Armando González Torres, poeta y ensayista mexicano.
Armando González Torres, poeta y ensayista mexicano.

Nos dice el poeta y ensayista mexicano Armando González Torres que la filosofía y el verdadero intelectual «se forman con y contra la cultura de su tiempo, diseccionan cualquier información, rechazan las protecciones sociales o gremiales y se colocan a la intemperie de los feudos del conocimiento». Hablamos con él sobre pensamiento, mística, utopías… Y sobre literatura y poesía, que, dice, tienen muchas afinidades con la filosofía.

Por Julieta Lomelí

He tenido la fortuna de conversar con Armando González Torres (Ciudad de México, 1964) sobre sus libros que iluminan ese gran manto estelar que él ha logrado tejer junto con la filosofía, la poesía y la literatura, dándole la contra a las exigencias escriturales de la academia, del paper, pero también huyendo de cualquier creación estridente que esté inmersa en la dictadura de las mafias culturales tan comunes en el contexto mexicano. La escritura de Armando —siempre filosófica, siempre transparente, siempre bella— no sacrifica profundidad ni estética en aras de obtener la frívola corona de cualquier islote del pensamiento.

Armando González Torres es un pensador extraterritorial que puede navegar por varios océanos sin tener que seguir la brújula ni el faro de cualquier otro marinero. Expresa con un estilo literario temas filosóficos de gran envergadura, asunto que a veces el filósofo recluido en el islote de su estudio universitario no perdonaría. González Torres nos da la esperanza de que la filosofía y el verdadero intelectual aún —como él mismo escribe en alguno de sus libros— «se forman con y contra la cultura de su tiempo, diseccionan cualquier información, rechazan las protecciones sociales o gremiales y se colocan a la intemperie de los feudos del conocimiento».

Armando González Torres expresa con un estilo literario temas filosóficos de gran envergadura, asunto que a veces el filósofo recluido en el islote de su estudio universitario no perdonaría

Usted es, a diferencia de muchos filósofos y escritores, un pensador en el sentido más amplio de la palabra. Su pluma está cargada de mucha tinta para dibujar múltiples mundos filosóficos y poéticos. Me sorprende el talento que tiene para dominar distintos géneros literarios: en sus letras es posible leer desde poesía, ensayo filosófico, atravesando también por el ensayo creativo, hasta llegar al puerto de la literatura aforística. Escribir aforismos no es labor sencilla, a veces resulta más difícil que la prosa de largo aliento. Un fragmento bien logrado nos lanza a una profundidad de sentido en pocas líneas, y nos recuerda que grandes filósofos —de hecho, los más leídos por un amplio público— han escrito con estilo —como diría Gómez Dávila— «corto para no hastiar». Sin embargo, la filosofía más contemporánea, sobre todo la que se hace en las universidades, ve con malos ojos la audacia de quienes se atrevieran a escribir nuevamente filosofía, desde un estilo más libre y estético, como lo hicieron los «monstruos» del pasado. ¿Qué piensa del vínculo entre filosofía y literatura fragmentaria, que no es otra cosa que la pregunta por la filosofía y su nexo indisoluble con la literatura, con la creación, con la poesía?
Muchas gracias por esta generosa opinión. La filosofía y la literatura tienen muchas afinidades. En sus albores la filosofía está muy próxima a la poesía, como en los presocráticos. La antigüedad considera a la poesía como una forma de conocimiento sensible capaz de instruir al individuo y fortalecer el cemento social, y es Platón quien, preocupado por la ambigüedad de la poesía y en busca de un lenguaje más preciso, decreta la expulsión de los poetas de su República ideal. Sin embargo, a lo largo de la historia literaria hay sobrados ejemplos de la peculiar función cognoscitiva que puede jugar la literatura y de la capacidad y dignidad de la imaginación para indagar en la vida interior, la moral, los fenómenos naturales y los procesos sociales. Por lo demás, la literatura, con otras herramientas, constituye también una poderosa forma de intelección y especulación y desde De la naturaleza de las cosas, de Lucrecio, hasta El cementerio marino, de Paul Valéry, puede observarse la capacidad de la poesía para explorar el mundo, con no menos rigor que otras disciplinas.

