La afectividad de la protesta: entre el miedo y la esperanza

(Bogotá, 21N a 23)*. Laura Quintana

«En la atmósfera se percibe algo distinto, unas fuerzas vivas se están manifestando aquí y ahora y no se van a dispersar tan fácilmente. Lo escribo claro en la evidente incertidumbre, en medio de la inquietud y el dolor por quienes están más expuestos y ya han sido reprimidos, y de la esperanza viva por lo que aún puede pasar», escribe Laura Quintana sobre las protestas actuales en Colombia. Diseño hecho a partir de ilustración de OpenClipart-Vectors, de Pixabay, a la que hemos añadido las banderas de Colombia (izda.) y la wiphala, la indígena.
«En la atmósfera se percibe algo distinto, unas fuerzas vivas se están manifestando aquí y ahora y no se van a dispersar tan fácilmente. Lo escribo claro en la evidente incertidumbre, en medio de la inquietud y el dolor por quienes están más expuestos y ya han sido reprimidos, y de la esperanza viva por lo que aún puede pasar», escribe Laura Quintana sobre las protestas actuales en Colombia. Diseño hecho a partir de ilustración de OpenClipart-Vectors, de Pixabay, a la que hemos añadido las banderas de Colombia (izda.) y la wiphala, de los pueblos indígenas.

La filósofa colombiana Laura Quintana relata en primera persona el paro y la manifestación del 21N que ella misma vivió en Bogotá y reflexiona acerca de los afectos que la protesta despierta.

Por Laura Quintana, filósofa y profesora de la Universidad de Los Andes (Colombia)

Los afectos son haces de fuerza que atraviesan lo más íntimo y cotidiano, las estructuras más arraigadas, los espacios que habitamos, las instituciones que nos norman. Nietzsche y Deleuze, en el camino de Spinoza, lo comprendieron bien. En medio de los afectos se configura lo que deseamos y aceptamos, lo que odiamos y rechazamos, lo que nos atrae y lo que nos repulsa, lo que tememos y nos asedia, lo que nos resulta indiferente, lo que nos despierta escepticismo e incredulidad; lo que produce pánico.

Son como unas corrientes subterráneas que circulan en lo menos visible e impensado de nuestra experiencia. Y también la configuran como nuestra, como algo que recorre multiplicidades de cuerpos y su singularidad. También en los eventos que fracturan lo que habitualmente sucede aparecen esas fuerzas del deseo, que nos mueven o nos dejan en la mayor perplejidad. Muchos efectos políticos del mundo que habitamos tienen que ver con esta dimensión, pues si lo mismo se reitera o puede cambiar también depende de lo que anida en y se expresa desde la afectividad.

Por eso quisiera detenerme en una cierta constelación de afectos que he trazado a partir de ese evento que quienes nos manifestamos en Colombia recientemente llamamos «21N». Un evento que aún continúa como un efecto extendido, que puede ir adquiriendo la realidad de un paro, que muchos colombianos esperamos continúe –en medio de las estrategias de pánico y de disuasión– hasta que algo realmente pueda cambiar.

En medio de los afectos se configura lo que deseamos y aceptamos, lo que odiamos y rechazamos, lo que nos atrae y lo que nos repulsa, lo que tememos y nos asedia, lo que nos resulta indiferente, lo que nos despierta escepticismo e incredulidad; lo que produce pánico

La que trazo es una constelación muy limitada, porque es sólo como un close up, la captura de un momento que tiene una raíces afectivas profundas en la historia de múltiples violencias estructurales y de luchas que han tejido la vida psíquica y corporal de Colombia; una historia que exigiría, entre otras cosas, un análisis genealógico de múltiples afectos de miedo, rabia, indignación, resentimiento, desprecio, etc., de conflictivas y diversas irradiaciones que aquí se han conformado.

El acercamiento que quiero hacer ahora empieza con el anuncio mismo del paro para el 21 de noviembre. Y cómo este anuncio desencadenó una serie de especulaciones, proyecciones, rumores en los grandes medios, en los portavoces y representantes del gobierno, sobre una protesta que se planificaba con tanto tiempo, y cuyos seguidores empezaban a crecer, y seguían creciendo, haciendo cada vez más visibles sus voces en las redes sociales: sus reclamos, sus razones, su entusiasmo en aumento y su indignación. Una indignación desencadenada con mayor fuerza, recientemente, por el mal gobierno vigente, sus mentiras, sus planes de precarizar más la vida de los ciudadanos del común, sus bombardeos a niños, entre otros.

