6 lecciones que podemos aprender de Sylvia Plath

Sylvia Plath es conocida por su novela autobiográfica titulada La campana de cristal, publicada en 1963. En ella refleja realidades como la depresión o la ansiedad. Imagen de Mike Krzeszak en Flickr (CC BY 2.0).
Sylvia Plath es conocida por su novela autobiográfica titulada La campana de cristal, publicada en 1963. En ella refleja realidades como la depresión o la ansiedad. Imagen de Mike Krzeszak en Flickr (CC BY 2.0).

Sylvia Plath (1932-1963) es una voz importante de la historia de la literatura, de la narrativa y poesía del siglo XX. Destacan sus obras Ariel y La campana de cristal. Esta última es una novela autobiográfica que trata sobre la oscura caída en la depresión, sobre los deseos de morir, las imposiciones sociales y todo lo que eso conlleva. Esta es la pieza angular de este artículo para explicar su historia y qué podemos aprender de sus palabras.

Por Miguel Ángel García García, escritor

«Para quien está en la campana de cristal (…), el mundo es la pesadilla».
Sylvia Plath en La campana de cristal.

1 La primera gran enseñanza la sacamos de su propia biografía, de su vida. Sylvia Plath es una de las plumas norteamericanas del siglo pasado más destacadas, junto a autores como J. D. Salinger, F. Scott Fitzgerald o Truman Capote. Sin embargo, y he aquí la lección que nos da Plath a este respecto, los nombres que primero aparecen cuando se habla de la literatura de esa época son, precisamente, los de esos hombres —y algunos más—; pocas veces se menciona a Plath u otras notables escritoras.

Nos está sirviendo de ejemplo del machismo de la historia, del influjo del patriarcado a la hora de grabar los nombres que marcan épocas. Muchos podrían contraargumentar esto diciendo que no es por misoginia, que es porque no escribió tanto como sus compañeros, mas, yo les respondo —con todo el respeto a estos autores y su obra— que a Salinger solo se le conoce por El guardián entre el centeno, o que de Scott Fitzgerald lo único que tuvo éxito y gustó fue El gran Gatsby, y, sin embargo, se les llama grandes de la literatura (con razón). ¿Por qué no a Sylvia Plath y tantísimas otras autoras?

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La campana de cristal, de Sylvia Plath (Literatura Random House).

2 No es la única enseñanza feminista que nos deja la escritora de Boston. Su única novela, La campana de cristal, puede usarse perfectamente para ilustrar las consecuencias de un sistema patriarcal que especifica en cada acto cómo debe ser y cómo se debe comportar una mujer.

En esta obra, Esther Greenwood —alter ego de Sylvia Plath— se hunde en la más profunda depresión, hasta llegar al punto de intentar suicidarse varias veces, debido al agobio y frustración que le generaban las ciento de imposiciones del status quo machista.

A pesar de ser una estudiante modelo, disfrutar de una beca de escritura en una prestigiosa revista y tener talento para la poesía, todo lo que la sociedad espera de Esther es que se case con un hombre de éxito y tenga muchos hijos, además de llegar virgen al matrimonio.

Esto último es algo que obsesiona a la protagonista de la obra («la virginidad me pesaba como una losa colgada al cuello, (..), la defendía a toda costa por mera costumbre»), reflejando así la gran cantidad de exigencias a cumplir por las mujeres. Llega hasta tal punto esta obsesión con la virginidad que, en cierto momento de la obra, decide quitársela de encima y lo hace de una manera que no acaba del todo bien. En La campana de cristal, Sylvia Plath nos está mostrando los estragos psicológicos de una sociedad patriarcal y misógina.

Se puede leer su obra como la de una persona joven perseguida por las expectativas de futuro y por la necesidad de lograr un éxito que parece no llegar nunca

3 No solo podemos leer a Plath en clave feminista. También se puede leer su obra como la de una persona joven perseguida por las expectativas de futuro y por la necesidad de lograr un éxito que parece no llegar nunca. La campana de cristal es, también, una obra que cuenta cómo una joven, cuyo mayor sueño es dedicarse a la poesía, ansía la muerte al saberse incapaz de lograr su sueño, a causa de una sociedad para la que lo único importante es la productividad mercantil y capitalista.

Y es la historia de una incipiente escritora que ve su capacidad de crear socavada por la enfermedad («No, es por su vocación. Esther cree que no volverá a escribir nunca más»), lo que provoca que se hunda todavía más en el pozo en el que se encuentra. Esa voz joven grita, además, desesperada al verse incapaz de vislumbrar un futuro: es tan incierto que no puede ver nada más allá del presente.

