El hombre lleva toda su historia haciéndose preguntas, queriendo saber, necesitando saber, y la filosofía, más de 25 siglos intentando formular este deseo y buscando respuestas que lo satisfagan. Dios siempre ha estado entre ellas. © Ana Yael
El ser humano lleva toda su historia haciéndose preguntas, queriendo saber, necesitando saber, y la filosofía, más de 25 siglos intentando formular este deseo y buscando respuestas que lo satisfagan. Dios siempre ha estado entre ellas. © Ana Yael

Si escribes en Google la pregunta “¿Existe Dios?” pueden salir 176.000.000 resultados. O más. Y a partir de ahí, ideas de todo tipo: sí, uno; sí, uno, pero otro diferente; sí, muchos; no, ninguno; no sé… Buscar a Dios en el siglo XXI. Nada nuevo más allá de la forma de hacerlo. Desde que el ser humano existe ha anhelado incansablemente respuestas a todas sus preguntas acerca de él mismo, de la vida, del mundo, del origen de todo, en un debate que no se limita al mundo racional, sino que implica al de las creencias. Y la figura de un Ser superior ha estado presente, para otorgarle la creación, el principio y el final de todo, o para negarlo. Los filósofos, los primeros.

"El Dios de los filósofos. Curso básico de filosofía", de José María Barrio, publicado por Rialp.
«El Dios de los filósofos. Curso básico de filosofía», de José María Barrio, publicado por Rialp.

“Blaise Pascal pensaba que nada tiene que ver el Dios del que hablan los filósofos con el Dios al que adoran las grandes religiones monoteístas, de tradición semita (‘el Dios de Abraham, Isaac y Jacob’)”, escribe José María Barrio, doctor en Filosofía y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, en El Dios de los filósofos, publicado por Rialp. “Joseph Ratzinger –el papa Benedicto XVI– ha defendido justamente lo contrario, a saber, que son el mismo. (…) La cuestión acerca de Dios es la que nutre la mayor parte del debate filosófico desde que nació entre los griegos del siglo VI a. C. (…) Este tema abastece no solo la fibra esencial de la conversación humana, sino también, y muy particularmente, lo más nuclear de la discusión filosófica desde que existe esta”.

La historia sobre esta diferenciación entre el Dios de la fe y el Dios de los filósofos comienza con una pequeña hoja de pergamino, llamada Memorial, que unos días después de la muerte de Pascal se encuentra cosida al forro de su casaca. Así nos lo cuenta Ratzinger al inicio del libro que lleva este mismo título, El Dios de la fe y el Dios de los filósofos, editado por Encuentro. La hoja relata la vivencia de la transformación que experimentó Pascal la noche del 23 al 24 de noviembre de 1654. Al comienzo del texto, Pascal escribe estas palabras: “Fuego, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el de los filósofos y los sabios”. El matemático y filósofo Pascal había experimentado al Dios vivo, al Dios de la fe, y esto le permitió comprobar lo diferente que era la realidad de este Dios de lo que, por ejemplo, la filosofía matemática de Descartes decía sobre él. Así, Pascal escribió sus Pensamientos como una reflexión sobre el ser humano hasta su encuentro con el Dios que es la respuesta a sus preguntas, el Dios de Jesucristo, de Abraham, de Isaac y de Jacob.

“El corazón tiene sus razones, que la razón no alcanza”, o «El corazón tiene razones que la razón ignora”, dijo Pascal en esta famosa frase buscando delimitar el dominio de lo racional en el campo de la religión. Para él existen dos maneras de llegar a la verdad: a través del corazón, una intuición inmediata, o a través de la razón, capaz de deducir y argumentar. La fe es irracional y, en cierto sentido, incierta, por eso creer no basta. Hay que apostar por Dios, pues su infinitud hace que muchas veces no seamos capaces de verlo debido al carácter finito de la perspectiva humana. Y dijo aquello de que es mejor creer en Dios que no hacerlo, porque, si creyendo estás en lo cierto, puedes alcanzar la dicha eterna, y si creyendo estás equivocado, tampoco pierdes nada; pero si no crees y te equivocas porque sí existe, te condenarás para toda la eternidad, y si aciertas, tampoco ganas nada. Un por si acaso… Para Pascal, el Dios de la fe, es el Dios de la religión, un Dios vivo, personal, porque la religión es vivencia; en contraposición, la filosofía es teoría, así que su Dios es un Dios vacío y rígido. Ratzinger considera que es necesario reelaborar la relación entre creer y saber, entre religión y filosofía, entre razón y vivencia religiosa. El Dios vivo de la revelación y el Dios de la filosofía deben recuperar una relación recíproca. Dios no se puede reducir a un problema meramente teórico.

Para Pascal, el Dios de la fe, es el Dios de la religión, un Dios vivo, personal, porque la religión es vivencia; la filosofía es teoría, su Dios es un Dios vacío y rígido

El sentido religioso despertó temprano

Con la evolución de la especie, el ser humano fue descubriendo los misterios del mundo que le rodeaba, exterior a él, pero también de lo suyo propio, de lo que había en su interior. O al menos empezó a preguntarse por ello. Igual que iba encontrando respuestas a sus problemas más esenciales de supervivencia, comenzó a buscar explicación a aspectos más profundos relacionados consigo mismo, que surgían desde su yo, sobre el sentido de su existencia.

"Avatares e la creencia en Dios", de Manuel Fraijó, editado por Trotta.
«Avatares en la creencia en Dios», de Manuel Fraijó (Trotta).

