La filósofa húngara Ágnes Heller (1929-2019). Diseño hecho a partir de la imagen Ágnes Heller at Göteborg Book Fair 2015, del 25 de septiembre de 2015, de Arild Vågen, distribuida por Wikipedia bajo licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-SA 4.0).
La filósofa húngara Ágnes Heller (1929-2019). Diseño hecho a partir de la imagen Ágnes Heller at Göteborg Book Fair 2015, del 25 de septiembre de 2015, de Arild Vågen, distribuida por Wikipedia bajo licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-SA 4.0).

Ágnes Heller se opuso a los totalitarismos. Los sufrió de cerca, se enfrentó a ellos y marcaron su labor intelectual. Recordamos las ideas de esta filósofa húngara que ha muerto a los 90 años este 19 de julio de 2019 dejando toda una vida dedicada al pensamiento.

Por Amalia Mosquera 

«Creo en algo: las personas buenas existen, siempre han existido y siempre existirán. Y sé quiénes son las buenas personas». Esto le decía Ágnes Heller al periodista Guillermo Altares en una entrevista para El País Semanal en agosto de hace dos años. Y digamos que tiene mérito creer de forma tan rotunda y clara que las personas buenas existen cuando una ha vivido de cerca las terribles amenazas totalitaristas. Se libró del Holocausto; ella y su madre lograron escapar de ser deportadas a campos de exterminio. Heller pudo contarlo, pero otros familiares no; a su padre, sin ir más lejos, lo mataron en Auschwitz. Ellas se libraron de aquel infierno y de aquella muerte de manera fortuita, «por accidente», como ha dicho ella, «como todo el mundo que consiguió salir vivo de aquello». Y ella lo consiguió en más de una ocasión. Una vez le dispararon, pero la bala no la alcanzó, sobrevoló su cabeza. En otra ocasión, los fascistas húngaros, que estaban asesinando judíos junto al Danubio, pararon sus matanzas antes de llegar a su casa. También lograron escapar cuando ya estaban en una cola que las llevaba directas a la muerte…

Tras la Segunda Guerra Mundial, Heller se convierte en disidente comunista y tiene que exiliarse de su Hungría natal, primero a Australia, en 1977, y más tarde a Estados Unidos, en 1986, donde sucedió como profesora a otra filósofa que sabía bien qué era y qué suponía el Holocausto, Hannah Arendt, en la New School for Social Research de Nueva York. «¿Incluso [existen las personas buenas] en los peores momentos de la historia, como el nazismo o las dictaduras comunistas?», le pregunta Altares en la entrevista para El País Semanal. «Sí, eso es algo que le contará cualquiera que haya pasado por una situación así, por los gulags o por los campos de exterminio –responde Heller–. Muchos de los supervivientes deben su vida a alguien que los ayudó». Seguramente Viktor Frankl, el autor de El hombre en busca de sentido, que sobrevivió a varios campos de concentración nazis y lo contó en su libro, le daría la razón.

Ágnes Heller se libró del Holocausto; ella y su madre lograron escapar de ser deportadas a campos de exterminio. Ellas pudieron contarlo, otros familiares no; a su padre lo mataron en Auschwitz

Del marxismo a la disidencia 

La filósofa húngara Ágnes Heller nació en Budapest el 12 de mayo de 1929, en una familia judía. Fue una de las pensadoras más destacadas del siglo XX y una de las figuras principales de la Escuela de Budapest, corriente crítica del socialismo húngaro que se desarrolló a partir de la insurrección de 1956, reprimida por las tropas soviéticas.

Los orígenes de las ideas de Heller fueron marxistas. Estudió Filosofía –después de haberse interesado en un primer momento por la Física y la Química– y fue alumna y discípula del impulsor de la Escuela de Budapest, uno de los principales pensadores húngaros del siglo XX, el filósofo marxista György Lukács. Llegó a formar parte del Partido Comunista. Esta primera etapa de su pensamiento está marcada por esta cercanía a Lukács; representaba la nueva izquierda del Este. Pero la filósofa va alejándose de las posturas marxistas. Para Heller, el sujeto revolucionario ya no es la clase obrera, sino el individuo. «No soy ni marxista ni postmarxista. Soy Ágnes Heller», dicen que dijo.

Tras la invasión soviética del año 1956 que acabó con un movimiento de intento de liberalización del régimen comunista húngaro, Heller se hizo disidente. Perseguida por el régimen comunista en los años 70, tuvo que salir de su país. No regresó a Hungría hasta los años 2000. Allí de nuevo, se convirtió en una importante voz de la oposición intelectual al primer ministro conservador Viktor Orban.

Estudió Filosofía y fue alumna y discípula del impulsor de la Escuela de Budapest, uno de los principales pensadores húngaros del siglo XX, el filósofo marxista György Lukács

Razón y vida cotidiana

Sociología de la vida cotidiana, de Heller.
Sociología de la vida cotidiana, de Ágnes Heller.

Experta en ética, historia, pensamiento político y social, Heller reflexionó sobre la razón y la vida cotidiana. De esta última habló en varios de sus libros como Historia y vida cotidiana o Sociología de la vida cotidiana. Esta es una de las aportaciones más importantes de Ágnes Heller a la filosofía, la que se refiere al ámbito de la vida cotidiana. Lo habitual, lo común, lo que hacemos a diario y compartimos con otros seres humanos; la dimensión esencial de la existencia social, un fenómeno universal.

