Ana Carrasco es profesora de Filosofía Moderna y Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid.
Ana Carrasco es profesora de Filosofía Moderna y Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid.

Que nos perdone Ana Carrasco Conde si la presentamos como “la filósofa del mal”, pero esta profesora de Filosofía Moderna y Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid se adentra en él, lo desgrana y lo analiza como nadie. Y eso que nos lleva de ventaja, porque, si es cierto que para vencer al enemigo debes conocerlo, ella tendría que salir ganadora en esa batalla contra el lado oscuro de la vida.

Por Amalia Mosquera

¿Cómo vamos a aspirar a un mundo en el que se minimice el daño si no sabemos cuáles son sus causas? se/nos pregunta Ana Carrasco cuando le hablamos sobre el mal en esta entrevista en la que ella formula en alto tantas preguntas –o más– como le hacemos nosotros. Normal: nosotros somos periodistas, pero ella es filósofa, así que su trabajo es ir de pregunta en pregunta sin descanso. 

Ana Carrasco Conde siente pasión, auténtica pasión por la filosofía. Una pasión que se nota a simple vista, aunque no escucharas lo que explica, solo con mirarla cuando habla, por su forma de gesticular, de expresarse mientras contesta, por su forma de mover las manos, los ojos. Pero la escuchamos atentamente, sí, y oímos cómo entona y cómo dice lo que dice y entonces nos damos cuenta con más claridad aún de que la filosofía no es solo su profesión; es su vida, es su manera de sentir y estar en este mundo, es su razón de ser. Vibra con ella y lo transmite. Prepárese el lector para una lección de filosofía gratuita, que eso es cada una de las respuestas de Carrasco.

¿La filosofía sirve para algo? Me refiero al concepto más práctico de utilidad… ¿Debe servir para algo? ¿Nos puede ayudar en nuestra vida diaria?
¿Para qué sirve la vida? ¿Para qué sirve vivir? ¿Para qué sirve pensar la vida? ¿Para qué sirve afanarse por buscar respuestas a preguntas que carecen de ellas? La vida simplemente se vive. Y, por más sentidos que queramos darle, no podemos asignarle una utilidad. No hay para qué. De hecho en realidad no existe algo así como “la vida” entendida como algo estático y carente de movimiento y actividad: la vida es aquello que vivimos, es el proceso mismo de vivir. No podemos hablar desde otro sitio convirtiéndola en un “objeto” ajeno a nosotros mismos y a nuestras experiencias: cuando la pensamos, la sentimos, la juzgamos es siempre desde ella misma. Y así buscamos un sentido o le damos un sentido a aquello que parece no tenerlo en “nuestra vida viviendo” y que “nos sirve” a nosotros para orientarnos en nuestra existencia.

Con la filosofía pasa algo parecido. Está ya en la vida diaria como está la vida misma. Somos eminentemente seres reflexivos. La pregunta por la utilidad de la filosofía y por si “sirve para algo” es engañosa porque enfoca la atención en “servir” y desplaza a la filosofía a un ámbito que no le corresponde, como si fuera más parecida a la “física” o al “derecho” que a la vida, como si la filosofía se agotara en su ámbito de conocimiento o estudio, como si fuera un “objeto” de una totalidad más compleja dentro de lo “académico” que puede ser “aplicado” o no a la sociedad, pero lo cierto es que a la filosofía le sucede como a la vida… que es una actividad que acompaña nuestro vivir. Está ya en nuestra vida.

“La filosofía no es el medio para conseguir algo, sino la actividad misma que construye y vertebra nuestro vivir”

La filosofía no es el medio para conseguir algo, sino la actividad misma que construye y vertebra nuestro vivir y que nos permite dotarla con el sentido que queramos darle cuestionando todo aquello que nos venga dado. Cómo vivamos está relacionado al “uso” que le demos a cómo pensamos y a la profundidad de nuestra reflexión. En este “uso” la filosofía nos permite construir nuestra vida con mayor libertad y conocimiento. La filosofía es entonces la pasión de la vida “examinada” que desvela creencias, señala problemas, desarma sistemas y, lo que es apasionante, puede transformar el mundo, dinamitarlo, cambiarlo. La buena filosofía lo que debe hacer es… incordiar (o, dicho con Hegel, no debe ser edificante). Es la pasión por la pregunta, por el cuestionamiento, por ver otros modos de entender lo que sucede, de desmantelar lo dado, proponer algo distinto y hacer de la vida algo por lo que merece la pena vivir y luchar. Porque la vida es nuestra, que no se nos olvide. Y solo tenemos una: esta. La vida es profunda cuando se piensa e intensa cuando se siente. Y la filosofía aúna ambas cosas: profundidad e intensidad. Muestra la profundidad y la complejidad de la vida, pero al mismo tiempo, la muestra asociada directamente a la emoción de estar, de ser, de vivir esperanzado o desesperanzado, pero vivir no dando nada por supuesto y viviendo con los demás.