En particular, el aforismo o la literatura fragmentaria me llaman la atención por su paradójica evolución. En sus orígenes, el aforismo se erige como un género de índole edificante, que busca plasmar un conocimiento de manera concisa, persuasiva y didáctica en sentencias que lo mismo disertan de medicina o agronomía que de cosmogonía y conducta. De hecho, la definición del aforismo que todavía brinda el diccionario, como una «sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte», responde a esta añeja concepción.  

Sin embargo, la riqueza del aforismo y la literatura fragmentaria contemporánea radica precisamente en la tensión entre su propensión dogmática y utilitaria y su carácter indeterminado y abierto. Particularmente el aforista moderno —pienso en Cioran, Gómez Dávila o Canetti— tiende a rechazar respuestas categóricas, no intenta afirmar, sino señalar, testimoniar, avizorar. El aforismo suele concebirse entonces como una forma de escritura fragmentaria y versátil que remite a un conocimiento inconcluso, a una intuición sin explotar o a una revelación en ciernes. Por ello, el aforismo suele admitir una amplia serie de subgéneros y modalidades, lo mismo una sentencia de Gracián, orientada a la moral práctica, que un fragmento de Novalis, que aspira a la iluminación, que una greguería de Ramón Gómez de la Serna, que una de las voces de Antonio Porchia, próxima al extravío poético o un apunte de Conolly, teñido de nostalgia y lirismo. 

Lo que llamamos aforismo, pues, se vuelve multifuncional y, sobre todo, se erige como uno de los géneros más introspectivos de su propia materia, que usa y cuestiona el lenguaje, que transmite ideas pero las critica, que se desdice de lo que dice al decirlo. El aforismo es, entonces, pensamiento y argumento, pero también sus contrarios: quiebra del concepto, desestabilización del significado, suspensión del juicio. Se trata de una forma de ascetismo y ejercicio del pensamiento que lo mismo invoca al raciocinio que a la inspiración, al ingenio que al disparate. Esa paradójica convivencia entre el ansia de saber y el desencanto del conocimiento, entre el afán de contundencia y la tentación del silencio, hace del aforismo uno de los géneros más emocionantes, pues vuelve patentes las contradicciones íntimas del lenguaje y del conocimiento que se revelan, a veces dramáticamente, en los intentos mismos de articulación sintáctica e intelectual. 

«La filosofía y la literatura tienen muchas afinidades. En sus albores la filosofía está muy próxima a la poesía, como en los presocráticos»

¿Cree que la filosofía ha perdido la oportunidad de hacer algo más significativo desde la «conquista» del linguistic turn?
A mí me parece muy importante una de las intuiciones de las que parte este giro, que es la de advertir la opacidad del lenguaje y el hecho de que este no es un instrumento neutro. En ese sentido, el análisis del lenguaje y la búsqueda de determinar con una mayor claridad y rigor los límites de lo «decible» es una empresa intelectual muy significativa que, por lo demás, tiene paralelos con muchos afanes literarios modernos. También es cierto, sin embargo, que el afán de objetividad, la mimesis de las ciencias duras, la sofisticación de su metodología y la abstracción de su estilo y el escepticismo hacia otras tradiciones filosóficas puede conducir a quienes profesan esta escuela a dar menos importancia a otras temáticas, más cercanas a los dilemas de la vida buena o las incertidumbres y tribulaciones existenciales del individuo, que habían estado muy presentes en la filosofía del pasado. Quizá es natural; cuando una tendencia de pensamiento se convierte en dominante tiende a establecer sus métodos y clerecías y a limitar otras metodologías y perspectivas.

