Investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas, la filósofa mexicana Ángeles Eraña fue coordinadora del posgrado de Filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas, la filósofa mexicana Ángeles Eraña fue coordinadora del posgrado de Filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de México.

La filósofa mexicana Ángeles Eraña es, entre otras cosas, presidenta de la Red Mexicana de Mujeres Filósofas, aunque aclara que esta red no tiene estructuras verticales, sino que se expande dando cabida a todas las que quieran construir espacios de escucha y producción de conocimiento filosófico. Hablamos con ella de mujeres, su realidad y su lucha, especialmente en su país; de pensamiento y de relaciones. «Tenemos que empezar a construir relaciones que nos permitan hacernos cargo de nosotras mismas, pero haciéndonos cargo también de las otras. Nuestras acciones, nuestra vida, nunca son solitarias, siempre involucran a las otras», dice.

Por Julieta Lomelí 

A lo largo de la historia, las mujeres han tejido diversos universos, aunque lo hayan hecho tras bambalinas. Muchas de ellas también han sido filósofas, y aunque los tiempos han cambiado, no dejo de recordar aún las incendiarias pero verdaderas palabras de Umberto Eco: «No es que no hayan existido mujeres filósofas, es que los filósofos han preferidos olvidarlas, tal vez después de haberse apropiado de sus ideas».

En todo siglo hubo mujeres que no solo dejaron hijos y formaron familias, sino también grandes ideas, pensamientos, ciencia y obras. Con una de estas mujeres que son totalidad —inteligencia y amor; libros y acción; profesora y filósofa—, Ángeles Eraña, tuve la oportunidad de conversar, llevándome una grata sorpresa. No solo por sus sólidos argumentos o su trayectoria académica, sino también, por su intensa pluma que no escinde vida de práctica, ni pasión de teoría, ni academia de compromiso social y docente.

Ángeles Eraña es investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas. Sus áreas de interés y trabajo son la epistemología y la metafísica social, aunque también ha trabajado temas de filosofía de la mente y ciencias cognitivas, además de otros vinculados con la filosofía de las Ciencias Sociales. Su participación institucional en la UNAM, la Universidad Nacional Autónoma de México, ha sido amplia: fue coordinadora del posgrado de Filosofía y actualmente, además de ser consejera universitaria, forma parte del Comité de dirección de la revista de filosofía Dianoia. Ha publicado diversos artículos en revistas especializadas de filosofía y pronto publicará el libro De un mundo que hila personas, en el que argumenta que la paradoja individuo/sociedad es una falsa paradoja. A continuación, la apasionada charla que tuve con ella.

Desde el trabajo interdisciplinario que inicialmente ha hecho a partir de la filosofía de la mente, de la filosofía de la ciencia y la epistemología analítica, hasta su labor actual en la cual no dejas de lado referencias, e incluso formas de hacer filosofía continental, ¿le parece útil la escisión entre lo analítico y lo no analítico?
¡De ninguna manera me parece útil dicha escisión! De hecho, creo que ha sido dañina no solo para el quehacer filosófico en México —que ha generado rupturas, recelos, críticas muchas veces poco sustentadas hacia la labor de otros colegas con líneas distintas—, sino para la filosofía en el mundo. Si bien es cierto que son dos maneras distintas de hacer filosofía, creo que cada una de ellas ofrece cosas muy valiosas. No considero que estén contrapuestas, ni creo que una deba optar por uno de los lados de esta supuesta dualidad. Esto es un pensamiento dicotómico que no solo hace imposible mirar los grises que pueblan al mundo, sino que además nos hace perder el gozo de descubrir lo ajeno, lo distinto, lo otro, y que, para colmo, nos acostumbra a pensar que lo que una no hace no es bueno.

