¿Puede ser tu vida una obra de arte?

La vida puede ser también el soporte de la belleza. Vista así, la vida sería como un cuadro en blanco que llenamos con nuestras acciones, como una arcilla a la que damos forma. Fotografía de Pexels (extraída de Pixabay; CC).
La vida puede ser también el soporte de la belleza. Vista así, la vida sería como un cuadro en blanco que llenamos con nuestras acciones, como una arcilla a la que damos forma. Fotografía de Pexels (distribuida por Pixabay; CC).

El arte se suele relacionar con los objetos o los artistas, pero casi nunca con nuestra propia vida. En este artículo, exploramos distintas formas de dar a nuestra vida un componente estético. Después de constatar que la vida no tiene un sentido dado, aspirar a la belleza parece ser la única forma de dar sentido a nuestra existencia.

Por Javier Correa Román

La pregunta sobre si nuestra vida puede ser una obra de arte es en nuestro tiempo, cuanto menos, extraña. Normalmente asociamos el arte a los objetos —bien sea un cuadro, una canción o un edificio— y pocas veces nos preguntamos si nuestra existencia puede aspirar a la belleza. Así lo expresaba Foucault hace casi cincuenta años:

«Lo que me sorprende es que en nuestra sociedad el arte se haya convertido en algo que sólo se relaciona con los objetos y no con los individuos o con la vida. Ese arte es algo especializado, o que es producido por expertos que son artistas. Pero ¿podría alguien convertir su vida en una obra de arte? ¿Por qué puede la lámpara de una casa ser un objeto artístico, pero no nuestra propia vida?».

¿Cómo conseguir que la vida sea un objeto artístico? Y, sobre todo, ¿por qué hacerlo? En este artículo, partimos del nihilismo que Nietzsche diagnosticó a nuestra cultura occidental para, después, proponer una salida estética al mismo. En otras palabras, la vida puede que no tenga un sentido dado y prefijado, pero se le puede dar uno a través del arte.

El arte como salida a una vida sin sentido

Que Dios ha muerto es un hecho consumado en la sociedad actual. La muerte de Dios, proclamada por Nietzsche desde sus escritos más tempranos, significa que los valores supremos (el Bien, la Verdad, Dios…) han perdido su valor y se muestran ahora como meras ilusiones. La muerte de Dios es el desenlace natural de nuestra cultura: la historia de Occidente y su platonismo no podían más que acabar así.

¿Qué tiene que ver el platonismo con este diagnóstico? Para Nietzsche, Platón —y luego el cristianismo— situaron el valor del mundo en un más allá: Platón, en el mundo de las Ideas, y el cristianismo, en el reino de Dios.

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Fragmentos póstumos, de Friedrich Nietzsche (Ábada editores).

¿Qué ocurre cuando estos mundos se tornan ilusiones? ¿Qué ocurre cuando dejamos de creer en ellos? ¿Qué ocurre, se pregunta Nietzsche, cuando pierden toda su capacidad para fundamentar? Que nos encontramos en un mundo sensible cojo, vacío, desprovisto de valor. Pusimos todo nuestro sentido en un más allá que, de repente, se desvaneció.

Por eso, dice Nietzsche, nuestra cultura es una cultura de la decadencia, porque sus valores (el Bien, la Verdad, el Fundamento, Dios) no han permitido florecer la vida, la riqueza de este mundo, al poner lo importante en el más allá. El problema no es lidiar con este mundo, porque este mundo siempre lo hemos tenido; el problema es lidiar con un mundo sensible privado de todo valor (pues la fractura platónica lo había situado como mera sombra). El nihilismo es una sociedad que habita un mundo privado de valor.

¿Cómo salir? Para Nietzsche necesitamos, en primer lugar, aceptar el nihilismo. No podemos volver a localizar el sentido de nuestra vida en un más allá, sino aceptar el devenir y el cambio. Aceptar que solo hay un más acá y que es tremendamente informe y caótico. Como dice en sus Fragmentos póstumos, aceptar «que no hay verdad; que no hay constitución absoluta de las cosas, que no hay «cosa en sí» —esto mismo es un nihilismo, y el más extremo—. [El nihilismo] Coloca el valor de las cosas precisamente en donde a ese valor no le corresponde ni le correspondió ninguna realidad».

Ahora bien, esto supone aceptar que la vida no tiene ningún Fin (en mayúscula), que no existe un orden totalizador bajo el que subsumir todo el caos y el devenir, todo el flujo de la vida. ¿Cómo vivir así? ¿Cómo construir una vida donde no hay un sentido dado? Pues, por ejemplo, a través del arte: «Pues sólo como fenómeno estético están eternamente justificados la existencia y el mundo», dice Nietzsche en El nacimiento de la tragedia.

