7 cosas que Ortega me enseñó sobre el amor

No siete, sino muchas más son las cosas que Ortega escribió sobre el amor. (La silueta es de Filosofers)
No siete, sino muchas más son las cosas que Ortega escribió sobre el amor. (La silueta de su imagen es de Filosofers)

… y una (sobre él) con la que me reí. Las primeras tienen que ver con su filosofía y, sobre todo, con las reflexiones que le dedicó a este tema y que se plasmaron en un libro titulado Estudios sobre el amor. La última es cosa de Rafael Reig y de su revisión de la literatura española. Con esta mezcla desequilibrada celebramos el día del amor y los enamorados en España.

Por Pilar G. Rodríguez

"Sobre el amor", de Ortega y Gasset, en Edaf.
“Estudios sobre el amor”, de Ortega y Gasset. Edaf.

Con forma de libro, Estudios sobre el amor, fue publicado en Buenos Aires (Argentina) en 1939. Se trata de una recopilación de diversos artículos que tratan ese tema. Con las sucesivas ediciones se fue ampliando y enriqueciendo. El objetivo de Ortega es reflexionar sobre el amor como fenómeno y ayudar al nacimiento de una teoría del amor, algo cuya ausencia le llama la atención en su época. Como constata en su primer texto, Facciones del amor: “Desde hace dos siglos se habla mucho de amores y poco del amor. Mientras todas las edades, desde el buen tiempo de Grecia, han tenido una gran teoría de los sentimientos, las dos centurias últimas han carecido de ella”. Hemos añadido un siglo a esa época a la que nos retrotrae este libro y solo podemos confirmar que esto del amor sigue dando qué pensar. Aquí unos puntos de discusión que rescatamos del libro de Ortega y Gasset. 

1 El amor no es posesión. Es lo que lo diferencia esencialmente del deseo. El deseo muere automáticamente cuando se satisface, quizá para renovarse con otra cosa… En el deseo lo que quiero es que el objeto venga a mí, es pasivo, mientras que en el amor, en cambio, soy yo quien va a buscar o al encuentro del objeto. Es activo y es motor gracias a que el amor “es un eterno insatisfecho”, afirma Ortega en Facciones del amor. Promueve la actividad y es fecundo: produce pensamientos y produce movimiento. El amor es el “máximo ensayo que la naturaleza hace para que cada cual salga de sí mismo hacia otra cosa”. El amor es hacia fuera, busca al otro, es generoso, mientras que el deseo es hacia dentro, egoísta. Amor es “estar marchando continuamente de nuestro ser al del prójimo”.

2 El amor es estar ontológicamente con el amado. Por si la palabra da un poco de miedo, Ortega admite “vitalmente”, pero es mejor la otra, la que se refiere al ser. Usa una expresión curiosa, la de “injerto metafísico”. Es buena. El amor te convierte en un híbrido: sigues siendo tú mismo, pero con retazos de otro, como si el doctor Cavadas te pusiera una parte de otra persona para que siguieras siendo tú –que lo seguirías siendo igualmente–, pero vas mejor y necesitas y quieres a esa otra parte de fuera de ti. “Adscrito de una vez para siempre y del todo a otro ser”, eso de regreso de la cirugía y volviendo a las palabras de Ortega.

El amor te hace híbrido, te coloca un “injerto metafísico” con el que quedas “adscrito de una vez para siempre y del todo a otro ser”

 3 El enamoramiento es un fenómeno de la atención y no le sienta demasiado bien a la razón. Si somos una máquina de preferencias y desdenes, Ortega afirma que el enamoramiento es “atención anómalamente detenida en otra persona”. Y que como, por desgracia, la atención no es infinita, esta borra o difumina el resto de las cosas que antes nos ocupaban o interesaban. En realidad, “lo que pasa es que el mundo no existe para el amante. La amada lo ha desalojado y sustituido”. Lo llama “encantamiento”, cuando se pone romántico e “imbecilidad transitoria” cuando arrastra los pies por el suelo.

4 El amor te descubre, te revela. Ortega piensa que por ese sistema de elecciones y preferencias, lo que elegimos –es decir, lo que amamos– revela partes inesperadas o desconocidas de nuestro ser. Y lo hace tanto para nosotros mismos como para los demás. Por eso causan sorpresas las parejas de algunos amigos que consideramos inadecuadas, que no les pegan, se suele oír. “En la elección amorosa revelamos nuestro más auténtico fondo”. Es una manera de contestar, sin palabras, a la pregunta de terapeutas varios: ¿Pero tú qué quieres? Porque en la respuesta sincera de lo que realmente uno quiere va impregnada una buena dosis de lo que uno es.