"Presencias irReales", de Ana Carrasco Conde (Plaza y Valdés).
“Presencias irReales”, de Ana Carrasco Conde (Plaza y Valdés).

¿Qué nos puede enseñar hoy, en el siglo XXI, la filosofía clásica de hace 2.500 años, cuando todo es tan diferente, incluso el propio ser humano? O quizá en lo esencial no es tan distinto…
El ser humano finito, vulnerable e inserto en una red de relaciones (sociedad) y de situaciones que no puede controlar (el mundo) se enfrenta de diferentes modos a su condición, a veces dando prioridad a lo individual, otras a la sociedad y otras al mundo. El pensamiento antiguo piensa incluso con otras categorías diferentes a las nuestras, nos disloca, nos desquicia, nos saca de nuestro tiempo, y nos descoloca porque lo que para nosotros significa una cosa, por ejemplo “alma” (psykhe) o “justicia” (dike), para ellos es otra y muy distinta. Aquí es cuando vemos que, en realidad, lo esencial es siempre distinto, pero eso que nos distingue es lo esencial. Y esa es precisamente la grandeza de tratar de entender un tiempo que no es el nuestro: una diferente manera de ser, de estar y de encararse a nuestra mortalidad.

“La buena filosofía debe incordiar o, dicho con Hegel, no debe ser edificante”

Cada tiempo histórico es único y es desde ese carácter que lo singulariza desde donde hay que, con humildad, hacer el esfuerzo de pensar. De igual manera que cuando hablamos un idioma que no es el nuestro es mejor no traducir la lengua materna, sino pensar en el idioma extranjero, con el pensamiento pasa algo parecido: hay que hacer el esfuerzo por abandonar nuestro pensamiento “materno” para “pensar el extranjero”, aunque sea tarea ardua e imposible. Así es verdaderamente cuando apreciamos que lo esencial es distinto porque nunca se afronta del mismo modo ni ocupa el mismo lugar en la cosmovisión de la que uno parte. Es cierto que no podremos comprenderlo del todo porque otras son nuestras maneras, nuestras formas de pensar, nuestras formas de relacionarnos con los demás, con “el mundo” y con nosotros mismos, otras son también nuestras preocupaciones y miedos y, en muchos sentidos, hemos perdido cierta inocencia a la hora de mirar el mundo. Por eso volver a un tiempo que no es el nuestro nos ayuda a sacudirnos y apreciar hasta qué punto nuestra cosmovisión es un constructo que no es mejor ni peor, sino tan solo diferente.

Fíjate que tendemos a pensar la filosofía clásica desde nuestras categorías y a volver a los clásicos buscando en ellos respuesta a preguntas e inquietudes de la modernidad. Pero, por lo dicho, no se trata de volver al pensamiento clásico por lo que tienen en común con nosotros, sino precisamente por aquello que nos diferencia y haciendo el esfuerzo de romper unas categorías, las nuestras, para traer nuevos sentidos a nuestro tiempo haciéndoles espacio al generar grietas en nuestra lógica. ¿Y si lo interesante es ver cómo se agrietan nuestras propias inquietudes? ¿Y si no se trata de pensar en la filosofía clásica y aplicar nuestras categorías sino de hacerlo al revés pensar en nuestro tiempo con categorías de otro tiempo? El esfuerzo es titánico porque nos exige desmontar nuestra propia lógica para dar acogida a lo diferente, pero al hacerlo es posible que tomemos otra perspectiva para afrontar nuestras preguntas. Al hacerlo nuestra cosmovisión, que parece tan homogénea, se agrieta y desquicia. Y es de lo que se trata: desmontar, desquiciar, ver los modos de ensamblaje de nuestro tiempo y hacerlo empleando como palanca pensamientos que vienen de otro tiempo. Nietzsche decía que había que ser intempestivo. Quizá de lo que se trate es de poner a prueba el tiempo y la historia que se juega con cada pensamiento y apreciar los modos de ensamblaje de la realidad: desquiciándolos al pensarnos a destiempo a golpes de martillos de otra época.