“El sentido religioso irrumpe en el universo con la aparición del ser humano. Solo él se siente sobrecogido, aludiendo a Kant, por el cielo estrellado que le cobija y por la ley moral que percibe dentro de sí. Solo él invoca y da gracias a un Ser superior, al que primero denominó ‘Misterio’ y más tarde ‘Dios’”. Así lo explica el filósofo y teólogo español Manuel Fraijó, autor de libros como Filosofía de la religión o Avatares de la creencia en Dios –al que pertenecen estas palabras–, publicados por Trotta. “Dios ha llegado tarde a la historia de las religiones. En cambio, el sentido religioso parece haber despertado pronto. Los historiadores de la religiones están de acuerdo en que “hasta el mísero hombre de Neanderthal” (E. O. James) contaba ya con una creencia genuinamente religiosa: una vida más allá de la tumba. Y la imaginaba como quería Unamuno: lo más parecida posible a la vida terrenal. De ahí que equipase a sus difuntos con el alimento y los enseres que habían necesitado en esta”.

O sea que sí, que la inquietud acerca de algo o alguien creador u organizador del universo, el deseo de saber y preguntarse por la razón última de todo, ha estado en la mente del ser humano desde su aparición en la Tierra. Y lo sigue estando. Ha sido y sigue siendo esencial en toda reflexión filosófica, desde muchos siglos antes de que Pascal, en el XVII, ya pensara sobre esa distinción entre el Dios de la religión y el Dios de la filosofía. Se han escrito millones de páginas, se han mantenido miles y miles de debates, teólogos y pensadores de toda clase y condición han argumentado en uno u otro sentido, y no se ha llegado a ninguna conclusión definitiva. O sí: cada uno a la suya. Atención, spoiler: nosotros no tenemos la respuesta final… aunque tampoco creemos que la esperaras… Pero en las diferentes partes de este dosier hacemos un recorrido por la idea de Dios en el mundo del pensamiento, por los síes y los noes, por las distintas teorías que la filosofía ha ofrecido sobre la existencia –o no– de Dios a lo largo de la historia, desde su nacimiento, allá por los siglos VII-VI a. C., con los filósofos presocráticos, hasta la actualidad.

“Dios ha llegado tarde a la historia de las religiones. En cambio, el sentido religioso parece haber despertado pronto». Manuel Fraijó

Qué es qué en las ideas sobre Dios

"Diccionario de filosofía" de Walter Brugger, editado por Herder.
«Diccionario de filosofía» de Walter Brugger, editado por Herder.

Empecemos aclarando conceptos que nos permitirán entender mejor después las diferentes ideas:

  • El teísmo defiende la existencia de Dios. En su significado original y más amplio, es, según el Diccionario de filosofía de Walter Brugger –publicado por Herder, ampliado bajo la dirección de Harald Schöndorf–, “un concepto aparecido en el siglo XVII que alude a la fe en la existencia de una instancia divina. El teísmo puede incluir el monoteísmo (la fe en un solo Dios), el politeísmo (la fe en muchos dioses) y el panteísmo (la creencia de que todo es Dios)”.
  • Si lo observamos desde su sentido más estricto, el teísmo coincide con el monoteísmo: ambos creen en un Dios personal superior, creador del mundo, al que se encarga de conservar y dirigir. Y es esto último lo que diferencia el teísmo del deísmo: el deísmo es la fe, con fundamentos racionales, en un Dios personal creador que se halla fuera del mundo y que, después de crearlo, lo confía a las leyes naturales creadas por él y ya no interviene en su evolución.
  • En ese sentido más estricto, el teísmo se distingue del panteísmo en que este unifica la realidad divina y la humana. Para los panteístas, no puede haber ningún ser divino distinto del mundo, sino que la totalidad de la naturaleza es la única divinidad suprema; todo es Dios, identifican a Dios y el mundo.
  • El dualismo es una doctrina que reduce la realidad a dos principios (por ejemplo, el yin y el yang), la divide en dos campos opuestos (como el mundo de los sentidos y la razón) o la explica por dos componentes contrarios (la materia y el espíritu).
  • El ateísmo es lo opuesto al teísmo: es contrario a la existencia de Dios. Dios no existe.
  • El agnosticismo, por último, defiende que no puede conocerse ninguna realidad más allá de la experiencia y, por tanto, niega la posibilidad de conocer la existencia de Dios.

Un sentimiento intrínsecamente humano

"Breve tratado de historia de las religiones", de Frédéric Lenoir, publicado por Herder.
«Breve tratado de historia de las religiones», de Frédéric Lenoir, publicado por Herder.

El teólogo luterano alemán Rudolf Otto (1869-1937) fue uno de los primeros pensadores en sentar la idea de un sentimiento de lo sagrado inherente al hombre y que precede a sus intentos de explicar el mundo, sus orígenes, su devenir. Lo cuenta el francés Frédéric Lenoir, filósofo, sociólogo e historiador de las religiones, en Breve tratado de historia de las religiones, publicado por Herder. “Otto ve en ese sentimiento intrínsecamente humano la esencia de la religión, su parte más íntima, sin la cual no sería una religión. En 1917 publica su obra emblemática, Das Heilige (Lo santo), en la que forja el término ‘numinoso’ (…) para designar lo sagrado original. Lo numinoso surge de la experiencia del mysterium tremendum, ‘un terror de íntimo espanto que nada de lo creado, ni aun lo más amenazador y prepotente, puede inspirar’. Lo tremendum, ese terror que hiela y produce literalmente frío en la espalda, se manifiesta ante el misterio: los fenómenos naturales extraños que uno no se explica, comportamientos animales como el ulular de la lechuza por la noche, probablemente la misma muerte. Es de este terror, semejante al que se experimentaría hoy día ante un espectro, que surge ‘en el alma de la humanidad primitiva, de donde procede todo el desarrollo histórico de la religión’”.