En esa dimensión virtual, que se configura en las redes, circula también el rumor y las opiniones, a veces mal informadas, a veces irreflexivas, que aquel va formando. Entonces empiezan a circular enunciados como estos: «Si la protesta se anuncia con tanto tiempo es porque hay muchos actores e intereses en juego», «es una protesta entonces que desestabilizará el orden público», «la protesta debe evitar la violencia que, se predice, producirá».

El rumor alimenta la especulación y una proyección imaginativa defensiva que invita a predecir lo peor. Y la especulación empieza a realizarse. Bogotá, la ciudad donde vivo, se militariza antes del paro y la gente se divide en el miedo: por una parte, el miedo de algunas personas por una protesta que exigiría tal despliegue de seguridad, fue una opinión que vi circular en redes, que me expresaron taxistas y algunos estudiantes; por otra parte, el miedo a unas fuerzas «del orden» que se han mostrado brutales, arbitrarias, autoritarias y que podrían usar los peores medios represivos para aplastar la protesta. Un miedo que podía ser plausible en un país que tradicionalmente ha perseguido el disenso, y más aún, dado el poco respeto por las instituciones democráticas republicanas del actual gobierno. En la red social de la que participo, Twitter, las personas que sigo y que tienden a estar en un espectro de izquierda crítica, que comparto, empezaron a hacer sentir este miedo. Trinos iban y venían sobre lo peor que podíamos esperar, dada la violencia estatal y paraestatal que se ha producido en Colombia.

La especulación empieza a realizarse. Bogotá, la ciudad donde vivo, se militariza antes del paro y la gente se divide en el miedo

Pero rápidamente este miedo empezó a contrarrestarse también en grupos de Whatsapp, muros de Facebook, miles de trinos, algunos medios críticos, opiniones entre amigos, declaraciones de algunos líderes políticos y de opinión. No podíamos ceder al miedo que nos buscaba disuadir y dejar perplejos, teníamos que denunciar la estigmatización de la protesta y la militarización, y teníamos que multiplicar las fuerzas, hacer todo lo posible para que la protesta fuera realmente multitudinaria, y para que utilizara estrategias de manifestación y formas de hacer visible el descontento, que no se prestaran para desencadenar la represión policial.

En los grupos de Whatsapp de los que participé, uno de ellos «Profes al paro», se discutía junto con cómo manifestar las razones y cuáles eran más urgentes, las formas de protección si había gases lacrimógenos, tiros de perdigones en los ojos, detenciones e intimidación policial. Y pese a todas las formas de disuasión, la fuerza de la protesta fue creciendo, se sentía en las calles, en las redes; las ganas también crecían con el ejemplo de Chile y Ecuador y las noticias sobre las protestas en Bolivia y la represión brutal que vienen sufriendo los indígenas allí. Y el día de salir llegó.

Salí a las 10:00 am de mi casa. En poco tiempo estaba en el Parque Nacional y se sentía un ambiente festivo, esperanzador, alegre. Los grupos de amigos se iban armando, se exhibían pancartas muy bien pensadas, creativas, ingeniosas; sonaban tambores y ritmos vibrantes, con percusiones alentadoras. Empezamos a caminar grupos muy diversos, ondeando la wiphala, la bandera de los pueblos indígenas, de las comunidades LGTBI, o sin ondear ninguna bandera, con y sin pancartas; cantamos, chiflamos y gritamos por toda la Séptima para llegar a la plaza de Bolívar, sintiendo la alegría del estar juntos, personas tan distintas, de mediana edad, viejas, muy jóvenes, indígenas, y de muy diferentes espectros sociales que en ese momento no estaban importando, en una sociedad tan segmentada y clasista como la colombiana.

Era una multitud enorme, como no la había visto en Bogotá en varias marchas en las que he estado. Y una multitud tremendamente afirmativa. Lo que se propagaba era la alegría de sentir una potencia común entre los cuerpos, de lo que se puede en un ensamblaje de muchos, igualmente vulnerables, cuando se organiza la indignación y esta se manifiesta colectivamente. La impotencia se fractura en muchos cuerpos parados, afirmando que están ahí y que sí pueden. Llovía, no importaba, seguíamos «parando para avanzar», como entonábamos con la proclama. Y cada vez éramos más cuerpos en alianza, como diría Judith Butler.