Aunque el giro lingüístico estuvo inicialmente inspirado por la filosofía de Ludwig Wittgenstein en su Tractatus logico-philosophicus, es paradójico como ese mismo Wittgenstein al final de su vida vuelve a girar, pero ahora hacia el lado opuesto de cualquier posible análisis objetivo y conceptual del lenguaje que utiliza en esos últimos textos. No parece seguir en esa resolución positivista y clara frente a la filosofía que necesita un método rígido y analítico para seguir avanzando, sino que le abre la puerta a la mística. Mucha de su labor me recordó eso que al Wittgenstein más «maduro» le hubiera encantado. Nos puede decir, desde su labor también muy crítica frente a ese positivismo intelectual, ¿qué papel ha jugado la mística en su obra? ¿Qué significa para usted la mística y cómo es que también se vuelve una pertinencia filosófica?
Creo que la mística puede ser una de las derivaciones naturales del arte o del pensamiento filosófico. En el caso del arte, este puede partir de la razón, pero, a menudo, la desborda y suele aspirar a la revelación, a una intuición de lo absoluto o del vacío. En particular, me interesa el papel de la mística y su lugar, al mismo tiempo esencial y marginal, dentro del cuerpo de las religiones. Porque el místico está lejos de constituir una feligresía apacible o un brazo pedagógico de su Iglesia, más bien encarna una expresión religiosa, y un ánimo de conocimiento, poderosamente individual, y en muchas ocasiones ambivalente y desconcertante para el buscador de certezas. Los místicos frecuentemente han bordeado las fronteras entre lo sacro y lo profano, entre la razón y la iluminación, entre la indagación y la provocación. La intuición espiritual del místico raras veces es inteligible, se muestra muy a menudo de manera tosca, violenta y oscura, pero se trata de una de las formas más revivificantes de la fe. Quizá lo más significativo del ejemplo místico consiste en constatar que la experiencia religiosa no se enaltece con la obediencia ciega al dogma, sino, al contrario, con la duda, la imaginación y la desobediencia.   

Hay una frase que me gusta mucho de su libro Es el decir el que decide. Ahí escribe que «uno nunca sabe si tiene algo que decir, es el decir quien lo decide». Nunca supe si he interpretado bien dicho fragmento, pero el libro es una reflexión, entre otras cosas, de la naturaleza del lenguaje y el exceso de sentido que se puede encontrar leyendo entre líneas, pensando lo no dicho. ¿Qué nos puede decir de esta idea? ¿Cómo podríamos construir una verdad común que escape a la multiplicidad que a veces abre ese decir anárquico? ¿Será que aspirar al consenso en un sentido amplio es también una utopía?
Creo que el lenguaje poético vive una condición paradójica. Por un lado, ha experimentado un proceso de abstracción y disgregación que parece alejarlo de las mayorías, pero, por otro lado, aspira a conservar su antiguo poder de conmoción y comunión. En efecto, en la vida moderna, la función social de la poesía y la representación del poeta han sufrido mutaciones radicales. Si en la antigüedad la función histórica de la poesía consistía en fundir la experiencia personal con el arquetipo social, en la época moderna la poesía pierde su capacidad de convocatoria a nivel más amplio y se orienta, ya no solo al individuo, sino en ocasiones al mero lenguaje. Al dejar de ser una forma vigente de educación, socialización y formación personal, al resultar expulsada de la ciudad, la poesía restringe su ámbito de irradiación e influencia, aunque adquiere nuevas funciones.

Con ese desencanto del mundo, la poesía pierde mucho de su sacralidad o de su poder de convocatoria social, aunque gana en autonomía, es decir, logra su emancipación de otros imperativos de orden político o religioso y se enfoca a la búsqueda de una significación meramente estética. Esta poesía emancipada no siempre se asume como un lenguaje común y unitario que busque una comunicación emotiva o utilitaria y constituye, más bien, un extrañamiento deliberado del lenguaje, una desnaturalización. Dicha poesía, si bien parte de un patrimonio colectivo que es el lenguaje, se caracteriza por transformar dicho patrimonio, retirarle su inteligibilidad inmediata y darle un valor y una capacidad de concreción completamente distinta a la de la lengua habitual. Y, sin embargo, esta misma poesía puede ser curativa, articular solidaridades, generar momentos de comunión, consensos temporales aunque estos momentos no constituyan, como antaño, su principal cometido social, sino que son procesos casi milagrosos, que requieren el concurso y la complicidad del lector y que difícilmente son replicables en una receta.