La noción de Dios en su origen tenía que ver con la experiencia de un poder misterioso y tremendo. Tardó mucho el ser humano en concebir a Dios como la realización plena de la bondad y la justicia. Lo explicaba en mayo de 2009 el filósofo y pedagogo español José Antonio Marina en un artículo para el periódico La Vanguardia: “En ese momento, Dios se convirtió en un modelo inalcanzable, pero presente. Una línea de escape de nuestra miseria. El poderoso tenía que ser justo, como Dios, y no podía ensañarse con el débil. La presencia activa de una idea –no digo de una realidad– que lanzaba al ser humano fuera de su limitación, que le hacía pensar, o imaginar, o intentar realizar lo infinito, tuvo una definitiva eficacia en el modo de entendernos a nosotros mismos. Nos liberó de la tentación de resignarnos a lo que somos –unos animales listos y terribles– y nos impulsó a tener sueños de grandeza –por ejemplo, que somos seres dignos, intrínsecamente valiosos, imágenes de Dios, partícipes del Absoluto, etcétera– que nos han permitido progresar”.

«La noción de Dios en su origen tenía que ver con la experiencia de un poder misterioso y tremendo. Tardó mucho el ser humano en concebir a Dios como la realización plena de la bondad y la justicia». José Antonio Marina

En las religiones abrahámicas –cristianismo, judaísmo, islamismo–, las monoteístas que reconocen una tradición espiritual identificada con Abraham, Dios es un Ser supremo diferente a cualquier otro ser que posee las cualidades de la perfección: omnipresencia, omnipotencia y benevolencia. Pero no siempre se entendió así y no todos creen en su existencia. Cuando en los siglos VII-VI a. C. Tales de Mileto, considerado el primer filósofo de la historia, se pregunta cuál era el origen de todas las cosas, el arkhé griego, el principio del Universo, llega a la conclusión de que la respuesta es el agua, porque la vida se desarrolla solo donde la hay. Para Heráclito, que cree que todo está en movimiento continuo, en constante transformación –“Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”–, el cosmos no lo creó ningún hombre ni ningún Dios; fue, es y será fuego eterno. “Este universo es el mismo para todos, no lo hizo ninguno de los dioses ni ninguno de los hombres, sino que siempre fue, es y será fuego vivo que se enciende según medida y se apaga según medida”.

Anaxágoras (siglo V a. C.) defiende la existencia del “Nous”, una Inteligencia o Mente que ordena el Universo. También Platón, en el siglo IV a. C., habla de una figura que ordena. Platón cree en la existencia del demiurgo, una inteligencia ordenadora que da sentido a todo desde el inicio de los tiempos, desde el origen del universo. No se trata exactamente de un dios o principio creador, sino de un principio ordenador de lo ya existente. Estamos en un mundo pasajero y nuestro cuerpo es mortal. El alma, que se debe a la obra del demiurgo, es inmortal y hemos de protegerla desde el punto de vista moral, reformando nuestra vida, y desde el punto de vista intelectual conociendo la verdad, que no está en este mundo, sino en el Mundo de las Ideas.

El maestro de Platón, Sócrates, opina que los dioses poseen un conocimiento sin límites, son omnipresentes y lo saben todo, incluido lo que es mejor para cada uno; y su discípulo, Aristóteles, dice que el orden cósmico y los movimientos celestes no son obra de la casualidad, sino “de una naturaleza superior e incorruptible”. Habla de un motor inmóvil, principio de todo movimiento sin estar sometido a movimiento alguno, que mueve pero no es movido por nada. Siglos después vendrían Agustín de Hipona primero, San Agustín (siglo IV), y Tomás de Aquino después, Santo Tomás (siglo XIII). La filosofía de Platón tuvo un gran peso en las ideas de Agustín de Hipona, que creía, como él, que toda la existencia tiene un origen divino, pero a diferencia del filósofo griego, pensaba que Dios es Espíritu y no una Idea. San Agustín dijo que la fe es el único medio que permite alcanzar la sabiduría intelectual, que solo está en Dios, y Santo Tomás, que por medio de la fe era posible tener una visión intelectual de Dios. El pensamiento y las creencias de todos ellos los veremos en profundidad en la segunda parte de este dosier.

Platón cree en la existencia del demiurgo, una inteligencia ordenadora que da sentido a todo desde el origen del universo. No es un dios o principio creador, sino un principio ordenador de lo ya existente

Buscar explicación a lo que no entendemos

El ser humano lleva toda su historia haciéndose preguntas, queriendo saber, necesitando saber, y la filosofía, más de 25 siglos intentando formular este deseo y buscando respuestas que lo satisfagan. Dios siempre ha estado entre ellas. Así que teclear si existe Dios delante de una pantalla del ordenador o leer en diciembre de 2018, en el siglo XXI, un dosier sobre esta misma pregunta no es nuevo, pero no es anticuado. Digamos que la cuestión es eterna y, de momento, no parece que caduque en absoluto. “A lo largo de la historia de la cultura ha habido muchos intentos racionales de demostrar la existencia de Dios”, escribía en enero de este 2018 Arash Arjomandi, filósofo y profesor de la Escuela Universitaria Salesiana de Sarrià (Universitat Autònoma de Barcelona), en el diario ABC en un artículo de opinión titulado El problema filosófico de Dios. «En la historia de la filosofía, el tema de Dios ha sido un problema por cuanto no se ha podido aportar ninguna prueba racional de su existencia o de su ausencia que no haya sido razonablemente refutada». 