La filosofía está en la vida diaria. Somos seres reflexivos. La pregunta por la utilidad de la filosofía y por si ‘sirve para algo’ es engañosa porque enfoca la atención en ‘servir y desplaza a la filosofía a un ámbito que no le corresponde”

La historia de los conceptos es una de sus especialidades. ¿Por qué son importantes los conceptos?
Ni los conceptos son algo fijo e inmutable ni el lenguaje es inocuo. Somos seres lingüísticos en toda su extensión, lo que quiere decir que no es que tengamos lenguaje, sino que porque tenemos lenguaje somos seres humanos. No es una capacidad: es una característica. Somos lenguaje y vivimos lingüísticamente: estamos en él, como dijera Gadamer, y nuestra forma de estar, de vivir, de pensar, de comprender, de razonar tiene que ver con la estructura lingüística que, de alguna manera, nos coloniza. Esta estructura no es inocua porque le da forma al mundo tal y como lo vemos. Los conceptos funcionan como “puntos nodales”. Su estudio nos permite entender cómo se trata y destrama nuestra visión del mundo. Cuando lo hacemos percibimos algo interesante: que un concepto forma parte de una red y que esta red cambia con el tiempo, lo que quiere decir que los conceptos, lejos de ser puntos estables, en realidad condensan y sedimentan los sentidos de una época. Son como el aleph del que hablara Borges: si miras en ellos puedes ver mundos enteros. Koselleck hablaba de una historia de los conceptos precisamente porque los conceptos son históricos y cambian. Su apariencia de inmutabilidad es solo eso: apariencia. Así cada concepto de nuestro lenguaje y de nuestro pensamiento tiene en realidad inoculado su tiempo y está cargado de ideologías e incluso modos de ver el mundo que nos condicionan y vertebran. Por eso es interesante traer al presente conceptos del pasado. Y si se hace, la filosofía se pone peligrosa: los conceptos no son únicamente núcleos a partir de los cuales entender y fundamentar sistemas: inoculados fuera de un tiempo que no es el suyo y, por tanto, con otros sentidos y contenidos semánticos, pueden dinamitar desde dentro el presente y desmantelar sistemas de los que no forman parte inicialmente. Un concepto puede ser una bomba.

"La limpidez del mal", de Ana Carrasco Conde (Plaza y Valdés).
“La limpidez del mal”, de Ana Carrasco Conde (Plaza y Valdés).

Podríamos decir que es usted “la filósofa del mal”, una experta en el “lado oscuro” de la filosofía y el concepto del mal. ¿Qué le hizo querer analizarlo e investigar sobre él? ¿Qué tiene el mal para atraer?
El mal nos atrae porque sabemos que no solo es una posibilidad que podemos llevar a la efectividad, sino que tiene una afectividad: nos afecta e interpela. Si pensamos en el bien, la justicia y la belleza y sus condiciones de posibilidad es porque tenemos experiencia de lo contrario: el mal, la injusticia y la fealdad. Esos son los tres puntos sobre los que gira mi trabajo. ¿Cómo vamos a pensar en construir un mundo más justo si no sabemos qué es lo que lo hace injusto? ¿Cómo vamos a aspirar a un mundo en el que se minimice el daño si no sabemos cuáles son sus causas? ¿Qué es lo que hace que, aunque seamos seres eminentemente intersubjetivos, velemos por nuestros propios intereses y generemos a veces, movidos por ellos, tanto dolor y malestar? Analizar el mal y entenderlo es una forma de no negar la cara ominosa de la existencia, de ser valientes y enfrentarse a ella, de aceptar que nuestro mundo está trufado de experiencias negativas, pero que negarlas no nos ayuda aunque no nos gusten las conclusiones a las que llegamos. Esconder la mirada ante el sufrimiento, el dolor, la injusticia no evita el problema. Solo enfrentándonos a lo que hace daño a nuestra sociedad y a nosotros mismos es posible otro modo de estar. Aunque fracasemos una y mil veces, aunque fallemos y nos caigamos, aunque sea una tarea imposible, es necesario. Ahora bien, por mucho que tengamos experiencia del mal, la podemos pensar porque también tenemos la del bien y, desde cierta estabilidad, tenemos la distancia para abordar el problema. No todo es malo, afortunadamente.