En el fondo creo que escindir de esa manera a la filosofía nos hace a todas un poco perezosas, porque aprendemos fórmulas: cómo leer de cierto modo filosofía o escribir textos del modo en que prefiere una supuesta tradición. O en el estilo en que sabemos serán aceptados en una revista académica que nos dará puntos para nuestra carrera. Nos dedicamos a repetir ese esquema de manera casi mecánica. Es como si aprendiéramos patrones y los repitiéramos hasta el infinito pensando que eso que hacemos es lo «bueno», lo que vale, lo valioso y dejamos de disfrutar y pensar en serio. Dejamos de dejar de entender, perdemos el pensamiento crítico, la capacidad cuestionadora, la mirada profunda que ayuda a descubrir supuestos ocultos. Yo creo que comprender un problema, un planteamiento puede generar un inmenso placer intelectual, así que incluso eso perdemos, el gozo involucrado en nuestra labor. En fin, a mí me gusta tanto la filosofía, no importa de qué tipo sea, que yo recomendaría que lean todo lo que les caiga en sus manos, que intenten comprender lo que los textos les dicen antes de juzgar si son analíticos o continentales, o lo que sea que puedan ser.

«A mí me gusta tanto la filosofía, no importa de qué tipo sea, que yo recomendaría que lean todo lo que les caiga en sus manos, que intenten comprender lo que los textos les dicen antes de juzgar si son o no analíticos»

Recuerdo una frase que repetía el filósofo italiano Franco Volpi criticando el modo sesgado en que se ha construido no solo la historia de la filosofía, desde puro protagonistas masculinos, sino también el resto de la narrativa intelectual y artística en Occidente. Él decía, no sin cierta jiribilla, que «así como Heidegger ha afirmado que la filosofía occidental adolece de un olvido del ser, así también se puede decir que está aquejada por algo mucho más insólito, a saber, un olvido de la mujer». En su labor encuentro la resolución de dicho olvido, sobre todo en los últimos textos que ha tejido, en los cuales es notorio el interés por resignificar el trabajo de las mujeres filósofas. Es usted la presidenta de la Red Mexicana de Mujeres Filósofas, que a su vez pertenece a la Red de Mujeres Filósofas de América Latina de la UNESCO. Desde esas redes latina y mexicana, ¿cómo se divulga y se impulsan las ideas de las mujeres que se dedican a esta noble labor del pensamiento?
La historia de la Red Mexicana es, como casi todas las historias que se tejen con nuestras vidas personales, increíblemente fortuita y resultado de felices contingencias. A finales del 2019, Susana Vidal, de la Oficina Regional de Ciencias para América Latina y el Caribe de la UNESCO, me buscó para invitarme a participar en el Consejo Consultivo de la Red de Mujeres Filósofas de América Latina. Me explicó que la finalidad de esta red es hacer visibles a las mujeres en la filosofía de toda la región. Me pareció una iniciativa muy importante y, por supuesto, acepté formar parte del proyecto. En un viaje que hizo a Ciudad de México a inicios de este año, me llamó para comer y ahí me sugirió la posibilidad de crear una red mexicana que pudiera formar parte de la red latinoamericana. En ese momento, el movimiento de las mujeres en el mundo y, en particular, en México, estaba candente. Las Mujeres Organizadas de la UNAM se estaban ya dejando oír y la preocupación por el número de mujeres muertas en nuestro país, cada día como resultado de los feminicidios y de múltiples formas de la violencia contra nosotras, crecía —y sigue creciendo—. Dadas las circunstancias, cuando Susana me hizo la propuesta, por supuesto que no dudé ni un instante en aceptarla.

En realidad, no soy ni me considero presidenta, porque queremos hacer una red, esto es, una estructura reticular que no sea ni horizontal ni vertical, sino que se expanda como la tela de una araña dándonos cabida a todas las que queramos construir espacios de escucha y producción de conocimiento filosófico.

La Red está apenas naciendo. Tenemos una página de Facebook y hemos organizado algunos eventos, en particular un seminario web que llevó por título Filósofas pensando al mundo, compuesto por cuatro sesiones, cada una con un tema particular: Mujeres, Ciencia y sociedad, Economía y Política. Ese evento fue auspiciado por la UNESCO, que nos ofrece una plataforma de apoyo y visibilidad que creemos importante para que nuestras voces se escuchen allende las fronteras tanto en términos literales —más allá de México— como en términos simbólicos —más allá de la filosofía, más allá de otras mujeres filósofas, más allá de la academia—.

