Que no, que no, que los hombres del feminismo no son
Que no, que no, que los hombres feministas no son "el hombre invisible" como la imagen puede sugerir. Ellos también acompañaron a las mujeres en la lucha por la igualdad. Repasamos en este artículo los nombres de hombre que marcaron la historia del feminismo y, gracias a la Fundación Cepaim, los encuentras también en cómic. Tú solo sigue leyendo... © Ana Yael.

La expresión «hombre feminista», que muchos creían una figura retórica, no solo es posible, sino real: ha existido, tiene sus ejemplos. Este artículo recorre la historia de excepcionalidades que han integrado la nómina de hombres feministas a lo largo del tiempo y revisa por qué ahora, además de necesarios, son urgentes.

El pasado 8 de marzo seis millones de personas según datos sindicales salieron a las calles y se movilizaron en favor de la lucha feminista. Es posible que no fueran seis millones, pero aunque fueran dos, una causa que saca a millones de personas de sus casas para reivindicar derechos merece cobertura y atención primero y después revisión pausada.

Una de las ilustraciones de José J. Mínguez para el cómic "Hombres feministas", editado por Cepaim.
Una de las ilustraciones de José J. Mínguez para el cómic «Hombres feministas», editado por Cepaim. (Ver recuadro abajo).

La mayoría de las personas que se manifestaban eran mujeres, por descontado. Pero también había hombres, por descontado. Que fuera masiva es uno de sus grandes logros. Obvio. Que fuera inclusiva, participativa, e incluso festiva, también puntúa al alza. Pero existe un logro silencioso, discreto, invisible que es importantísimo y quizá decisivo: el hecho de que quienes no participaran en la movilización le tuvieran que dedicar, con toda seguridad, un instante a reflexionar, hablar o a debatir consigo mismo o con amigos, parejas o familia sobre por qué salían o dejaban de salir, por qué trabajaban o paraban; es decir, por qué hacían lo que iban a hacer y por qué pensaban y decían lo que estaban pensando y diciendo.

Se trató de un caso práctico, un «¿qué habrías hecho tú?», y una ocasión de esas que a uno le sitúan frente a sí mismo para decirle quién es y qué hace aquí. Y aquí es el mundo. Y es que el feminismo ha dejado de ser opinable. La pregunta (le viene bien el tono engolado): “¿Usted qué opina sobre el feminismo?” ya no tiene sentido. En todo caso habría que preguntar usted qué hace por o frente al feminismo. El feminismo se juega en la calle, con los comportamientos, las actitudes, y se juega en casa con la distribución de tareas y la elección de los juguetes. Obviamente, como todo lo importante, también se discute en las terrazas de los bares y en las cenas de Navidad, pero ha dejado de ser small talk: nos involucra, nos mete queramos o no en la arena política y filosófica. Nos interroga y nos pregunta por nosotros mismos; lo que somos, lo que hombres y mujeres queremos ser respecto al feminismo.

El feminismo nos mete, queramos o no, en arenas políticas y filosóficas: nos pregunta por nosotros, por lo que somos y queremos ser frente a él

La revisión identitaria que el feminismo ha creado es colosal, global. En ella las mujeres sí le sacan distancia a los hombres. Ellas se lo preguntaron primero y ahora la respuesta está esbozada. ¿Qué es ser mujer hoy? Ser mujer es ser sujeto en lucha (y que cada cual rellene esa “lucha” con la intensidad y medios que crea conveniente, para eso están los mil y un matices del feminismo). En cambio, los hombres acaban de nacer a estos menesteres. ¿Qué es ser hombre hoy? Y esa es una gran pregunta que esconde algo parecido a una respuesta. Porque ser hombre es ser un sujeto que se interroga. Efectivamente, el feminismo es algo que les ha pasado a ellos, que ha descendido como forma de gran interrogación sobre las cabezas de los hombres con sus múltiples formulaciones y dilemas cotidianos: ¿de verdad soy como dicen? ¿Hay algo oscuro en mi comportamiento? ¿En qué me he beneficiado yo del patriarcado? ¿Lucho o soy pasivo? ¿Debería ponerme manos a la obra? ¿Cómo? ¿Por dónde empezar?

Hombres feministas, porque haberlos, haylos

El cómic "Hombres feministas", editado por la Fundación Cepaim, lo han hecho posible Alicia Palmer y José J. Mínguez.
El cómic «Hombres feministas», editado por la Fundación Cepaim, tiene guion de Alicia Palmer e ilustraciones de José J. Mínguez.

