Cándido y la ingenua idea de que el mundo es el mejor posible

Primera página del capítulo 1 de una temprana traducción inglesa de T. Smollett (y otros) de «Cándido», de Voltaire, Londres, impresa para J. Newbery (y otros), 1762 (Prose Works, vol. XVIII, pág. 1-141). Colección privada de S. Whitehead. Autor: diseño, James Gwin; grabado, John Hall (1739-1797). Imagen de domino público distribuida por Wikimedia Commons.
Primera página del capítulo 1 de una traducción inglesa de T. Smollett (y otros) de «Cándido», de Voltaire, Londres, impresa para J. Newbery (y otros), 1762 (Prose Works, vol. XVIII, pág. 1-141). Colección privada de S. Whitehead. Autor: diseño, James Gwin; grabado, John Hall (1739-1797). Imagen de domino público distribuida por Wikimedia Commons.

Que el mundo esté mejorando es una promesa que nos regaló Hegel y cuyo testimonio recoge elocuentemente un científico británico en un libro llamado El optimista racional. De esta idea, que viene desde los inicios del idealismo alemán, toma su argumento Voltaire para desarrollar uno de sus trabajos más emblemáticos: Cándido o el optimismo.

Por Carlos Rondón Ávila, licenciado en Filosofía

El optimista racional, de Matt Ridley (Taurus).
El optimista racional, de Matt Ridley (Taurus).

La novela se desarrolla en una secuencia improbable de eventos trágicos que prácticamente se atropellan uno tras otro en cada personaje. El propósito del autor no es tanto desarrollar la superficialidad de la trama y por eso no abunda en detalles descriptivos; cada historia es una representación metafórica de la crítica voltairiana a las injusticias del mundo y a la interpretación consoladora de que vivimos en «el mejor mundo posible».

Para la lectura moderna, donde ciertas formas de barroco empalagan, quizá Voltaire exagera las desdichas de sus actores, pero hay que mencionar que el espíritu de la obra se inscribe en una crítica satírica al pensamiento de Leibniz, por lo que el autor usa estos recursos para ilustrar de manera redundante cómo las miserias humanas pueden resultar insuficientes para quebrar el espíritu de un optimista dogmático.

Los personajes de Cándido son mártires que soportan con paciencia estoica las vejaciones y el infortunio. El personaje emblemático que mejor encarna el fatalismo de la existencia es «La vieja». Esta representa el consuelo de que la humillación humana siempre puede ser peor.

Pero, sin hacer más que hablar, salvo Cacambo, que «sobrecargado de trabajo, maldecía su suerte», «el aburrimiento era tan excesivo que la vieja osó decirles un día: «Quisiera saber ¿qué es peor: si ser violada cien veces por piratas negros, verse cortar una nalga, pasar por las varas de los búlgaros, ser azotada y ahorcada en un auto-de-fe, ser disecada, remar en galeras, soportar al fin todas las miserias por las que hemos pasado, o estarse aquí sin hacer nada? —Es una gran pregunta», dijo Cándido.

El personaje emblemático de Cándido que mejor encarna el fatalismo de la existencia es «La vieja». Esta representa el consuelo de que la humillación humana siempre puede ser peor

Cándido o el optimismo, de Voltaire (Austral).
Cándido o el optimismo, de Voltaire (Austral).

No podemos hablar de masoquismo en los personajes de Cándido, porque no disfrutan el dolor ni el sufrimiento, las desgracias les llegan precisamente buscando la felicidad, y aunque hay cierta resignación ante el destino, los aferra a la existencia el mantra de Pangloss: «El mejor de los mundos posibles», fin último de la teodicea leibniziana.

Pangloss es la personificación caricaturesca de Leibniz, con su principio de razón suficiente. La esperanza de Cándido y Pangloss está arraigada a la posibilidad de que, si Dios es omnipotente y bueno, ha considerado todos los mundos posibles y nos ha regalado el mejor de ellos, y el mal, materializado como dolor y sufrimiento, no es más que la ausencia del bien. Pangloss es el optimista radical, justificador de una teodicea que, dadas las circunstancias, resulta poco alentadora, y Cándido representa a los ingenuos seguidores de una filosofía dogmática que justifica los males en el mundo como condición necesaria para un bien mayor.

—¡Bueno! mi querido Pangloss, le dijo Cándido, cuando os han ahorcado, disecado, molido a golpes, y habéis remado en galeras, ¿habéis seguido pensando que todo iba lo mejor posible? —Sigo fiel a mi primer sentir, contestó Pangloss; puesto que al fin soy filósofo: no me conviene desdecirme. Leibniz no puede equivocarse y, por otra parte, la armonía preestablecida es, con lo pleno y la materia sutil, lo más bello».

La esperanza de Cándido y Pangloss está arraigada a la posibilidad de que, si Dios es omnipotente y bueno, ha considerado todos los mundos posibles y nos ha regalado el mejor de ellos, y el mal, materializado como dolor y sufrimiento, no es más que la ausencia del bien

También nos recuerda Cándido la lectura del Libro de Job. Una de sus ideas finales es la impotencia de la razón humana para entender algunos designios divinos; por un lado evidencia la incapacidad de la razón por entender la planificación de un mundo que fue «ideado» desde siempre (plan divino), y que además ha sido creado por alguien superior donde el logos es apenas un artilugio precario para que los hombres puedan interactuar con la naturaleza pero condenados a vivir en una realidad incomprensible y agonizante. Es constante en la historia de Voltaire la pregunta de por qué Dios actúa de esa manera misteriosa, permitiendo calamidades y desgracias, y la respuesta permanente es la aceptación del fatum desde una visión alentadora que se consuela con un futuro redentorio.