Pese a todas las formas de disuasión, la fuerza de la protesta fue creciendo, se sentía en las calles, en las redes; las ganas también crecían con el ejemplo de Chile y Ecuador y las noticias sobre las protestas en Bolivia

Cuando, con mi grupo, nos detuvimos a almorzar, empezamos a ver noticias de algunos brotes de represión en la calle 26 de Bogotá, y los persistentes señalamientos en algunos medios sobre actos de vandalismo. Y el temor entre nosotros empezó a sentirse, el temor sobre todo de que atacaran a los manifestantes y de que se desvirtuara la fuerza de la protesta, y este temor empezó a hacerse más visible en las redes con las imágenes que se compartían de algunos sectores de Bogotá y de Cali.

En la plaza de Bolívar, hacia las 2:00 pm, fuimos recibidos por una marea de sombrillas, y empujones para poder entrar y hacer parte de esa inmensa congregación. Un rato después tuve que volver porque tenía que recibir a mi hija, caminé un muy buen rato hasta que pude encontrar transporte en la ciudad. Mientras caminaba hacia el norte, la ciudad se iba sintiendo más desolada, pero yo me sentía reconciliada con gran parte de esta sociedad, sintiendo que algo en las fibras más profundas estaba cambiando; era como un éxtasis y una sensación afirmativa, muy corporal, como si se tratara de una apenas visible revolución molecular en los deseos y prioridades de las personas que habíamos marchado, y el quiebre de tantos fascismos moleculares, para decirlo con Deleuze.

Pero mientras iba avanzando, iba viendo también, de tanto en tanto, televisiones encendidas en los locales, oía a la gente a veces comentando sobre los actos vandálicos y los brotes de violencia, a los medios nacionales RCN y Caracol insistiendo sobre lo mismo, y yo iba sintiendo un amago de tristeza de que los grandes medios produjeran sus efectos de tergiversación de tantas veces y nos arrebataran la fuerza disensual y afirmativa de la protesta. Cuando llegué finalmente a mi casa, empecé a ver Twitter y hablar con algunos amigos que estaban aún en la plaza y que me empezaron a contar de los gases y de los disturbios que se produjeron allí, apenas llegó el ESMAD [Escuadrones Móviles Antidisturbios de la Policía Nacional de Colombia]. También llegaban imágenes de una violencia terrible por parte de esta fuerza y de la policía.

Los medios hegemónicos empezaron a decir que la protesta pacífica terminaba con el vandalismo y con la violencia. Yo sentí impotencia, rabia y agotamiento, sin mucho que hacer en mi casa, al cuidado de mi hija de cuatro años. De pronto amigos empezaron a circular la idea del cacerolazo. Dormí a mi hija a las 7:30 pm y, con mucho escepticismo, me asomé a las 8:00 pm al balcón con una cuchara y una cacerola. De pronto empecé a oír cacerolazos insistentes y nítidos en esa zona de los cerros orientales, y me emocioné, me emocioné mucho. Empecé a ver Twitter y se contaba de los cacerolazos en los barrios, amigos me enviaban imágenes. Descubrí el cacerolazo virtual y lo transmití en un bafle que dejé un buen rato sobre el balcón. El golpeteó en los Rosales, un barrio pudiente de Bogotá, quién lo iba a pensar, duró un buen rato.

Otras imágenes llegaban que mostraban cómo se reiniciaba la protesta en las calles, una marcha nocturna de música estridente pero liberadora, quizá como ninguna que hubiera oído por estas tierras. Nunca se había dado algo así en Colombia, se empezó a decir en redes. Oí al presidente Duque con su discurso vacío que pretendía reducir a un problema de seguridad la terrible insatisfacción popular por su gobierno. No me importó. Me fui a dormir reconciliada, con la sensación de que algo está empezando, perceptible en la atmósfera, esa sensación de algo distinto.

Lo que se propagaba era la alegría de sentir una potencia común entre los cuerpos, de lo que se puede en un ensamblaje de muchos, igualmente vulnerables, cuando se organiza la indignación y esta se manifiesta colectivamente

Me desperté al día siguiente sintiendo que tiene que continuar, tiene que continuar en la interrupción de un paro que se extiende, hasta que algo cambie. De camino al trabajo, una señora que vende café en la esquina ensayaba el cacerolazo virtual, en su celular, para ponerlo en la tarde. En el día me costó hacer otra cosa distinta a pensar sobre esto, a enviar mensajes, a hablar con amigos, a escribir sobre el asunto. Siento lo mismo en muchas otras personas de mi entorno, siento una creciente politización, pero también cómo se desnudan las peores estrategias para contenerla.