La mayor parte de las ilustraciones de este artículo proceden del cómic Hombres feministas. Algunos referentes, editado por la Fundación Cepaim, Convivencia y Cohesión Social (lo puedes descargar íntegro aquí). Porque «haberlos, haylos», como indica Bakea Alonso, coordinadora del Área de Igualdad y no discriminación de la mencionada fundación, este cómic se entretuvo en buscarlos, rescatarlos de su lugar en la historia y proyectarlos en la actualidad como referentes de una sociedad que quiere ser más justa e igualitaria. Se dirige a hombres sin distinción, a todos aquellos que se hayan sentido interpelados por las movilizaciones, por las reivindicaciones feministas… Han de saber que no están solos ni ahora ni nunca, que existieron referentes con nombre de varón en la lucha por la igualdad y este cómic es una manera gráfica y didáctica de repasarlos o de conocerlos. Lo han hecho posible Alicia Palmer, responsable del texto, y José J. Mínguez, autor de las ilustraciones. Se trata de una publicación financiada por el Ministerio de empleo y Seguridad Social. 

Filósofos contra la igualdad (o pasando de ella…)

Por desgracia, la filosofía –mejor, los filósofos– no han echado una mano en esto de la defensa de la igualdad. Cierto que hubo quien sí lo hizo, pero quien lo hizo constituyó una excepción a la regla, que era hacer pervivir las desigualdades ya fuera en modo neutro, justificativo o beligerante. El caso es que no se partía desde una posición desaforadamente mala. Arrancando de la Grecia clásica, si es verdad eso que afirmó el matemático inglés Alfred North Whitehead de que «toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica», bien se podría haber elegido por ejemplo ese pasaje de la República platónica donde se explica que hombres y mujeres participan de la misma naturaleza y que a la misma naturaleza corresponden las mismas ocupaciones. “Por consiguiente, querido mío, no hay ninguna ocupación entre las concernientes al gobierno del Estado que sea de la mujer por ser mujer ni del hombre en tanto hombre, sino que las dotes naturales están similarmente distribuidas entre ambos seres vivos, por lo cual la mujer participa, por naturaleza, de todas las ocupaciones, lo mismo que el hombre”. Bien es verdad que a continuación hace la distinción –“en todas la mujer es más débil que el hombre”–, pero no en virtud de la fuerza física es relegada la mujer, sino que cuenta como uno más en la vida pública y en la organización del Estado.

Si en esto del feminismo se hubiera partido de Platón, con su defensa de la misma naturaleza entre hombres y mujeres, se hubiera adelantado bastante. Pero llegó Aristóteles…

!!–privado–!!

Partiendo de esta casilla, se hubieran adelantando muchísimos siglos en la causa del feminismo. No fue así, enseguida vino Aristóteles, que en su Política mandaba a las mujeres al gineceo y dejaba claro que quien mandaba era él/ellos y luego ya se metía en detalles sobre cómo debían obedecer los que obedecían: niños, mujeres y esclavos. “En otro orden, tres son las partes de la administración doméstica: el dominio del amo, la paterna y la conyugal. El padre y marido gobierna a su mujer y a sus hijos tratándolos como libres, pero con diferencia de autoridad”. Niños, mujeres y esclavos van a menudo juntos en lo que Aristóteles expone sobre su concepción de la sociedad familiar: “El esclavo tiene restringida su facultad deliberativa; la mujer la ejercita, pero le falta seguridad; y el niño la tiene muy atenuada a imperfecta”. Esto de mandar a las mujeres con otros grupos de seres en lucha por su derechos (negros, obreros, indios, menores, enfermos, marginados de todo tipo) fue una estrategia bastante exitosa (para los privilegiados): levantó un colosal muro de la desigualdad, un ellos vs nosotros apenas permeable. Para comenzar a horadarlo tuvieron que pasar muchos siglos, muchos filósofos opinando que lo suyo era lo de la reproducción y lo de parir (Aquino, Lutero); que estaban hechas para complacer al hombre (Rousseau); que de la virtud ni hablamos, si acaso la belleza en plan concesión (Kant); o de si tenían ideas cortas y pelos largos, entre otras linduras (Schopenhauer).

Cuando en la historia se reivindica la igualdad, han pasado ya dieciocho siglos. Y aún será a finales de ese cuando irrumpe con fuerza el gran titular que fue «Igualdad, libertad y fraternidad» surgido en el contexto de la Revolución francesa. Y tampoco: como veíamos en la primera parte de este dosier, esa igualdad resultó ser de boquilla, porque en cuanto a una mujer, Olympe de Gouges, le dio por pensar “pues bien, procedamos a la igualdad” y escribir en 1791 su famosa Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, a lo que se procedió fue a guillotinarla. Pero si es verdad que al principio era la palabra, entonces, el origen del feminismo, es decir, de la igualdad, se puede situar a finales del XVIII. Todo esto para llegar a la conclusión de que la historia de los hombres feministas, de los compañeros en el feminismo, no puede ser sino una historia de excepciones, de seres excepcionales que, a la contra, supieron romper la barrera del pensamiento imperante en la época y arriesgarse a plasmarlo en los medios que tuvieran al alcance.