“Somos seres lingüísticos en toda su extensión, lo que quiere decir que no es que tengamos lenguaje, sino que porque tenemos lenguaje somos seres humanos”

¿El hombre es bueno o malo por naturaleza? ¿Ser bueno o malo depende del yo o de sus circunstancias? Pienso en Hannah Arendt y su concepto de la banalidad del mal… Si depende de las circunstancias, ¿esto no tendría el riesgo de suponer un atenuante, de, en cierta medida, ‘disculpar al malo’?
Que dependa de las circunstancias no nos exime de la responsabilidad. Precisamente por ello Arendt mencionará, al hilo de la banalidad del mal, que si el mal es banal no es porque carezca de importancia, sino porque sus causas son tan simples que dan miedo. No pensar, no cuestionar, no reflexionar. El mal tiene que ver muchas veces con la quiebra de un orden, pero también –y es esto lo que me interesa– con las desigualdades, injusticias, daño, malestar que genera un orden establecido. En este sentido se quiebran algunos principios del pensamiento binario, aquel que piensa en el bien y el mal como extremos y adscribe al bien las característica del orden y de la justicia y al mal las del desorden y la injusticia. Siempre me ha resultado inquietante e incómodo, por simple, este antagonismo maniqueísta, y que después de las más grandes matanzas y barbaridades de la historia, el hombre “racional” (y ahora más científicamente racional) trate de justificar lo que no puede aún comprender aplicando categorías de bien y mal características del siglo IV. Para Agustín de Hipona, por ejemplo, el mal moral no sería sino una corrupción del bien asociado a la libertad humana, de ahí que se parta de un “bien” inicial y se pregunte de este modo de dónde viene que hagamos el mal. Pero ¿y si la pregunta no es “de dónde” sino qué “desde dónde” y “hacia dónde”? ¿Por qué partimos del orden y del bien? ¿Realmente existió un tiempo sin mal y sin daño? No se trata de ser bueno o malo por naturaleza, no se trata de dos fuerzas en lucha, no se trata de explicar cómo el mal irrumpió en el mundo dado que “Dios”, que es bueno, creó bueno el mundo. Tampoco se trata de negar su existencia o acusar de esencialista a quien habla del mal o del bien. Es todo mucho más complejo. Bien y mal no son puntos de partida. Son resultados de procesos cuya evolución tiene que ver con las decisiones y actos de los hombres. ¿Qué sucede si el orden social en el que vivimos es el que genera el mal? ¿Y si lo que se considera “normal” y “ético” daña la dignidad de las minorías?

“El mal nos atrae porque sabemos que no solo es una posibilidad que podemos llevar a la efectividad, sino que tiene una afectividad: nos afecta e interpela”

Dicho todo esto, no creo que existan seres humanos buenos o malos por naturaleza, pero sí creo que existen seres humanos que son capaces de las mayores atrocidades porque –y esto es lo inquietante– consideran que de alguna manera es “bueno” para ellos. Es un clásico desde Sócrates: ningún hombre puede querer el mal por sí mismo. Ahora bien… habría que matizar esta afirmación: quizá no quiera el mal por sí mismo para él, pero es posible que sí lo quiera para los demás; e incluso hay quien quiere el mal para él mismo y no para los demás. Aquí bien y mal son mucho más complejos de lo que parece porque no son opuestos. Están entretejidos. El mal no irrumpe desde fuera para quebrar el bien. Partimos ya de una situación de desequilibrio en la que es un hecho que, viviendo con los otros, nos haremos daño. Una vida sin dolor es imposible. La vida duele. La cuestión es qué tipo de daño hacemos y nos hacen, cuáles son las causas y si podemos neutralizarlas o minimizarlas teniendo el coraje de pensar. El mal en este caso, como dijera Arendt, el más banal pero el más destructor es el que causa un horror indecible: cuando la falta de reflexión, de decisión y de actuación nos lleva al precipicio. En este caso, no se disculpa lo malo al pensarlo y al situarlo. De nuevo Arendt: comprender no es justificar. Lo que se hace es entender qué sistema lo ha generado, cómo, por qué, para qué y cuál es el colectivo más perjudicado.