«El lenguaje poético vive una condición paradójica. Por un lado, ha experimentado un proceso de abstracción y disgregación que parece alejarlo de las mayorías, pero, por otro, aspira a conservar su antiguo poder de conmoción y comunión»

Ahora que estamos en el tema de las utopías, que usted ha trabajado a lo largo de su labor intelectual de modo magistral, quisiera preguntarle sobre tu último libro, aún inédito, que retoma dicho asunto. ¿Desde qué aristas escribe sobre el tema de la utopía?
La utopía es un género ambiguo que juega con la literatura, la filosofía, la imaginación sociológica, el urbanismo y el ideal ascético. Pese a la industria académica que hay en torno a la obra de Tomás Moro todavía no se sabe a ciencia cierta qué era su utopía. ¿Una broma? ¿Un tratado en clave fantástica? ¿Un manifiesto político? Lo cierto es que, en 1516, Moro entrega a la imprenta en Holanda un opúsculo de largo título en latín, que ha pasado a la posteridad como Utopía. En ese libro, Moro, jugando con diversos géneros en boga en la época como la sátira moralista, las preceptivas de buen gobierno y los libros de viajes, imaginaba un archipiélago lejano en el que se había constituido un país ejemplar. En ese país, llamado Utopía, no había guerras, ni hambre, ni injusticia y sus habitantes vivían en digna austeridad y armonía. Moro contrastaba ese estado de cosas con la Europa, y particularmente la Inglaterra, de su tiempo y señalaba que el afán de acumulación y competencia constituían los generadores de todo mal social. Por eso, en su fantasía proponía una sociedad en la que no existiera la propiedad privada, se despreciara el dinero y las personas vivieran de la manera más sencilla y uniforme posible. En su país imaginario no había nobleza ni clases sociales, todas las funciones productivas y de gobierno se alternaban, las familias cambiaban cada tanto de casa a fin de evitar apegarse a los bienes materiales y se despreciaba profundamente la riqueza, al grado de que con el oro se fabricaban orinales. Lo más singular es que, cuando escribió este libro, Tomás Moro no era un un agitador aislado, sino que ya despegaba como un influyente político que comenzaba a ascender en la corte de su protector y, luego verdugo, Enrique VIII.

Como te decía, existe controversia en torno a si Moro creía o no en la posibilidad práctica de esta sociedad y, para muchos, su opúsculo simplemente era un divertimento que, con la exageración, buscaba fustigar afablemente la sociedad de su tiempo. Lo cierto es que su Utopía se convirtió en la inspiradora de una numerosa genealogía de obras literarias y políticas, así como de proyectos prácticos de reforma social. De hecho, mientras Moro todavía vivía y enfrentaba las fases más álgidas de su suplicio político, un lector suyo, el abogado español Vasco de Quiroga, que había venido a la Nueva España, al observar la crueldad de la servidumbre de los indios, decidió establecer un modelo alternativo, aplicando a la letra el modelo utópico de Moro en algunas pequeñas comunidades de la ciudad de México y de Michoacán.

Utopía constituye, pues, una obra que marca secuelas en distintos campos y que ha designado, no solo un lugar imaginario, sino una facultad de la imaginación humana que consiste en oponerse al principio de realidad. De modo que, más que definirse por su forma o su sustancia, la utopía representa esta capacidad humana de negar que la realidad constituya una fatalidad y de proponer escenarios y formas de organización más propicios para integrar valores éticos y estéticos en la esfera social y vivir una vida buena. Por supuesto, no todos concuerdan con el carácter positivo de la utopía y hay quienes la ven como un género tóxico. Para los adversarios de la utopía, este género busca la realización humana; sin embargo, a menudo entraña una sobrevaluación de las capacidades de reforma y un enorme miedo a la imperfección, por lo que se vuelve un género rigorista, ávido de seres obedientes y disciplinados. Así, como descendientes rebeldes de la utopía, surgen las distopías, esas obras que cuestionan la idea de perfectibilidad de la sociedad y el ser humano y describen los extremos de terror (o de ridículo) a que puede llegar esta ilusión.