La idea es que todas las mujeres que hacen filosofía en México se registren en la red y que pronto tengamos el registro visible para que todas estemos conectadas. Pronto vendrán más eventos que anunciaremos en la página de Facebook, en Twitter y en otras redes sociales y esperamos organizar algo más sistemático para el día mundial de la filosofía. Estamos abiertas a todas las propuestas que nos hagan. Si les interesa organizar algo, las apoyaremos para hacerlo. Contamos, como ya dije, con el auspicio de la UNESCO, y las facilidades de conseguir espacios físicos, o espacios virtuales donde reunirnos, donde organizar seminarios y construir un diálogo común.

«La UNESCO ofrece a la Red Mexicana de Mujeres Filósofas una plataforma de apoyo y visibilidad que creemos importante para que nuestras voces se escuchen allende las fronteras tanto en términos literales como en términos simbólicos»

¿Considera que aún, en pleno siglo XXI, seguimos teniendo una desigualdad visible en cuanto a oportunidades laborales y de publicación entre filósofos y filósofas?
¡Sin duda! Las estadísticas son siempre esquivas porque no sentimos que digan algo acerca de nuestra situación particular, pero ellas son también muy claras: en casi cualquier ámbito de la vida laboral, las mujeres tenemos menos oportunidades y, cuando conseguimos un trabajo, los salarios tienden a ser más bajos que los de nuestros congéneres masculinos. Los puestos de dirección y decisión, o cualquier puesto de alto rango, son ocupados en la mayoría por hombres. Comunicación social de la UNAM dice que «la incursión de las mujeres en la ciencia en el mundo es del 30 por ciento; mientras que en México es aún menor». Obviamente no es porque las mujeres seamos menos capaces, sino que la estructura social es menos favorecedora para nosotras.

Si bien en las Humanidades la situación es un poco mejor, los índices siguen siendo muy dispares. Por ejemplo, en la institución a la que yo pertenezco, el Instituto Investigaciones Filosóficas (IIF), se contrataron a 10 personas en los últimos años y ocho de ellas son hombres. Así que seguimos en gran desventaja.

Para colmo, llegó la pandemia y ella ha hecho más visibles las desigualdades de la sociedad en la que vivimos; una de ellas es la que tiene que ver con las publicaciones académicas: las mujeres han publicado mucho menos que antes de la pandemia y, por supuesto, mucho menos que los hombres, antes o después de la pandemia. Esto se debe, en gran medida, a que, como ya sabemos, es en las mujeres —sobre todo en Latinoamérica y qué decir de México— en quienes recae el trabajo de cuidados y labores domésticas, lo cual duplica los esfuerzos en una época de confinamiento como esta. Las mujeres entonces tenemos mucho menos tiempo para sentarnos a escribir o a llevar a cabo nuestro trabajo de investigación. Es muy preocupante pensar que se está normalizando cada vez más el home office y que, si esto ocurre, es probable que las condiciones laborales para las mujeres, en países como el nuestro, en vez de mejorar solo empeore. Ojalá esto no ocurra, pero definitivamente es un tema que está sobre la palestra, y del cual, a estas alturas, aun confinadas, ya está muy documentado por mujeres intelectuales.

Y algo más escandaloso es que a las mujeres nos están matando como nunca en la historia de la humanidad. Ya no se trata de conseguir un mejor salario, lo nuestro hoy consiste en mantenernos vivas. Es increíble que la lucha de las mujeres en realidad es una lucha por la sobrevivencia.

