El narrador de «Cartas de Kelly» (Herder) escribe desde un manicomio en Nueva York. Se dirige a alguien de nombre Kelly que quedó en Europa, y firma como W. ¿Cuál es la relación entre ellos? ¿Qué dicen las cartas y qué quieren decir? ¿Qué opinan los médicos? Un mundo de preguntas al que da ambigua respuesta el autor, el alemán Wolf Wondratschek. © Ana Yael
El narrador de «Cartas de Kelly» (Herder) escribe desde un manicomio en Nueva York. Se dirige a alguien de nombre Kelly que quedó en Europa, y firma como W. ¿Cuál es la relación entre ellos? ¿Qué dicen las cartas y qué quieren decir? ¿Qué opinan los médicos? Un mundo de preguntas al que da ambigua respuesta el autor, el alemán Wolf Wondratschek. © Ana Yael

El secreto no es tal secreto porque la portada lo muestra: unas cartas con pinta de cartas, con encabezamiento, párrafos, tachones, despedidas y todo lo que tienen las cartas, pero cuyo contenido no es posible descifrar. ¿O quizá sí? El narrador de Cartas de Kelly parece no tener ninguna dificultad y las espera y las contesta, claro que igual hay que tener en cuenta que las recibe en un manicomio de Nueva York. Allí es donde el autor, Wolf Wondratschek, sitúa al protagonista de esta novela de amor. Estas son algunas pistas en forma de fragmentos del propio libro. (¡Atención! SORTEAMOS UN LIBRO de cartas indispensable en el pensamiento, Llegará un día en el que serás libre (ebook), de Viktor Frankl, entre todos los suscriptores a nuestros dosieres. Si aún no lo eres, date de alta ahora y participarás).

(…) Te debiste haber fijado mejor en mí en las islas griegas, cuando nos encontramos la primera vez. Mis recuerdos no son muy intensos, no nada más en lo que a ti respecta. Me acuerdo de una familia, y a mí las familias me importaban muy poco. Sin embargo, te vi.

(…). Para terminar, y aunque sea nada más para por fin librarme de ello y tranquilizarte, la verdad acerca de mi condición actual; quizás comprendas así mejor mi renuncia a querer tenerte aquí.
Tuve un colapso, cuyos detalles apenas puedo recordar y luego me encontré en el hospital local Virginia-Reiter. En ese sitio, al principio no tenía yo la menor idea de dónde estaba. Ni siquiera conocía esa zona de la ciudad, ni mucho menos los motivos que me pudieron haber conducido a merodear de noche por ahí, sintiéndome todavía completamente desamparado. Es bien posible que haya tenido que ver con el miedo, ya que detrás de mí escuché (o creí escuchar) pasos y un silbido. O sea que pensé que me perseguían y me sentí amenazado.

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