La revisión de utopistas que hago en mi libro busca ofrecer una visión panorámica del género y rescatar algunos de sus protagonistas más carismáticos y desaforados. Porque muchos utopistas —pienso en Campanella, Fourier, Saint-Simon, Owen, Cabet, Noyes, entre otros— son seres excepcionales y excéntricos, cuyas vidas hacen pensar en la ficción más desbordada. En mi libro se aventuran aproximaciones a muy distintas dimensiones del fenómeno utópico: se abordan las utopías clásicas del Renacimiento y los esquemas de los tres grandes «socialistas utópicos»; se evocan los empeños de algunos artistas emblemáticos de la intención utópica, que data desde el Romanticismo, de fundir arte y vida cotidiana; se mencionan obras contemporáneas de ficción distópica y se evocan experiencias prácticas de utopías. Por ejemplo, hay un capítulo del libro en el que me ocupo de algunos experimentos sociales mediante los cuales intentaron materializarse las utopías en América, desde las calcas literales de la utopía que intentó implantar Vasco de Quiroga en sus pueblos hospitales hasta la controvertida comunidad de Oneida en Estados Unidos y su práctica del amor libre pasando por las reducciones jesuitas en Paraguay, las colonias utópicas europeas en Brasil o la urbe tan puritana como hiperdesarrollada de Topolobampo en el pacífico mexicano. Aunque ninguno de estos experimentos alcanzó a madurar y perdurar, me parece que constituyen gestas tan heroicas como pintorescas por aterrizar los ideales.

«Utopía, de Tomás Moro, constituye una obra que marca secuelas en distintos campos y que ha designado, no solo un lugar imaginario, sino una facultad de la imaginación humana que consiste en oponerse al principio de realidad»

En México hemos tenido también muchas utopías —algunas muy malogradas—. Pero a mí me interesa mucho la «utopía política» de principio del siglo XX, unida con una actividad estética importante: de las manos de los muralistas apoyados por el Estado, se pretendía enseñar y formar a un amplio sector de la población la historia del país, a la par de construir una identidad nacional fuerte, e inspirar a otros artistas a pensar y crear desde México. No sé si se logró lo de la identidad nacional, tampoco sé si soy muy adepta a los nacionalismos, pero sí estoy a favor de la inversión por parte del estado en la educación, el arte y la cultura. Sin embargo, aunque dicha época fue tierra fértil para el desarrollo de obras artísticas de calidad, que trascendieron también fuera del ámbito nacional, en la actualidad —al menos eso creo— algo nos está pasando, algo ha dejado de funcionar, no tenemos ni a la gran generación de escritores, ni tampoco a la gran generación de artistas plásticos, mucho menos nos ayudamos de ellos para generar una, si no identidad nacional, quizá sí reconstrucción del tejido social. ¿Será culpa de Internet? ¿Será culpa de la educación? ¿Será culpa del estado? ¿Usted qué piensa de lo que sucede en México? ¿Será que necesitamos una nueva utopía?
Tienes razón. A principios del siglo XX circuló poderosamente esta energía y este ánimo constructor. De hecho, el enorme atractivo de la Revolución Mexicana para muchos artistas mexicanos y extranjeros radica en ese aliento utópico que permite, en una época de desencanto de Occidente, imaginar la construcción de un nuevo hombre en una nación periférica. Este anhelo de renovación cultural adoptaba los rasgos de un nacionalismo cultural. Esto no es extraño, después de una revolución o de la creación de un nuevo Estado suele surgir este sentimiento que busca oponer la originalidad nacional a las pautas culturales externas, que reivindica las expresiones artísticas locales y las vincula a un propósito político. En el caso de México, el nacionalismo cultural tenía antecedentes antiguos, pero adquiere un impulso fundamental durante la etapa posrevolucionaria. Y es que el nacionalismo, para los regímenes de la Revolución, no solo es una elección estética, sino un instrumento fundamental para la consolidación del Estado laico, para la unificación ideológica de un país sumamente disperso y heterogéneo y para asegurar la hegemonía de la nueva clase política sobre otros grupos e instituciones.

