André Gorz, Dorine Keir y la gran obra del amor

Ático de los libros ha publicado recientemente la Carta a D, en la que el filósofo André Gorz repasa su historia de amor con su compañera de toda la vida, Dorine Keir. Imagen a partir de una foto del fondo André Gorz de l'IMEC en dominio público.
Ático de los libros ha publicado recientemente la «Carta a D.», en la que el filósofo André Gorz repasa su historia de amor con su compañera de toda la vida, Dorine Keir. Imagen a partir de una foto del fondo André Gorz de l'IMEC en dominio público.

Por si fuera verdad que el ser humano es capaz de aprender de las experiencias de sus semejantes, revisamos el testimonio del filósofo André Gorz y su Carta a D., una sublime declaración de amor y una reflexión triste sobre por qué no nos dedicamos a lo esencial en vez de enredarnos con lo accidental.

Por Pilar G. Rodríguez

Carta a D., una historia de amor, de André Gorz. Editado por Ático de los libros
Carta a D. Una historia de amor, de André Gorz, en Ático de los libros.

Sin duda, lo más conocido de esta obra arrebatada y arrebatadora es su inicio y su final. Se trata, en ambos casos, de unas conmovedoras líneas en las que André Gorz (nombre elegido de quien naciera Gérard Horst en Viena en 1923) dedica a Dorine Keir, su compañera de vida durante casi seis décadas. Cincuenta y ocho años exactamente que el filósofo y periodista, uno de los pioneros de la ecología política, recuerda así al comenzar su carta: «Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros. No pesas más de cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca». Las repite al final de la obra y las amplía con un sueño —una pesadilla en realidad— y un deseo: «No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas (…) A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro». No tuvieron que hacerlo porque el 22 de septiembre de 2007 André Gorz y Dorine Keir se suicidaron juntos en su casa de Vosnon (Francia).

«Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros. No pesas más de cuarenta y cinco y kilos sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca». Así empieza la Carta a D., que André Gorz escribió a su mujer poco antes de suicidarse con ella

El amor es el detalle

Pero aparte de una espectacular historia de amor con un final igualmente espectacular, Carta a D. es una revisión, una autocrítica de cómo somos y nos mostramos con el amor y ante el amor. ¿Esquivos, despectivos, injustos se podría decir en el caso de André Gorz? Porque la carta de Gorz también es, en cierta medida, una petición de perdón a su mujer y un reproche a sí mismo: «¿Por qué estás tan poco presente en lo que he escrito si nuestra unión ha sido lo más importante de mi vida?». Nada autocomplaciente, el autor entra en detalles al hablar de una novela suya titulada El traidor donde retrataba a su mujer trasladando una imagen que no se ajustaba ni a la realidad, ni a sus sentimientos ni siquiera a sus propósitos. Quería —como escribe en su carta—«hablar de ti como de la única mujer a la que amé verdaderamente y de nuestra unión como de la decisión más importante de nuestras dos vidas».

Pero he ahí que el hombre de letras, el intelectual en ciernes que ya era o que esperaba ser André Gorz cometió un error de principiante: creer que su historia con nombres y apellido, su chica y su amor no eran lo suficientemente universales como para ser plasmados en un libro. Pardillo entonces y valiente después, el autor confiesa: «Haberme enamorado apasionadamente por primera vez y ser correspondido era aparentemente demasiado banal, demasiado privado, demasiado común: no era un tema apropiado para permitirme acceder a lo universal». Rehabilitado acaso de aquellos pensamientos, Gorz empieza su Carta a D. manifestando cierta obsesión por los números, las medidas y las cifras: el gran amor es siempre amor por el detalle.

En el libro, el autor se reprocha a sí mismo: «¿Por qué estás tan poco presente en lo que he escrito si nuestra unión ha sido lo más importante de mi vida?»

Quién es André Gorz

Nacido en Viena en 1912, se trasladó a Suiza huyendo de los nazis y terminó en Francia. Allí conoció a Sartre, quien marcará buena parte de su pensamiento, trabajando junto a él y Simone de Beauvoir en Les Temps Modernes. Posteriormente será cofundador del diario Le Nouvel Observateur. De formación marxista, su pensamiento se sitúa entre la teoría política y la crítica social. A partir de los 70 se convirtió en una de las figuras más representativas de la ecología política.

