«Creo en algo: las personas buenas existen, siempre han existido y siempre existirán. Y sé quiénes son las buenas personas». Esto le decía Ágnes Heller al periodista Guillermo Altares en una entrevista para El País Semanal en agosto de hace dos años. Y digamos que tiene mérito creer de forma tan rotunda y clara que las personas buenas existen cuando una ha vivido de cerca las terribles amenazas totalitaristas. Se libró del Holocausto; ella y su madre lograron escapar de ser deportadas a campos de exterminio. Heller pudo contarlo, pero otros familiares no; a su padre, sin ir más lejos, lo mataron en Auschwitz. Ellas se libraron de aquel infierno y de aquella muerte de manera fortuita, «por accidente», como ha dicho ella, «como todo el mundo que consiguió salir vivo de aquello». Y ella lo consiguió en más de una ocasión. Una vez le dispararon, pero la bala no la alcanzó, sobrevoló su cabeza. En otra ocasión, los fascistas húngaros, que estaban asesinando judíos junto al Danubio, pararon sus matanzas antes de llegar a su casa. También lograron escapar cuando ya estaban en una cola que las llevaba directas a la muerte…
Tras la Segunda Guerra Mundial, Heller se convierte en disidente comunista y tiene que exiliarse de su Hungría natal, primero a Australia, en 1977, y más tarde a Estados Unidos, en 1986, donde sucedió como profesora a otra filósofa que sabía bien qué era y qué suponía el Holocausto, Hannah Arendt, en la New School for Social Research de Nueva York. «¿Incluso [existen las personas buenas] en los peores momentos de la historia, como el nazismo o las dictaduras comunistas?», le pregunta Altares en la entrevista para El País Semanal. «Sí, eso es algo que le contará cualquiera que haya pasado por una situación así, por los gulags o por los campos de exterminio –responde Heller–. Muchos de los supervivientes deben su vida a alguien que los ayudó». Seguramente Viktor Frankl, el autor de El hombre en busca de sentido, que sobrevivió a varios campos de concentración nazis y lo contó en su libro, le daría la razón.













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