Toda idea utópica, por brillante que sea, tiene potencial para convertirse en una catástrofe. Imagen: Ana Yael.
¿Toda idea utópica, por bienintencionada que sea, tiene potencial para convertirse en una catástrofe? © Ana Yael.

Si la utopía representa el proyecto de sociedad ideal que nos traerá la felicidad plena, la distopía representa la posibilidad real de que, en su choque con la realidad, esa sociedad supuestamente perfecta se transforme en un auténtico infierno. Nos adentramos en este género que goza hoy de un fabuloso éxito.

Todo cielo tiene su infierno. Por maravillosos y bien trazados que parezcan nuestros planes y por idílicas que sean nuestras intenciones, cada aspecto de nuestra existencia tiene un reverso tenebroso que no parecía existir cuando nos lo planteamos pero que termina emergiendo cuando la idea se hace real. Circunstancias no planteadas, resultados inesperados y consideraciones que parecían totalmente improbables que, por la razón que sea, cobran forma y arrasan con todo. Y es que la realidad tiene esa mala costumbre: la de desbaratar nuestros planes por buenos que estos parezcan a nuestros ojos.

Esos mundos distópicos…

Cuando hablamos de la utopía, este reverso tenebroso es la distopía. La degeneración de esas sociedades, en principio perfectas, en sistemas amorfos y terribles cuando tienen que enfrentarse con la existencia. Es decir, la invención de un futuro alternativo en el que la utopía ha terminado por revelar su naturaleza falible, de manera que aquello que iba a ser una sociedad perfecta y mejorada termina demostrándose como algo tremendamente malo.

Nietzsche.
Lechuza.

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