Así que no, el hombre no es “esencialmente” bueno o malo. No estamos predeterminados. El ser humano es lo que elige ser y elige ser a través de sus actos. La cuestión es si reflexiona o no sobre ellos. El que afirme que, aunque puede hacer daño no lo haga, no quiera hacerlo, porque “vea” a los otros y los reconozca como seres que, como él, sienten, sufren y padecen. No vivimos solos: vivimos conviviendo y está en nuestra mano cuestionar el orden establecido, no dar nada por sentado, ni nada por “correcto” que nos venga impuesto desde fuera; está en nuestra mano construir juntos un orden que minimice el daño. Cuando no se hace esto es cuando irrumpe el verdadero mal, que no es “esencial” o “radical” porque no se trata de que tenga “raíces” en el alma humana, sino que tiene que ver más con un pensar lo mejor para uno mismo sin tomar en consideración los efectos sobre los demás. Es este, realmente, el que puede llegar a extremos inconcebibles. Una antigua distinción establece que el ser humano tiene libre albedrío y libertad. Somos seres que desean y podemos desear lo que queramos (libre albedrío). Ahora bien, con la libertad podemos elegir qué queremos hacer. Dejarnos llevar por las circunstancias y justificar nuestros actos basándonos en el orden el que vivimos es negar nuestra capacidad de reflexión y de acción. Hacer el mal es inevitable, pero responsabilidad nuestra es ser conscientes de nuestra capacidad de reflexión y actuación.

“El hombre no es ‘esencialmente’ bueno o malo. No estamos predeterminados. El ser humano es lo que elige ser, y elige ser a través de sus actos. La cuestión es si reflexiona o no sobre ellos”

Mal y maldad no son lo mismo

Le preguntamos a Ana Carrasco si mal y maldad son la misma cosa, y nos responde: “Si el mal tiene que ver con el daño, con un resultado final y no con una “esencia” que caracterice a las personas, la maldad en sí misma tiene que ver con el agente y con la motivación del mismo. Hay actos malos, pero también los hay execrables. No le quito la razón a Spinoza al respecto cuando, en su correspondencia con Blijenbergh, afirma que el mal en sí no existe, sino solo lo malo para mí; pero esta respuesta, válida en algunos casos, es insatisfactoria en muchos otros. Hay actos que, más allá de su contexto de pertenencia, deben ser rechazados y condenados porque apuntan a otro sentido del mal. El de la maldad… ¿y si lo que me hace bien es hacer el mal a los demás? Es esta inquietante posibilidad la que hay que pensar. Seres vivos son los que sufren, los que sienten un mal que es en realidad un daño, pero también son seres humanos los que, a menudo con conciencia, lo causan. Por eso el mal y la maldad nunca han sido, pese a su identificación, lo mismo. La maldad se relacionaría con el movimiento por el cual reflexiono sobre mi acción, soy consciente de sus consecuencias y aun así actúo para hacer daño. El mal puede proceder de una causa deficiente, del desconocimiento, de la privación, de la falta como se ha sostenido en la tradición filosófica…, pero la maldad va a asociada a una conciencia de lo que se está haciendo. Arendt sostiene que el mal más peligroso es aquel que se produce cuando un ser humano se niega a pensar y, al hacerlo, no es persona. Pero hay personas que hacen el mal. Cuando alguien tortura a una persona, cuando la ultraja o la maltrata sabe lo que hace e incluso muchas otras sabe a quién se lo hace. Es muy sencillo pensar que el victimario o perpetrador cosifica a su víctima, pero ¿y si no la cosifica? ¿Y si parte de su perversa lógica es hacer mal a una persona? La maldad tiene que ver con un límite, el de lo intolerable, que no debe ser cruzado bajo ninguna circunstancia, tiempo o cultura. Tenemos que fijar un límite ante la maldad y la crueldad que no sea la muerte o el sufrimiento ilimitado”.

"Infierno horizontal", de Ana Carrasco Conde (Plaza y Valdés).
“Infierno horizontal”, de Ana Carrasco Conde (Plaza y Valdés).