Su historia de amor con la inglesa Dorine Keir empieza el 23 de octubre de 1947. Compartieron artículos, traducciones, palabras en diversos idiomas… «Adquirimos la reputación de ser inseparables», escribe en Carta a D., Y no solo se trató de reputación: permanecieron juntos el resto de su vida y decidieron suicidarse juntos porque la existencia del uno sin el otro se les hacía insoportable a ambos.

El filtro del otro

Una vez entra en el terreno de los detalles, de la sinceridad bruta, es cuando el amor y el libro de Gorz se tornan universales. Ha llegado al objetivo deseado por el camino que consideraba erróneo: otra gran enseñanza que contiene Carta a D.

En sus líneas reviven las líneas del gran amor, de todos los grandes amores, a medida que desgrana el placer de compartir conversaciones, intereses comunes y
—aún más— complicidades y silencios hasta darse cuenta de que, de pronto, el mundo tal y como uno lo entiende, es el mundo tal y como lo entienden, lo han discutido, acordado y creado entre dos dos. «Nuestra relación se convirtió en el filtro por el que pasaba mi relación con la realidad», afirma Gorz. Uno de esos, debe de ser, que se usan para embellecer la realidad, hacerla más cálida, más cercano o llevadera.

«Nuestra relación se convirtió en el filtro por el que pasaba mi relación con la realidad», afirma Gorz

Amor y Sartre

El existencialismo está presente en este libro y en la relación, que en un momento es definida en términos netamente existencialistas. Es ella, Dorine Keir, quien lo hace al principio, en la fase de titubeos que acaba cuando dos se preguntan hacia dónde van. La respuesta que Keir le dio a Gorz, el de las dudas: «La construcción de tu pareja es tu proyecto común, nunca acabarás de confirmarlo, de adaptarlo y de reorientarlo en función de las situaciones cambiantes. Nosotros seremos lo que hagamos juntos». «Era casi Sartre», añade Gorz.

La mención a lo esencial y lo accidental está presente a lo largo del texto, pero al final se hace dramática. Frente a los intereses del mundo, la política, la ecología, las charlas, los libros, los afanes y los días, Gorz se pregunta por lo esencial y se responde:
« (…) a fin de cuentas, solo me importaba una cosa: estar contigo. Me resulta inimaginable seguir escribiendo si tú ya no estás. Tú eres lo esencial». Que sí, que es la teoría y que podemos ser conscientes o no, pero ¿cuántas veces despreciamos esta resolución (o parecida) a sabiendas de no hacer lo decidido, lo acordado, acaso lo correcto?

Ante la pregunta por lo esencial, la respuesta es ella, su amor por ella: «(…) a fin de cuentas, solo me importaba una cosa: estar contigo», responde Gorz. Y a eso se dedicará a partir de entonces

Al final de su carta, Gorz echa la vista atrás y recuerda pesaroso el momento o los momentos en que él mismo no tomó demasiado en cuenta su decisión de «vivir plenamente en el presente, atento a la riqueza en que consiste nuestra vida en común». Concluye que debe hacerlo, que va a hacerlo de verdad, porque «no tengo mayor obra en mi taller». No hay nada comparable, nada mejor que la amorosa entrega a lo que dedicar la labor de las manos, del pensamiento, cada uno de los días, de modo que ¿por qué esperar a que el tiempo apriete o la enfermedad ahogue? ¿Será esta la última vez que lo leamos, que lo pensemos, que lo decidamos? No podemos decir que nadie nos lo avisó. André Gorz lo hizo y con las más bellas palabras en este libro: «Estoy tan atento a tu presencia como en nuestros comienzos y me gustaría hacértelo sentir. Me entregaste toda tu vida y todo lo tuyo. A mí me gustaría poder darte todo lo mío durante el tiempo que nos quede». ¿A qué esperar?

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