Son muchos los matices que encontramos en la doctrina de Leibniz, sin embargo no se identifican claramente en la historia de Voltaire. Leibniz habla de que Dios nos ha concedido el mejor de los mundos posibles; también justifica en cierta forma que esas representaciones del mal que logramos detectar en ciertas cosas, a pesar de que no son creadas por Dios, son necesarias en la medida que justifican un bien mayor. Es decir, disfrutar de la comida es uno de los máximos placeres de los cuales Dios ha dotado este «mundo perfecto»; sin embargo, el «hambre», que en principio es algo malo, es el deseo que nos conecta con la satisfacción del comer; si no sintiéramos el «hambre» como «necesidad» no sería posible saciarla con los más ricos manjares que también Dios nos ha concedido.

Cándido, de Voltaire (Blackie Books).
Cándido, de Voltaire (Blackie Books).

La crítica de Voltaire a Leibniz no es novedad de este cuento filosófico. La escritura de Cándido se inicia en 1758, sin embargo, hay un evento clave que atormenta a Voltaire desde hace varios años. En 1756 tuvo lugar el «Gran terremoto de Lisboa», una tragedia de magnitudes descomunales que acabó con la vida de aproximadamente 100.000 personas. Para ese entonces, la filosofía de Leibniz contaba con la simpatía de gran parte del mundo intelectual y fue inevitable analizar este hecho desde el principio de razón suficiente que explica su teoría. Ya en 1756 Voltaire escribe su Poema sobre el desastre de Lisboa y en él, aunque de una forma menos directa, denuncia el postulado del «mejor mundo posible» con menos sarcasmo que indignación, así como también explica la humillación que representa justificar las miserias humanas con un plan divino que es incomprensible a la razón.

Es constante en la historia de Voltaire la pregunta de por qué Dios actúa de esa manera misteriosa, permitiendo calamidades y desgracias, y la respuesta permanente es la aceptación del fatum desde una visión alentadora que se consuela con un futuro redentorio

El final del cuento es muy alegórico, todos los personajes con sus distintas —y a veces antagónicas— ideologías parecen confluir en un punto común. «También sé que tenemos que cultivar nuestro jardín» es la frase que condensa la decisión de Cándido y que comparten los otros actores, como resignación ante las injusticias del mundo y la incomprensión de los designios providenciales que neciamente nos empecinamos en resolver.

Cándido, al volver a su granja, meditó profundamente sobre el discurso del turco. Les dijo a Pangloss y a Martín: «Este buen anciano me parece haber conseguido mejor condición que los seis reyes con los que hemos tenido el honor de cenar. Las grandezas, dijo Pangloss, son muy peligrosas, según informan todos los filósofos: pues en fin, Eglon, rey de los moabitas, fue asesinado por Aod; Absalón fue colgado del pelo y traspasado con tres dardos; el rey Nadab, hijo de Jeroboam, fue muerto por Baasa; el rey Ela, por Zambri; Ocozías, por Jehú; Atali, por Joiada; los reyes Joaquín, Jeconías, Sedecías, fueron esclavos. ¿Sabéis cómo perecieron Creso, Astiages, Darío, Dionisio de Siracusa, Pirro, Perseo, Nerón, Oto, Vitelio, Domiciano, Ricardo III, María Estuardo, Carlos I, los tres Enriques de Francia, el emperador Enrique IV? Sabéis… —También sé, dijo Cándido, que tenemos que cultivar nuestro jardín. —Tenéis razón, dijo Pangloss; porque cuando el hombre fue puesto en el jardín del Edén, fue puesto allí ut operaretur eum, para que trabajara: lo cual prueba que el hombre no ha nacido para el descanso. —Trabaja sin razonar, dijo Martín; es la única forma de hacer soportable la vida».

Con esa frase se deslinda Cándido de las elucubraciones metafísicas sobre si el mundo es o no el mejor de los posibles; las tareas más sencillas y que forman parte de la vida diaria nos anclan a nuestra realidad y a su vez permite que seamos útiles a los demás; una idea muy propia de la Ilustración (heredada de Aristóteles) donde el bien particular que se procura cada hombre debe ir en armonía con los intereses generales (bien común).

«También sé que tenemos que cultivar nuestro jardín» es la frase que condensa la decisión de Cándido, como resignación ante las injusticias del mundo y la incomprensión de los designios providenciales

A pesar de que Cándido no es el personaje que identifica a Voltaire, la metáfora final coincide con el momento que vive el autor: después de recorrer el mundo entre escondites y persecuciones, teatros, bares y amigos, Voltaire busca el retiro en una pequeña finca en Ferney, territorio francés pero a pocos metros de la frontera con Suiza. La granja en la Costa del Propóntide es la Ferney de Voltaire, allí concluye su travesía.

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