¿Puede existir algún tipo de ética dentro del mal o de la maldad, o responden precisamente a la ausencia de ella?
Que el mal tenga su lógica, que sea incluso la misma que genera el bien, no significa que tenga una ética, pero que no la tenga tampoco significa que consista en la ausencia de la misma. Es más, la necesita. En primer lugar, porque somos seres sociales y el mal o la maldad, relacionados con acciones de los hombres, solo aparecen en el ámbito de lo humano. Podemos hacer cosas mal porque hay una forma bien de hacerlas. Es verdad que, en la tradición filosófica, se ha hecho la distinción –pienso en Leibniz– de un mal metafísico (entendido como carencia de bien), un mal físico (dolor) y un mal moral (acciones de los hombres), pero si hay sufrimiento o dolor entonces no hablamos de mera carencia, porque tienen efectos, y, desde luego, lejos de ser “nada” son “algo” bien real. Si recuperamos entonces la distinción entre el mal y la maldad, el mal (entendido como daño o como algo deficiente, mal hecho o mal aplicado, a veces incluso sin voluntad) habría en cualquier ética; es más: si hay ética es precisamente porque, tras una reflexión sobre un mal ya existente o probable, se trata de minimizarlo con normas y principios. Con la maldad en cambio nos enfrentamos a otra cosa: no la ausencia de ética o de moral, sino con la transgresión consciente de un límite que nunca debería cruzarse y que pertenece a un marco de regulación de partida. Es justamente esta violación la que se busca en el acto de maldad más extremo. Ir más allá porque se puede. Dicho de otra forma: no es que haya un tipo de ética de la maldad o del mal o una ausencia de la misma, sino que el mal y la maldad se dan dentro de una ética, que no es la misma que vela por el bien.

Leí unas palabras suyas en las que decía que, en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI, son en su mayoría mujeres las que han acometido el problema del mal y el horror en toda su hondura. ¿A qué cree que se debe esto?
Cada cosa que hacemos dice algo de nosotras mismos y de nuestras preocupaciones, de lo que nos afecta y nos interpreta. En este sentido, lamentablemente, la mujer ha sido el sujeto más inerme y más expuesto dentro de los sistemas de poder: objeto de abuso, ultraje, degradación. Desde Arendt, las mujeres, con acceso a la educación y a la formación superior, han sido las que, por recuperar la metáfora de la Gorgona (por cierto, mujer) se han atrevido a mirar más de cerca el horror. Quizá no hemos tenido más remedio por lo que decía antes: porque es ella la que nos mira más directamente a nosotras. Ahí tenemos efectivamente desde la filosofía a Cavarero, a Roudinesco o a Kristeva; desde la psicología a Melanie Klein o desde la sociología a Segato.

“Analizar el mal y entenderlo es una forma de no negar la cara ominosa de la existencia, de enfrentarse a ella. Negar las experiencias negativas no nos ayuda aunque no nos gusten las conclusiones a las que llegamos”

Es verdad que todos los seres humanos somos vulnerables. Nadie negará tal cosa. Y todos experimentamos y padecemos el mal. Tampoco nadie lo negará. Pero la mujer (y los colectivos menos favorecidos) experimentan ese impacto de forma más expuesta y, lamentablemente, más inerme. No quiere decir esto que el mal no sea experimentado por todo ser humano (solo hay que pensar en las torturas militares en Irak, por poner un caso, en las que algunas militares son las victimarias y son los hombres las víctimas… y aquí sería también interesante analizar el porqué de este cambio de roles), sino que las formas más demenciales y crueles del mal, más perversas, con mayores ultrajes, con mayor ensañamiento, se han ejercido sobre la mujer, e incluso se han encarado con mayor indiferencia, se ha minimizando su importancia e incluso se ha cuestionado su gravedad. Eso es, me temo, otra forma de hacer el mal. Por otro lado, también a la mujer le ha sido asignado el papel de representante del mal o introductora del mismo en el mundo (desde Pandora a Eva). No deja de ser curioso: aquella que lo introduce es aquella que más lo sufre.

