¿A quién pertenece la intimidad?

La narración de la intimidad (y el uso de la misma) es un género cotrovertido y un tanto sospechoso: conocemos a través de uno lo que dos compartieron. No está de más pararse a pensar en si la otra persona tendría algo que añadir, refutar o aplaudir.
La narración de la intimidad es siempre controvertida: conocemos a través de uno lo que dos compartieron. No está de más pararse a pensar en si la otra persona tendría algo que añadir, refutar... Si aplaudiría o, quizá, se molestaría.

Una reflexión sobre el significado, los peligros y litigios que desencadena la intimidad, especialmente cuando esta es compartida. 

 Por Pilar G. Rodríguez

En estos días se celebra la aparición del último libro de Fernando Savater, La peor parte. Memorias de amor, profusamente recogido en medios de comunicación y aplaudido de forma unánime. La obra ofrece detalles íntimos de la relación que el filósofo mantuvo con quien fuera su pareja, fallecida hace cuatro años. Cómo el pensador la llamaba cariñosamente, su bisexualidad o su modelo de relación más o menos abierta componen esta narración. Pero dicha publicación plantea una serie de interrogantes con el tratamiento de la intimidad de fondo: ¿de verdad le interesa (nos interesa) a un público general lo que dos se llaman cariñosamente, cómo se repantingan en el sofá o si huelen siempre bien o hieden? ¿O esto va según el apellido? ¿Qué ocurriría si, en vez de un Savater, el autor fuera un cantante o un concursante de un reality desvelando esos detalles? Quizá las preguntas definitivas sean: ¿qué pensará la familia de la protagonista involuntaria del libro? Y sobre todo: ¿qué pensaría ella misma? Igual coincidía en los adjetivos que se están aplicando a la narración: sublime, delicada… Pero igual no estaba tan conforme con que esa intimidad que alumbró y que creyó dejar salvaguardada al morir vea la luz por la pluma de aquel con quien la compartió. ¿Acaso el dolor de uno otorga derechos sobre el pasado que fue de dos?

En estos días se celebra la aparición del último libro de Savater en el que este da detalles íntimos de la relación con quien fuera su pareja. ¿Qué pensaría ella? ¿Acaso el dolor de uno otorga derechos sobre un pasado que fue de dos?

La intimidad es un tema salvaje donde casi todo está por reflexionar. En él se junta identidad, experiencia, memoria, acción, valoración, ficción, recreación. Todo esto se mezcla con el ingrediente explosivo de la libertad y se dobla al hablar de la intimidad compartida para multiplicar el conflicto. Como escribió Pedro Laín Entralgo en su artículo La intimidad del hombre, «cuando no dormimos sin soñar, buena parte de nuestra vida consiste en tratar con otros». Siempre, o casi siempre, estamos con otros. De entre ellos, de manera buscada o no, alguno pasará a integrar el circulo íntimo. Esta es una de las acepciones que este término puede tomar. Entralgo hace un repaso de estas y habla de la metáfora del «recinto» atribuida a San Agustín, al «surtidor» de la vida más genuinamente personal como expresan ciertos versos de San Juan de la Cruz o al «fuero interno» de corte kantiano. Y sí, todo eso va incluido en nuestra intimidad solitaria, podríamos llamarla, para concluir afirmando que aquello que sea lo que verdaderamente somos es lo que somos en la intimidad.

Recinto, surtido o fuero interno… La intimidad nos constituye hasta el punto de poder afirmar que lo que verdaderamente somos es lo que somos en la intimidad

Con la intimidad hemos topado

Cuando dos esferas íntimas se juntan, no se juntan ellas dos solas, sino toda una constelación de relaciones, principios y circunstancias externas que yacen dormidas, apartadas, pero dispuestas a saltar al campo en cuanto a uno de los protagonistas se le tuerza algo… y duela. Puede comenzar entonces una extraña e indefinida lucha por la intimidad. ¿A quién pertenecen los recuerdos? ¿Qué es lícito o no hacer con ellos y de ellos? ¿Quién decide? ¿Quién gana, quién pierde?