El nacionalismo artístico posrevolucionario tiene algunos momentos brillantes, sobre todo en las artes plásticas y en la música, aunque creo que son muchas más sus distorsiones y limitaciones. En particular, el nacionalismo cultural se convirtió en un dogma agresivo y oficialista que satanizó otras perspectivas artísticas. La virulencia de las guerras culturales de la época, el asedio a los artistas «formalistas» y «cosmopolitas», el clima de censura y autocensura (la patética autoacusación de José Gorostiza por sus desviaciones «cosmopolitas») y la vacuidad y pobreza de muchos de los productos más típicos de la estética nacionalista muestran los problemas de un arte dirigido que quiere ser edificante e impulsar por sí mismo la reforma social. Creo que la actividad creativa contemporánea está lastrada por los imperativos del mercado y la trivialidad de los medios, pero de ninguna manera creo que una utopía política pueda redimirla, al contrario, la mezcla del poder político en los asuntos artísticos siempre entraña graves peligros.

«El enorme atractivo de la Revolución Mexicana para muchos artistas mexicanos y extranjeros radica en ese aliento utópico que permite, en una época de desencanto de Occidente, imaginar la construcción de un nuevo hombre en una nación periférica»

Filosofía & co. - Libros de Armando Gonzalez Torres
Diferentes libros publicados por Armando González Torres.

He leído muchas reflexiones suyas alrededor del tema de las mascotas. Dichas ideas siempre me han parecido una implícita y sutil invitación suya a la ética animalista. ¿Ha escrito o pensado escribir algún libro que trate solamente de ese tema?
Sí, es un tema que me interesa mucho. Los animales son omnipresentes en la vida y la imaginación humana. Las religiones antiguas son habitadas por una zoología híbrida en la que conviven animales, mezclas de animales y humanos o animales fantásticos. Por lo demás, la relación del humano con los animales, su estatuto físico y metafísico y las reglas para su usufructo han sido motivo de la discusión filosófica y, actualmente, existe una tendencia creciente a considerar el papel de los animales en el contrato social y sus derechos.  

En el caso de la literatura, hay testimonios muy antiguos de los lazos de cooperación y afectividad entre hombres y animales. Hay que recordar, por ejemplo, la importancia que tiene Argos, el perro de Ulises, en la Odisea. Dentro del elenco de héroes griegos, Ulises es atípico no solo por su astucia, sino por su ecuanimidad. En general los grandes héroes griegos son muy llorones, se trata de seres con las emociones a flor de piel y probablemente el manejo discreto de las emociones es la ventaja comparativa de Ulises. Sin embargo, cuando, tras su largo periplo después de la guerra de Troya, Ulises regresa disfrazado de mendigo a Ítaca, dispuesto a tomar venganza de los pretendientes que asediaban a su esposa, ninguno de sus enemigos o allegados, ni siquiera su hijo o su mujer, lo reconocen. Solamente su viejo compañero de juventud, el perro Argos, que yace bajo una mesa, decrépito, ciego y casi inválido, mueve la cola e intenta levantarse para saludar a su amo, quien por primera vez en sus largos años de aventuras y desventuras derrama una lágrima. De esta manera, no es un hombre, sino un perro, quien logra perturbar al más imperturbable de los héroes griegos.

En la poesía, la narrativa y otras expresiones literarias, los animales se han abordado a partir de muy distintas ópticas. Yo pensaría en cuatro principales: 1) desde el enfoque mitológico, se ve al hombre y al animal inmersos en un universo mágico donde hay una posibilidad permanente de mutación y metamorfosis; 2) ver a los animales como fuerzas indomables de la naturaleza que enfrentan al hombre en su labor de redención y civilización, como en Moby Dick; 3) verlos como alegorías de los vicios y virtudes humanas con las figuras zoomórficas de la fábula o la sátira; pienso en Esopo o Anatole France; y 4) como existencias individuales, significativas e intrínsecamente valiosas por sí mismas (en relatos o novelas protagonizadas por animales). Así pues, desde la Odisea hasta las aventuras del perro-narrador en Tombuctú de Paul Auster, pasando por las fábulas de Esopo o La Fontaine, El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes, El llamado de la selva y Colmillo blanco, de Jack London, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, Soy un gato, de Natsume Soseki, o Flush, de Virginia Woolf, existe una enorme fauna incrustada en la imaginación literaria.