El arte es una buena herramienta para dotar a la vida de sentido. Cuando el artista, por ejemplo, crea un cuadro, no le apabulla el lienzo en blanco, no le apabulla que el cuadro no esté dado. El oficio del artista es, precisamente, crear el sentido del cuadro, darle forma, asumir el caos para darle una salida estética. Con nuestras vidas pasa lo mismo. Sigue Nietzsche:

«‘Dar estilo’ a nuestro carácter constituye un arte grande y raro. Lo ejerce quien comprende toda la fuerza y la debilidad que ofrece su naturaleza, y sabe luego integrarlo tan bien a un plan artístico, que cada elemento aparece como un fragmento de arte y de razón hasta el punto de que aún la debilidad tiene la virtud de fascinar a la mirada».

Foucault: «¿Podría alguien convertir su vida en una obra de arte? ¿Por qué puede la lámpara de una casa ser un objeto artístico, pero no nuestra propia vida?»

Los griegos y la búsqueda de la belleza

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Historia de la sexualidad (Vol. II), de Michel Foucault (Siglo XXI editores).

Esta forma de concebir la existencia no es una invención de Nietzsche, sino que la podemos rastrear en otras culturas. Esto es lo que hizo Michel Foucault, epígono de Nietzsche, en los tomos II y III de su Historia de la sexualidad. En estos libros, Foucault estudia la forma que tenían los griegos de problematizar el ámbito de la sexualidad y descubrió que lo hacían de una forma muy distinta a como planteó después el cristianismo. Esta forma de relacionarse con los placeres sexuales de la Antigua Grecia es lo que Foucault llamó «estética de la existencia»:

«Y ahora quisiera mostrar cómo, en la Antigüedad, la actividad sexual y los placeres se problematizaban a través de prácticas del yo, poniendo en juego los criterios de una ‘estética de la existencia’[…] Estas ‘Artes de la existencia’, estas ‘técnicas del yo’ han perdido cierta parte de su importancia y de su autonomía, cuando se integraron, con el cristianismo, en el ejercicio de un poder pastoral, y luego en las prácticas educativas, médicas o psicológicas».

¿En qué consiste la «estética de la existencia» que Foucault descubre en los griegos? En una moral que trata no tanto de perseguir el bien, sino de dotar a la vida de cierta belleza, de no descuidar el componente estético de los actos. Una moral centrada no tanto en qué hacer, sino en cómo hacerlo.

¿Cómo se consigue esto? A través de una forma muy particular de relacionarse con las normas y las reglas morales: los griegos no se sometían ciegamente a las reglas, sino que más bien las asumían y buscaban darle un carácter propio. Las hacían suyas. La moral griega, al menos en el ámbito sexual que estudia Foucault, no era una moral de prohibición —como será más tarde la cristiana—; era, en cambio, una moral de modulación, de control, de dominio.

La pregunta no era para los griegos «¿qué placer sí o qué placer no?» (como lo fue luego para el cristianismo). La pregunta era una pregunta estética: ¿con qué fuerza estos placeres? ¿Cómo? ¿De qué manera? ¿Por qué motivo? ¿Qué personalidad dibujan? ¿En qué momento? ¿Bajo qué circunstancias?

Los griegos, en vez de concebirse como sujetos que acataban obedientemente unas reglas prefijadas, entendían que sus actos debían ser el resultado de su libertad. Una libertad que es capaz de pintar la belleza siempre que se entienda como dominio de sí, como elección adecuada, como acción oportuna. La libertad no como sinónimo de hacer lo que uno quiera, sino como dominio de las fuerzas y pasiones que buscan dominarnos. Es un proceso análogo al del artista: este no vuelca la pintura según le plazca, sino que busca darle un sentido, dominar el caos, darle forma.  

Esto implica, como es fácil imaginar, una evaluación constante de uno mismo. De igual forma que el pintor no puede pintar con los ojos cerrados, si uno desea hacer de su vida una obra de arte necesita examinarse, conocerse, atenderse con el tiempo y el cuidado necesario. Como dice Sócrates en el Alcibíades:

Sócrates: ¿Podríamos acaso conocer jamás qué arte hace a uno mejor, cuando desconocemos qué somos en realidad nosotros mismos?
Alcibíades: Imposible.
Sócrates: ¿Ya sea entonces que de hecho resulta fácil conocerse a sí mismo, o era un ser vulgar el que dedicó esto al templo en Delfos, o bien es algo difícil y no al alcance de todos?
Alcibíades: A mí, por cierto, Sócrates, unas veces me pareció estar al alcance de todos, mientras que otras veces, lo más difícil.
Sócrates: Pero Alcibíades, si es fácil o si no lo es, así justamente se nos presenta a pesar de todo: conociendo esto podríamos conocer probablemente el cuidado de nosotros mismos, mientras que si lo desconocemos, posiblemente no.
Alcibíades: Así es.