La historia de los compañeros en el feminismo no puede ser sino una historia de excepciones, de seres excepcionales que supieron romper el pensamiento imperante e ir a la contra

Poullain de la Barre: contra los prejuicios

Poullain de la Barre (por José J. Mínguez) dudó de todo, hasta de los prejuicios que apoyaban la superioridad del varón.
Poullain de la Barre (por José J. Mínguez) dudó de todo, empezando por los prejuicios que apoyaban la supuesta superioridad del varón.

Uno de los primeros, uno de los casos más singulares –aunque, como se acaba de ver, todos lo fueron– es el del religioso francés Poullain de la Barre (1647-1725). En 1673 publicó De l’égalité des deux sexes, discours physique et moral où l’on voit l’importance de se défaire des préjugez. El título es largo porque incluye su propia explicación, de modo que se impone traducirlo: De la igualdad de los dos sexos, discurso físico y moral donde se evidencia la importancia de deshacerse de los prejuicios. Es una obra sorprendente por varios motivos. El primero, porque como indica Luz Stella León (que ha dedicado su tesis al estudio de Poullain de la Barre), “es la primera vez que las mujeres se convierten en sujetos epistemológicos de referencia para tratar de desvelar el mayor de los prejuicios, la desigualdad sexual, y a partir de ahí pensar los enigmas filosóficos de su época”. Y ¿cuáles eran estos enigmas? Los del cartesianismo, que era la corriente dominante. De la Barre era cartesiano y no dudó en echar mano del método de su maestro para probar sus tesis. Y las llevó un poco más lejos: si Descartes sabía, por ejemplo, que los sentidos nos confunden constantemente y estableció para luchar contra sus engaños la duda metódica, De la Barre la lleva hasta los lugares comunes o dogmas de la época para concluir: “De todos los prejuicios, no hemos notado uno más propio a este objeto que el que comúnmente tenemos sobre la desigualdad de los dos sexos». ¿Más claro? Arrancando del dualismo cartesiano entre el cuerpo y el alma afirmó con rotundidad: “El alma (l’esprit) no tiene sexo”. Llegó incluso a apuntar la superioridad de las mujeres en virtud de la opresión a que eran sometidas, ya que esta condición habría hecho madurar su inteligencia y capacidad moral. Su lucha fue muy sensible a favor de las mujeres, pero fue global en contra de todas las desigualdades y de los abusos de poder y a favor de un cambio social que debía comenzar por un cambio de mentalidad.

Con todo, su última obra, titulada Sobre la excelencia de los hombres contrarios a la igualdad de sexos –para la mayoría, una burla de los argumentos esgrimidos por ellos contra la igualdad–, sembró dudas sobre la sinceridad de sus ideas. El enfoque escéptico respecto de la obra de De la Barre fue el que adoptó Simone de Beauvoir cuando en El segundo sexo escribió: “Todo lo que los hombres han escrito sobre las mujeres debe ser puesto bajo sospecha porque ellos son a la vez juez y parte”.

Los iguales: el marqués de Condorcet y Stuart Mill

 Aunque con bastantes semejanzas en reivindicaciones y planteamientos, lo de “los iguales” no va para esta pareja de hombres, sino para las que formaron ellos con sus respectivas compañeras: Marie-Louise-Sophie de Grouchy y Harriet Taylor Mill. ¿Tan extrañas han sido las parejas seriamente igualitarias que las que han existido han acabado por trascender? El caso es que, solos o en compañía de sus mujeres, Condorcet y Stuart Mill tienen un hueco de privilegio entre los defensores de los derechos de las mujeres.

¿Tan extrañas han sido las parejas seriamente igualitarias que las que han existido han acabado por trascender?

El primero, Marie Jean Antoine-Nicolas Caritat (1743-1794), era un matemático estudioso de la filosofía de la historia y los comportamientos sociales. Y un optimista de cuidado. Para él el mundo avanzaba derecho y sin falta hacia la perfección social, moral sin más herramienta que la del progreso científico. Pero lejos de sentarse en modo pasivo a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, tomó partido por los aspectos que a él claramente le parecían perfectibles. Y uno de ellos era atender y remediar la injusta situación de las mujeres. “¿Acaso los hombres no tienen derechos en calidad de seres sensibles capaces de razonar, poseedores de ideas morales? Las mujeres deben, pues, tener absolutamente los mismos y, sin embargo, jamás en ninguna constitución llamada libre ejercieron las mujeres el derecho de los ciudadanos”, afirmaba en 1787 en su Carta de un burgués de Newhaven a un ciudadano de Virginia. También había dejado claro que las mujeres debían tener opción a la misma educación que los varones, mientras que su Sobre la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía arranca con un diagnóstico contundente: “El hábito puede familiarizar a los hombres con la violación de sus derechos naturales hasta el punto de que, entre los que han perdido, nadie piense en reclamarlos ni crea haber sufrido injusticia (…). ¿No han violado todos el principio de igualdad de derechos al privar tranquilamente a la mitad del género humano del derecho a concurrir a la formación de las leyes, al excluir a las mujeres del derecho de ciudadanía?”.