Resérvame el vals, de Zelda Fitzgerald (Roman y Bueno) desencadenó una batalla por la intimidad y los recuerdos del matrimonio Fitzgerald.
Resérvame el vals, de Zelda Fitzgerald (Roman y Bueno) desencadenó una batalla por la intimidad y los recuerdos entre los Fitzgerald.

Según avanzaba la década de los felices 20, la pareja deslumbrante que habían formado el escritor Francis Scott Fitzgerald y su esposa Zelda fue bajando enteros en términos de felicidad. En la década de los 30, el deterioro evidente se vio reforzado por el internamiento de Zelda Fitzgerald en diversas clínicas psiquiátricas. En uno de esos internamientos, quizá como parte de una terapia, ella comenzó a escribir y el resultado se publicará dos años después tomando la forma de novela que titularía Resérvame el vals. El libro contenía altas dosis de biografía propia y compartida, de la misma manera que la contienen todos los libros de Fitzgerald. Curiosamente, este no pudo soportar aquella dosis de realidad mezclada con ficción escrita por mano ajena donde él se reconocía y reconocía a su vez situaciones, amistades, recuerdos vividos con su mujer. Supervisó, corrigió e hizo corregir el texto y, cuando aquello le resultó medianamente soportable, escribió a su editor –también el de Zelda– dando cuenta del proceso: «Al principio se negó a corregir…, luego corrigió completamente, agregó sus propias sugerencias y cambió una parte bastante ostentosa y autojustificativa de ‘confesiones verdaderas’ que no le hacían justicia a sí misma ni a una obra honesta». El párrafo incluye instrucciones precisas: «Y no debe escribir nada más de carácter personal durante unos seis meses, hasta recobrar fuerzas». La cursiva es suya.

Scott Fitzgeral y la intimidad ausente

El arte de perder, de Scott Fitzgerald, en Círculo de Tiza.
El arte de perder, de Scott Fitzgerald, publicado por Círculo de Tiza.

Las citas que jalonan este texto están extraídas de las cartas de Francis Scott Fitzgerald reunidas en El arte de perder, editado por Círculo de Tiza en 2015. Es una obra definitiva para comprender no solo la obra del escritor, sino sobre todo al personaje que también era el autor y que acabó por desinflarse a finales del año 1940. En el epílogo del libro, que firma Alejandro Gándara, se sostiene que los personajes de Fitzgerald «están todos aquejados de parecido mal: carecen de intimidad, su carácter es en realidad personalidad, igual que los de la Commedia dell’Arte. Viene de hablar de que la «enfermedad de la exterioridad –pues es una enfermedad, que además solo se da a conocer en estado terminal– es precisamente eso: no poder verse, construir la imagen de uno mismo exclusivamente a través de las miradas de los otros, apostar la vida al qué dirán y al qué tener». El epílogo lo titula: F. Scott Fitzgeral, en la intimidad ausente.

En los mismos términos (y cursivas) se dirige a la doctora Mildred Squires, que trataba a Zelda en su internamiento. Las instrucciones se vuelven chantaje al final de esa carta remitida en la primavera del 32, cuando Fitzgerald escribe: «Hoy me habló de una novela ‘sobre nuestra pelea y mi locura’. Si ella comenzara actualmente esa obra, yo retiraría mi apoyo económico de inmediato, porque mi paciencia tiene un límite. No puedo solventar la fragua donde se forja el arma con que ella me golpeará en la cabeza, golpeará la de Scottie y, a la larga, la suya propia, por muy grato que sea el ejercicio para los músculos de su mente». Con la intimidad hemos topado. Se ha llegado al punto en que la conciencia de la intimidad se identifica plenamente con lo que uno es. Y un ataque a la intimidad se toma (quizá lo sea) como un ataque a lo que uno más verdaderamente es. Desvelar, traicionar o exhibir se vuelven equivalentes de golpear, atacar o liquidar. Y no precisamente en el sentido metafórico en el que seguramente se expresaba Fitzgerald.