«A las mujeres nos están matando como nunca en la historia de la humanidad. Ya no se trata de conseguir un mejor salario, lo nuestro hoy consiste en mantenernos vivas»

En un artículo que publicó en 2016 junto a Axel Barceló defiende que el conocimiento no puede erigirse ni construirse —como muchas veces se ha hecho a lo largo de la historia de la filosofía y de la hiperespecialización universitaria— desde un solipsismo epistémico, sino que se configura siempre a partir de un «conjunto de actividades y prácticas que tienen un carácter material». En este sentido, y volviendo al tema de la importancia de valorar la labor de mujeres filósofas, ¿qué cree que debe hacerse en México para que poco a poco se vaya igualando el número de filósofas —frente al de sus congéneres masculinos— que enseñan o investigan en la universidad? ¿Cuáles considera que serían las prácticas materiales o las políticas públicas que pudieran ayudarnos a empoderar el trabajo de un mayor número filósofas?
Esta es una pregunta importante, pero complicadísima de responder. No estoy segura de poder hacerlo en positivo. Las políticas de acción afirmativa no me parecen adecuadas. No solo porque no han dado los resultados que se pensaba que podían dar, sino también y, sobre todo, porque me parece que parten de un mal diagnóstico de la sociedad y proponen solo un parche para remediar un problema que requiere una operación quirúrgica. Aunque se abran muchas plazas y se den muchos empleos a mujeres, esto no remedia el hecho que para ellas a veces es imposible cumplir con los horarios laborales porque tienen que atender a los hijos, a los padres y abuelos, hacer de comer, y todo lo que hacemos las mujeres para que la sociedad funcione. Desde mi perspectiva, saber qué debe hacerse parte de tener una buena comprensión del tipo de relación social que predomina en nuestra realidad y que termina por generar condiciones desiguales de desarrollo.

La otra cuestión que creo que deberíamos pensar y analizar es si lo que buscamos las mujeres es tener las condiciones que actualmente tienen los hombres: esta parece ser la filosofía subyacente en las políticas de acción afirmativa. O, más bien, si mejor queremos transformar al mundo y que las condiciones sean plurales, distintas para todas, pero parejas, es decir, que nos permitan a todas tener un desarrollo personal enriquecedor, cabal y satisfactorio.

Para ponerlo en pocas palabras, lo que yo creo es que, para empezar, las mujeres tenemos que producir espacios donde nuestras voces encuentren cabida, donde nosotras nos veamos entre nosotras y reconozcamos nuestro valor en tanto mujeres filósofas, por ejemplo. Creo que habría que hacer una nueva historia del pensamiento, una donde el de las mujeres sea incluido: es tan fácil y sencillo como eso.

«Las mujeres tenemos que producir espacios donde nuestras voces encuentren cabida. Habría que hacer una nueva historia del pensamiento, una donde el de las mujeres sea incluido»

Debemos hacer un esfuerzo por reconocer que no estamos mal cuando denunciamos abusos de los colegas, profesores, etcétera. Que no seamos juzgadas como personas irracionales cuando ponemos sobre la mesa el hecho de que somos las encargadas del cuidado de los otros y que esto involucra tiempo; y que, desde lo femenino, involucra otra manera de pensar acerca de las prioridades, y por ello, también acerca de los problemas filosóficos.

Desde mi perspectiva, sí creo que tenemos que promover revistas de filosofía donde publiquen solo mujeres. No creo que esto tenga que seguir así por el resto de la historia, pero sí hasta que se haga visible que nosotras hacemos mucha filosofía de gran calidad, hasta que se reconozca que nuestra voz tiene una potencia propia.

También es necesario producir las condiciones en las que no se excluya la maternidad y el tema de la pareja. Un mundo en el cual se pueda ser mamá, esposa, novia, amante, hija, amiga y a la vez una académica, una intelectual, una mujer filósofa. Un mundo donde no solo sea lo posible, sino lo ordinario. Creo que tenemos que producir las condiciones en las que la productividad no sea la vara con la que medimos el valor del otro. En fin, estoy convencida que tenemos que cambiar al mundo, pero también creo que lo estamos logrando. Las mujeres antes no votaban ni usaban pantalones, es poco lo que se ha ganado, lo sé, pero vamos por todo, es decir, vamos por el mundo, por las relaciones sociales, por la realidad. Una en la que se valoren lo que hoy ha sido menospreciado y que, sin embargo, son las cosas que en general hacemos las mujeres: desde parir hasta acompañar a nuestros padres en su más extrema vejez.