La Ilustración olvidada: la polémica de los sexos en el siglo XVIII

La Ilustración olvidada. La polémica de los sexos en el s. XVIII. Edición de Alicia Puleo. Presentación de Celia Amorós.
«La Ilustración olvidada. La polémica de los sexos en el s. XVIII». Edición de Alicia Puleo.

Este libro se sumerge en la historia para recuperar el debate feminista que tuvo lugar en Francia durante el siglo XVIII. Porque haberlo lo hubo y esa es la primera enseñanza de un texto que recuerda que la lucha por los derechos de las mujeres y la igualdad no es una moda de hace dos días, sino una carrera de fondo y de obstáculos que hizo rodar algunas cabezas: la de Olympe de Gouges, por ejemplo.

El feminismo es un aspecto de la Ilustración muy poco conocido. Sus textos fundamentales han sido sepultados por la indiferencia de una cultura que los ignoró deliberadamente y la editorial Anthropos, de la mano de Alicia H. Puleo, los rescata en este curioso volumen que incorpora escritos de Condorcet, la mencionada De Gouges o De Lambert, además de una presentación de Celia Amorós.

La casa de los Condorcet debió de ser un hervidero de ideas revolucionariamente feministas dentro de la revolución con figuras como Olympe de Gouges o Madame de Staël como asiduas al salón. El marqués se había casado en 1786 con la joven (veinte años más que él) y bella, inteligente y combativa Marie-Louise-Sophie de Grouchy, con quien compartía ideario feminista. Como señala agudamente Ricardo Hurtado Simó en su artículo Cuerpo y simpatía en la filosofía de Sophie de Grouchy (en la revista Thémata nº 46): “Ella misma representa aquello que quiere romper: regente y figura carismática de un salón filosófico, el Salón de las monedas, miembro destacada de los girondinos y mujer bella, desea ser vista como lo que es ante todo, una intelectual que trabaja al servicio de la razón y lucha por la libertad y la igualdad universal bajo el concepto de la simpatía. Más aún, en el periodo jacobino del terror, muchos de sus adversarios políticos la caricaturizaron como una mujer bella, simple y fácil de seducir, por lo que sus reflexiones sobre el cuerpo y la belleza nacen desde la propia experiencia. De esta forma, su lucha por defender que las mujeres son mucho más que rostros y cuerpos bellos, que son iguales a los hombres, será la lucha por su propia dignidad”. En esa lucha por la dignidad propia y compartida con las mujeres y con todos los hombres defensores de la igualdad siempre tuvo Sophie de Grouchy al marqués de Condorcet.

Stuart Mill hizo el primer intento de llevar a la política el lenguaje inclusivo. Y en esas estamos...
Stuart Mill hizo el primer intento de llevar a la política el lenguaje inclusivo. Y en esas estamos…

En la singular vida del niño Stuart Mill las mujeres habían tenido un papel muy poco relevante. Siempre a la sombra de un padre empeñado de hacer de él un pequeño genio, ni siquiera en la Autobiografía que escribe en sus años postreros aparece su madre. Las mujeres entran en su vida de la mano de Harriet Taylor, de quien se enamora con todas las circunvoluciones de su cerebro, con las tripas, con el corazón y la mano que escribe y no acaricia. Se entiende mejor si se conoce algo de la biografía de Stuart Mill (1806-1873). El pequeño niño prodigio acostumbrado a debatir y a rebatir en casa a los sabios más ilustres de la época, que frecuentaban a su padre, se convierte en un viejoven que no va a la universidad y trabaja y prospera en la Compañía de las Indias Orientales, de nuevo a la sombra de su padre. A los veintipocos siente que todo eso que ha aprendido no vale para nada: la infelicidad personal gana a todos los saberes que ha podido adquirir. Esos con los que iba a cambiar el mundo y a los seres humanos. Porque Stuart Mill tenía esos altos objetivos. Sin embargo, tras una fuerte crisis se preguntó qué pasaría si aquello que anhelaban se viera cumplido algún día. ¿Sería más feliz? No, fue la respuesta y “un árido, pesado desaliento, y la melancolía siguieron en el invierno de 1826-27”. Mill se había roto. Entonces conoció a Harriet Taylor. Con ella descubre una pasión capaz de ser amorosa e intelectual al mismo tiempo y con la misma intensidad. Con ella descubre al “igual” que andaba buscando y recupera también la perdida fe en el ser humano y los ideales ambiciosos. De su relación dirá que “ha sido el honor y la bendición principal de mi existencia, así como la fuente de gran parte de lo que he intentado hacer y espero realizar de ahora en adelante por la mejora del género humano”. Problema; ella está casada y tiene dos hijos. Problema adicional: está enamorada de Stuart Mill. Total, un lío que se resuelve dos años después de morir su marido cuando la pareja que forman Harriet Taylor y Stuart Mill se formaliza para seguir haciendo lo que ya hacían básicamente: quererse y trabajar.

