María Zambrano: el nacimiento de la razón poética

María Zambrano y la razón poética. Fue la filósofa más importante del siglo pasado. Entre sus hitos destaca haber sacado a la razón de su excesivo formalismo y dar luz a la razón poética. Diseño realizado a partir de una fotografía de Wikimedia Commons (CC0).
Entre los hitos de María Zambrano destaca haber sacado a la razón de su excesivo formalismo y dar luz a la razón poética. Diseño realizado a partir de una fotografía de Wikimedia Commons (CC0).

María Zambrano es una de las filósofas españolas más importantes del siglo XX. Discípula de Ortega y Gasset, su obra es extensa y profunda, logrando alcanzar cotas de originalidad inéditas en la filosofía española de la segunda mitad del siglo XX. Todas sus preocupaciones intelectuales confluyen en la razón poética. Desde el exilio hasta lo divino, de la razón a la modernidad, de los sueños a la poesía, su pensamiento es una brújula ineludible para el panorama filosófico actual.

Por Javier Correa Román

María Zambrano (1904-1991) nace en Vélez, en el sur de España. Con 20 años llega a Madrid y se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras. Allí, asiste a las clases de los principales filósofos del momento: García Morente, Zubiri y Ortega y Gasset. Este último, su mayor influencia, será considerado por ella como su maestro.

Ante el incipiente estallido de la Guerra Civil y el posterior triunfo del bando militar, Zambrano se exilia de su país natal, lo que condiciona profundamente su obra. Con un estilo de escritura caracterizado por la belleza y densidad de sus textos, a lo largo de su vida llega a publicar una veintena de libros.

El interés por su obra va aumentando con el tiempo, pero estalla definitivamente cuando, en 1966, uno de los filósofos españoles más importantes de la filosofía española, Aranguren, publica en la Revista de Occidente un artículo titulado Los sueños de María Zambrano. En 1981, Zambrano recibe el máximo galardón de España, el Premio Príncipe de Asturias, y, en 1989, el máximo premio de las letras hispanas: el Premio Cervantes.

Veamos diez claves para entender el pensamiento de esta autora.

1 Exilio

Con motivo de la sublevación franquista y su ulterior triunfo militar, María Zambrano está exiliada de España más de 45 años. Pasa un mes en París (Francia) y de ahí marcha a Nueva York (Estados Unidos), La Habana (Cuba) y México. En 1953 vuelve a Europa y se muda a Roma (Italia), donde se queda hasta 1964. Antes de regresar a España, de Roma se muda a un pequeño pueblo francés, La Pièce, y después a Suiza.

El exilio atraviesa toda la obra de Zambrano, constituyendo un tema fundamental para poder entender la totalidad de su pensamiento. La reflexión de Zambrano no versa únicamente sobre el componente físico-geográfico del exilio, asimilándolo a la migración, sino que su análisis es filosófico, un análisis que pone al exilio en relación con nuestra existencia en tanto seres humanos.

De esta forma, el exilio para Zambrano es el reflejo de la condición esencial del ser humano en nuestro mundo actual. Un ser humano que, en el fondo, y ante una modernidad devoradora, está profundamente desarraigado. Este desarraigo, experimentado por cualquier persona exiliada, es la condición de vida que determina ferozmente nuestra existencia en el tiempo actual.

Ahora bien, solo se desarraiga aquel que antes ha echado raíces. ¿De qué estamos desarraigados en nuestra sociedad los seres humanos? Según Zambrano, del fundamento último de la realidad, del suelo de lo divino. Un desarraigo consecuencia del profundo nihilismo imperante en la subjetividad, y la sociedad, contemporánea. El exilio aparece, entonces, como un tema filosófico de primer orden ante la huida de nosotros mismos, ante el desarraigo del alma causado por la nada que nos recorre. Un exilio que se expresa en el sentimiento de soledad y abandono, en la experiencia de vacío que nos recorre.

El exilio es un tema fundamental en la obra de Zambrano. A diferencia de otros estudios, en el pensamiento de Zambrano no se aborda desde una óptica política, sino desde un ángulo existencial

2 Escuela de Madrid

Un elemento fundamental para comprender la producción intelectual de Zambrano es su relación con Ortega y Gasset, del que es discípula. Alrededor de este filósofo se agrupan, en el segundo cuarto del siglo XX, un conjunto de filósofos a los que se conocen como la Escuela de Madrid. De esta escuela, María Zambrano es una de las filósofas más destacadas, sino la que más.