En resumen, los griegos plantearon una ética que era también una estética. Las acciones prácticas no eran solo evaluadas por si eran buenas o malas, sino también por qué tipo de vida dibujaban, a qué personalidad apuntaban, qué historia narraban. Los griegos fueron, tanto para Nietzsche como para Foucault, el ejemplo de una cultura que entendía que solo como fenómeno estético tiene algún sentido la existencia.

Cuando el artista, por ejemplo, crea un cuadro, no le apabulla el lienzo en blanco, no le apabulla que el cuadro no esté dado. El oficio del artista es, precisamente, crear el sentido del cuadro, darle forma

El dandi

Otro de los ejemplos históricos que Foucault menciona como ejemplo de una vida estética, aunque ya no en su Historia de la sexualidad, es el del dandismo. El dandismo es un movimiento estético que fue llevado a cabo principalmente por hombres a finales del siglo XIX. Se localizaba, fundamentalmente, en la Inglaterra victoriana, aunque luego se extendió a otros países, como por ejemplo Francia. 

El dandi se caracteriza por una fuerte atención a la estética y al carácter de sí mismo, esto es, por considerar su existencia como una obra de arte. El dandi se forma atendiendo a una serie de dimensiones de su vida que estetizaba: el ocio bajo la consigna de lo distinto y lo selecto, las vestimentas bajo la apariencia de lo elegante, los hábitos bajo la regla del dominio de uno y de la teatralización, etc. Se suele considerar a Brummell (1778-1840) como el primer dandi.

Muchos de los dandis del siglo XIX tenían como oficio las artes, entre las cuales destaca especialmente la escritura (Oscar Wilde, Baudelaire o, más recientemente en nuestro país, Francisco Umbral). Este preeminencia de escritores en el dandismo no es casual y es que el dandi es alguien fronterizo entre la realidad y la ficción literaria.

Este ser-fronterizo problematiza la separación rígida entre ficción-arte y realidad-vida al entenderse los dandis, en cuanto personas, como personajes de una novela inacabada: su vida. Personajes que pueden ser creados y moldeados por ellos mismos. Esto constituye la introducción del arte en la vida. En este sentido decía Baudelaire en Escritos íntimos: «El dandi debe aspirar a ser sublime sin interrupción; debe vivir y dormir frente a un espejo».

El dandi no solo introduce la belleza en su vida como belleza del carácter, como personaje dentro de una novela, sino que la introduce también visualmente. A diferencia de lo que vimos en los griegos, en el dandismo hay una apelación directa a la belleza visual, a la finura o a la elegancia de los gestos, a la belleza de las vestimentas o de los hábitos. Un dandi se engalana, persigue la belleza, y se comporta acorde a esa encarnación de la belleza que se le supone.

Ambas esferas —la belleza en el personaje y la belleza física— no son esferas separadas, sino que son altamente dependientes una de la otra. La razón es que una persona vestida de traje, con un bastón, un sombrero y que habla con voz lenta y teatralizada no puede atiborrarse de gambas en un cóctel manchándose la camisa. La elegancia física acompaña a la elegancia del carácter y todo persigue un efecto estético.

Otra diferencia importante con los griegos, derivada de la importancia de la belleza visual, es el papel clave del receptor, del público. En el dandi siempre opera la consciencia de la presencia de un público que lo observa y al que responde. El dandi se viste, actúa y habla siempre para alguien que lo observa. Convertirse en obra de arte, encarnar ciertos valores estéticos, solo tiene sentido para el dandi en tanto es expuesto, teatralizado, visto. El dandi entiende que los valores estéticos surgen y aparecen en el contexto social de la experiencia estética; experiencia que, saben, tiene siempre un receptor, un público.

La pregunta para los griegos era una pregunta estética: ¿Con qué fuerza estos placeres? ¿Cómo? ¿De qué manera? ¿Por qué motivo? ¿Qué personalidad dibujan? ¿En qué momento? ¿Bajo qué circunstancias?

Es justamente por esta importancia del receptor, por esta teatralidad, que decimos que el dandi es pura performatividad, siguiendo a Butler. Esta base performativa en el dandismo supone la consumación práctica de que no hay una verdadera realidad, sino que nos movemos en las apariencias y no hay un suelo fijo que sustente el cambio (con razón decía Valéry que lo más profundo es la piel).

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El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde (Alma).

A este respecto decía el dandi Oscar Wilde en el segundo capítulo de su The portrait of Dorian Gray que «solo las personas superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible….». De igual forma, Baudelaire afirmaba en su Salón de 1859 que prefería «contemplar un decorado de teatro, donde encuentro, expresados artísticamente y con trágica concisión, mis sueños más caros. Estas cosas, siendo falsas, se hallan infinitamente más cerca de lo verdadero».