Filosofía y feminismo

¿Qué ha aportado la filosofía a la historia del feminismo? ¿Y qué ha aportado el feminismo a la filosofía? “La filosofía ha dotado de conceptos –nos dice Ana Carrasco–, pero no ha sido hasta la llegada del feminismo cuando se han podido emplear esos mismos conceptos para abrir ‘el concepto’ que se tenía de la filosofía y hacerla así distinta, desde una nueva perspectiva o, como me gusta decirlo, desde una nueva lógica, que desarticule y cortocircuite la anterior. Desde mi punto de vista, no se trata se conseguir una mayor igualdad reivindicando un espacio en una especie de habitación propia al modo de Virginia Woolf. De lo que se trata es de construir un nuevo espacio, una nueva casa, en la que mujeres y hombres sean, de facto, iguales, sin desventajas iniciales. En este sentido, el feminismo ha configurado no solo un nuevo modo de hacer filosofía, sino que la ha transformado cuestionando sus propias bases y los lugares, en apariencia neutrales, desde donde ha sido contada. Ha habido filósofas y estas han sido invisibilizadas por un discurso dominante. Hoy miramos a Grecia o a la Europa romántica y pensamos que aquellas filósofas eran figuras menores, pero eso es una invención más: Diotima o Aspasia, mencionas explícitamente por Platón en el Banquete o en el Menéxeno, o mi querida Madame de Staël, que encaró a Napoleón y la consideró un peligro público, dan cuenta de que siempre hubo filósofas que eran escuchadas… y temidas. Quizá si el feminismo no se impone y sí lo hace la desigualdad (es llamativo los movimientos de defensa reaccionaria del patriarcado), dentro de doscientos años se diga que en el siglo XXI hubo un par de filósofas, pero que eran figuras menores… Y lo curioso es que, si uno mira alrededor, las propuestas más interesantes vienen precisamente de filósofas que reivindican un feminismo que no busca que las mujeres se hagan un lugar, sino que busca un nuevo lugar más equitativo y justo para todos y todas, más allá de aquella habitación propia. El feminismo nos ha permitido en este sentido ver de otra forma la filosofía y nos ha invitado a repensarla y hacerla nuestra, muy lejos de los modos de las lógicas hegemónicas (y masculinas) y, al mismo tiempo, la filosofía ha dotado al feminismo de herramientas críticas para propiciar ese cambio”.

"La ciudad reflejada. Memoria e identidades urbanas", de Ana Carrasco Conde (Díaz & Pons).
“La ciudad reflejada. Memoria e identidades urbanas”, editado por Ana Carrasco Conde (Díaz & Pons).

El mal está en todas partes, en la ‘macrorrealidad’ (las guerras, la desigualdad, el hambre…) y en la ‘microrrealidad’ (envidia, egoísmo, miedo, amenazas…). Tenemos tanta información y tan cotidiana, tantas imágenes y noticias sobre él que está muy “normalizado”. Incluso quizá nos esté anestesiando… ¿El mal se podría erradicar, o forma parte de la propia esencia del ser humano? ¿Podríamos vivir como especie sin el mal o lo necesitamos?
No es irradicable precisamente por el hecho de que es una de las posibilidades de nuestra libertad. De no tener la posibilidad de hacerlo no seríamos libres, lo que no quiere decir que sea tolerable ni necesario (es necesario que sea libre, pero no es necesario que se opte por él). Desde esta conciencia de algo que forma parte de nosotros, debemos tener el valor de encararlo. Si de erradicarlo se trata, siempre fracasaremos, pero el hecho mismo de aceptar la negatividad que nos es constitutiva nos permite plantarle cara y ganar algunas batallas (micro) y algunas guerras (macro). No es en todo caso constitutivo: no es que el hombre sea esencialmente malo (tampoco es bueno), sino que tanto bien y mal existen como resultado de acciones más encaminadas a velar por nuestros propios intereses que por hacer daño a los demás (no así la maldad). Con más frecuencia de lo que creemos –y esto es una forma de banalidad del mal– actuamos sin calcular las consecuencias de nuestras acciones y, cegados por nuestro ego y lo que queremos para nosotros mismos (lo que nos hace bien), ni vemos ni pensamos en los demás (e incluso nos da igual su mal). Quizá para esta última forma sí haya algún remedio, que pasa, a mi entender, por una educación en la sensibilidad. A veces el daño que hacemos puede evitarse pensando en los demás y, si somos seres que vivimos conviviendo, poniendo más peso en el convivir que el vivir.

“En ocasiones ni vemos ni pensamos en los demás e incluso nos da igual su mal. El remedio pasa por una educación en la sensibilidad. A veces el daño que hacemos puede evitarse pensando en los demás y, si somos seres que vivimos conviviendo, poniendo más peso en el convivir que el vivir”

Dice que su último libro, En torno a la crueldad, que publicará este año, supone un “ajuste de cuentas con la tradición filosófica”. ¿A qué se refiere? ¿Cree que no se ha ocupado la filosofía históricamente del mal?
Al contrario: sí se ha ocupado, pero con cobardía. La tradición filosófica, al enfrentarse al problema del mal, usualmente ha hecho de los conceptos un escudo tras el que parapetarse, pero los conceptos no deben ser utilizados como escudos, sino como armas de análisis. Y así han hecho los filósofos: construir un escudo de palabras, razones y lógicas, como Perseo para mirar a la Gorgona. Pero este muro ha imposibilitado ser consciente de la realidad y profundidad del mal que experimentamos. Lo cierto es que cuando tomas una de las explicaciones teóricas en torno al mal, por muy coherente y argumentada que esté, no termina de explicar la realidad que experimentamos en la vida. Las respuestas de la tradición filosófica, de Sócrates a Schelling, con quien discuto especialmente para cuestionar su propuesta, no dejan de ser insatisfactorias porque de un modo u otro, ante la experiencia de la realidad del mal, las cuentas no salen. El concepto no debe apartarnos de la vida, debe ayudarnos a pensarla en toda su profundidad, aunque corramos el riesgo de convertirnos en piedra. Pero es mejor convertirse en piedra y que siga latiendo el corazón, que convertir en piedra el corazón y que nuestro cuerpo ya no sienta ni se enfrente al dolor de los demás.