La influencia de Ortega Gasset es muy notoria en el pensamiento de Zambrano, especialmente en su pensamiento juvenil. Zambrano coincide con él en el liberalismo político, en la crítica a la razón instrumental y su auge en la modernidad y en la necesidad de expandir esta razón. No obstante, y a pesar de esta basta influencia, y muestra del enorme potencial de Zambrano, pronto la discípula se desvía del maestro, pronto su voz empieza a alzarse con un tono propio. Esto ocurre a medida que Zambrano va interpretando la razón vital orteguiana como saber del alma.

Ante tales descubrimientos intelectuales, Zambrano le enseña al maestro un artículo titulado Hacia un saber del alma. Tras leerlo, Ortega reconoce la valía del artículo y su excelencia filosófica, pero le reprocha a Zambrano su osadía: «No hemos llegado todavía aquí y usted da un salto y se planta allá», cuentan que dijo. Zambrano salió «llorando a lágrima viva por la Gran Vía», repitiéndose a sí misma que Don José había muerto, «y lo que había muerto era mi fatal discipulado con él», dijo la filósofa.

Tiempo después pensaría sobre esta relación y hablaría de imposibilidad: «Malentendidos con Ortega, que me estimaba, que me quería. No lo puedo negar. Y yo a él. Pero había… como una imposibilidad. Es obvio que él dirigió su razón hacia la razón histórica. Yo dirigí la mía hacia la razón poética».

Además —y es de crucial importancia—, el distanciamiento aumentó por motivos políticos. Ante el terremoto político que vivía España en la década de los treinta del siglo pasado, Zambrano le escribe a Ortega: «Usted al fin contempla el pensamiento desde la atalaya de su serenidad propia; lo que usted pueda dar es inquietante, pero su propia posición es segura».

Ortega y Gasset, leyendo los primeros escritos con tono propio de Zambrano, le dijo a esta: «No hemos llegado todavía aquí y usted da un salto y se planta allá»

3 Crítica a la Modernidad

Uno de los elementos característico en la filosofía de María Zambrano es la ausencia de sistematicidad y, por eso, toda clasificación que intente ordenar su pensamiento es necesariamente artificial. No obstante, y como método puramente heurístico, podemos distinguir en el pensamiento de Zambrano dos etapas: una de crítica, especialmente a la Modernidad, que abarcaría hasta la década de los años 60, y otra época propositiva, donde se da forma a la razón poética, que estaba presente en su pensamiento de una u otra forma desde el principio de sus escritos.

Su crítica a la Modernidad entronca con su tematización del desarraigo y el exilio. La tarea ética necesaria para suplir ese vacío humano es inviable en el seno de nuestra cultura occidental. De forma paralela a la crítica que hace Ortega (al señalar la falta de creencias y cómo afecta esto a la originaria confianza del hombre en lo real) y Unamuno (denunciando la escisión entre razón y vida), Zambrano ve en la razón imperante de Occidente una razón instrumental que disminuye las posibilidades de la humanidad.

Este destino fatal de nuestra sociedad nace de una escisión histórica: comienza en Parménides y se agranda en la división entre racionalismo e idealismo. Desde la perspectiva de Zambrano, la razón ha acabado por aplastar la originaria apertura del hombre, imposibilitando la autocreación de uno mismo. La razón instrumental es una razón pobre, mecánica, que dibuja una realidad homogénea, sin salientes, rechazando toda valoración topográfica.

Su crítica de la Modernidad entronca con la de Ortega y Gasset y con la de Unamuno. Los tres ven a la sociedad moderna presa de una razón instrumental

4 Antígona

Una gran parte de los temas cruciales de la filosofía de Zambrano se encarnan en la figura mítica de Antígona. Esta tragedia griega muestra la profundidad de los conflictos humanos y le sirve a la autora para mostrar sus propias teorías. En el prólogo a su libro La tumba de Antígona, afirma Zambrano: «Entre todos los protagonistas de la tragedia griega, la muchacha Antígona es aquella en quien se muestra, con mayor pureza y más visiblemente, la trascendencia propia del género».

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La tumba de Antígona, de María Zambrano (Alianza Editorial).

Antígona, como protagonista de la tragedia, simboliza para Zambrano la asfixia de una humanidad envuelta en luchas fratricidas, todas ellas envueltas en un clima de derrumbe y horror político. Es evidente el estrecho paralelismo entre ambas, entre Zambrano y Antígona. De hecho, Zambrano cree que encarna esta figura trágica al ver la lucha fratricida entre los españoles y al pagar esa lucha con la muerte en vida, que es el exilio.