¿Cuál puede ser, entonces, una solución al problema de Dios?, se pregunta Arjomandi. “Las pruebas filosóficas han demostrado que la idea de un ser supremo, de una causa primera o de la unidad de los fenómenos en un único Todo es una idea que se nos revela lógica y racionalmente necesaria, inexorable; pero de la necesidad de una idea no se puede deducir la existencia de su referente fuera del pensamiento”, escribe. “Karl Popper y otros han demostrado que todo nuestro conocimiento científico descansa, entre otras cosas, sobre el principio de razón suficiente (todo lo que ocurre tiene, al menos, una explicación suficiente, aunque la desconozcamos). Sólo cabe un único tipo de razón suficiente para la referida necesidad racional de la idea de Dios: que postulemos la existencia de Dios también fuera de nuestro pensamiento. El hecho de que nuestra razón no pueda, desde el punto de vista lógico, sustraerse de la idea de un Ser supremo nos obliga a aceptar el axioma de que ese Ser existe”.

“Las pruebas filosóficas han demostrado que la idea de un ser supremo, de una causa primera, es una idea que se nos revela lógica y racionalmente necesaria; pero de la necesidad de una idea no se puede deducir la existencia de su referente fuera del pensamiento”. Arash Arjomandi

"Sapiens. De animales a dioses", de Yuval Noah Harari, publicado por Debate.
«Sapiens. De animales a dioses», de Yuval Noah Harari, publicado por Debate.

La tesis que Yuval Noah Harari, historiador y escritor israelí, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, sostiene en su libro Sapiens es que nuestra especie prevaleció por su capacidad de creer en ficciones compartidas, en construir conceptos «inventados» y convertirlos en verdades (el dinero, por ejemplo) y creer firmemente en ello. La religión, dice Harari, es una de estas ficciones compartidas.

El filósofo Frédéric Lenoir explica las dos dimensiones esenciales que tiene la religión, que se cruzan: una horizontal, “que tiende a unir a los hombres entre sí”, y otra vertical, “que une al ser humano con el mundo invisible, con una trascendencia”. Todos intentamos llenar un vacío, buscamos certidumbres, algo que nos dé respuestas, que nos permita ir más allá… ¿Es por eso por lo que existen las religiones y existen en cualquier lugar del planeta? “Necesitamos explicar cosas que no entendemos”, nos responde José Antonio Marina, que ha publicado recientemente Biografía de la humanidad, junto al historiador historiador Javier Rambaud, editado por Ariel. “Necesitamos dominar fuerzas que son muy poderosas. El cuerpo humano es una máquina de relacionar cosas y necesita darles explicación. Los niños ya nacen con un principio de causalidad y es muy verosímil que ocurriera lo mismo antes. Es decir, ya esperan ciertas cosas. Y necesitan introducirlas, explicar unas cosas con otras, de manera que, para explicar unos sucesos de la naturaleza, utilizarían las cosas que tuvieran más a mano. Por ejemplo, ‘si el jefe es el que manda, las tormentas deben de tener un jefe que dé orden de que suceda’”.

Las grandes religiones tienen un modelo moral basado en la benevolencia de Dios, la necesidad de ayudar al prójimo, etc. Y, sin embargo, en nombre de esos mismos valores se han hecho auténticas barbaridades. Si Dios existe, si es todopoderoso y es bondadoso, ¿por qué permite el mal? Y si lo permite, ¿es bondadoso? Aunque las respuestas a lo largo de la historia a estas cuestiones las veremos más detenidamente en el segundo capítulo de este dosier, veamos aquí las aportaciones de dos pensadores actuales, Harari y Marina.

Yuval Noah Harari reflexiona en Sapiens acerca de cómo el monoteísmo ha explicado que un Dios todopoderoso y omnipresente pueda permitir tanto sufrimiento en el mundo. La explicación, señala, está en que Dios permite el libre albedrío al ser humano; es precisamente esta libertad la que le permite elegir el mal. Para las religiones dualistas es más fácil explicarlo. El dualismo cree que el universo es un campo de batalla entre dos fuerzas: el bien y el mal, que están en constante lucha. El dualismo, por tanto, resuelve el mal, pero no consigue explicar cómo es posible que, si el universo está en una lucha continua, pueda existir un orden superior. El monoteísmo, al contrario, sí puede explicar el orden, pero el mal le desconcierta. Hay una manera lógica de resolver el acertijo, escribe Harari: argumentar que “hay un solo Dios omnipotente que creó el universo entero… y que es malvado. Pero nadie en la historia ha tenido el estómago para tal creencia”.

