de vista del delito y la introducción del objetivo carcelario correccional encontramos a Concepción Arenal. Para ella, al igual que Röder, el delincuente es un incapaz que cedió a la tentación porque fue débil (…) La pena es, en esencia, un bien de orden moral para el delincuente.”

En 1864, Concepción se convierte en la primera mujer que recibe el título de Visitadora de Cárceles de Mujeres. En 1868 la nombran Inspectora de Casas de Corrección de Mujeres. La escritora ya había mostrado en sus libros una gran preocupación por los más desfavorecidos y los que necesitaban liberarse de ataduras.

“Si la ley civil mira a la mujer como un ser inferior al hombre, ¿por qué la ley criminal le impone iguales penas cuando delinque?”

No a la inferioridad de la mujer

En 1869 publica el primer libro que se puede considerar plenamente feminista, La mujer del porvenirEn él rebate la inferioridad fisiológica de la mujer y va más allá e intenta demostrar su superioridad moral. En esta obra escribe:
“Si la ley civil mira a la mujer como un ser inferior al hombre, moral e intelectualmente considerada, ¿por qué la ley criminal le impone iguales penas cuando delinque? ¿Por qué para el derecho es mirada como inferior al hombre y ante el deber se la tiene por igual a él? ¿Por qué no se la mira como al niño que obra sin discernimiento, o cuando menos como al menor? Porque la conciencia alza su voz poderosa y se subleva ante la idea de que el sexo sea un motivo de impunidad: porque el absurdo de la inferioridad moral de la mujer toma aquí tales proporciones que le ven todos: porque el error llega a uno de esos casos en que necesariamente tiene que limitarse a sí mismo, que transigir con la verdad y optar por la contradicción. Es monstruosa la que resulta entre la ley civil y la ley criminal. La una nos dice:
—Eres un ser imperfecto; no puedo concederte derechos.
La otra:
—Te considero igual al hombre y te impongo los mismos deberes; si faltas a ellos incurrirás en idéntica pena.”

“Odia el delito y compadece al delincuente”

La filosofía sobre la pobreza

En 1859 había fundado el grupo femenino de las Conferencias de San Vicente de Paúl para ayudar a los pobres. Lo hizo viviendo en Potes (Cantabria), a donde se traslada con sus dos hijos después de quedarse viuda. En 1871, empieza a colaborar con la revista La Voz de la caridad, escribiendo y denunciando las miserias del mundo que ve a su alrededor. “¿Los pobres serían lo que son si nosotros fuéramos lo que debiéramos ser?”, se planteó y planteó Concepción en una ocasión. Una pregunta precisa, sencilla, directa. Estremecedora. Filosófica. Pocas suenan con tanta fuerza como un dardo lanzado contra las conciencias. Era el siglo XIX, pero es una pregunta eterna. Hoy podríamos plantearla exactamente igual y seguiría perfectamente vigente, tendría la misma fuerza, el mismo sentido –¿o más?–. Y la misma respuesta. Un siglo y medio después, la misma respuesta.

Hoy la filósofa Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y directora de la Fundación Étnor, va más allá y habla de un término que ella misma acuñó: la aporofobia, el rechazo a los pobres. O sea, no sólo lo son y sufren serlo, sino que además los rechazamos por ello (¿y lo son porque nosotros no somos lo que debiéramos ser?). “Se habla de xenofobia, pero el extranjero no molesta cuando viene bien provisto de petrodólares. Les ponemos la alfombra roja porque traen dinero. Entonces ¿quiénes son los que molestan? Hasta los de la propia familia cuando son pobres. Sólo se presume de los familiares que están bien situados. La realidad de la aporofobia es palmaria”, ha dicho la filósofa. En la ponencia Erradicar la pobreza: combatir la aporofobia con la que la filósofa inauguró el XXVII Seminario de Ética Económica y Empresarial de la Fundación Étnor el pasado mes de octubre, Cortina aseguró que “la solución de la pobreza pasa por empoderar a los pobres, porque realmente la pobreza es falta de libertad. Tendríamos que conseguir que las personas, que son un fin en sí mismas, puedan llevar adelante sus planes de vida, que es un deber moral y una exigencia de justicia (…). El siglo XXI tiene que ser el siglo que acabe con la pobreza y, para ello, es necesaria la colaboración de organizaciones, economía y empresas (…). Del mismo modo que en 2015 se logró en el marco de los Objetivos de Desarrollo del Milenio reducir la pobreza a la mitad, ahora podríamos, trabajando juntos, reducir las desigualdades y superar las situaciones de vulnerabilidad”.

Murió por un problema bronquial en Vigo (Pontevedra) el 4 de febrero de 1893, a los 73 años, hace ahora 125, esas cifras redondas o cuasirredondas que tanto se prestan a recordar hechos y biografías. Con esa excusa la recordamos, sí, pero también por su difícil y valiente labor. Ella no eligió nacer mujer en una época muy complicada para ello, pero lo aprovechó al máximo. Hoy, si eres mujer, le debes mucho. Y si eres hombre, también.

PD-No es necesario recordar que feminismo, según la RAE, es el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre, ¿verdad?

La sociedad perfecta

Mucha parte de la obra de Concepción Arenal se centró en el delito, el delincuente, el cumplimiento de las penas, las prisiones, la situación de los presos que las habitaban…: Cartas a los delincuentes, El reo, el pueblo y el verdugo o la ejecución pública de la pena de muerte, Estudios penitenciarios, El visitador del preso… “Odia el delito y compadece al delincuente”, dijo. Vivió ayudando y reivindicando cuando hacerlo no era fácil.

“A medida que una sociedad (…) tenga más individuos que nieguen lo justo o quieran lo imposible, han de multiplicarse las protestas y las rebeldías (…). La sociedad que se acerca a la perfección es aquella en que las rebeldías no tienen razón de ser. La sociedad menos perfecta es aquella en la que, habiendo grandes, poderosos, justos motivos para protestar, no hay protestas”, escribe Concepción en su libro El delito colectivo.

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