Stuart MIll descubre en Harriet Taylor a su perfecto igual: la pasión es amorosa e intelectual al mismo tiempo y con la misma intensidad

¿Y en qué trabajan los Mill? Taylor escribía para varias publicaciones que consideraban sus opiniones sobre la defensa del sufragio, el derecho al trabajo de las mujeres en condiciones de igualdad, el matrimonio como cárcel y la denuncia de la violencia y brutalidad doméstica. Mill, acaba de publicar un par de obras teóricas, Un sistema de lógica y Principios de economía política, y está inmerso en la concepción de la que será su gran obra: Sobre la libertad. Mal: no será su gran obra, sino de la pareja que formaba con Harriet Taylor. Y no porque este artículo forme parte de un dossier sobre el feminismo, sino porque él mismo no se cansó de reconocerle el mérito intelectual y los aportes innumerables a su obra hasta confundir la autoría, hasta hacer que la firma no fuera tan importante, porque “cuando dos personas comparten totalmente sus pensamientos y especulaciones; cuanto todos los asuntos de interés moral o intelectual son comentados entre ellas durante el curso de la vida cotidiana (…) es de poca importancia, para la cuestión de determinar la paternidad de lo escrito, la averiguación de quién de las dos fue la que tomó la pluma […] En este sentido –no sólo durante los años de nuestro matrimonio, sino también en los muchos de nuestra amistad confidencial–, puede decirse que todos mis escritos publicados son tanto obra mía como suya”.

Sobre la libertad es la obra clásica que defiende el derecho de cada uno a manejar su vida de acuerdo con sus convicciones. Es también la obra de las limitaciones de la libertad individual (muy pocas) frente a la sociedad y el Estado. Es filosofía social y del derecho, como afirma Volpi en su Enciclopedia de obras de filosofía, pero también es el relato de una pareja asediada por los rumores sobre su vida personal, en el contexto de un Londres victoriano, que había decidido hacer y seguir su camino de la mejor manera posible y sin dañar a nadie. Es decir, sobre la libertad teoría y práctica.

Por desgracia no fue mucho el tiempo dado a la pareja para llevar la vida en común que habían esperando durante más de veinte años. Ni siquiera pudo ver publicado Harriet Taylor el libro en el que había trabajado junto a su marido. Murió en 1858. Un año después se publicó Sobre la libertad. 

Stuart Mill y Harriet Taylor escriben «Sobre la libertad»

"Sobre la libertad" en versión de Akal. Stuart Mill siempre reivindicó la autoría de su mujer en el texto.
«Sobre la libertad» en versión de Akal. Stuart Mill dijo de él que fue «un trabajo conjunto» con su esposa Harriet Taylor.

Stuart Mill nunca se cansó de repetir que la suya será una producción intelectual elaborada conjuntamente con su esposa. Sobre la libertad es el mejor ejemplo de ello: “Fue un trabajo conjunto, más directa y literalmente producido por los dos que ninguna otra cosa que lleva mi nombre”. Apareció un año después de que ella muriera y, como no podía ser de otra forma, Stuart Mill se lo dedica con palabras emocionantes y emocionadas: «Dedico este volumen a la querida y llorada memoria de quien fue su inspiradora y autora, en parte, de lo mejor que hay en mis obras; a la memoria de la amiga y de la esposa, cuyo vehemente sentido de la verdad y de la justicia fue mi más vivo apoyo y en cuya aprobación estribaba mi principal recompensa. Como todo lo que he escrito desde hace muchos años, esta obra es suya tanto como mía, aunque el libro, tal como hoy se presenta, no haya podido contar más que en grado insuficiente con la inestimable ventaja de ser revisado por ella, pues algunas de sus partes más importantes quedaron pendientes de un segundo y más cuidadoso examen que ya no podrán recibir. Si yo fuera capaz de interpretar la mitad solamente de los grandes pensamientos y de los nobles sentimientos que con ella han sido enterrados, el mundo, por mediación mía, obtendría un fruto mayor que de todo lo que yo pueda escribir sin su inspiración y sin la ayuda de su cordura casi sin rival».

Posdata: ya que el propio autor afirmaba y repetía que el libro era de dos personas, ¿no sería justo (y necesario y urgente) llevar a Harriet Taylor a las portadas de Sobre la libertad?