Un proceso de espiritualización y de refinamiento ético y moral

“La importancia de la religión, como fenómeno originario, se utilizó para una tarea que es la que produjo la aparición real del ser humano, cuando este se sometió a un proceso de ‘autodomesticación’ –nos dice el filósofo José Antonio Marina–. Es el mismo esquema que ves cuando nosotros adiestramos a un animal. El animal tiene su cerebro y nosotros –desde fuera, porque tenemos un nivel superior– conseguimos modificar su comportamiento mediante el adiestramiento. Es muy probable que, con la especie humana, que es una especie impulsiva –como todos los animales–, que, igual que todos los primates superiores, está acostumbrada a jerarquías y a controlarse por presión del grupo, lo hayamos desarrollado realmente seleccionando a los homínidos que eran más dóciles, más capaces de colaborar con los demás y más rápidos en aprender. Eso fue produciendo un fenómeno de control de los propios impulsos, y ahí la religión tuvo un papel importante por la carga emocional que tiene”.

Frédéric Lenoir explica las dos dimensiones esenciales de la religión: una horizontal, “que tiende a unir a los hombres entre sí”, y otra vertical, “que une al ser humano con el mundo invisible, con una trascendencia”

"Biografía de la humanidad", de José Antonio Marina y Javier Rambaud, editado por Ariel.
«Biografía de la humanidad», de José Antonio Marina y Javier Rambaud, editado por Ariel.

“Pero si hay un momento –y eso suele contarse menos en la historia de las culturas– al que los expertos en historia de la religión dan mucha importancia, es cuando aparece lo que llamamos la era axial –continúa explicándonos José Antonio Marina–. Un periodo de tiempo bastante amplio donde las religiones, en lugares distintos, sufren un proceso de espiritualización y de refinamiento ético y moral, surgiendo figuras como Zoroastro, Buda, Confucio, Sócrates y, como elementos puramente religiosos, Jesús de Nazaret y Mahoma. Ahí hay un proceso de espiritualización de la religión que consiste en que Dios es bueno, porque en un principio no lo era. Dios era poderoso, pero tardó muchísimos siglos en aparecer como bueno. Surge entonces un problema con la espiritualización de las religiones: llega el momento en que estas se interrelacionan con el poder, y es entonces cuando cambian. En el cristianismo el cambió se produjo en el siglo IV, cuando pasó a ser la religión oficial de Roma con el emperador Constantino. De esta manera, la religión pasa de ser una forma de creencia que apelaba a la convivencia de los individuos y la perfección de cada uno de nosotros a aliarse con el poder, perdiendo esa especie de ‘respeto’ a la libertad de conciencia. Y piensan: esto hemos de imponerlo por la fuerza. Y eso podemos verlo en todas las religiones monoteístas. En las orientales solo a ratos, porque en ese sentido son mucho más laxas. Un caso bastante próximo es el de Lutero, que cuando se separa de la iglesia católica lo hace apelando a la libertad de conciencia y de análisis de la Biblia. Pero en cuanto se alía con los príncipes alemanes pide la Inquisición. De manera que la gran perversión de las religiones es cuando se alían con el poder político, y eso podemos decir que es una constante universal”.

8 claves para conocer al Dios de las distintas religiones

1 El antiguo Oriente Medio era mayoritariamente politeísta. Adoraban a diferentes dioses. Entre esta mezcla de culturas y creencias politeístas surgió una única gran tradición que con el tiempo crearía las bases de las tres grandes religiones del mundo: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Estas tres religiones están vinculadas a una tradición religiosa común que se remonta a tiempos del profeta Abraham. La diferencia fundamental que distingue a estas tres religiones es el concepto unificador del monoteísmo: creen en un único Dios, todopoderoso, creador y sustentador del universo.

2 Abraham trajo la fe monoteísta, que propugnaba las exigencias morales y la adoración de un único Dios, regidor de todo. Esta creencia en un solo Dios subrayó la idea de que Dios tenía un plan divino para la humanidad, y los actos y los ideales del Pueblo Elegido estaban unidos a este plan.

3 Estas tres religiones comparten la creencia de que a través de la oración, y estableciendo una relación con Dios, el individuo puede alcanzar la bondad y estar en paz consigo mismo. Esta es la raíz fundamental de toda oración en una religión monoteísta. El Creador Todopoderoso es un Ser preocupado activamente por las acciones de sus criaturas.

4 El islam y el cristianismo creen en Jesucristo como profeta –intermediario entre la humanidad y la divinidad–, el judaísmo no. Para los judíos, la profecía terminó 400 años antes de la época de Jesús; el último profeta en la tradición judía fue Malaquías.

5 La diferencia entre el judaísmo y el cristianismo tiene que ver con la idea de Jesús como mesías, salvador enviado por Dios y anunciado por los profetas (los judíos no creen que lo fuera), no con la figura de Jesús en el sentido histórico. Ambas religiones comparten la idea de Jesús, pero difieren en la idea de Cristo.

6 El islam y el cristianismo reconocen la santidad de Jesucristo. Para el islam, Jesús es el hijo de María, pero no de Dios. Para el cristianismo, Jesús es el Hijo de Dios y, por extensión, su encarnación.

7 El hinduismo se describe con frecuencia como una religión politeísta, porque los hinduistas adoran a diferentes dioses, sin embargo puede considerarse monoteísta porque cree en un Dios Supremo, Brahman, cuyas cualidades y formas son representadas por la gran cantidad de deidades que emanan de él.

8 Siddharta Gautama, Buda, el fundador del budismo, la religión sin Dios, niega que el Universo haya sido creado por una deidad y establece que las preguntas sobre el origen del mundo no tienen ningún valor. Propugna el nirvana como la extinción de la frustración propia de la condición humana, la aversión del apego y lo efímero que existe en el mundo. Se consigue llegar a él a través de la meditación y el conocimiento, que llenan de vitalidad cuerpo y alma.