Lo que yo estoy haciendo en mi libro son dos cosas: por un lado, escoger un ramillete de libros y autores que ilustren las distintas formas en que la literatura se relaciona con los animales, y por el otro, en la parte final, incluir algunos ensayos de mi propia relación con los animales. Es un libro muy heterogéneo, mucho más un divertimento, que una apuesta reflexiva coherentes y sistemática.

«La relación del humano con los animales, su estatuto físico y metafísico y las reglas para su usufructo han sido motivo de la discusión filosófica y existe una tendencia creciente a considerar el papel de los animales en el contrato social y sus derechos»

Hay muchas sugerencias en sus libros sobre la importancia de desarrollar una escritura honesta y transparente que nos permita conocernos a nosotros mismos. Tiene evocaciones muy bellas a Montaigne, a Baltasar Gracián y a este ejercicio helenístico de la escritura como una labor estoica de autoconocimiento. ¿Nos puede decir más al respecto? ¿Usted usa la escritura también como terapia individual? ¿Cómo es que ha logrado escribir de un modo tan libre, sin tener que adherirse a ningún grupo o mafia literaria, sin tener que sufrir las categorizaciones y exigencias de la escritura académica, ni tampoco temer por la censura de nadie, ni verse en la necesidad de alabar a un editor para tener que ser publicado?
Me gusta esta pregunta porque parte de ella nos orienta hacia una de las funciones afines de la literatura y la filosofía que es el consuelo. De hecho, es un tema que tú has tratado frecuentemente en tus artículos y reseñas y en el que coincidimos. Como lector aficionado de filosofía, casi siempre me he dirigido a la faceta por decirlo así terapéutica de esta disciplina, y como lector de literatura, a menudo también la consumo como solaz y alivio de las penas. De hecho, hace algunos años tuve una experiencia imborrable que me permitió constatar la facultad lenitiva de la literatura, en particular de la poesía. Hará unos diez años diseñé un taller de lectura y creación sobre el papel de la poesía ante la pérdida, la enfermedad y, sobre todo, la violencia. Se decidió que su título fuera ¿Cura la poesía?, pues buscaba remontarse a una antigua misión taumatúrgica de la poesía, olvidada en nuestros tiempos. Como sugiere Pedro Laín Entralgo en su bellísimo libro La curación por la palabra en la antigüedad griega, la poesía podía ser una de las muchas técnicas de auxilio al enfermo y, a diferencia del «arte muda» de la medicina, solía concebirse como una curación por la palabra.

La idea del curso consistía en introducirse a diferentes aspectos del dolor, desde la perspectiva de la gran poesía. Los aspectos del dolor abordados iban desde la pérdida y el duelo naturales hasta las desgracias surgidas de la violencia y las querellas humanas, desde las catástrofes inevitables hasta las calamidades provocadas.  Cada uno de estos aspectos del dolor enfrenta de lleno la fragilidad y ambigüedad de la condición humana y difícilmente puede abordarse mediante un mero discurso científico o sociológico. Ciertamente, uno de los efectos de la violencia es destruir e intoxicar los vínculos sociales. Al contrario, el arte, y en particular la literatura, contribuyen a identificar al lector con personajes y situaciones a las que la costumbre o el prejuicio etiquetan automáticamente como objetos amenazantes. La literatura puede coadyuvar a suscitar la empatía y mirar como ser humano al que sería la presa, la víctima, el extraño o el enemigo natural. Por eso, contrarrestar los devastadores efectos del miedo, la desconfianza y el rencor social requiere un esfuerzo bien organizado de apertura intelectual y emotiva que contribuya a confrontar los estereotipos temidos o despreciados y a dirimir resentimientos, y la poesía puede ser un vehículo fundamental en este sentido.