5 “El amor tiene su ratio”. Tal y como lo entiende Ortega, ese amor que combina percepción, emoción y constitución no es un amor al alcance de todos. Se trataría de algo no tan frecuente y alejado de ese sentimiento más o menos universal. Si se aleja del pack amoroso el montón de sentimientos, sensaciones y emociones que erróneamente se incorporan, “podremos decir sin extravagancia –sostiene Ortega– que el amor es un hecho poco frecuente y un sentimiento que solo pocas almas pueden llegar a sentir (…). Un talento maravilloso que algunas personas poseen , como el don de hacer versos (…). Muy pocos pueden ser amantes y muy pocos amados”.

“En la elección amorosa revelamos nuestro más auténtico fondo”. Es una manera de contestar, sin palabras, a la pregunta de terapeutas varios: ¿Pero tú qué quieres?

6 El amor tiene sus razones. El que ama ve su amor naturalmente justificado. Y encuentra mil razones naturales de/para su amor. Ortega echa mano de Leibniz y establece un paralelismo para explicarlo. Si el inventor de las mónadas afirmaba que el pensamiento no es ciego, sino que piensa una cosa porque ve que es tal y como lo piensa, el que ama lo hace porque entiende que el objeto de su amor no puede dejar de amarse; el amor se presenta como “ineludible” e inexorable.

7 En esto del amor todo está por pensar. En relación con lo anterior, Ortega da cuenta de un fenómeno que, con el paso del tiempo y las redes, no ha hecho más que agudizarse: en amor y en política todo el mundo se considera una autoridad. “¿Qué hubiera sido de la física si cada físico poseyese solo sus observaciones personales?”. Para Ortega, el amor es un tema teórico de primera y, por tanto, difícil –hermético, dice él– para quien se acerque con poca herramienta intelectual. Si se suma que se trata de un tema interesante para un gran número de gente que se arremolinará para sentar cátedra con sus vivencias… caemos en la selva del amor. De él “solo hablará con precisión quien viva a distancia, pero atento y curioso, como el astrónomo hace con el sol. Conocer las cosas no es serlas; ni serlas, conocerlas”.

El amor y la succión

"La cadena trófica. Manual de literatura para caníbales", de Rafael Reig (Tusquets).
“La cadena trófica. Manual de literatura para caníbales”, de Rafael Reig, editado por Tusquets.

En Estudios sobre el amor, el libro del que se extraen las anteriores enseñanzas, también se lee que en el amor se produce una ‘succión’ de la personalidad. Que igual para no irse por terrenos pantanosos, la palabra no está bien traída… Pero sí, debía Ortega haberla elegido adrede porque vuelve sobre ello con detalle explicando que eso de la succión es el efecto del encantamiento y que el encanto “lo sentimos en forma de tirón continuo y suavemente elástico que da de nuestra persona”. Lo cual no es más que darle carrerilla a narradores como Rafael Reig, que en uno de sus recorridos novelados por la literatura española, en su Manual de literatura para caníbales, reeditado en 2016 como La cadena trófica, describe así a Ortega (Ortega und Gasset, lo llama) y sus preferencias…

“Ortega era un tipo muy bajito, con la cabeza muy gorda, y muy presumido. Hablaba levantando la barbilla y manoteando. Llevaba pajarita, traje a rayas y zapatos de dos colores. A menudo incluso fumaba con boquilla. Las chicas le miraban con éxtasis, pestañeaban, se llevaban las manos al escote, apretaban las rodillas y rozaban un muslo contra el otro. Eran las flappers del Lyceum club Femenino (…). Ahora habían venido todas a escuchar a Pepe Ortega, que desde la tribuna las miraba con desdén y satisfacción. A la mayoría ya se las había tirado. Alguna valía algo, admitido, pero en general eran unas niñatas sin iniciativa ni concupisciencia. (…) A Pepe lo que de verdad le perdía eran las marquesas, a ser posible algo jamonas. Eran su especialidad, su afición recreativa o su ‘hobby’, como había empezado a decir, porque ahora estaba aprendiendo inglés. A las marquesas, Ortega les hablaba de la filosofía y el golf, del dharma y la tortilla de patatas, y a la media hora las tenía en el bote. Se las llevaba a una habitación del hotel Victoria, donde les pedía que se la chuparan.
–Hoy día copular es de albañiles –aseguraba–. Yo soy un egregio”.

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