¿Cuestión de fe o de ciencia?

"Dictamen sobre Dios", de José Antonio Marina, publicado por Anagrama.
«Dictamen sobre Dios», de José Antonio Marina, publicado por Anagrama.

Al hablar sobre su libro Dictamen sobre Dios, José Antonio Marina explica que la historia nos ha dejado como herencia dos círculos: el sagrado y el profano. El primero, dice, se construye sobre la experiencia religiosa y se basa en evidencias privadas; el círculo profano, cuya máxima elaboración es la ciencia, se corrobora por la experiencia y hace referencia a  evidencias públicas, universalmente repetibles y que permiten prever acontecimientos. «Las complejas relaciones históricas entre ciencia, religión y ética se pueden solucionar desde la teoría de los dos niveles de la verdad (privado y público) –señala Marina–. De esta teoría puede deducirse un principio ético de la verdad: en todo lo que afecta a los seres humanos o a asuntos que impliquen a otra persona, una verdad privada –sea individual o colectiva– es de rango inferior a una verdad universal en caso de que entren en conflicto. Es necesario que todas las iglesias acepten este principio porque es el punto de partida para fundar unas nuevas relaciones de la religión con la ética y la ciencia”.

Albert Einstein dijo que “la ciencia sin religión es inútil y la religión sin la ciencia está ciega”. Hoy Dios y ciencia ocupan cada uno su lugar. A principios del siglo XVI, la Iglesia rechazaba los estudios del astrónomo polaco Nicolás Copérnico, porque eso de que el Sol fuera el centro del universo y los planetas giran a su alrededor no gustó nada. Las investigaciones de Copérnico establecían la existencia de un sistema astronómico heliocéntrico en el cual la Tierra giraba alrededor del Sol, en oposición con el tradicional sistema tolemaico, en el todos los cuerpos celestes se movían en torno a nuestro planeta. Su figura y su obra Sobre los movimientos de los cuerpos celestes, en la que trabajó más de 20 años, inauguraron la revolución científica.

Un siglo después, el físico, astrónomo y matemático italiano Galileo Galilei descubre a través del telescopio que las teorías de Copérnico son ciertas; que la Luna no es perfecta como creía la teoría aristotélica, que tiene manchas, valles, montañas…; que hay cuerpos celestes orbitando alrededor de Júpiter… Su defensa inamovible de que el Sol era el centro de todo y no la Tierra fue un triunfo para la ciencia y la razón del oscurantismo cultural y religioso de la época. Pero a él le supuso que la Inquisición le acusara de hereje y lo condenara a arresto domiciliario de por vida.

A principios del siglo XVI, la Iglesia rechazaba los estudios de Copérnico sobre que el Sol fuera el centro del universo y los planetas girasen a su alrededor, una teoría que Galileo confirmó un siglo más tarde

"Memorias y epistolario íntimo", de Charles Darwin, de Ediciones Ulises.
«Memorias y epistolario íntimo», de Charles Darwin, de Ediciones Ulises.

En 1859, el naturalista inglés Charles Darwin publica El origen de las especies, que echa por tierra la idea del Dios creador. El libro introduce la teoría científica de la evolución a lo largo de la historia mediante la selección natural. El darwinismo afirma que el hombre y los primates tenemos un antepasado común; el creacionismo, por su parte, asegura que el hombre fue creado directamente por Dios. “En mis fluctuaciones más extremas jamás he sido ateo en el sentido de negar la existencia de Dios”, decía sin embargo Darwin en sus Memorias y epistolario íntimo, de Ediciones Ulises, una selección de escritos entre los que hay textos autobiográficos, recuerdos de su hijo Francis Darwin y mucha correspondencia familiar y científica. “Creo que en términos más generales (y cada vez más a medida que me estoy haciendo más viejo), aunque no siempre, agnóstico sería la descripción más correcta de mi actitud espiritual”. Según publicaba Aleteia en octubre de 2015, unos días antes se subastó en Nueva York una carta de puño, letra y firma del propio Darwin, fechada el 24 de noviembre de 1880, en la que afirmaba no creer en la versión de la creación ofrecida por la Biblia y declaraba su agnosticismo en relación con la fe cristiana. “Lamento tener que comunicar que no creo en la Biblia como una revelación divina y, por lo tanto, tampoco en Jesucristo como hijo de Dios”, escribía.

En 1966, el antropólogo canadiense Anthony Wallace aseguraba que la religión iba a desaparecer a manos de una ciencia que cada vez avanza más: “La creencia en poderes sobrenaturales está destinada a desaparecer en todo el mundo como consecuencia del crecimiento del conocimiento científico y de su cada vez mayor acierto y difusión”. De momento, sus predicciones han fallado. Ha pasado todo lo contrario. “La secularidad no solo no ha conseguido mantener su avance global, sino que hay países que han sustituido sus gobiernos laicos por gobiernos religiosos y han vivido el auge de influyentes movimientos religiosos. La secularización tal y como la predijeron las ciencias sociales ha fracasado”, decía Peter Harrison, director del Instituto de Estudios Avanzados en Humanidades de la Universidad de Queensland (Australia) y autor de Los territorios de la ciencia y la religión, según recogía el suplemento Papel del diario El Mundo. “La religión no va a desaparecer en un futuro próximo, ni la ciencia la destruirá. Si acaso, es precisamente la autoridad de la ciencia la que cada vez está más amenazada, así como su legitimidad social. Por ello necesita tantos amigos como pueda conseguir. Alguien debería aconsejar a quienes la apoyan que dejen de buscar un enemigo en la religión y de insistir en que el matrimonio entre ciencia y secularidad es el único camino hacia un futuro seguro”.