Al igual que Antígona, Zambrano cree que nunca dispuso de su vida porque los acontecimientos políticos se la robaron. Antígona, al igual que ella, fue «despertada de su sueño de niña por el error de su padre y el suicidio de la madre, por la anomalía de su origen, por el exilio, obligada a servir de guía al padre ciego, rey-mendigo, inocente-culpable, hubo de entrar en la plenitud de la conciencia».

5 La tragedia y lo divino

Antígona simboliza la condición de la humanidad. Una humanidad que no encuentra (ni cuenta) con un lugar propio, una humanidad exiliada de sí misma, en plena lucha por intentar habitar un lugar y con un desenlace de inevitable sacrificio. Por este motivo, la tragedia de Antígona en particular, y las tragedias en general, representan la estructura fundamental de la realidad del ser humano.

La lucha política en la que está envuelta el ser humano tiene un correlato ontológico: la dialéctica del ser humano con el fondo de lo real. Este fundamento, este fondo profundo que sostiene lo real, se identifica en Zambrano con lo divino, con una divinidad secreta que colma una realidad que tenemos que habitar. La realidad, así pensada, está compuesta no solo por el mundo físico, sino también por un poso de realidad que no se muestra y cuya ocultación nos agobia, nos inquieta. Ofrecemos sacrificios, ritos y dones para intentar provocar tal aparición. Surgen así los dioses, con rostros y figuras, intermediarios que creamos para dialogar o imaginar lo más profundo de lo real, esto es, lo divino.

Es con estos ritos y sacrificios como conseguimos un hueco seguro en este mundo hostil, un espacio medianamente habitable en esta realidad amenazadora y nunca totalmente escrutable. La tragedia en tanto género muestra este intento de simbolizar, de crear intermediarios, para así explicar lo que no puede ser explicado y que, sin embargo, corre por nuestras entrañas. En la tragedia, intentamos ordenar el interior del hombre y la realidad enigmática que nos conforma: extrañamiento que se muestra en la forma del delirio.

La tragedia es, entonces, un rito por el que el ser humano se enfrenta a su ser, se explora a sí mismo y se descubre en el propio buceo de sus entrañas, padecimientos y delirios. La tragedia es la cueva inacabable que nos lleva a lo más profundo, al poso de lo real que sustenta todo lo que vemos.

La realidad no es solo el mundo físico, sino también una profundidad oculta, inexcrutable. La tragedia y los dioses nos permiten crear intermediarios para explorar tales profundidades

6 Razón poética

Todas las preocupaciones intelectuales de Zambrano confluyen en la razón poética. La razón poética es el único medio para poder explorar estas preocupaciones adecuadamente. El concepto «razón poética» se acuña en el año 1939, aunque va perfeccionándose durante la vida de la autora. Frente a las preguntas abiertas por la filosofía, la razón poética es una respuesta, o mejor, una forma de dar respuestas. La razón poética es una facultad que permite dar otras respuestas a las ya dadas por la tradición. Siguiendo a Reale y Antiseri en su Historia de la filosofía:

«[La razón poética] es [un concepto de razón] más amplio y total que ha de mediar entre el hombre y la realidad. Es una razón mediadora, que entabla relaciones con lo ‘otro’, con la piedad y el amor. Es una razón armonizadora, que conecta al ser humano con los diversos planos de lo real».

La clave para comprender la razón poética es entenderla como una razón que no se opone a los sentimientos. Es una razón que establece relaciones con su otro: con el amor, con lo irracional, con las pasiones, etc. Una razón que conecta al hombre con lo real ante su profundo estado de desarraigo y exilio vital. Una razón activa, no pasiva o contemplativa, que hace, emancipa y libera al ser humano que la ejerce. La célebre sentencia: «seréis como dioses» apunta, precisamente, a la búsqueda de la propia creación a través del ejercicio de la razón poética. Esta es una razón que, huelga decirlo, también libera a Occidente, que yace preso en su nihilismo y en su razón instrumental.

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El hombre y lo divino, de María Zambrano (Alianza Editorial).

