¿Cómo se puede explicar la crueldad?

La crueldad no es únicamente la pasión del goce ante el dolor del otro, sino también de la indiferencia e insensibilidad ante él.
La crueldad no es solo la pasión del goce ante el dolor del otro, sino también de la indiferencia e insensibilidad ante él.

A veces vida y mundo no coinciden y tratamos de reparar el desgarro que los separa con pasarelas de palabras que se ocultan bajo el disfraz de las explicaciones, de los argumentos, de la búsqueda de un sentido. Unas veces son pequeños rasguños en los que apenas reparamos; otras, arañazos que escuecen, pero no sangran; otras, heridas cruentas de las que brotan sangre y algunas lágrimas y cuyo dolor se intensifica ante la actitud de quien blande el arma: si lo lamenta, si permanece indiferente, si se recrea y disfruta del dolor producido.

A veces el otro nos causa tanta extrañeza que nos sentimos arrojados a otro mundo cuyas leyes desconocemos y, perdidos y desorientados, buscamos razones que nos permitan localizar lo familiar, lo comprensible, lo que sea que pueda devolver el mundo a la normalidad. Pero a veces lo familiar mismo es lo que se vuelve extraño y la realidad se rasga para dejar entrever con claridad que su concepto, racionalmente construido, y la experiencia vivida que tenemos de ella difieren radicalmente. La vida se desencaja. Nos aprestamos entonces antes de la caída a una reconstrucción que, palabra a palabra, teje una red sobre la que caer como cae el trapecista al perder el equilibrio.

Nos preguntamos cómo puede suceder algo así, cómo alguien a quien creíamos conocer puede ser tan insensible, tan falto de empatía, tan cruel

Sucede, por ejemplo, cuando nos preguntamos hasta dónde puede llegar el ser humano en determinadas circunstancias, cuando nos llegan noticias de las atrocidades que el hombre es capaz de cometer contra sus semejantes o contra aquello que tiene bajo su cuidado; cuando nos preguntamos cuál es el límite de la maldad si es que hay otro límite ante el exceso que no sea la muerte. Sucede cuando nos hablan de algo terrible acontecido en otro lugar o en otro tiempo; se intensifica cuando la proximidad es mayor y nos sentimos concernidos y desubicados; se hace amarga y lacerante cuando la herida se siente en la propia carne y no hay lugar que no quede trastornado. Es entonces cuando nos preguntamos cómo pudo suceder algo así, cómo alguien a quien creíamos conocer ha podido ser tan insensible, tan falto de empatía, tan cruel.

La crueldad (lat. crudelitas, de la familia de cruentus, “sangriento”, de donde cruor, “sangre”, y por extensión, “crudo”) se concibe como la pasión por la cual un sujeto es capaz o bien de infligir daño a otro por placer o bien de presenciar el sufrimiento ajeno sin sentirse conmovido o concernido y hacerlo además, en ambos casos, con complacencia. La crueldad no es por tanto únicamente la pasión del goce ante el dolor del otro, sino también de la indiferencia e insensibilidad ante él. Si no hay crueldad sin conciencia, como apuntaba Artaud, en la más pura de sus formas, el cruel actúa de forma voluntaria y, en principio, sin culpa y sin remordimiento. La crueldad se nutre del poder de dominio y sometimiento sobre el otro, cuya fragilidad queda a merced de quien empuñe el arma. El otro se convierte en el lugar de goce, en el espacio en el que el sujeto prueba sus fuerzas no porque cosifique a su víctima, sino porque, considerándolo inicialmente como un semejante, como un límite que no debe ser rebasado, procede a una degradación del mismo al ejercer su potencia sobre él y cruzar el límite porque puede hacerlo.

La crueldad se nutre del poder de dominio y sometimiento sobre el otro

La crueldad nos desencaja, nos descoloca e, incluso, nos enfurece, pero sobre todo nos hace sentir frágiles y vulnerables. Tratamos por ello de buscar razones que nos permitan rehacernos y comprender. Se dice entonces que cruel es aquel que, como dijera Aristóteles, o bien es una bestia o un animal o bien padece algún tipo de patología, como la locura (Ética a Nicómaco). En ambos casos se expulsa la crueldad del horizonte de la normalidad porque o surge de lo que no es humano (lo inhumano) o de algún tipo de trastorno (lo enfermo).

Pero este tipo de razonamientos más que explicar, justifican. Sería también fácil entender la crueldad como un efecto secundario del sufrimiento que nos provoca la propia vida acorde con una naturaleza violenta (Schopenhauer) o integrarla en un discurso en el que el exceso no tiene más lugar que el que le otorgue la excepción, pero acaso ¿no es hombre cabal aquel que en muchas ocasiones es cruel? Una respuesta afirmativa a esta pregunta nos abre un horizonte de lo humano mucho más inquietante y problemático del que quisiéramos reconocer, pero apuntaría directamente al núcleo de la responsabilidad (racional) de la acción. El corazón humano alberga pues la potencialidad de la crueldad. Quizá por eso Aristóteles no menciona contrario para ella y Hannah Arendt encuentra en la que sería su opuesto, la piedad, un potencial de crueldad superior al de la propia crueldad (Sobre la revolución). Como un modo de ser del hombre, no son necesarias la enfermedad, la inhumanidad o la compensación para explicar los mecanismos de una pasión humana demasiado humana. Por eso hay crueldad contra el otro, pero también, como supo ver Nietzsche, contra uno mismo cuando la moral predominante se vertebra en principios que con su lógica caen también en el ámbito de la crueldad.

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