«En la vida cotidiana los tipos de actividad son tan heterogéneos como las habilidades, las aptitudes, los tipos de percepción y los afectos; o más exactamente: ya que la vida cotidiana requiere tipos de actividad netamente heterogéneos, en ella se desarrollan habilidades, aptitudes y sentimientos netamente heterogéneos. La heterogeneidad de las formas de actividad no se evidencia solo por el hecho de que estas sean de especie diferente, sino también porque tienen distinta importancia y, desde luego, no en último lugar, porque cambian de importancia según el ángulo visual desde el que se las considera. La importancia de las comidas, del tráfico, de la limpieza, del trabajo, del reposo, del diálogo, de la sexualidad, del juego, de la diversión, del trabajo en común (discusión), por citar algunos tipos de actividad, es muy diversa en la vida cotidiana de los individuos según los tiempos y el estrato social. Algunos de ellos son indispensables para mantenerse vivo, otros no; algunos son indiferentes para el desarrollo de la personalidad, otros lo estimulan; algunos poseen un contenido de valor, otros están exentos de él.

(…) La categoría de ‘útil’ ha adquirido en la sociedad de clase (…) un doble sentido. Lo ‘útil para mí’ y lo ‘útil para otros’ se han convertido en un par de categorías divergentes (…) Tal divergencia es un fenómeno de alienación, presente en mayor grado cuanto más se convierte o puede convertirse el hombre en un obstáculo para la actividad, para el autodesarrollo del otro. Allí donde el hombre constituye una parte orgánica de una comunidad hasta el punto de conseguir afirmarse solamente con la mediación de esta comunidad, la divergencia permanece oculta. Por el contrario, cuando las comunidades naturales están disueltas definitivamente (en la sociedad capitalista), la divergencia aparece clarísima. Y es frente a este hecho al que la burguesía reacciona con su teoría utilitaria, según la cual el bien común es precisamente el resultado de alcanzar el propio bien».
Sociología de la vida cotidiana, Ágnes Heller

En su reflexión sobre la razón llegó a la conclusión de que ya no creía en ella. Así se lo dijo a Guillermo Altares en El País Semanal: «Ya no confío en la razón porque los totalitarismos nos han enseñado que los malos instintos pueden matar a miles, a decenas de miles, pero solo la razón puede matar a millones, porque la ideología basada en el pensamiento racional establece que matar es correcto. La maldad puede matar a unos pocos, pero es la persuasión, el llamamiento a la razón, lo que te puede llevar a hacer cosas mucho más terribles».

Cuestión de clase, raza o Dios

El Holocausto, los gobiernos totalitarios y su experiencia con ellos marcaron la labor intelectual de Heller. «Los totalitarismos tienen algo en común, siempre forman una ideología y esa ideología apunta el dedo contra un enemigo, que debe ser destruido. Las ideologías difieren, los enemigos difieren, pero la función es la misma –explicaba la filósofa en una entrevista a Infobae Cultura en octubre de 2017 en Buenos Aires (Argentina)–. Con los alemanes se trataba de las razas inferiores, en la Unión Soviética el enemigo era de clase. Estos dos estados totalitarios básicamente querían también matar a Dios. Los nazis eran paganos y los soviéticos ateos. Un tercer tipo viene con la ideología del islamismo, ellos tienen un Dios especial, un Dios de su propia interpretación del Corán que apunta el dedo a sus enemigos. Todos son enemigos, israelíes, cristianos, judíos, y luchan contra ellos en el nombre de Dios, no en su contra».

«Cuando los cristianos y los judíos recuperen al Jesús judío, será un gesto de la memoria colectiva que no se dirigirá al pasado, sino al futuro». Ágnes Heller

El gran misterio

La resurrección del Jesús judío, de Ágnes Heller (Herder).
La resurrección del Jesús judío, de Heller (Herder).

A la religión y la figura de Jesús en concreto le dedicó un libro: La resurrección del Jesús judío, publicado por Herder. En él trata lo que Heller consideraba un gran misterio: el Jesús cristiano resucitó al tercer día, pero se necesitaron dos mil años para que resucitara el Jesús judío. ¿Qué consecuencias tuvo ese olvido? Para construir un escenario de reconciliación, la filósofa intenta desmontar en esta obra la idea deicida de los judíos, en la que el cristianismo formó su identidad por diferencia con ellos. «Cuando los cristianos y los judíos recuperen al Jesús judío, será un gesto de la memoria colectiva que no se dirigirá al pasado, sino al futuro. Si desde ahora el recuerdo es este, nuestro futuro será transformado junto con nuestro pasado», dice Heller.

Dedicó su larga vida a la filosofía y el pensamiento, convencida del papel especial, aunque no privilegiado, aclaraba, que los filósofos cumplen como ciudadanos en los estados democráticos, «obviamente en las dictaduras no podemos ejercer ese derecho y nos volvemos súbditos de la tiranía», le dijo a Gastón Godoy en una entrevista en el medio argentino Página 12 en octubre de 2017. «El intelectual puede utilizar su potencia para encender, avivar o empezar un debate público o luchar contra dictaduras, pero no por eso cuenta con una posición privilegiada». Ágnes Heller murió el 19 de julio de 2019, a los 90 años, después de haber avivado la Filosofía del siglo XX y haber clamado contra las dictaduras.

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