Tras la muerte de Harriet Taylor, la hija del primer matrimonio de la esposa será una buena ayuda para Stuart Mill en la vieja tarea de seguir luchando por la igualdad de las mujeres. Helen Taylor compartía con su madre y su padrastro la preocupación por la igualdad y las ideas feministas además del interés por las cuestiones sociales, los derechos de las minorías o la extensión de la democracia. Se pusieron a la tarea y del nuevo tándem salieron las obras verdaderamente feministas de Stuart Mill. Sobre todas ellas: La sujeción (esclavitud en otros textos) de las mujeres, un texto en el que el autor hace inventario de agravios e injusticias por capítulos y las va examinando y rebatiendo punto por punto. Por desgracia, tal y como empieza reconociendo, es inmensamente más difícil echar por tierra un sistema fundado en opiniones y sentimientos (como es el caso) que en razones: “Si la opinión fuese fruto del raciocinio, una vez refutado este los fundamentos del error quedarían quebrantados: pero si la opinión se basa esencialmente en el sentimiento cuanto más maltratada sale de un debate, más se persuaden los que la siguen de que el sentimiento descansa en alguna razón superior que ha quedado por impugnar”. Inasequible al desaliento combate desde las páginas el “despotismo viril, cómo interesa a todos los hombres conservarlo”; “obstáculos para el progreso de las ideas, el hombre no conoce a la mujer”; “la esposa esclava (…) más esclava que ningún esclavo lo fue nunca”; “erróneo concepto de que la mujer ha nacido para la abnegación. Cada individuo nace para sí mismo”; “misma aptitud para los cargos públicos”, y un largo etc. en cuanto a los capítulos del libro que se torna en larguísimo si hablamos del tiempo tardado en volver sobre los prejuicios que enuncia para intentar destruirlos.

No contento con la teoría, Stuart Mill, que llevaba un reformador y un idealista dentro, lo sacó en forma de político y desde 1865 defendió en el Parlamento todas las ideas por las que había luchado y sobre las que había escrito. Entre todas ellas el feminismo siempre tuvo un lugar privilegiado.

Engels: pincelada feminista al marxismo

Retrato de un Engels veinteañero de autor desconocido. Fue publicado por primera vez en 1920. CC-PD Mark. PD Old
Montaje a partir de un retrato de un Engels veinteañero de autor desconocido. Fue publicado por primera vez en 1920. CC-PD Mark. PD Old.

Diez años después de la muerte de Stuart Mill en 1873 moría Karl Marx y dejaba a su compañero de escritos y reivindicaciones, Friedrich Engels (1820-1895), un carajal de notas, estudios, correspondencia… Con gran paciencia y toda la estima que le tenía a su amigo, Engels comenzó a ordenar aquel legado y uno de los primeros libros que publicó, un año después de morir Marx, fue en el que con más detalle se presta atención a la situación de la mujer desde un punto de vista histórico y antropológico. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado desmiente eso de que la mujer siempre estuvo sometida al hombre. No era así en diversas sociedades primitivas cuyas vidas se desarrollaban en comunidades de intereses, de familia, de producción y reproducción. Pero según aumentaban las propiedades, en un principio en relación con el alimento (herramientas, cabezas de ganado y esclavos después) aumentaban los conflictos. Y lo peor estaba por llegar cuando se articuló el mecanismo de la herencia. “El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo –afirma Engels en el mencionado libro–. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción. Esta baja condición de la mujer, que se manifiesta sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los de los tiempos clásicos, ha sido gradualmente retocada, disimulada y, en ciertos sitios, hasta revestida de formas más suaves, pero no, ni mucho menos, abolida. El primer efecto del poder exclusivo de los hombres, desde el punto y hora en que se fundó, lo observamos en la forma intermedia de la familia patriarcal, que surgió en aquel momento (…). En su origen, la palabra familia no significa el ideal, mezcla de sentimentalismos y de disensiones domésticas, del filisteo de nuestra época; al principio, entre los romanos, ni siquiera se aplica a la pareja conyugal y a sus hijos, sino tan sólo a los esclavos. Famulus quiere decir esclavo doméstico, y familia es el conjunto de los esclavos pertenecientes a un mismo hombre”. Engels recuerda a Marx quien ya había sentenciado: “La familia moderna contiene en germen, no sólo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura. Encierra, in miniature, todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado».

El socialismo empieza a ocuparse más específicamente de la situación de las mujeres cuando Engels, muerto Marx, escribe El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado

¿Qué quiere decir esto o qué consecuencias tiene? Las ha expresado como nadie Ana de Miguel en su texto La articulación clásica del feminismo y el socialismo: el conflicto clase-género. Allí explica: “En primer lugar, en consonancia con las tesis del materialismo histórico, se destierra cualquier tipo de argumentación biológica o naturalista –una supuesta debilidad física, la capacidad reproductora como minusvalía– para explicar una desigualdad social. El origen de la desigualdad sexual, como el de cualquier otro tipo de desigualdad, es social, en concreto económico. En segundo lugar, Engels extraerá importantes consecuencias estratégicas del razonamiento anterior. Si la desigualdad sexual tiene su origen en la propiedad privada y en la separación de las mujeres del trabajo productivo, abolir la propiedad privada de los medios de producción y la incorporación masiva de las mujeres a la producción, supondrá, en buena lógica histórica, el fin de la desigualdad sexual”. Un dos por uno lleno de ventajas desde el punto de vista marxista, pero a muchas mujeres no satisfizo, pues es verdad que si por un lado “desde el feminismo contemporáneo se ha reconocido (a Engels) la aportación crucial del análisis económico de la subordinación de las mujeres, también se ha esgrimido el peligroso reduccionismo que subyace en su argumento: las mujeres no necesitan una lucha específica contra su opresión”.

