La carta de Akbar decía así:
«Los hombres se encuentran atados a las cadenas de la tradición y, mediante la imitación de sus padres, continúan los caminos seguidos por ellos sin investigar sus propios argumentos y razones para seguir la religión en la que nacieron y fueron educados. Por tanto, se excluyen a sí mismos de la posibilidad de alcanzar la verdad, que es la aspiración más noble del intelecto humano. Es por ello por lo que nosotros nos relacionamos con hombres cultos de todas las religiones, beneficiándonos de sus exquisitos discursos y de sus exaltadas aspiraciones».
El autor de la misiva era el entonces emperador de India Jalaluddin Muhammad, conocido como Akbar (“el grande”, en árabe). Akbar pertenecía a los mogoles, una dinastía de emperadores musulmanes persas descendientes del mongol Gengis Khan que controlaron buena parte del suroeste de Asia durante más de tres siglos. Gobernó entre 1556 y 1605 y llegó a controlar un territorio que se extendía por el actual norte de India, partes de Pakistán y llegaba hasta Kabul.
Su alegato en favor del respeto a la diferencia ante Felipe II no fue casual. Con su carta, el emperador intentaba sellar la paz con los cristianos. Las tropas mogolas se habían visto implicadas en un ataque contra el enclave portugués de Goa, en la costa occidental india, y la misión jesuita portuguesa establecida en la corte a invitación de Akbar había amenazado con marcharse, algo que el emperador quería evitar a toda costa. Para él, contar con cristianos en su corte era más importante que los enfrentamientos territoriales.













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