De un mundo que hila personas (o de la inexistencia de la paradoja individuo-sociedad) es un libro escrito por usted, una filósofa mujer que nos habla en femenino. Cuéntenos sobre la decisión de escribir con la «a que suele signar lo femenino».
Pues, mira, fue una decisión muy consciente y de la que me siento profundamente convencida. Al sentarme a escribir algo donde no solo hago una labor de análisis y teoría, sino que me expongo como persona, sentí que tenía que hablar con mi propia voz y esa voz, la mía, es muy femenina. Soy Ángeles y soy mujer, hablo desde lo que ha significado ser mujer filósofa en mi vida, de lo que significa ser mujer en un mundo como el nuestro, en el mundo académico donde es tan difícil serlo y no acabar actuando como hombre. No acabar adoptando los modos y mecanismos de macho competitivo, donde si una como mujer no pisa fuerte entonces no existe. Donde para aparecer hay que gritar, pero cuando gritas te descalifican de pasional y loca.

«Hablo desde lo que ha significado ser mujer filósofa en mi vida, de lo que significa ser mujer en un mundo como el nuestro, en el mundo académico donde es tan difícil serlo y no acabar actuando como hombre»

No quería usar la e, ni la arroba o la x, porque yo creo que todo puede ser dicho en femenino. Tengo que decir que no ha sido fácil que se acepte un libro que está así escrito, me han dicho que tengo que asegurarme que cuadre perfecto en todos los casos, me han dicho que quizá haya que cambiarlo y en otros textos, donde he intentado hacerlo, de plano me los han regresado y me han pedido que lo ponga en el «neutro», o sea, en masculino. Y lo que me pregunto en estos casos es: ¿hasta cuándo seguiremos concediendo que la o es lo neutro?, ¿en qué sentido y por qué la o es neutra y la a no lo es?, ¿por usos y costumbres?, ¿porque la RAE lo dice? No lo sé, en todo caso, creo que justamente este es el tipo de acciones que, si se repiten, y volvemos propias, pueden cambiar de manera lenta pero segura el modo en cómo nos relacionamos.

Mi libro De un mundo que hila personas, que está a punto de ser publicado, es una obra pensada en femenino. La escritura misma no es la típica manera de presentar argumentos filosóficos. No se trata solo de un ensayo académico y filosófico; incluso tiene ambiciones poéticas y literarias. El tono del libro, de mi escritura, es un tono exploratorio. Digamos que uso el tono que usaría si estuviera hablando con la gente a la que quiero, que es el tono que uso cuando no tengo que mostrarle nada a nadie, sino simplemente mostrar lo que creo, lo que pienso.

Y espero que este esfuerzo, esta decisión, sea una provocación positiva, que invite a más mujeres a hablar del modo como ellas sienten que mejor las presenta, que las voces múltiples y diversas de todas las que somos empiece a encontrar cabida en las revistas y libros académicos. Que no haya un esquema, patrón o molde para hacer filosofía. Desde mi perspectiva, la filosofía trata de mantener la mirada y el pensamiento crítico tan afinado como se pueda, pero esa mirada y ese pensamiento pueden expresarse de muchas maneras diferentes.

Digamos que escribir en femenino es una manera de levantar la voz, de decir, esto queremos y a ello tenemos derecho, así es como queremos que nos vean. ¡No hay neutro! Ni la o ni la a son neutras. La neutralidad es inexistente. Lo que hay son modos de estar paradas en el mundo y, o bien les hacemos espacio a todas, o bien las condiciones para que las mujeres se emancipen seguirán siendo menguadas. Es un granito más en la montaña de arena que las luchas de las mujeres han construido y que han permitido que tengamos hoy una voz en el espacio público.