Por sus propias características internas, este concepto no puede ser ni sistematizado en una definición canónica ni deducido a partir de unos axiomas. El acercamiento a la razón poética no puede ser analítico, sino más bien (y precisamente) poético: el camino lo dibujan las metáforas, las palabras siguen pistas, la intuición desvela ciertas huellas… Bajo este nuevo paradigma, la razón rompe sus cadenas demostrativas, sus enredos argumentales, sus frías deducciones, su visión de la verdad como adecuación del objeto a la realidad, su necesidad obsesiva de silogismos lógicos… La razón poética, en cambio, anda por imágenes y se eleva sobre metáforas entendiendo la verdad como un mostrar, como un desvelamiento.

Esta nueva razón es muy palpable en los siguientes libros: El hombre y lo divino (1955), Claros del bosque (1977), Diótima de Mantinea (1983), De la aurora (1986), Los bienaventurados (1990), Los sueños y el tiempo (1992).

7 El tiempo

Dos de los temas centrales en los que esta nueva razón se desenvuelve con mayor soltura, en los que su ligero andar nos permite transitar angostos senderos, son los sueños y el tiempo. Respecto al tiempo, Zambrano se inscribe en una corriente de pensadores contemporáneos que, al menos desde Bergson, piensan el tiempo de una forma diferente. Las nuevas reflexiones sobre el tiempo intentarán mostrar un tiempo más complejo que el tiempo-lineal, que el tiempo-físico, que el tiempo-reloj.

La razón poética, liberada de los pesados andares lógicos y demostrativos, atisba un tiempo multidimensional, un tiempo atravesado por una pluralidad de planos. Así, para Zambrano, en el ser humano los planos del tiempo dibujan los distintos estratos:

  • En un estrato más profundo hallamos a la psyché, al entorno de los sueños. Este estrato carece de tiempo, no hay ordenación, se caracteriza por la simultaneidad, por la ruptura del tiempo.
  • Si ascendemos un poco llegamos al plano de nuestro cuerpo, en el que el tiempo es el tiempo sucesivo, lineal, el tiempo de la física. El tiempo de las horas, de los biorritmos, de la noche, del día, de las diez y cuarto. El tiempo de nuestros proyectos, el tiempo histórico, el tiempo compuesto por presente, pasado y futuro.
  • Avanzamos un poco y arribamos al tiempo del ser humano, que es fundamental supratemporal. Un tiempo que no se divide en presente ni pasado ni futuro porque los tres momentos son constituyentes del instante que se vive.

Un ejemplo que nos puede ayudar a comprender el plano del tiempo en su dimensión supratemporal es la música. ¿Qué quiere decir este «supratemporal», este estar por encima del tiempo? Que andamos en un tiempo que no se orienta por presente, pasado y futuro, sino una forma temporal que crea un hueco en el tiempo, una brecha, una grieta, que rompe la linealidad y se sitúa por encima de la misma, proyectando, desdibujando el futuro y el pasado en un presente radicalmente vivo. Nadie escucha, cuando escucha música, notas independientes, sino que cada nota llama a la anterior para hacer un ritmo y anticipa a la siguiente para generar una melodía. Ese es el carácter supratemporal de la música.

Andar por el tiempo supratemporal, en tanto seres humanos, nos confiere una cierta lucidez, y es en esta lucidez donde habitamos los verdaderos momentos creadores. Para comprender mejor la complejidad del tiempo en el pensamiento de María Zambrano podemos atender a la siguiente metáfora de la autora: «El despertar de cada mañana parece que sea para siempre. Mas este siempre quiere decir que siempre habrá de repetirse, que siempre habrá que hacerlo y sufrirlo mientras se viva». El despertar no está sometido a la linealidad, sino que pliega el tiempo. Su efecto no existe en un momento puntual, sino que su repetición insiste, en pliega en sí mismo para producir un eterno retorno.

La razón poética, liberada de los pesados andares lógicos y demostrativos, atisba un tiempo multidimensional, un tiempo atravesado por una pluralidad de planos

8 Los sueños

Esta exposición de los diferentes tiempo la podemos leer, por ejemplo, en El sueño creador. Esta obra no pretende analizar los sueños (¡esa razón es la razón de la que huye Zambrano!). Más bien, el objetivo es mostrar la realidad que en ellos se oculta. ¿Quién mejor que la razón poética para andar por estas nubes oníricas?

A diferencia de la vigilia, que nos permite ver los fenómenos del mundo bajo la linealidad del tiempo físico, en los sueños asistimos a la realidad fenoménica del nuestro ser, con un tiempo muy particular. En los sueños no hay distinción sujeto-objeto como en la vida «real», porque en el sueño somos nosotros y no-nosotros, somos nosotros, pero desdoblados, lo vemos desde fuera, aun siendo algo interno a nuestro ser.