Dios aquí y ahora, ¿Dios en crisis?

"Un extraño en nuestra casa", de Lluís Duch, publicado por Herder.
«Un extraño en nuestra casa», de Lluís Duch, publicado por Herder.

Y mientras vamos de camino a ese futuro al que hacía referencia Harrison, el hoy, el aquí y ahora. ¿Cuál es el estado de la religión en nuestros días? ¿Y la búsqueda de Dios? Mucho se ha hablado de su crisis, pero esta, parece, nunca llega a ser la definitiva. Según explica Lluís Duch, antropólogo, doctor en Teología y monje benedictino, recientemente fallecido, en Un extraño en nuestra casa, publicado por Herder en el año 2006, “a pesar de la incontestable actualidad y profundidad de la crisis de la Iglesia (de las confesiones cristianas), que afecta muy especialmente al cristianismo europeo (católico y protestante), no creemos que, en relación con el mensaje cristiano, la crisis de lo eclesiástico sea el aspecto más preocupante del momento presente. La crisis de la Iglesia es consecuencia directa de la crisis actual de la imagen de Dios». En los años veinte del siglo pasado, Max Weber, después del trauma de la Primera Guerra Mundial, decía que «nos ha tocado vivir en un tiempo que carece de profetas y está de espaldas a Dios». Más recientemente, el teólogo alemán Peter Hünermann señalaba que, en Europa, «Dios se ha convertido en un extraño en nuestra propia casa», como refleja el título del libro del antropólogo. Duch explica cómo se ha producido un giro: el Dios dado por supuesto de la cultura occidental se ha convertido en un Dios extraño, ajeno, distante, lejano y, para muchos, incluso inexistente. “La modernidad ha socavado todas las certidumbres que se daban por sentadas. Y lo ha hecho no sólo debido a los avances de la ciencias y la tecnología, sino también debido a la pluralización del entorno social moderno”. Y aquí Duch echa mano de tres pensadores: uno francés, otro rumano y otro alemán. Recuerda las palabras del francés Jean-Louis Viellard-Baron, profesor de Filosofía de la Religión del Institut Catholique de París, cuando dijo que “en Occidente, la ausencia de referencias a un Dios personal parece caracterizar las tendencias religiosas del hombre actual”; las del filósofo Cioran: “Cuanto más se alejan los hombres de Dios, más avanzan en el conocimiento de las religiones”; y las del teólogo alemán Johann Baptist Metz: “Hoy existe una especie de crisis general de la Iglesia, de hastío de la Iglesia. Pero esa crisis, por importante que sea, me parece secundaria. De lo que se trata hoy, a mi juicio, es de algo mucho más profundo, de una especie de “crisis de Dios”. Quizá también podría hablarse de una especie de hastío de Dios”.

El antropólogo y doctor en Teología habla de una especie de “religión sí, Dios no” actual, en el que el “no” no tiene el significado del ateísmo. Lo religioso cuenta hoy con muchas caras y muchas manifestaciones diferentes. Lo explica así: «Existe una religiosidad invisible o difusa que prescinde de las mediaciones de las instituciones religiosas especializadas, que antaño fueron los únicos intermediarios reconocidos entre Dios y los hombres. Por eso creemos que lo que ahora realmente está en crisis es el Dios cristiano. Se está produciendo una situación que no tiene precedentes próximos en nuestra cultura: la separación, cada día más tajante, entre la ‘cuestión de Dios’ y la ‘cuestión de la religión’”.

«Hoy Dios se sitúa en el nivel de los interrogantes y no en el de las certezas, y esto implica que la cuestión de Dios no puede reducirse a un simple ‘dato’ de nuestro mundo exterior o interior, sino que el deseo y la búsqueda son ya la misma respuesta a esta cuestión». Lluís Duch

Lluís Duch señala que se ha producido un desencantamiento de la jerarquía como principio y fundamento del orden religioso, político y social. En la actualidad, dice, para un número muy importante de personas, al contrario de lo que sucedía en otras épocas, Dios se sitúa en el nivel de los interrogantes y no en el de las certezas, y esto implica que la cuestión de Dios no puede reducirse a un simple ‘dato’ de nuestro mundo exterior o interior, sino que el deseo y la búsqueda son ya la misma respuesta a esta cuestión, “tal vez la única respuesta posible y, aun, en clave provisional y transitoria”.

Más que las respuestas, el meollo de la cuestión de Dios es la pregunta. Esa es la conclusión a la que llega Duch. “Una pregunta insistente, inscrita, a menudo dramáticamente, en las profundidades de ese ser finito con apetencias de infinito que es el hombre, cuyas respuestas, positivas o negativas, siempre se hallarán afectadas por la provisionalidad que lo caracteriza. Porque este extraño ser que, según la feliz expresión de Rainer Maria Rilke, siempre se encuentra despidiéndose, nunca podrá dejar de interrogarse sobre de dónde viene y a dónde se encamina: ¿hay alguien que nos espera en la otra orilla del río? (Unamuno), ¿se reduce el conjunto de la existencia humana al azar?, el ser humano, ¿está completamente abandonado a su suerte? En un tiempo de banalización creciente de lo humano, la persistencia, la tozudez de los interrogantes fundacionales del ser humano, al margen del contenido de las respuestas, también muestra la seriedad con que se ha de plantear la existencia humana más allá de los tópicos y las modas de nuestro tiempo”.