Algunas conclusiones prácticas

Para terminar, es importante mencionar algunos apuntes que sirvan para adoptar en nuestra vida una actitud estética. Esta adopción es importante porque la muerte de Dios, la falta de fundamento en la posmodernidad, nos impide vivir apelando a grandes valores trascendentes. Se trata de vivir, pues, como un pintor pinta un cuadro: persiguiendo la belleza.

En lo que respecta a los griegos, dibujar una vida bella pasaba por varios puntos. En primer lugar, por entender la libertad no como libre albedrío, sino como «dominio de sí». La libertad es la fuerza con la que controlamos nuestras pasiones, que siempre buscan desbordarnos. La libertad, para los griegos, es el pincel para pintar una vida bella, pero es un pincel que no derrama la pintura de las emociones, sino que las escoge premeditadamente. La belleza en la Antigua Grecia es modulación y elección, no emociones desbocadas.

En segundo lugar, para los griegos aspirar a una vida bella no está reñido con llevar una vida moral. Que el Bien ya no sea un valor universal no elimina su valor social y cultural. La diferencia es la distinta forma de hacerlo: podemos hacerlo bajo un ciego acatamiento o podemos, como en la estética de la existencia, intentar dibujar situaciones bellas mientras lo hacemos. Buscar la belleza no es un sustituto del bien, sino un elemento que da sentido a su búsqueda.

En tercer lugar, y terminando con los griegos, una vida pensada como fenómeno artístico exige, sin lugar a duda, un examen propio constante, una pregunta eterna sobre quiénes somos, quiénes queremos ser y por qué hacemos lo que hacemos. Así, una vida bella es una vida que exige el conocimiento de uno.

Del dandismo, además, podemos aprehender la aspiración a una belleza material y visual. Las apariencias no son un ámbito desdeñable, sino que son un suelo fértil para sembrar la belleza. El mundo de las apariencias y los gestos puede servir para potenciar la belleza moral a la que aspiraban los griegos. Del dandismo es interesante, también, la noción de «personaje literario» que el dandi tenía de sí. Sabernos personajes de la novela única que es nuestra vida puede ayudarnos a dibujar historias que merezcan la pena ser contadas.

Por último, nuestro contexto es muy diferente al de los dandis victorianos y los antiguos griegos. El capitalismo tardío ha encontrado la forma de mercantilizar las apariencias (véase las industrias de la moda o las redes sociales como Instagram). Aspirar a la belleza en este marco social no puede obviar que ser estéticamente diferente es, más que nunca, la norma del sistema actual. Salvar la belleza de este atolladero es el reto de nuestro tiempo.

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4 COMENTARIOS

  1. Control de los impulsos hedonistas no para encajar en sociedad si no para dominar la máscara que se presenta a la realidad. autodominio y transcendencia propia, ser uno mismo sin rozar la locura

  2. Pienso que el verdadero artista, el que crea arte construye su vida también como arte, la cuida, la moldea y no se deja dominar por las pasiones. Pero de éstos hay muy pocos, la mayoría vive de ls apariencia como mercancía, como disfraces. para obtener poder y nada importa su público o audiencia, no crean para otros y son mezquinos, crean para vivir de los otros y no interesa los ejemplos nocivos que dejan en los demás.

    • Pienso que los mezquinos a quienes te refieres no son artistas sino comerciantes su verdadero fin no es crear arte sino simular que algo lo es a cambio de algo.
      También pienso que el arte es comunicación y no solo puede estar en los objetos, quizá podría estar en la actitud en la vida, pero no como tal sino en cada acto que se realice, hablar también puede ser arte, la vestimenta, la forma de actuar, etc, pero cada una en su momento pues la comunicación no es algo constante sino variable, en la comunicación no solo hay un emisor, es un conjunto de factores, una obra de arte es simplemente algo catalogado como tal por una entidad, por eso entendemos como objeto artístico algo preestablecido y tratamos de entenderlo según ciertas normas, pero podemos valorar o no ese acto de comunicación de una u otra manera, la interpretación es otro de esos factores variables y además el arte en si no tiene porqué ser belleza, quizá la dificultad de creación sea un aliciente, la dedicación y otros factores pero creo que lo que es arte y lo que no, a menudo no es fácil de catalogar

  3. La belleza solo es otra de las miles de palabras que no se pueden describir, ya que para cada persona cambia, ya sea por sus vivencias personales, su educación o sus sentimientos, es otro más de los fenómenos emergentes que nos atañen como sociedad y que no pueden reducirse a lo que políticamente correcto debe ser, cada uno encontrará su propia definición, manera de expresarla o de verla, inclusive si es lo que el capitalismo dicta, ya que es su percepción, sesgada, pero probabilísticamente es imposible que todas las personas se interesen en eso.

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