Engels: las mujeres como héroes

Cuentan que en casa de Marx existía un libro de visitas o de firmas (o de la amistad en alemán, Freundschaftsbuch) donde quedaron registradas las respuestas al famoso cuestionario Proust que dio el asiduo visitante que era Engels. El famoso cuestionario era un popular juego de salón que recibe su nombre de las ingeniosas respuestas que dio el escritor Marcel Proust cuyo nombre quedó asociado para siempre al de la famosa retahíla de preguntas. El álbum se guarda en la casa-museo de Karl Marx en Trier.

A la pregunta por su héroe preferido Engels respondió: “ninguno”. A la pregunta por su heroína (ya es curioso que se hiciera la diferencia en ese siglo XIX), respondió: “demasiadas para nombrar solo una”.

Más directamente feminista habría que mencionar a August Bebel, quien, en el decisivo y específico La mujer y el socialismo, alerta sobre aquellos compañeros de ideología abiertos a reconocer la dependencia del obrero frente al capitalista, pero no de la mujer frente a ellos mismos. Su reivindicación de una mujer “libre, igual y dueña de su destino” apunta ya en la línea del feminismo contemporáneo.

En grupo por el sufragio femenino

Símbolo de la Men's League for Women's Suffrage.
Símbolo de la Men’s League for Women’s Suffrage. www.flickr.com/photos/lselibrary/22473716134/  Autor: LSE Library

Y si en este artículo se recogen algunos nombres de hombres que, a título personal, levantaron la mano a favor de los derechos de la mujeres, es conveniente mencionar al menos al grupo que en conjunto se unió por una de las reivindicaciones míticas del feminismo: el derecho al voto. Se trata de la Liga de hombres por el sufragio femenino (The Men’s League for Women’s Suffrage) fundada en 1907 en Londres por 32 hombres en su mayoría intelectuales de izquierda como el periodista Henry Brailsford, el político de partido liberal Charles Corbett, el reportero Henry Nevinson o el filósofo C.E.M. Joad.
Una organización similar, inspirada directamente por la de Londres, se creó tres años después en los Estados Unidos.

Feministas en España: “varones de frontera”

Jesús Espinosa Gutiérrez en su valioso artículo titulado Discursos de lo hombres en los márgenes del patriarcado. Progresistas, profeministas e igualitarios en España (1868-1939), emplea ese término preciso (y precioso) para referirse a aquellos “que abandonaron la comodidad de vivir instalados en un discurso de justificación de la idea del hombre como epicentro, para trasladarse a un espacio discursivo situado en los márgenes”. No son muchos los estudios destinados a este tema. Nerea Aresti es, quizá, el nombre de referencia que surge como autoridad en la materia con títulos como Masculinidades en tela de juicio (Cátedra) o ¿La España invertebrada? Masculinidad y nación a comienzos del siglo XX editora junto con Karin Peters y Julia Brühne.

El jurista ovetense publicó en 1899 un libro titulado "Feminismo". Ilustración: José J. Mínguez.
El jurista ovetense publicó en 1899 un libro titulado «Feminismo». Ilustración: José J. Mínguez.

Protagonizando el cambio de discurso que ha hecho posible que hoy hablemos como hablamos de masculinidades y feminismos, corrientes como el krausismo o entidades como la Institución Libre de Enseñanza que empezaron a tomarse en serio cuestiones capitales para el feminismo como la enseñanza y la igual de oportunidades para las mujeres. Pero también nombres propios, varones de frontera y algo más que desde posiciones más particulares o personalistas levantaron la voz para reivindicar propuestas más avanzadas en la igualdad. Fue el caso del jurista Adolfo González-Posada (1860-1994). Al borde del siglo, en 1899 publicó el libro Feminismo, popularizando la palabra y reivindicando la educación y el derecho al voto de las mujeres y denunciando también su situación jurídica. La misma denuncia también la hizo suya uno de los nombres (de hombre) clave del feminismo español: el del filólogo Miguel Romera-Navarro, que se dedicó en su Ensayo de una filosofía feminista. Refutación a Moebius a desmontar los supuestos argumentos de ese doctor alemán a la hora de justificar la inferioridad mental de la mujer a la que había dedicado un libro.

Desde la literatura fue paradigmático el caso de Jacinto Octavio Picón (1852-1923). Escritor de novelas naturalistas protagonizadas por mujeres independientes, defendió el amor libre, el divorcio y atacó el contrato matrimonial como lo apuesto al amor. Además de defender la independencia de las mujeres, no tuvo reparos en situarse frente a los hombres y denunciar al mal marido, maltratador, dilapidador e irresponsable con respecto a los hijos.