Las religiones en feliz comunión

El pensamiento del filósofo y teólogo catalán Raimon Panikkar –cuyas Obras completas publica Herder– fue un diálogo intercultural e interreligioso, un puente que unía Oriente y Occidente y por el que las ideas fluían en ambas direcciones. Para Panikkar, ninguna religión goza del monopolio de la Religión. Él distingue entre religión y religiones, y subraya la ambigüedad de la palabra “religión”, que en singular representa la apertura del hombre al misterio de la vida y en plural se refiere a las diferentes tradiciones religiosas.

En el epílogo a su libro Dios, editado por Kairós, Frédéric Lenoir escribe: “Puedo llamarme cristiano y celebrar el Sabbat con mis amigos judíos, o alabar a Alá con mis amigos íntimos”. El profesor de filosofía Gabriel Aznair, colaborador de Filosofía&co., le preguntó cómo conciliaba esto, y esta fue la respuesta del filósofo francés: “Yo creo que hay un misterio en la vida y en el universo y a mí me conmueve enormemente ese misterio. Puedo amarlo de manera positiva, pero no creo que Dios se nos revela en la Biblia o en el Corán. En ese sentido no soy un cristiano, al menos no tal como lo entienden los judíos, los cristianos y los musulmanes. Porque ellos creen en un Dios personal que se revela a los hombres a través de sus libros sagrados, y yo no creo en eso. Yo creo que existe una trascendencia, una fuerza superior que llamamos ‘Dios’, pero no creo que se revele de manera especial a través de ningún libro; pienso que todos los seres humanos están habitados por esta fuerza superior, esta gracia. Para mí hay múltiples revelaciones; los budistas también pueden ser tocados por este misterio, igual que los cristianos o los musulmanes. En este sentido no podemos decir que soy ‘un creyente’, pero a diferencia de Onfray o de Comte-Sponville, yo no soy materialista, soy espiritualista, estoy más próximo a Spinoza. Yo, como él, soy panteísta: creo que hay un espíritu o fuerza que anima el universo y tiendo a espiritualizar el mundo más que a materializarlo. Creo que hay algo que nos trasciende, que hay una vida tras la muerte, y que la consciencia no se acaba aquí. No creo que esta resida en el cerebro; creo que las experiencias cercanas a la muerte son ciertas. En este sentido soy espiritualista, pero no soy un creyente religioso, no creo en una revelación particular”.

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1 COMENTARIO

  1. Mi ilustre antepasado, el Pepe Cueva en el principio de los tiempos, paseaba por su lujosa caverna cuando sintió un ruido atronador mientras el suelo temblaba, dejó por un momento de hacerse esas raras preguntas que siempre lo acuciaban y distraían tales como: ¿quién soy? ¿de donde vengo? ¿qué es el cosmos? y otras menudencias por el estilo. Salió y con gran estupefacción vio que la montaña de al lado había entrado en erupción. Claro que el no conocía esta forma de hablar, el les decía a su clan que la montaña se había enojado y que evidentemente el ente o ser que la moraba se había enojado y era inmensamente poderoso, era un dios y que ese enojo se debía seguramente a que algunos del clan se habían portado mal… Y allí nació la primera religión madre de todas, el animismo. Quizás no fue el dios de la montaña el primer dios. posiblemente fue el sol, la luna, el mar, etc. Los dioses nacen del miedo en especial del miedo a la muerte y a lo desconocido y la ignorancia. entonces para cubrir el vacío del desconocimiento, inventamos al dios de los huecos, que es la verdadera esencia de todos los más de 6000 dioses que a lo largo de la historia hemos creado ya con fines más sutiles y más terrenales. Esta religión permanece viva en todas los posteriores hasta las últimas. Otro de los componentes deviene de que nuestra mente aborrece el vacío, la duda, no les gusta vivir en la pregunta y ha usado el «poder» del pensamiento mágico para sumar dioses y dogmas religiosos. Además se suma al deseo por carencia de control sobre la vida y como el paradigma de control es relativo y efímero, el humano busca controlar su vida sus congéneres su entorno y eso nos lleva a buscar un superhombre en la cumbre de la evolución, con todos los dones, una figura poderosa patriarcal para que nos cuide y nos diga lo que tenemos que hacer, los padres amados. Creer, tener fe no es saber y comprobar. Creer es fácil, instantáneo y no le interesa probar nada. Saber, en cambio, es largo, arduo, requiere esfuerzos muy grandes, pero es lo que nos permitido evolucionar y nos ha traído hasta aquí. Los muchos dioses y sus muchas religiones solo han traído genocidio, guerras, torturas, perjuicio, crímenes y demás males. Para colmo, las religiones siempre han tratado de ligar ciencia con religión para legitimarse… y muchos muy inteligentes lo han intentado tratando de probar la existencia de dioses, demonios, ángeles, milagros, almas, espíritus, milagros, sanadores espirituales y demás fantasmones desde antiguo y… han fracasado siempre. Pero el temprano adoctrinamiento que nace del abuso parental con el bautismo y posterior presión familiar y social obra como un lavado de cerebro, deja atrás el hecho incontrovertible que venimos al mundo sin dioses ni dogmas, es decir ATEOS.

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