«La filosofía trata de mantener la mirada y el pensamiento crítico tan afinado como se pueda, pero esa mirada y ese pensamiento pueden expresarse de muchas maneras diferentes»

Quisiera que nos hablará sobre eso que llama «la ontología de lo común», en la cual lo primigenio es lo que se comparte, esta idea originaria de lo común que está siempre en movimiento, dúctil, donde nace la conexión, los pares complementarios, la comunidad…
La idea de «la ontología de lo común» no es mía, la retomo de diversos autores, por ejemplo, de Raquel Gutiérrez, en su libro compilado Sobre lo político y lo común. Ella fue una influencia muy importante en mi planteamiento, pero también lo fueron otros autores, desde Marx hasta Negri, Virno, Badiou, Agamben, Nancy o Balibar. La idea central es dejar de pensar el mundo como un hecho de entidades —que son sustancias— con propiedades; dejar de pensar que lo que hay son recursos —del tipo que estos sean— y que estos son escasos y pueden ser propiedad de alguien o de algunos. Dejar de pensar en términos de aquello que es mío o que no lo es.

Esta ha sido la idea dominante en los últimos seis siglos y a veces parecemos pensar que es la única manera de pensar, que de hecho es la manera de pensar porque es el modo de ser del mundo.

La idea que busco plantear es que el mundo es movimiento continuo, que nunca es igual y, en este sentido, que capturarlo de una manera unilateral es muy complejo; que comprenderlo requiere comprender también el momento histórico en el que buscamos hacerlo; y que lo que hay es de y para todos, porque es lo que permite la subsistencia de todas y cada una de nosotras. Mi idea es que eso que hay es lo común. Y eso que hay no está dentro de una entidad ni fuera de ella: es lo que está entre todas las entidades que existen. Así, la distinción fuera y dentro, la idea de que hay algo que le pertenece a algo o a alguien, pierde sentido. Hay lo que habitamos y lo que nos habita, lo que está entre nosotras y lo que somos entre nosotras con las demás.

Eso que está entre —nosotras o ellas— o quien sea, es contingente y está siempre modificándose y en construcción. De tal modo no podemos pensar en términos sustancialistas, sino más bien procesuales o relacionales. La idea es, por ejemplo, que no existen las identidades fijas, sino que estas están siempre en construcción y es algo que se disputa y se produce prácticamente. Una de las ideas fundamentales en este planteamiento es que nadie puede ser sola, todas somos siempre con otras, entonces somos en un sentido muy básico, comunidad.

Lo que quiero proponer es una «ontología relacional», si suponemos que lo que es fundamental es la relación, entonces aun si sólo son dos cosas las que están relacionadas, ninguna de ellas es fundamental y la otra derivada. Cada una es ontológicamente plena, aunque, por ejemplo, la relación sea de negación. Lo que busco es que la relación no sea binaria, sino complementaria: que no exista una cosa primaria y otra derivada.

«El mundo es movimiento continuo, nunca es igual y, en este sentido, capturarlo de una manera unilateral es muy complejo»

En los años 70, el ecologista Garrett Hardin describió «la tragedia de los comunes» cuando una sociedad es irresponsable y abusa de los recursos compartidos. De hecho, la solución que planteó para evitar esta tragedia fue que se privatizaran los recursos o que fueran administrados por el Estado. Esta interpretación dicotómica entre lo que es individual o es colectivo se materializa en la realidad social. Las áreas naturales protegidas, las zonas federales, las playas, el subsuelo, etcétera son administradas por el Estado, mientras que lo demás es propiedad privada o individual. Las zonas comunales, el tequio, el trabajo comunitario, y más recientemente conceptos como la inteligencia colectiva (que nace de nuestra interconectividad para la toma de decisiones), o los conceptos que hila en su libro, ¿podrían hablarnos del fin de esta dicotomía?
La ontología de lo común es lo que justamente hace: acabar con las dicotomías. Estas se presentan en tanto que pensamos que la plenitud ontológica es algo propio de las entidades individuales y que, por tanto, la existencia de una puede quitarle espacio a otra. La ontología sustancialista piensa en términos de lo prioritario, de lo primario. Todo lo demás es derivado, es dispensable. Y es esto lo que nos hace pensar que o bien el individuo o bien la colectividad es primaria y que no pueden ellas coexistir. Pero justamente la idea de la ontología que propongo es que todo coexiste todo el tiempo; precisamente no hay nada que sea eso que es sin la otra, que convive con ella y la hace en parte ser esa que es. Las relaciones son las que nos hacen lo que somos. No es que una se forje a sí misma y pueda realizar su plan de vida independientemente de las otras.