En el campo de la política, destaca la labor del liberal Francos Rodríguez (1862-1931) y su invitación a las mujeres a formarse, a salir del ámbito doméstico y a tomar posición en la escena pública. Estaba convencido de las bondades de su intervención no solo para ellas mismas sino para el conjunto de la sociedad: “si la mujer interviniese en política, alteraría las normas dispuestas por nosotros desde el principio de los siglos, provocando con ello la revolución más grande que en ninguno se conoció”, afirmaba en La mujer y la política españolas.

En esas estamos. Se le llame revolución, ola u oleada, el feminismo contemporáneo es un vendaval que agita la cabeza de hombres y mujeres. Las de las primeras parecen andar volcadas de lleno en la acción y, volviendo al principio del artículo, otros parecen estar más inclinados, en términos generales, a la interrogación y al examen. Pero existen gloriosas excepciones como la Fundación Cepaim, que en su división de igualdad y no discriminación ha editado el cómic Hombres feministas, o la Asociación de Hombres por la igualdad de género (AHIGE) con su revista dedicada al análisis de la masculinidad y el cambio de los hombres. También son más numerosos los que pasan a la acción con nombre propio como los mencionados Jesús Espinosa con sus estudios y José J. Mínguez con sus dibujos; Miguel Lorente en su lucha contra la violencia contra la mujer; Víctor Sánchez, desde la Asociación Círculos de Hombres o el jurista y escritor Octavio Salazar, quien dio en el clavo con el título de su libro Los hombres que no deberíamos ser (Planeta). Porque es cierto que hay dosis de incertidumbre en las preguntas que la marea feminista plantea a los hombres, pero igual de cierto es que hay cosas que ya vamos sabiendo, certezas duras como una roca. Son, al menos, diez y adoptan la forma de decálogo mínimo para un nuevo hombre que Salazar menciona en su libro. Con ellas se cierran estas letras para una reflexión con  mucho recorrido por delante.

Las 10 claves para la revolución masculina  

"El hombre que no deberíamos ser" (Planeta), de Octavio Salazar.
«El hombre que no deberíamos ser» (Planeta), de Octavio Salazar.

Octavio Salazar se define como hombre feminista. Es miembro de la Red feminista de Derecho Constitucional y está muy implicado profesional y personalmente en la lucha por la igualdad. A ella y al estudio crítico de las masculinidades ha dedicado obras como Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género (2013) o La igualdad en rodaje: Masculinidades, género y cine (2015).

Publicada este año por Planeta, El hombre que no deberíamos ser es un libro directo, urgente, práctico. Una especie de manual para poner en marcha «la revolución masculina que tantas mujeres llevan siglos esperando» (ese es el subtítulo). Acaba con estas pistas, un decálogo y un  ideario negativo, por defecto, de actitudes que hay que evitar y enterrar ya. Sin eso no habrá hombre del futuro que valga: porque el futuro es ya y porque sus hombres –los hombres que queremos para el futuro–  son los que, desde ya también, asumen que:

1 No deberíamos seguir gozando de manera acrítica de nuestros privilegios. Deberíamos transformar las estructuras de poder que mantienen a las mujeres en una posición subordinada.

2 No deberíamos estar ausentes en lo privado; deberíamos ser agentes corresponsables en el ámbito doméstico y familiar.

3 Los hombres no deberíamos creernos seres omnipotentes; deberíamos ser cuidadores y asumir la necesidad de los otros y las otras para sobrevivir.

4 No deberíamos huir de lo femenino; deberíamos asumir y valorar la ternura de nuestra vulnerabilidad.

5 No deberíamos monopolizar el poder, el prestigio y la autoridad; deberíamos ejercerlo de manera partidaria con la mitad con la mitad femenina de la ciudadanía.

6 No deberíamos reproducir los métodos y las palabras patriarcales; deberíamos transformar las maneras de entender y gestionar lo público.

7 Los hombres no deberíamos ser el centro y la única referencia de la cultura, la ciencia y el pensamiento; deberíamos compartir paritariamente con las mujeres los saberes y la construcción de los imaginarios colectivos.

8 No deberíamos ser cómplices de las violencias machistas ni de instituciones patriarcales como la prostitución; deberíamos ser radicalmente militantes contra la desigualdad, la violencia y la explotación de las mujeres.

9 No deberíamos ser héroes románticos ni depredadores sexuales; deberíamos educarnos para una afectividad y una sexualidad basada en el reconocimiento de neustra pareja como un ser equivalente y, por tanto, en la reciprocidad.

10 No deberíamos seguir legitimando y prorrogando el orden patriarcal y el machismo como ideología que lo sustenta; deberíamos convertirnos en hombres feministas.

Sigue leyendo… Feminismo: una larga historia inacabada (Parte 1)

Sigue leyendo… El feminismo hoy: la (des)igualdad en el siglo XXI (Parte 3)

Sigue leyendo… Judith Butler: “No estoy segura de que este siglo sea femenino” (Parte 4)

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