En torno a la crueldad, que espero que salga este 2019, supone mi ajuste de cuentas con la tradición filosófica, pero también conmigo misma. Es un libro duro para mí y muy difícil de escribir. Se acabaron las armaduras y las licencias poéticas: para pensar el mal hay que mirarlo a la cara, es preciso tomar tierra y encararse al mal de verdad, al dolor de los demás. En este sentido he indagado y trabajado con casos reales, con énfasis en asesinatos, genocidios, violaciones y feminicidios. He llegado a tres conclusiones claves para mí y mi línea de trabajo: en primer lugar, la distinción clave entre el mal y la maldad; en segundo lugar, qué transgresión puede ser la que realiza la maldad; y, finalmente, he elaborado la noción de “reconocimiento perverso”.

"El fondo de la historia. Estudios sobre idealismo alemán y romanticismo", de Ana Carrasco Conde (Dykinson editorial).
“El fondo de la historia. Estudios sobre idealismo alemán y romanticismo”, de Ana Carrasco Conde (Dykinson Editorial).

Además del mal, usted se ha especializado en el idealismo alemán y el romanticismo. ¿Qué le aportan estas filosofías, qué le atrapó de ellas?
Si hay una palabra clave en el idealismo es “sujeto”. Este es uno de los grandes temas que me preocupan: cómo el sujeto se convierte en quién es o, si quieres, cómo y qué tipo de procesos de subjetivación hacen que el individuo se convierta en sujeto. Quienes analizaron esto pormenorizadamente en relación con la historia y el tiempo fueron los grandes filósofos del idealismo alemán (Fichte, Hegel, Schelling e incluyo a Hölderlin), que además entendieron que el sujeto se hace con los otros y junto a los otros en una comunidad. Por eso, aunque normalmente se entiende al idealismo con el prejuicio de que solo hay un “sujeto” que es “absoluto” y que este no atiende a la realidad, sino a lo que surge “en su cabeza”, esto no es del todo así. A menudo suele olvidarse que lo que dice Fichte es que no hay un “yo” sin “otros yoes”, es decir, que lo que sea el yo se da siempre en un ámbito de intersubjetividad y que no hay algo así como un sujeto aislado.

En esta conformación, este sujeto se hace, se subjetiviza, con lo que no es él mismo, es decir, con lo otro, con el mundo; pero, al hacerlo, ese mundo tiene la forma que el sujeto le da, no porque el sujeto “dé forma” al mundo en sí mismo o porque “lo cree en su mente”, sino porque nuestra forma de percibir el mundo, de pensarlo, de sentirlo, de experimentarlo está condicionada por nuestros modos de conocer, de sentir y de pensar. Ambos elementos –la constitución de la subjetividad a nivel intersubjetivo y la forma que tenemos de acceder a la realidad– son temas que me inquietan, pero dándoles la vuelta: si solo hay un yo entre otros “yoes”, ¿qué pasa si desarticulamos o corrompemos el vínculo social y afectivo de la intersubjetividad? ¿Qué tipo de comunidad encontraríamos?; si el mundo que veo tiene que ver con mis modos de pensarlo, ¿qué dicen de mí los monstruos y miedos que proyecto en el mundo? ¿Qué se me hurta cuando, por decirlo con Lacan, simbolizo el lugar del trauma? ¿Y si esa simbolización no me permite ver a los demás, sino solo el velo simbólico-imaginario que yo quiero darle? Por su parte, el romanticismo, que es ante todo una posición estética, me ha interesado porque indaga en la pregunta por el todo que trata de apresar ese constructo y hacerlo, además, prestando atención a la belleza e incluso que se centra en los elementos menos bellos de nuestra existencia (de ahí mi dedicación al romanticismo negro y mi atención por los monstruos y la literatura de terror).

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