La libertad, desde mi perspectiva, no consiste en el distanciamiento de la otra, sino todo lo contrario, en la convivencia, que te permite descubrir tus propios límites y las diversas maneras en que puedes desplegar todas las personas que puedes ser. Puesto que no tenemos relaciones únicas, sino que vivimos tejidas en múltiples redes, todas somos muchas siempre y esa posibilidad. La libertad de desplegarnos siendo todas esas, la posibilidad de encontrarnos con otras y de transitar con ellas en distintas direcciones es lo que nos permite ser.

El filósofo Daniel Innerarity, en Una teoría de la democracia compleja, nos dice que la principal amenaza para nuestras democracias no es la violencia, ni siquiera la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad. Usted nos plantea vencer dicotomías, ir más allá de visiones e ideas rígidas. ¿Cómo cree que debemos prepararnos como individuos para vivir en comunidad en un mundo complejo y cambiante?
Esta es la gran pregunta que no creo que tenga una respuesta sencilla y, sobre todo, no creo que tenga una respuesta que pueda simplemente enunciarse. La respuesta a esta pregunta, ¿cómo debemos prepararnos para el futuro?, sería, en mi opinión: preparándonos, haciendo realidad lo que queremos que venga.

Pero déjame tratar de decir algo más de esto. Creo que Innerarity tiene razón en el siguiente sentido: la simplicidad, la simplificación, deteriora el pensamiento y, si no somos capaces de comprender la realidad, no seremos capaces de transformarla. Entonces, lo que creo es que el mundo en el que vivimos es insostenible en casi cualquier sentido: hay buenas razones para pensar que nos vamos a acabar los recursos naturales del planeta, que el calor será tal que no nos permitirá vivir en este planeta; hay buenas razones para pensar que las mujeres seguiremos muriendo asesinadas si todo sigue igual, para pensar que cada día moriremos más viejas sostenidas por medicamentos y aparatos, pero que cada vez portaremos más enfermedades crónicas (diabetes, hipertensión, etc.); hay razones para sospechar que pandemias como la presente podrán presentarse más a menudo si no cambiamos nuestra relación con la naturaleza, con los animales, entre nosotros. Entonces, lo que creo es que tenemos que cambiar el mundo, pero, como dice Chantal Maillard, «salvo que seamos capaces de actuar sin ansia, sin interés personal, con generosidad… este sistema seguirá en pie… perpetuando la situación de indefensión moral y práctica en la que ahora nos encontramos».

«La simplicidad, la simplificación, deteriora el pensamiento y, si no somos capaces de comprender la realidad, no seremos capaces de transformarla»

De tal modo, tenemos que empezar a construir relaciones que nos permitan hacernos cargo de nosotras mismas, pero haciéndonos cargo también de las otras. No es que tengamos que cargarlas, resolverle la vida al mundo; es que nuestras acciones, nuestra vida, nunca son solitarias, siempre involucran a las otras. Ser capaces de mirar esto, ser capaces de mirar cómo nuestra vulnerabilidad es la de la otra, quizá nos haga una interpelación ética y nos permita actuar de una manera más comprometida con las otras, con las diferentes y con las semejantes. Otra vez pensando en Maillard, para cambiar el mundo necesitamos «decrecer en importancia para situarnos en el lugar que nos corresponde en el entramado de lo viviente».

En primer lugar, yo hablo de la construcción de comunidad porque me parece que es una alternativa que existe y que nos muestra las virtudes de cierto modo de establecer relaciones sociales. El modo que podemos apreciar en comunidades indígenas en México, por ejemplo, hace patente cómo la autonomía y la heteronomía no son conceptos ajenos, no son dos polos opuestos, sino que son, en todo caso, dos extremos en una línea continua. No creo que la vida en comunidad es idónea o fácil o que es un ideal al que debemos aspirar. Lo que digo en el libro y lo que pienso es que, como recién dije, los valores en los que ellas se montan son un ejemplo de que el modo de vida capitalista, en el que la competencia, el individualismo y el aislamiento son la regla, no es ni el único ni el mejor posible.