A lo largo del curso, se revisaban fragmentos de poemas clásicos de diversas tradiciones, no sólo de Occidente, así como algunas expresiones contemporáneas en torno al dolor causado, ya sea por la enfermedad o la guerra.  El abanico de lecturas abarcaba desde alusiones a Gilgamesh y La Ilíada o la poesía japonesa y árabe hasta lecturas de autores contemporáneos como Hector Viel Temperley, Raúl Zurita o Néstor Perlongher y sus experiencias de la enfermedad y la violencia política, pasando por las figuras de Giuseppe Ungaretti, T. S. Eliot o Paul Celan y su termómetro poético de la barbarie durante las grandes conflagraciones mundiales. No se trataba de profundizar en una gama tan amplia de épocas y autores, sino de brindar una visión panorámica de las coincidencias de diversas tradiciones y, sobre todo, de invitar a reflexionar sobre las diversas asimilaciones emotivas y poéticas del dolor y la violencia. Además de las lecturas de poesía, se recomendaban algunas lecturas filosóficas en torno al tema del dolor y el sufrimiento. 

La dinámica del taller era muy simple: se hablaba del contexto y las circunstancias del poema que correspondía discutir, se leían en voz alta fragmentos del poema y se comentaban colectivamente tanto los poemas como los textos complementarios. En algunas ocasiones, los participantes escribían por encargo textos sobre el dolor y la violencia. Tengo la impresión de que este curso, que se impartió en varias ciudades mexicanas, algunas históricamente afectadas por la violencia, no solo cumplió una función formativa y recreativa, sino que en muchas ocasiones fue profundamente catártico y contribuyó a que algunos de los participantes pudieran analizar y articular mejor su experiencia directa de los fenómenos del dolor y la violencia.

Si pensara, como Baudelaire alguna vez lo hizo, en algunos «consejos para jóvenes escritores», ¿qué les aconsejaría?
Aconsejaría ser muy cautos con las trampas de la propia vida literaria: los oficios y trabajos paraliterarios que consumen tiempo y energía; las complacencias de grupo que narcotizan la autocrítica, las posturas sectarias que despersonalizan el pensamiento, la bohemia que desgasta o el chismorreo que diluye y envilece.

«Hará diez años diseñé un taller de lectura titulado ¿Cura la poesía? Se impartió en varias ciudades mexicanas, algunas históricamente afectadas por la violencia. Este curso no solo cumplió una función formativa y recreativa, sino que en muchas ocasiones fue profundamente catártico y contribuyó a que algunos de los participantes pudieran analizar y articular mejor su experiencia directa del dolor y la violencia»

En su último libro publicado, La lectura y la sospecha, construye una ética de la creación, o al menos así me ha parecido a mí. Habla del escritor auténtico como quien «se forma con y contra la cultura de su tiempo, que disecciona cualquier información, que rechaza las protecciones sociales o gremiales y que se coloca a la intemperie de los feudos del conocimiento». En este sentido, quería preguntarle si considera que la creación puede ser también sometida a algún tipo de ética, o ser juzgada desde la ética. ¿Cómo juega la ética individual al crear una obra que podría ser o no juzgada por un futuro muy distinto al actual?
Pese a que la academia, la promoción cultural o el periodismo han implicado una opción profesional para muchos escritores, en general el escritor sigue siendo un espécimen difícil de asimilar por los diversos gremios y ello lo dota de una marginalidad, de una extraterritorialidad que, en los mejores casos, es propicia para alimentar su independencia crítica y moral. No pertenecer, no tener compromisos, no responder a doctrinas o a escuelas, ni seguir metodologías rígidas, constituye una condición compleja, solitaria, difícil de sobrellevar, pero que brinda la independencia indispensable para pensar y juzgar por sí mismo a partir de los elementos y parámetros éticos que el propio pensador o escritor se va construyendo. Considero, pues, que pensar, crear, juzgar y elegir desde los márgenes, como lo han hecho muchas figuras señeras de la filosofía y la literatura, desde Schopenhauer, Nietzsche y Benjamin, hasta Pessoa, Paz, Canetti o Simone Weil, no es especialmente cómodo, pero puede ser profundamente fecundo.

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