4 Pero, sobre todo, Sylvia Plath nos habla de salud mental, y lo hace sin miramientos ni eufemismos. Describe en La campana de cristal de una forma asombrosa lo que es la depresión y la ansiedad, muestra perfectamente el lento camino hacia lo que la sociedad considera locura, cuando realmente es consecuencia de la propia sociedad y del trato que dispensa a quien sufre.

Esta novela es un descenso paulatino a los infiernos. Con el paso de las páginas vemos cómo la estabilidad emocional de Esther —Sylvia siempre— se va deteriorando gradualmente hasta desaparecer por completo. Con ello, Plath consigue hacer entender que la depresión no es levantarse un día triste y ya está.

Narra cómo consiste en un proceso lento de deterioro; cómo no solo es estar triste, es la apatía, es no ser capaz de hacer nada: ni escribir, ni leer, ni dormir, ni comer, ni asearse («No me había lavado el pelo ni la ropa porque me parecía absurdo», «parecía absurdo lavarme un día cuando no me quedaría más remedio que lavarme de nuevo al día siguiente»).

Habla, siguiendo con la salud mental, sobre la sensación de haber hecho algo mal para estar así, el sentimiento de culpa —compara recibir terapia de electroshock con la silla eléctrica y se pregunta «cuál era el horrible crimen que había cometido».

5 Resalta la importancia de una red de apoyo para poder superar un proceso psicológico como el que sufre Esther Greenwood/Sylvia Plath: su depresión y ansiedad se agravan cuando la madre de la protagonista pretende quitar hierro al asunto, dice constantemente que no es más que una indisposición pasajera, y se ve todavía más perjudicada por la nefasta labor del primer psiquiatra que le atiende.

Otra reflexión a este respecto que hace la protagonista es que muchas veces sería más sencillo si el sufrimiento que padece estuviera relacionado con algo físico, pues de ese modo todo el mundo lo comprendería mejor, incluso ella misma.

La campana de cristal es un descenso paulatino a los infiernos. Plath consigue hacer entender que la depresión no es levantarse un día triste y ya está; narra cómo consiste en un proceso lento de deterioro

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Ariel, de Sylvia Plath (Nórdica).

6 Esther Greenwood habla durante toda la novela de una campana de cristal que le mantiene prisionera en un ambiente de atmósfera malsana y putrefacta, como en una pesadilla. Ella consigue abandonar dicha campana; sin embargo, Sylvia Plath siguió viviendo en ella hasta el fin de sus días, cuando decidió quitarse la vida a la edad de treinta años metiendo su cabeza en el horno.

Lo mejor que podemos hacer para honrarla es aprender de su voz y pluma tan majestuosa, usar sus palabras para entender mejor el mundo y la sociedad que nos rodea.

Concluyo recordando estos versos de su poema Carta de noviembre de su poemario Ariel:

«Estoy sonrojada y cálida. Creo que puedo ser enorme».

Lo eres, Sylvia, lo eres.

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2 COMENTARIOS

  1. Otro aspecto de la nota que me parece un error muy común en la actualidad es considerar a las sociedades pasadas (y mucho más en el pasado) y actuales como de patriarcales, cuando, al menos en occidente, las sociedades siempre fueron matriarcales. Un ejemplo que en muchos países de Europa y América lo sigue siendo es la vida que llevaban Charcot y su esposa, él públicamente atendiendo a sus pacientes histéricas en La Salpetiere, y ella decidiendo en el ámbito privado de ambos aquello que la pareja podía hacer. La confusión está en creer, erróneamente, que la imposibilidad de trabajar en el espacio público de una mujer determina que esa sociedad sea patriarcal, desconociendo que en el ámbito privado decidía y aún decide la mujer, esto es, precisamente lo se llama sociedad matriarcal.

  2. La sociedad, ese contexto más amplio que la familia, nunca puede ser causa de locura, enfermedad mental, o como queramos diagnosticar aquello que riñe con la realidad, no pudiendo tolerarla. Sí, es cierto que nuestros Apegos primarios, la relación con nuestros padres, determinan la forma de relacionarnos. Creo que lo que nos puede costar toda la vida y quizá a Silvia Plath le haya costado de una manera muy particular, dispuestos a encontrar en los demás los propios conflictos que no supimos resolver o superar, es indagar en nuestra identidad, y nuestra identidad no está en el pasado, en la historia de nuestros padres porque la historia de nuestros padres no es la nuestra, sino en aquello que la define y define nuestra personalidad: capacidades, limitaciones, intereses, valores. Es la manera más adulta de enfrentar la vida, o la realidad, a nosotros mismos con todas esas cualidades y a una realidad que carece de antecedentes y consecuencias, porque es la cosa misma, en sí misma la podemos apreciar, sin tener la necesidad de reemplarlas con ideas, conceptos, ideologías, porque cuánto más nos alejamos de la realidad más intolerable nos puede resultar, la vida y la vida con los demás.

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