De hecho, mientras terminaba de escribir esto y se iniciaba el cacerolazo de la tarde, empecé a recibir mensajes de amigos, que me alertaban a no moverme de donde estaba, que saliera a cacerolear en mi barrio. El ambiente estaba pesado; informaron que dispersaron a la multitud reunida en la plaza de Bolívar con gases. Desde la mañana circularon imágenes muy fuertes de represión policial de las movilizaciones en el sur de la ciudad. Se oían los helicópteros volando.

Abro Twitter y empieza a circular información sobre ataques delincuenciales en distintos sectores, en los que se anuncia el toque de queda, que luego se extiende a toda Bogotá. Llegan mensaje sobre la teoría del pánico y lo que esta dice parece que se empieza a cumplir en gran medida durante el resto de la noche. Dicen que lo mismo se hizo en Chile. El pánico alimentado por el rumor para crear la sensación de caos y completa desprotección, de modo que la gente desea lo mismo que antes, reclame el orden que empezaba a fracturar. Circulan imágenes de vecinos defendiendo su propiedad, buscando autodefenderse y reclamando la acción policial. Llegan mensajes de personas que siguen caminando hacia sus casas desde el norte hasta el sur. Una forma de poner a los de abajo unos contra otros, de desencadenar afectos de defensa e inmunidad, de despertar el deseo de la mayor protección y seguridad.

Siento lo mismo en muchas otras personas de mi entorno, siento una creciente politización, pero también cómo se desnudan las peores estrategias para contenerla

Qué actuales vuelven a ser, desafortunadamente, algunas reflexiones de Agamben. Veo un trino del medio de comunicación Caracol y se anuncia la posible declaratoria de conmoción interior en el país. El estado de excepción creando sus propias condiciones para reafirmar un orden de cosas y deshacer la protesta social. Paso la noche casi en vela con uno de mis hijos, que ha oído a un vecino angustiado por la ventana y se ha inquietado; voy siguiendo cualquier información que mandan por Twitter o los grupos de Whatsapp. Piensan que pueden volver el descontento legítimo en un problema de seguridad, y es muy probable que usen los peores medios para lograrlo.

Pero en la atmósfera se percibe algo distinto, unas fuerzas vivas se están manifestando aquí y ahora y no se van a dispersar tan fácilmente. Lo escribo claro en la evidente incertidumbre, en medio de la inquietud y el dolor por quienes están más expuestos y ya han sido reprimidos, y de la esperanza viva por lo que aún puede pasar. Y lo escribo pensando también que, en medio del mundo de la virtualidad y los rumores que se multiplican, hay que seguir encontrando la manera de contrarrestar esos afectos tristes, de los poderes más autoritarios, que crean impotencia y desconfianza entre las personas, para dejar que las cosas sigan como siempre han sido. Y la filosofía también tiene un compromiso con esto, a partir de las narrativas alternativas que puede producir para pensar lo que pasa, a la escucha de su contingencia y singularidad.

Sobre la autora

La colombiana Laura Quintana es filósofa y profesora del Departamento de Filosofía de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes (Bogotá). Su libro Política de los cuerpos: Jacques Rancière y las torsiones de la emancipación ha sido este año mención de honor de los premios a la investigación que concede la Fundación Alejandro Ángel Escobar, en la categoría de Ciencias Sociales y Humanas, un prestigioso galardón, la distinción científica más alta que se entrega en Colombia. Esta es la segunda vez que premian un trabajo de filosofía y la primera que la mención se otorga a una mujer filósofa. La editorial Herder publicará este libro en 2020. Herder publicará también este próximo año un libro colectivo: Fuera de sí mismas. Motivos para dislocarse, una obra que reúne textos de las mujeres filósofas más destacadas en este momento en lengua castellana de España y América Latina, y Laura Quintana es una de ellas.

* Una versión previa de este texto apareció el domingo 24 de noviembre en el portal colombiano La Siniestra.

Haz clic aquí.
Haz clic aquí.

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre