Akbar, el rey de la tolerancia religiosa en la India

Akbar pertenecía a la dinastía de los mogoles, emperadores musulmanes persas descendientes del mongol Gengis Khan que controlaron buena parte del suroeste de Asia durante más de tres siglos. Gobernó entre 1556 y 1605 y llegó a controlar un territorio que se extendía por el actual norte de India, partes de Pakistán y llegaba hasta Kabul. En la India construyó este conjunto palaciego de Fatehpur Sikri. Foto: José María Rodero.
Akbar pertenecía a la dinastía de los mogoles, emperadores musulmanes persas descendientes del mongol Gengis Khan que controlaron buena parte del suroeste de Asia durante más de tres siglos. Gobernó entre 1556 y 1605 y llegó a controlar un territorio que se extendía por el actual norte de India, partes de Pakistán y llegaba hasta Kabul. En la India construyó este conjunto palaciego de Fatehpur Sikri. Foto: José María Rodero.

En 1582, Felipe II, rey de España y Portugal, recibió una carta de la lejana India escrita por Akbar, el emperador. El objetivo de la misiva era felicitar al monarca por su reciente ascenso al trono, pero el escrito contenía también un mensaje de tolerancia poco habitual en una época en la que la persecución religiosa asolaba Europa.

Por José María Rodero

La carta de Akbar decía así:

“Los hombres se encuentran atados a las cadenas de la tradición y, mediante la imitación de sus padres, continúan los caminos seguidos por ellos sin investigar sus propios argumentos y razones para seguir la religión en la que nacieron y fueron educados. Por tanto, se excluyen a sí mismos de la posibilidad de alcanzar la verdad, que es la aspiración más noble del intelecto humano. Es por ello por lo que nosotros nos relacionamos con hombres cultos de todas las religiones, beneficiándonos de sus exquisitos discursos y de sus exaltadas aspiraciones”.

El autor de la misiva era el entonces emperador de India Jalaluddin Muhammad, conocido como Akbar (“el grande”, en árabe). Akbar pertenecía a los mogoles, una dinastía de emperadores musulmanes persas descendientes del mongol Gengis Khan que controlaron buena parte del suroeste de Asia durante más de tres siglos. Gobernó entre 1556 y 1605 y llegó a controlar un territorio que se extendía por el actual norte de India, partes de Pakistán y llegaba hasta Kabul.

Su alegato en favor del respeto a la diferencia ante Felipe II no fue casual. Con su carta, el emperador intentaba sellar la paz con los cristianos. Las tropas mogolas se habían visto implicadas en un ataque contra el enclave portugués de Goa, en la costa occidental india, y la misión jesuita portuguesa establecida en la corte a invitación de Akbar había amenazado con marcharse, algo que el emperador quería evitar a toda costa. Para él, contar con cristianos en su corte era más importante que los enfrentamientos territoriales.

Akbar comprendió que para mantener un imperio tan complejo como el suyo debía contar con el apoyo de sus habitantes y supo granjearse una gran popularidad entre la población a base de cercanía y respeto por las tradiciones locales

Paz para todos

Fatehpur Sikri, el conjunto palaciego que construyó cerca de la ciudad de Agra y que sigue siendo una de las joyas de la arquitectura indoislámica característica de la época. Foto: José María Rodero.
La residencia palaciega Fatehpur Sikri está cerca de la ciudad de Agra y hoy sigue siendo una de las joyas de la arquitectura indoislámica característica de la época. Foto: José María Rodero.

Akbar heredó de su padre a los 13 años un imperio difícil de gobernar. A las guerras, matanzas y traiciones habituales de la época había que sumar el hecho de que la gran mayoría de sus súbditos no profesaba el islam como él, sino el hinduismo, dos religiones muy diferentes cuyas discrepancias siguen ocasionando, incluso a día de hoy, fuertes enfrentamientos en India.

Pero Jalaluddin Muhammad no fue un gobernante al uso. Al contrario que la mayoría de sus predecesores y gobernantes de su tiempo, no quiso imponer sus creencias sobre los que ya eran sus súbditos ni sobre los habitantes de las tierras que fue conquistando, y se rigió por el concepto sufí del Sulh-e-kul o “paz para todos”. A pesar de ser analfabeto, desarrolló un gusto por la vida intelectual, las artes y el trato con culturas ajenas a la suya. En concreto, fomentó el debate entre teólogos y contó con profesores de las principales confesiones religiosas de la época, todo con el fin de lograr un entendimiento entre ellas. Invitó a su corte a hindúes, zoroastrianos, budistas, jainistas, miembros de diferentes corrientes musulmanas como chiíes, suníes y sufíes… Y también a los jesuitas cristianos. Para Akbar, todos ellos eran parte fundamental de la vida en la corte.

A Akbar no le convencía ninguna religión y aseguraba que no existía ninguna fe acreditada de forma divina porque en todas encontraba algo que ofendía su razón y su inteligencia

Los jueves, reunión

Fatehpur Sikri, la residencia que Akbar se ordenó construir y donde celebraba sus reuniones religiosas
Una de las edificaciones de Fatehpur Sikri, la residencia que Akbar se ordenó construir y donde celebraba sus reuniones religiosas. Foto: José María Rodero.

Cada jueves por la noche, Akbar solía reunir a miembros de distintas religiones en ceremonias en el Ibadat Khana o “Casa de la adoración”. Aquí podían discutir diferentes asuntos y opinar desde sus distintas perspectivas. El lugar se encontraba dentro de Fatehpur Sikri, el conjunto palaciego que construyó cerca de la ciudad de Agra y que sigue siendo una de las joyas de la arquitectura indoislámica característica de la época.

Akbar fue, sobre todo, político. Comprendió que el mantenimiento de un imperio tan complejo como el suyo pasaba por contar con el apoyo de sus habitantes y supo granjearse una gran popularidad entre la población a base de cercanía y respeto por las tradiciones locales, especialmente las hindúes. Autorizó la construcción de templos, suprimió los impuestos vigentes para los no musulmanes y permitió que personas de otras religiones accedieran a altos cargos en su gobierno.

Su búsqueda de la integración religiosa, así como de alianzas estratégicas con nobles locales, lo llevó a casarse con infinidad de mujeres de distintas religiones que conformaban un gigantesco harén. Entre ellas, destacaron tres: una musulmana de origen turco, una cristiana portuguesa y una hindú. Para ellas construyó lujosos aposentos en su palacio decorados con elementos de sus respectivas religiones.

Una nueva religión que los representara a todos

Las columnas del conjunto palaciego de Fatehpur Sikri tienen grabados de distintas religiones y representan la religión que creó Akbar, el Din-i-Ilahi.
Las columnas de Fatehpur Sikri tienen grabados de distintas religiones y representan la religión que creó Akbar, el Din-i-Ilahi. Foto: José María Rodero.

Para las misiones jesuitas que acudieron hasta en tres ocasiones a la corte de Akbar, la religión que profesaba el emperador era un misterio. Para los monjes, encabezados por el español Antonio de Montserrat, se trataba de un hombre ecléctico que acabó representando una gran decepción. En muchas ocasiones creyeron haberlo convencido para convertirse al cristianismo, pero nunca lo consiguieron. Según los documentos de las autoridades portuguesas de Goa de la época, elaborados con la información que aportaban los misioneros, a Akbar no le convencía ninguna religión y aseguraba que no existía ninguna fe acreditada de forma divina porque, según decía, en todas encontraba algo que ofendía su razón y su inteligencia. Para algunos era musulmán, para otros adoraba al sol y para otros, simplemente, supo mantener su ambigüedad para ganar popularidad.

Quizá fue por ello por lo que la máxima expresión del afán de Akbar por lograr la comunión entre culturas fue su intento de conjugar las distintas creencias existentes en la época y unificarlas bajo una nueva religión, a la que llamó Din-i-Ilahi o “religión de Dios”, y que funcionaba también, en cierta medida, como un culto a su persona.

Esta nueva fe era un sistema ético que tomaba elementos de varias confesiones, principalmente del islam y el hinduismo. El código moral prohibía pecados como la sensualidad, la difamación o la codicia y alababa virtudes como la bondad, la prudencia o la piedad. Aunque muchos de los preceptos del Din-i-Ilahi tenían claras raíces islámicas o estaban directamente basados en el Corán, las críticas del emperador hacia la intransigencia de ciertos teólogos musulmanes y su distanciamiento de algunos conceptos tradicionales le hicieron ganarse enemigos entre los suyos.

El código moral de la nueva religión prohibía pecados como la sensualidad, la difamación o la codicia y alababa virtudes como la bondad, la prudencia o la piedad

Además, la negativa de la práctica totalidad de personas que rodeaban a Akbar a abandonar sus propias religiones para abrazar una nueva hizo que el Din-i-Ilahi quedara reducido al ámbito de un pequeño grupo de intelectuales y acabara desapareciendo con la muerte del emperador. Y no fue lo único que desapareció. Las generaciones de dirigentes posteriores no continuaron el legado de Akbar. Aunque, en general, los mogoles fueron gobernantes tolerantes, ninguno demostró tanto interés por el respeto hacia las culturas ajenas como Jalaluddin Muhammad el Grande.

El origen del parchís

No se puede asegurar que Akbar fuera el creador del juego que fue el origen del parchís, pero sí se sabe que era un gran aficionado. El emperador ordenó construir tableros gigantes en los patios de sus palacios. El más famoso, este, en Fatehpur Sikri. Foto: José María Rodero.
No se puede asegurar que Akbar fuera el creador del juego que fue el origen del parchís, pero sí se sabe que era un gran aficionado. El emperador ordenó construir tableros gigantes en los patios de sus palacios. El más famoso, este, en Fatehpur Sikri. Foto: José María Rodero.

El juego del parchís que conocemos hoy fue popularizado por los británicos, pero su origen se encuentra en la India. La palabra parchís procede del vocablo pachisi, que en hindi significa veinticinco, número máximo de casillas que se podía avanzar por tirada. El pachisi era una variedad del chaupar, muy popular en la zona.

Si bien no se puede asegurar que Akbar fuera el creador de dicho juego de mesa, sí se sabe que era un gran aficionado. El emperador ordenó construir tableros gigantes en los patios de sus palacios. El más famoso de ellos, en Fatehpur Sikri. La forma de jugar de la época era ligeramente diferente a la actual. Akbar se situaba en el centro del juego y lanzaba conchas de cauríes (caracoles marinos que servían de moneda en India) que hacían las veces de dados. El número de conchas que cayeran con su abertura hacia arriba marcaba las casillas que se debía avanzar. El emperador, además, no usaba fichas, sino que empleaba a dieciséis mujeres de su harén, que se iban desplazando por el tablero.

Los tableros de Akbar son las muestras confirmadas más antiguas de este juego que se conservan a día de hoy.

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