Desde mi perspectiva, lo que las comunidades muestran es que la democracia representativa no es el único ni el mejor sistema de regulación de la vida política y social. Si lo que dije antes de «lo común», esto es, si es cierto que lo común no es algo fijo sino algo en constante movimiento, entonces la manera de prepararnos creo que es primero percatándonos de que no hay algo que quede fijo, tratar de no pensar dogmáticamente, de mantener siempre una mirada crítica frente a lo que ocurre.

«El mundo en el que vivimos es insostenible: vamos a acabar con los recursos naturales del planeta, las mujeres seguiremos muriendo asesinadas si todo sigue igual, pandemias como la presente podrán presentarse más a menudo si no cambiamos nuestra relación con la naturaleza, con los animales, entre nosotros»

Las preguntas son provocaciones dialécticas. Ahora le quiero hacer una provocación dialéctica sin signos de interrogación, basada en una filosofía práctica que llevan a cabo algunos activistas de internet. Nicolás Echániz, fundador de AlterMundi —una autonombrada «red de militantes libres de geeks [frikis]», para que gente que no tiene conocimiento de redes ni de informática pueda armar y mantener sus propias comunicaciones—, nos dice que «una red comunitaria es una red construida, gestionada, administrada, por las personas que la van a utilizar. Priorizan el tráfico local, mantienen acuerdos de peering (tránsito libre) con cualquier red que ofrezca reciprocidad. Así era internet cuando empezó, ese era el espíritu original, que se ha ido perdiendo. Internet se ha ido cerrando y las redes grandes no dan peering a las chicas, ahí se rompió el modelo de peer to peer. Para nosotros, militar las redes comunitarias tiene dos ejes: dar soluciones concretas a personas de carne y hueso, y a la vez ‘contaminar’ un pedazo de internet con el viejo espíritu de internet». Veo coincidencias con tu «ontología de lo común»…
¡Sí, muchas! Me gusta esta idea de las redes comunitarias y tengo que decir que esta es la filosofía que subyace, por ejemplo, a la Red Mexicana de Mujeres Filósofas. La idea es justamente que esta se construya, gestione y administre por las filósofas de México, por quienes hacemos aquí filosofía hoy. De otro modo no habrá red, de otro modo no habrá relaciones. Y esto es justamente uno de los planteamientos que quedan plasmados en mi libro, pero que he intentado expresar en diversos textos míos.

Desde mi perspectiva, el mundo debemos construirlo, gestionarlo y administrarlo entre todas. El mundo es nuestro y nos toca arreglarlo para que sea habitable, nos toca reconstruirlo para que sea parejo, para que tengamos todas cabida. Una de las ideas que me parecen fundamentales, y que esta pandemia creo que está poniendo en peligro como nunca antes, es la idea de que la mejor manera de tener un mundo parejo, la mejor manera en la que podemos realmente mirarnos como pares, como coexistentes, es a través del contacto cara a cara, de la relación frontal en la que la confrontación no sea lucha, sino aprendizaje, en la que podamos reconocer cuando nos equivocamos y sepamos escuchar, darnos cuenta de que no comprendemos lo que la otra dice y reconocer cuando esto es así.

Yo creo que de lo que se trataría es de contagiar al mundo de la ternura que se desprende de mirar la vulnerabilidad de la otra en mi propia vulnerabilidad y de percatarnos que esta ternura, junto con la filosofía, puede proveernos soluciones reales para personas de carne y hueso.

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5 COMENTARIOS

  1. Una entrevista colosal.
    Enhorabuena!

    Cuánto aprendizaje.
    Cuántos mensajes.
    Qué manera de hilar las ideas y argumentar el pensamiento.

    Un gusto.
    Para enmarcar.

    ¡Muchísimas gracias!

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