El ataque a la intimidad se toma como un ataque a lo que uno realmente es. Desvelar, traicionar o exhibir se vuelven equivalentes de golpear, atacar o liquidar

«Quien pierde la intimidad lo pierde todo»

A principios del verano causó sensación el suicidio de una trabajadora de una empresa madrileña, dedicada a la fabricación de vehículos industriales, al saber que se estaban compartiendo entre los compañeros vídeos sexuales grabados hace años donde aparecía ella. Se ahorcó con una sábana cuando, a través de una familiar, supo que la noticia podría haber llegado a conocimiento de su pareja.

El hecho rubrica la línea recta y corta que une intimidad e identidad: si soy lo que soy y lo que hago en la intimidad, cualquier ataque a esta lo es contra mí mismo. Si la intimidad es vulnerada hasta el punto de desaparecer y convertirse en otra cosa (bromas, burlas, extorsiones), yo dejo de existir, desaparezco con ella. El ataque es letal, definitivo. «Quien pierde la intimidad lo pierde todo», escribe Milan Kundera en La insoportable levedad del ser. Cuando la intimidad está en juego, no solo está en juego la identidad, sino también la integridad, la física incluida.

Una filósofa en la intimidad

En los avatares de las disputas por la intimidad, destaca el caso de Simone de Beauvoir y las cartas que le envió a una de sus parejas: el periodista, guionista y director de cine Claude Lanzmann, conocido sobre todo por el documental Shoa. Lanzmann murió el verano del año pasado. Unos meses antes, en enero de 2018, había vendido a la Universidad de Yale (Estados Unidos) todas las cartas que guardaba de Simone de Beauvoir, más de un centenar, de los años en que fueron amantes. ¿Las razones? Ante la pregunta de ¿a quién pertenece la intimidad?, la ley francesa tiene una curiosa respuesta para esta situación en concreto: a los herederos de los remitentes. La hija adoptiva y albacea de Beauvoir, Sylvie Le Bon de Beauvoir, tendría la última palabra sobre la publicación de las mismas. A Lanzmann, que tampoco mantiene ninguna buena relación con la anterior, esta legislación le parecía escandalosa y decidió dar el paso y efectuar la venta, alejando así la posibilidad de una publicación sobre la que, una vez muerto, no podría decidir. En el comunicado que hizo publicó Christie’s, tras la operación, Lanzmann explicaba así la decisión: «Era una correspondencia totalmente privada y no tenía intención de darla a conocer ni de publicarla de ninguna manera. Solo nos incumbía a Simone de Beauvoir y a mí». Si se decidió a hacer lo que finalmente hizo fue ser consciente de que «parientes, en ocasiones, desconocidos» decidirían sobre el futuro de aquellas cartas, «despojando al mismo tiempo a los verdaderos destinatarios de su correspondencia». El troleo de la legislación ha permitido al destinatario, de momento, preservar la intimidad –los restos de la misma– a quien en su momento fue parte de ella.

Claude Lanzmann: «Era una correspondencia totalmente privada y no tenía intención de darla a conocer ni de publicarla de ninguna manera. Solo nos incumbía a Simone de Beauvoir y a mí»

La pugna y el conflicto seguirá en este y otros frentes hoy desconocidos. Lo que sí está fuera de toda duda es que la intimidad siempre seguirá atrayendo, acaso deslumbrando. Es la postrera curva, la última puerta antes de descubrir, en verdad, lo que había dentro de cada uno. Por eso es tan atractiva, y tan arriesgada también: después de echar un ojo sobre la intimidad, solo queda el paraíso o la decepción irrevocable.

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