Afirma Zambrano que el tiempo del sueño que es un tiempo muy particular, un tiempo enajenado, porque no nos pertenece. Un tiempo que se escapa de nuestras manos, un tiempo que nos es ajeno. Aunque, por otro lado, es nuestra propia esencia la que se nos presenta en el sueño. Un tiempo-loco, sin dueño, que rescata y mezcla recuerdos desde ópticas giradas, viciadas, novedosas. En los sueños, y esto es lo crucial de ellos, se muestra lo real, lo más profundo de nuestro ser.

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Horizonte del liberalismo, de María Zambrano (Alianza Editorial).

A pesar de estas características, para la acción y para el pensamiento es necesario un tiempo horadado, fracturado. No un tiempo-loco, propio de los sueños, sino un tiempo-hueco, un tiempo con vacíos porque el vacío es el espacio de la libertad. Por eso, el tiempo sucesivo es tiempo humano. El tiempo sucesivo de la conciencia introduce la diferenciación, de lo que en un principio, en el sueño originario, es ambigüedad indiferenciada.

9 Liberalismo humano

Como buena discípula de Ortega, entre los escritos de María Zambrano, especialmente durante sus años de juventud, se encuentran escritos políticos que abordan cuestiones menos filosóficas y más sociales. Ejemplo paradigmático de estas preocupaciones es el libro Horizonte del liberalismo.

En primer lugar, y con el objetivo de abordar el humanismo de Zambrano, es importante notar que el liberalismo de Zambrano es un liberalismo humanista:

«La economía liberal es insuficiente e inadecuada para la realización de los postulados liberales. Veamos, pues, qué nos es más querido: hay que elegir entre los postulados espirituales del liberalismo y su economía. Porque hoy el liberalismo de muchos es el liberalismo capitalista, el liberalismo económico y burgués y no el humano».

La apuesta de Zambrano es una apuesta por la libertad. Pero no por la libertad de mercado, sino por la libertad del individuo. El brindis no es a un mercado devorador, sino al individuo libre y creador. En sus palabras: «Amor al hombre. Amor a los valores. ¡Supremas virtudes del liberalismo! […] Libertad de pensar, de investigar, de enseñar».

La libertad de Zambrano es una libertad que conecta al ser humano con lo profundo, una libertad que busque disminuir el desarraigo y el exilio existencial que nos acompaña como parte de nuestro ser. Una libertad que nos una al mundo. Una libertad, en fin, fundada en el amor. El ser humano libre, desde el punto de vista de Zambrano, no es el que anda preso de la racionalidad instrumental, sino aquel que consigue vincularse con lo sagrado.

La apuesta de Zambrano es una apuesta por la libertad. Pero no por la libertad de mercado, sino por la libertad del individuo

10 Mística

El acercamiento al misticismo de María Zambrano debemos entenderlo desde la renovación que lleva a cabo de los métodos filosóficos (con el advenimiento de la razón poética), su interés por lo sagrado como profundidad de lo real (en relación con nuestro desarraigo esencial) y su fe cristiana. Prueba de este acercamiento es su ensayo sobre San Juan de la Cruz en su libro Senderos.

En la filosofía de Zambrano, la verdad tiene un cierto componente de revelación, lo que supone un movimiento crucial de transformación. La verdad nos atraviesa, se incrusta en nosotros, y para poder entenderla debemos dejarla germinar en nuestras entrañas. El discurso verdadero es, entonces, un discurso vivo, un discurso vivido, un discurso que habla desde los frutos de la verdad germinada (no un discurso frío ni neutro).

Así, un saber es auténtico solo si transforma al individuo que lo conoce. El sujeto de conocimiento no está por fuera del objeto que conoce, sino que la revelación arrampla con el sujeto con un viento feroz y lo transforma en otra cosa. Solo así, el ser humano puede hacerse, pues el alma no conoce como algo ajeno a sí misma, sino que se hace en este mismo proceso de conocimiento.

Por último, es importante destacar que el misticismo de Zambrano es palpable en su insistencia en la entrega a «lo uno», «lo absoluto» o «al más allá» como la parte oculta de la realidad de la que hablamos al principio. La filosofía de Zambrano postula un fondo de realidad metafísica, en su sentido más literal, como algo más allá de lo físico. Un fondo que nos perturba, que conseguimos intuir con la tragedia o los sueños, pero al que necesitamos volver si no queremos ser devorador por una sociedad nihilista que ha perdido todo contacto con sus raíces.

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